Oratoria Nov26

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Oratoria

Hace 24oo años, sucedió una historia increíble, qué Señor de los Anillos ni Señor de los Anillos. Esta es mucho mejor, porque pasó de verdad, y hago la remembranza de ella, solamente para compartirles dos de las piezas de oratoria más impresionantes que leí, dos obras maestras de la argumentación. Si quieren leer el libro completo, es La Anábasis, de Jenofonte. Acá los pongo en tema, para darle contexto a estas joyitas hechas de palabras: el discurso de Clearco y la mentira de Tisafernes. Entonces vamos. Había una vez…

En el siglo V AC, Ciro el Joven intentaba usurpar el trono de Persia, ocupado por su hermano mayor Artajerjes II. Con tal motivo, contrató un enorme contingente de 10.000 mercenarios griegos que se incorporaron al resto del ejército que le iba a plantar cara al rey. Finalmente, ambos hermanos se enfrentan en Cunaxa, en una terrible batalla. Ciro es muerto, su ejército huye y los griegos quedan en el medio del imperio persa, a miles de kilómetros de su patria, perdidos, huérfanos. Sin comida, sin mapas, sin GPS, sin guías, sin nada. Y con el triunfador, Artajerjes, lógicamente ofendidísimo y queriéndolos aniquilar.

Como los griegos eran guerreros temibles, el rey no se atrevía a enfrentarlos en una batalla campal, así que, bien cobarde, prefirió la traición y delegó esta infame tarea en el sátrapa Tisafernes. Este pusilánime simula hacer treguas con ellos y garantizarles el regreso, suministrándoles guías y alimentos. Además, como si fuera poco, invita a los griegos a que, juntos, frente a los dioses, hagan sacrificios y se juramenten la paz. Era todo mentira, comete el sacrilegio de hacer un juramento falso para engañarlos. Pero como así y todo, los griegos sospechaban de tanta amabilidad, su líder, Clearco, decide entrevistarse con Tisafernes y así disipar las sospechas de una vez por todas, antes de que terminasen en guerra abierta. Miren el discurso -y añado unos comentarios en azul– mezcla de dignidad, súplica, beneficio y amenaza:

«Escucha, Tisafernes: yo sé por una parte que hemos hecho juramento y nos hemos dado las manos en prenda de que no nos haríamos daño los unos a los otros. Pero por otra parte, veo que te guardas de nosotros como si fuésemos enemigos, y también nosotros al ver esto, nos guardamos. Y puesto que por más que examino la cosa no puedo descubrir que tú intentes hacernos daño, y por nuestra parte estoy bien seguro de que no hemos pensado siquiera en nada semejante, me pareció bien venir a conversar contigo para ver si podemos disiparnos nuestra mutua desconfianza. Pensando, pues, que una conversación es el medio más propio para terminar con estos equívocos, vengo con propósito de mostrarte cómo no tienes razón en desconfiar de nosotros.

Ante todo y sobre todo, los juramentos que hemos hecho ante los dioses impiden que seamos enemigos. Jamás consideraré feliz al hombre cuya conciencia se siente culpable de haber despreciado a los dioses. Porque si ellos nos hacen la guerra, ¿con qué velocidad podremos escapar a sus iras? ¿En qué lugar sombrío podremos ocultarnos? O ¿qué fortaleza nos servirá de asilo? Todas las cosas, todos los lugares, están sujetos a los dioses, que en todo ejercen igualmente su imperio. (No es tonto, recurre a lo sagrado: el juramento que ambos hicieron ante los dioses, como garantía de paz). Tal es mi manera de pensar sobre los dioses y sobre los juramentos, en los cuales hemos fundado nuestra amistad; pero, aun ateniéndonos a consideraciones humanas, en las circunstancias actuales considero que tú eres para nosotros el mayor de los bienes. (Pero, de paso, adula al persa).

Contigo todo camino está abierto, todo río es vadeable y no hay que temer la falta de víveres; sin ti todo camino es tenebroso, porque lo ignoramos; todo río difícil de pasar, toda muchedumbre motivo de espanto, y más espantosa aún la soledad: en ella son de temer las mayores privaciones. Y si arrastrados por el furor te diésemos muerte, lo único que conseguiríamos es haber muerto a nuestro bienhechor, para vernos después obligados a luchar con el rey mismo, el más temible adversario. Ahora voy a decirte de qué esperanzas me privaría yo mismo si intentase hacerte algún daño. Si he deseado la amistad de Ciro fue porque pensaba que éste era entonces el colocado en mejor situación para hacer bien a quien quisiere. (Acepta que antes trabajó para Ciro, pero explica las causas y por qué ahora se da cuenta de su error). Y ahora veo que tú tienes las fuerzas y las comarcas de Ciro sin perder el gobierno que ya tenías, y que las fuerzas del rey que combatieron con Ciro están asimismo a tu disposición. Siendo así las cosas, ¿quién sería tan insensato que no quisiese ser amigo tuyo? Pero, además, voy a decirte por qué tengo la esperanza de que tú querrás también ser amigo nuestro. Sé que los misios os están inquietando y pienso que con la fuerza aquí reunida podremos reducirlos a vuestro dominio. Lo mismo digo de los pisidas y oído hablar de otros muchos pueblos, los cuales pienso que dejarían de turbar la prosperidad de vuestro imperio. (Se ofrece como mercenario para ayudar al actual rey, sabiendo que cuenta con las mejores tropas).

