Fe natural Dic05

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Fe natural

Fe es creer algo que no podés comprobar, porque te lo dice alguien que no te puede engañar.

Y, según creo, la fe es tan innata como respirar. En este post, trataré de demostrar que creer no es irracional, que no podríamos vivir sin hacerlo y que el racionalismo extremo no sólo es irreal sino que además, es invivible.

Para ello, arrancaré con una preguntita bastante común: ¿creer, tener fe, es ilógico, antinatural, infantil? Digamos que en una primer lectura parecería que sí, que es anticientífico, un acto contra el intelecto y la libertad de raciocinio, un renunciamiento a pensar. Pero, ¿seguro? Les comparto este razonamiento…

No necesitamos de la fe para afirmar que 2+2=4. Lo podemos calcular por nuestros propios medios. Es un conocimiento que llamamos científico. Humilde, pero científico al fin, demostrado. No hay que creer, nos vemos forzados a admitir que es así, porque es evidente: dos bolitas y dos bolitas, cuatro bolitas.

Ahora bien, ¿qué tal si nos pusieran una operación matemática que tuviera –exagero- 300 millones de números que sumar, restar, multiplicar, etc. y –exagero- no alcanzara la vida biológica de un ser humano para calcularla a mano? Pues tendríamos que recurrir a la fe.

¿Eh? Sí, a la fe en una calculadora. Meteríamos todos los números en calculadora y si ésta dijera que el resultado es 257 y lo considerásemos verdadero, sería un acto de fe… en la calculadora. El resultado de semejante cuenta no sería evidente ni demostrable para nosotros, deberíamos creerlo.

Decir que el resultado es 257 sería, ay, un conocimiento por la fe. Es decir, un conocimiento –una verdad superior a nuestra capacidad- revelado, inalcanzable por nuestros propios medios.

Sabríamos el resultado, sabríamos esa verdad, pero no por haberla demostrado con nuestro poco seso matemático, sino por creerle a la calculadora.

¿Irracional? ¿Ilógico? ¿Infantil? No, al contrario, es muy racional: estaríamos asumiendo que la operación matemática es tan gigante que, para nosotros, el resultado, esa verdad, es un misterio (no en el sentido de que sea irresolvible ni irracional, sino que nos supera) y tendríamos que depositar nuestra confianza –y creer y afirmar como si hubiéramos hecho la cuenta- en el bendito aparato. Un misterio de fe, podríamos decir.

¿Contrapuesto? No. Si tuviéramos el tiempo biológico para calcular todo a mano, llegaríamos al mismo resultado: 257. Hubiéramos llegado al mismo resultado mediante un método científico. Oh casualidad, la fe y la ciencia no se contrapusieron. Sólo que habríamos tenido que recurrir a la fe –en la calculadora- porque el problema nos superaba. La fe nos reveló el dato antes de que pudiéramos comprobarlo.

Por lo tanto, si nos afirmamos como racionalistas acérrimos -y al mismo tiempo usamos una calculadora para hacer cuentas complicadas- nos están pasando tres cosas, una más grave que otra:

 1.  Una, que estamos siendo gente de fe. En las calculadoras, sí, pero fe al fin. Y esa fe se llama fe natural;

2.  Dos, que admitimos la existencia de los misterios (verdades superiores a nuestra inteligencia);

3.  Y tres –la más grave- es que aceptamos dogmas. Es decir, aceptamos –sin poderla constatar por nuestra capacidad- una verdad que supera nuestro alcance individual y por más que queramos, jamás la alcanzaríamos por nuestros propios medios. No quedaría otra opción que bajar la testuz y decir “sí, creo”. Aunque sea en que la calculadora no nos engaña. Ok, se puede contestar que “No es así, el que inventó la calculadora entiende cabalmente cómo funciona, así que para él, cualquier resultado no es dogma sino demostración por el método“. De acuerdo: para él no, pero para el resto de los 7000 millones de habitantes del planeta, sí.

¿Cómo sostiene un racionalista extremista, para quien todo necesita demostración, su candorosa fe en un aparato? Pues es una contradicción vital, porque el racionalismo extremista es invivible.

Es humano tener fe. Es natural tener fe. Y así es la fe (natural, en este caso) que no es renunciar a conocer: es tratar de llegar al máximo con nuestra inteligencia y razón, pero llegado el límite de ambas, de ahí en adelante, creerle a alguien (un astrónomo que dice que Marte existe, aunque yo no lo haya pisado), o a algo (la calculadora), aceptando lo que afirman.

Lo irracional –a mi criterio- es decir “como no lo entiendo, no lo creo”. O más: “como está más allá de mi entendimiento, es irracional”. Si nos manejáramos con esa postura vital, pues bueno, creo que no deberíamos creer el 99,999% de las cosas. Sin embargo, creemos ciegamente en tantas cosas que no entendemos, como la física cuántica, o tantas otras que no tocamos, como la luna.

¿Y por qué se me ocurrió escribir sobre este asuntito de la fe natural? Por dos razones. La primera, porque mucha gente inteligente piensa que creer es para giles o para niños; y creo que está demostrado que no, creer es para humanos. La segunda, porque a veces, cuando leo a ciertos autores que se dicen racionalistas, causa perplejidad el divorcio entre la teoría y la vida. En los libros, todas estas teorías son divinas; pero en la vida real, de personas de carne y hueso, son tortuosas, o directamente impracticables. No conozco a un solo ser humano que pueda vivir un día sin tomar una decisión basada en alguna creencia qué él no ha constatado.

Por más que lo cuestionen, tanto la fe natural como la sobrenatural, se basan en lo que se llama autoridad. En la fe natural, en la autoridad la calculadora que dice 257 o la NASA que nos dice que Marte queda a tantos kilómetros de distancia. En la sobrenatural, en la autoridad de un Dios que  que revela verdades de fe -hechos y conocimientos- que superan nuestra inteligencia. Pero este es tema de otro post.

PD: por si intrigó la foto, no hay nada críptico, es Faith Hill. La puse porque es linda y tenía que ver con el nombre del tema. 😀
© JIR