anillo Nov18

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anillo

Mi dedo anular izquierdo es el más lindo de mis dedos. Lleva el anillo matrimonial, hecho por las manazas del tío Ángel de Vancouver, con unos grabados simbólicos que le pedimos desde la inocencia del que no sabe lo que viene en el futuro: unas olas, porque la ola está hecha de agua más viento; si falta alguno de esos dos elementos, no hay ola. Una pirámide mexicana, por la tierra de donde viene mi mujer. Un volcán, el Popocatéptl, por Puebla, su ciudad. Un horizonte de Río de la Plata, por ser mi horizonte. Un eclipse, porque el claroscuro es parte del viaje. Un pájaro con alas extendidas, porque sin libertad no hay amor. Y bastante espacio vacío, por lo desconocido del viaje. Todo eso cabe en un anillo si un orfebre creativo como el tío Ángel lo elabora.
Uno lo ve y presiente que tiene algo de encantamiento pretérito, de cosa arqueológica.
Pero es en el interior donde reside el verdadero poder mágico. En vez de grabar nuestros mutuos nombres como se hace habitualmente, le pedimos que cincelara otra cosa, dos palabras: “cada día”.

No conocíamos el futuro, pero sabíamos que era imposible que nos olvidáramos de nuestros nombres y sí era muy fácil que nos olvidáramos que el para siempre es una hilera de cadas días. Un para siempre hecho de cosas tan frágiles, tiene una escala más humana, menos dilatada. Es más llano de transitar de a dos, más fácil de sanar. Y no fatiga, porque ¿quién se puede fatigar de lo irrepetible?

 

© JIR