espejito, espejito Nov19

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espejito, espejito

Pasaban los chicos, nos divisaban la cara, y se iban aterrados. No era para menos; de forma involuntaria, Fabi y yo teníamos un semblante de angustia tenaz. Estábamos transitando el año más duro de la crisis más grande de la historia argentina, y naturalmente, todos sabíamos que el país se hundía, el mercado publicitario era un páramo -teníamos clientes, pero no hacían nada- y la agencia estaba naufragando, consumiendo los últimos recursos ahorrados, como  miles de empresas y millones de argentinos. Con mucho dolor humano, nos habíamos achicado en personal y los que aún quedábamos, teníamos el sueldo reducido al mínimo; pero aún así no alcanzaba. La cadena de pagos estaba rota, las decisiones de inversión, congeladas. Teníamos los nudillos gastados de tanto golpear puertas que nunca se terminaban de abrir. ¿Era cuestión de meses, de semanas, de días?

Indudablemente, tanta zozobra se reflejaba en nuestras caras, lo cual no ayudaba a la tranquilidad general. Si una imagen dice más que mil palabras, un gesto dice más que un millón y, a juzgar por los rostros, no había buenos presagios. Hacíamos lo posible por mantenernos a flote, pero si no creíamos en la victoria -y nuestras expresiones, sin quererlo, a veces connotaban eso- nos íbamos a convertir en nuestro propio lastre. El miedo es la enfermedad espiritual más contagiosa, inventa lo que no existe y agranda las acechanzas; lo peor que podía sucedernos era quebrarnos emocionalmente y que todos los chicos perdieran la esperanza y bajaran los brazos. No iba a ser una muerte lánguida, sino una entrada en pánico general, en donde cada uno pensaría cómo saltar del naufragio… a un mar lleno de remolinos amenazantes, porque eso y no otra cosa era el mercado laboral.

Así que se nos ocurrió una idea. Comprar un espejo de escritorio, discreto, del tamaño de un portarretratos, y ponerlo mirando hacia nuestro rostro. Tan simple, tan lejos del management clásico. De esa forma, podíamos monitorear nuestra cara en tiempo real y tratar de serenar el gesto e iluminar la mirada, evitando semblantes que infundieran inseguridad. ¡Funcionó, mágicamente, funcionó! Mil veces nos descubrimos con ojos tristes, de derrotados. Y los cambiábamos. Otras, con la boca apretada por tropillas de pensamientos sombríos. Y la relajábamos. O con un rictus serio, de la preocupación de no tener ocupación. Y sonreíamos. Era cuestión de que las caras reflejaran la fe inquebrantable que teníamos, nada más. Y de trabajar más duro, nada menos. El espejo era solamente el termómetro del gesto.

Ahora los chicos pasaban, miraban, y seguían su camino con un miedo neutralizado. Día tras día, las caras fueron cambiando, había más tranquilidad, menos inquietud, más risas. Más confianza. Todos sabíamos que la cosa no era fácil -el país y los millones de argentinos habíamos recibido un torpedo bajo la línea de flotación- pero que todavía había energía y fe para no hundirse. Había que perseverar, trabajar más y confiar robustamente. El espejo se convirtió en el testigo de ese cambio quizá inapreciable en los números, pero enérgicamente pujante en el alma del equipo.

Y salimos. Y acá estamos.

 

© JIR