Irrumpidores Nov16

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Irrumpidores

Van unos pensamientos que me fueron creciendo de a poco, a lo largo de estos años y valga la aclaración que son afirmaciones muy personales, ideas sueltas nomás; no le busquen la rima, el lirismo o la regla universal:

Un hijo irrumpe, te arrebata del centro, te saca de vos.

Mueve tus nortes, borronea tus mapas, desmantela certezas.

Convierte los planes en papel picado.

Renace a los que ya nacimos, recrea a lo ya creado.

Te absuelve de una (posible) inmadurez porque un hijo es un fruto.

No te hace más bueno, te da la chance.

Le quita la humillación a la rendición: rendís castillos de egoísmo, ciudadelas de ego, torres de rutinas, fortines de hábitos.

Te obliga a renunciar porque te obliga a elegir.

Te salva, aunque no quieras, de la supremacía del quiero.

E impiadosamente desbarata caprichos, manías, extravagancias.

Quita tiempo. Da vida.

Devuelve mil risas por cada ojera.

Demanda porque necesita.

Lúcidamente, cree ciegamente en vos.

Ve omnipotencia en tus impotencias.

Y esa fantasía es el mejor aliento para mejorar.

Te hace asquear de la palabra apatía.

Claro, ¿cómo no? trae miedos, vacilaciones, ignorancias.

O sea, una chance para ser menos creído.

Finalmente, te apremia a pensar en otros, a salir de vos y a la vez, como nunca, ser vos.

Es decir, ser alguien para alguien.

Incondicionalmente, porque no hay ex-hijos ni ex-padres.

Y es un amor eterno, incausado, indestructible.

Diría que como una chispa de amor de Dios,

aunque bigote Nietzsche discrepe conmigo.

Y bueno, todo no se puede.

 

© JIR