Y en cuanto a los egipcios, contra los cuales no ignoro que estáis particularmente irritados, no veo qué otras fuerzas podríais utilizar para castigarlos con ventaja sobre las mías. Y si entre los pueblos que te rodean quisieras mostrarte amigo con alguno, nadie podría hacerlo mejor que tú, o si otro te molestase, te impondrías como dueño y señor si nos tienes a tus órdenes, nosotros que te serviríamos no sólo por la soldada, sino también por el justo agradecimiento que a causa de nuestra salvación te deberíamos. Considerando, pues, yo todas estas cosas, me parece tan extraña tu desconfianza hacia nosotros que me gustaría vivamente saber cómo se llama el hombre cuyas palabras han logrado convencerte de que nosotros conspirábamos contra ti.»

Así habló Clearco. Tisafernes le respondió en estos términos, otro discurso increíble, una pieza maestra de la mentira:

«Me regocija, Clearco, el oír de tus labios razones tan discretas. Y conforme en ellas contigo, si supiese que meditabas algo contra mí pensaría que te perjudicabas a ti mismo. Escúchame, pues, ahora y te convencerás de cómo tampoco vosotros tendríais razón en desconfiar del rey o de mí. (Cínico, el malvado). Si hubiéramos querido destruiros, ¿piensas que nos hubiese faltado infantería, caballería o armamento para haceros daño sin riesgo de que vosotros pudieseis devolvérnoslo? ¿Piensas que nos hubieran faltado sitios a propósito para atacaros? ¡Cuántas llanuras no vais trabajosamente atravesando que nos son amigas! ¡Cuántas montañas no os esperan que podemos nosotros ocupar de antemano y cerraros el camino! ¡Cuántos ríos a cuyo paso somos dueños de limitar vuestro número antes de combatiros!

Y hasta algunos hay que no podríais atravesar de ningún modo si no os pasásemos nosotros. Pero, aun suponiendo que todos estos medios nos fallaran, el fuego, al menos, bastaría para destruir todos los frutos, y sólo con encenderlo os pondríamos frente a un enemigo con el cual no podríais luchar por muy valientes que fueseis: el hambre.

¿Cómo, pues, disponiendo de tantos caminos para haceros la guerra, y todos ellos sin ningún peligro, habríamos de elegir este procedimiento, el único que es impío ante los dioses y vergonzoso ante los hombres, es decir, la traición? (No sólo se hace el bueno, sino que además, se “escandaliza” ante la mera idea de violar un juramento sagrado). Sólo quienes carecen de todo otro recurso, los que se ven apresados por la necesidad y, además, son malos, pueden pensar en conseguir algo violando los juramentos hechos ante los dioses y la fe dada a los hombres. (Más cínico aún). No somos nosotros, Clearco, ni tan insensatos ni tan necios. ¿Por qué, pues, pudiendo destruiros no lo hemos intentado? La causa, sabedlo bien, es mi deseo de inspirar confianza a los griegos y volver con mayor poder a mi gobierno por haberme ganado con mis beneficios esas mismas tropas extranjeras en las cuales Ciro sólo confiaba por haberlas tomado a sueldo. Y en cuanto a las cosas en que me podréis ser útiles unas ya las has dicho tú; pero lo más importante, a mi juicio, es esto: sólo el rey puede llevar derecha la tiara sobre su cabeza; mas, con vuestro concurso, otro la podría llevar fácilmente sobre el corazón.» (Listo, los terminó de abrochar).

Y se preguntarán cómo termina la historia. Primero mal y después bien: Tisafernes, el persa, logra que los griegos le crean e invita a todos los generales y capitanes a celebrar la tregua, y en la fiesta, los apresa y decapita a traición, dejando al ejército sin líderes, desmoralizado y lejos de casa, listo para ser aniquilado. Porque un grupo humano sin líderes es como un cuerpo sin alma.

Entonces, un civil, el ateniense Jenofonte, y un militar, el espartano Quirísofo, toman el mando, levantan los ánimos caídos y a los hombres tristes, organizan a los 10.000 bravos y emprenden el camino de regreso a Grecia. Después de recorrer miles de kilómetros por regiones desconocidas, librar batallas con tribus bárbaras, sortear hambre, nieve, enfermedades y vicisitudes terribles, un día, en el horizonte los vigías ven algo y gritan con los ojos llenos de lágrimas “¡Thalassa, Thalassa!” o sea “¡El mar, el mar!” .

Habían llegado a casa, a puro huevo.

Qué Señor de los Anillos, ni Señor de los Anillos.

© JIR