Pobre tipo Nov16

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Pobre tipo

Cuando en alguna conversación casual sale el tema de que tengo seis hijos, las reacciones de la gente tienen muchos matices, pero se pueden ordenar en categorías bastante estándares y previsibles. Son cinco grandes grupos: los Humoristas, los Preocupados, los Limitadores, los Limitados y los Felicitadores. Quiero aclarar que todos son bien intencionados y queribles, así que nadie se ofenda…

1. Los Humoristas tienen salidas ampulosas: no faltan los chistes relacionados con un apetito sexual desbocado (“eheh, campeón, a ver si le das un descanso a la patrona”), o relacionados con la carencia de tecnología (“¿y si te comprás un plasma/Play Station?”), o sugieren una inquietante tendencia a la automutilación (“eh, ¡cortátela!”), o a la falta de acceso a la educación reproductiva (“¿probaste con tal zaraza?”) y claro, sin obviar aquellos que directamente apelan a tu falta de ética y moral (“¡tomás un vinito y hacés un pibe, loco, reflexioná!”). Con más o menos variaciones, siempre son los mismos comentarios.

2. En los Preocupados, predominan los intranquilos por las penurias de la Humanidad (“Traer un pibe al mundo, justo ahora que Obama ganó el Premio Nobel”), o por el trance económico (“¿Y van a ir todos a colegio privado? ¿Cómo lo vas a pagar?”), o los que invocan un supuesto desborde doméstico (“Uy, dos con pañal, qué horror”). En fin, te sentís muy protegido por esta gente.

3. Los Limitadores son los que, apenas decís cuántos hijos tenés, salen con imperativos como: “Bueno, ya basta, ¿no?” o “¡Ya cerrás la fábrica, imagino!”. El común denominador es que la actitud es entre autoritaria y suplicante, pero no caben dudas de que hay que obedecer o quedar como un desquiciado. Con esta gente, uno pone carita de tímido y se levanta de hombros sin saber qué decir, por miedo a defraudarlos en un futuro.

4. Los Limitados son los que declaran cosas de tipo “¡Qué valiente, yo en tu lugar me volvería loco!”, o “No me da la paciencia para tanto”. Quizá quieren piropearte, pero más que piropo suena a lo que uno le diría a un domador de leones cuando mete la cabeza en las fauces del felino: “uy, qué valiente” queriendo decir en realidad “el tipo está totalmente loco”. Además, cuando el piropo es cierto, no hay que creérsela, porque si Dios manda un niño, no es porque seas Superman, sino porque también manda la mochila de recursos emocionales y materiales que necesitás.

5. Finalmente, menos del 5% del total, son los Felicitadores, aquellos que se regocijan genuinamente desde el momento cero y te dicen que qué lindo los chicos, la alegría que dan, etc. Con ellos uno no se siente en falta ni obligado a pedir disculpas.

Hasta acá las categorías normales, reitero, todas bien intencionadas y queribles.

Pero ayer, una señora que conocí, inventó una nueva: la de la Conmiseración.

Cuando en una charla casual me preguntó cuántos hijos tenía, y le contesté que seis, dijo “uy, pobre” (sic). Pensé que a continuación iba a aligerar la cosa con un “je je, era una chiste” pero no, dijo -verbal y no verbalmente- “uy, pobre”. Entonces le pregunté por qué me consideraba un desdichado por tener hijos y la señora adujo una suerte de justificativos más o menos injustificados, que obviamente no me convencieron.

Como desde que hice el Taller de Larrañaga no me ofendo tan fácil, no me irrité; pero sí le manifesté que no sobraba ninguno de los niños. No se convenció, porque retrucó “No, claro que no, si vienen, bienvenidos… pero… pobre”. Entonces insistí con que cada purrete era único, irrepetible, perfecto y necesario en mi vida y en la de mi mujer, y ahí pareció encendérsele el LED de la empatía y sonrió y dijo las palabras mágicas “qué lindo”. La charla terminó más o menos por esa zona diplomática. Me dieron ganas de preguntarle qué número de hijo era ella (¿y si me decía que era la sexta?) pero decidí no polemizar, ni pontificar, ni menos juzgar; ¿quién sabe qué sucesos habrá vivido en su historia personal?

Sé que en este instante, esta señora andará contando a sus amigas que conoció a un pobre tipo con seis hijos.

Pero para equilibrar semejantes habladurías, cuento esto en este blog, y así dejar bien claro que de pobre, nada; de bienaventurado, todo.

 

© JIR