Con la frente marchita Nov21

Tags

Related Posts

Share This

Con la frente marchita

Para empezar, aclaro que esta es una historia de amor, no de odio.

Hace muchos años, tuvimos un cliente –gerente de marketing de una empresa internacional- que nos trataba muy mal. Humanamente hablando, éramos su puchingball. Lo que causaba perplejidad, es que no había una causa objetiva para el maltrato: respondíamos bien, lo atendíamos bien, hacíamos las cosas bien (y en tiempos irreales) y, tontos de nosotros, cobrábamos barato. Pero el pibe era un marido golpeador, cuanto más buenos éramos, más nos pegaba.

Luego descubrimos que el origen de esa patología laboral no era su personalidad, sino que el fenómeno estaba fogoneado por cultura organizacional de su empresa, porque otros ejecutivos de la misma compañía también tenían ese trato altanero, las formas bruscas, la presión per se y el “gracias” y “por favor” borrados de sus léxicos. Asunto muy común en algunas multinacionales, en donde les hacen creer a empleados, que por trabajar en una empresa grosa, necesariamente son grosos. Algo como haber nacido en una casta superior, que sin tener necesariamente méritos, te hace creerte superior. Y por creerte tal, implícitamente tenés el derecho –o deber- de maltratar a los demás. Esto se ve muchas veces con los más juniors, que de pronto se sienten subidos a hombros de un gigante, y pierden de vista que si están alto, es por el gigante y no por sus méritos.

Pero ¡no me hagan ir por las ramas! Este post no viene a contar un trauma de la infancia, sino a compartir una enseñanza que la vida nos dio. O le dio a este pibe, y de paso, a nosotros.

Como les contaba, el muchacho obraba como el fundador, dueño y sostén de la multinacional a la que pertenecía; mas de un día para el otro, lo echaron. Así, sin anestesia. Vaya uno a saber la causa: quizá en el NYSE, la acción de la compañía bajó un 0,00001%, hicieron un downsizing y de pronto, sobró gente. Muchas veces, así son las grandes empresas, ojo. Y cuando quedás en la calle, ¿a quién acudís? A los contactos. Te ponés a llamar a la gente conocida, a clientes, colegas, relaciones… y si la cosa se pone fulera con todo lo anterior, acudís a proveedores.

Si están pensando que en esos momentos uno se frota las manos con fruición y cara maligna esperando el llamado humillante de quien antes te humilló, están en un error. No es lindo que a otro le pase algo injusto. Ni tampoco es virtuoso decir “je je, ahora vas a pagar”. No, en serio: el impacto psicológico de estas situaciones es muy duro, porque el pibe toma conciencia –de un terrible golpazo- que en realidad él era un engranaje de una gigantesca máquina y que, si todos los proveedores lo trataban y atendían bien a pesar de ser basureados, no era por afecto, sino por interés, porque representaba a una empresa grosa. Esa verdad punza. Al día siguiente de ser un dios, nadie te atiende el teléfono. En fin, como decía, no te frotás las manos ni te alegrás, simplemente, se siente algo raro cuando te llama y te pide ayuda, 72 horas después de haberte dicho que no servías para nada. Y claro que llamó. Y lo atendimos lo mejor posible, dentro de nuestras posibilidades, no por lástima ni por cálculo, sino por respeto, porque era (es) una persona valiosa y capacitada, omitiendo la actitud que tenía en su puesto anterior. Así que terminó trabajando con nosotros durante un año, hasta que consiguió otro trabajo.

Como decía al principio, esta es una historia de amor. Luego de pasar por la agencia, de trabajar con los creativos y el resto de la gente, un día nos confesó (cuasi textuales palabras): “Loco, la verdad es que nunca imaginé el laburo que hay atrás de cada cosa que se presenta, ahora veo que hay mucho esfuerzo invisible, que muchas personas corren y ponen lo mejor de sí y nosotros ni siquiera lo valoramos”. Casi lo beso en la boca.

Hoy es un feliz gerente en una empresa muy agradable para trabajar. A nosotros, la lección nos abrió los ojos, porque la vida gira mucho, de formas más entreveradas que el guión de LOST. Ahora sos el que manda, mañana podés ir a hacer los mandados. Las empresas pasan, las personas permanecen. Lo que va, vuelve. Bueno, se entendió. No jodamos.

 

© JIR