sentir y consentir Dic06

Tags

Related Posts

Share This

sentir y consentir

Cuando era niño, en el colegio, había un compañero con quien competía en todo. Quizá él jamás supo que era mi némesis, pero para mí, vaya a saber por qué, lo era. Era mi vara de medición, lo había tomado como contrincante vital. Era más que una competitividad o emulación natural, porque cuando le iba bien, yo me entristecía; y cuando le iba mal, me alegraba. Como si su felicidad fuera mi tristeza y su tristeza mi felicidad. Qué horror, ahora que lo pienso. Eso era la exacta definición de envidia de la verde, la infeliz. ¿Por qué brotaban esos sentimientos en mi corazón? ¡Qué se yo! Aparecían y punto. ¿Cómo podía manejarlos? ¡Qué se yo! Al ser inconfesables, no tenía otra chance que fingir, caretear. Y eso no me hacía feliz, porque nunca me salió ser hipócrita. Estaba metido en un marasmo nada virtuoso, ni placentero, ni alegre.
Y la vida giró. A medida que crecí, recorriendo una búsqueda espiritual para intentar ser un mejor bicho humano, durante años me interrogué cómo se podía ser amable sin ser falso al mismo tiempo. Dicho de otra forma: si alguien no me caía bien por la razón que fuere, ¿cómo no hacerlo sentir mal, pero a la vez, evitando caretear? No daba con el remedio.
Añadámosle que mil veces me sorprendía a mí mismo siendo asaltado por emociones feas, como encono, rechazo o fastidio (a veces justificado, claro) hacia algunas personas. Emociones que venían de algún subsuelo inmanejable y que no me gustaban. Supongo que a todos nos pasa, pero el mal de muchos no me da consuelo. La existencia de esas emociones no sólo me preocupaban, sino que me asustaban y entristecían, ¿cómo podía albergar sentimientos así en mi interior?
La cosa era que, aunque parece memez, el dilema de sentir algo y mostrar otra cara, para mí, era irresolvible: o me mostraba sincero y áspero, o me mostraba fariseo y amable.

Rodé y rodé hasta que leí estos parrafitos de Francisco de Sales, que aquí comparto y cito literalmente:

“Sentir no es consentir. Una persona puede sentir lo más feo, amargo y malo, con tal de que no lo consienta, no es pecado.
No manifestar exteriormente lo que sentimos interiormente, no sólo no es hipocresía, sino amor, pues estamos librando a los demás de un comportamiento amargo y atormentador.
La hipocresía real, la que Jesús condenó, es comportarse mal en privado y aparecer buenos en público, pero de lo que sentimos interiormente no somos responsables, con tal de que no consintamos, pues de consentir sí somos libres, pero de sentir no”.

No importa si seas espiritual, creyente o no, esto es un tema de virtudes humanas, no necesariamente sobrenaturales. Había llegado al Eureka del asunto: esos parrafitos fueron el nudo Gordiano sajado de un tajo limpísimo.
Solamente una persona tan alegre, humanista e inteligente como Francisco, podía ser diáfana en algo inextricable. No saben el sosiego que me dio haber podido hacer el distingo. Podía sentir rechazo por alguien, pero no consentirlo, y en su lugar, elegir amabilidad. Sentir envidia, no consentirla y elegir alegrarme por el otro. Sentir cualquier cosa, y consentir sólo lo bueno. Ahí estaba la sinceridad real. No había fariseísmo y sí señorío sobre esas emociones.

Y la vida sigue girando. Como soy humano, sigo sintiendo muchas cosas, pero ya no me asusta su asalto ni me entristece su existencia, porque de sentirlas no soy dueño, pero de consentirlas, sí. Y al final, uno solamente es bueno o malo por lo que elige ser.

 

© JIR