LAS ACEITUNAS Dic06

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LAS ACEITUNAS

Ustedes que no son héroes lo ignoran, pero la misión final del héroe no es matar sino hacer creer. Matar y a veces morir es solamente otra forma de enseñar a los hombres que hay causas más sagradas que su nimia vida. En este sentido soy doblemente héroe, aunque para los atenienses lo sea en uno solo.

Es que ellos no saben no pueden saber que mi amigo siempre aborreció la carne humana y aún detesta todo tipo de carne, como la detestaría cualquier herbívoro. Sus dientes ni siquiera están hechos para desgarrar músculos o quebrar osamentas, pero entre morir de hambre y comer gente, obviamente elegía lo segundo, cosa que su hibridación le permitía. Los ojos que lo vieron fueron devorados por necesidad, tragados sin gozo; cuando él hubiera sido feliz rumiando en cualquier colina, mirando el amanecer de nubes como salmones. Todavía se recrimina los alaridos de pánico, las corridas y los tropiezos. Llegó un momento en que empezó a matar no para comer sino para recuperar el silencio de su santuario; un topetazo de violenta piedad bastaba, eficiente e instantáneo.

Los del Ática lo consideran mi triunfo, pero en verdad es mi amigo más íntimo, insospechado hasta por mi mujer. Ella piensa que cuando me evado es para retozar con alguna esclava; lo acepta como toda esposa decente, y a mí me libera de las explicaciones en las noches donde me ausento hasta el alba. Mis criados nunca preguntan cuando dejan la carretilla con pergaminos en blanco, aceitunas y pasto recién segado. Tendrán sus hipótesis, pero no saben no pueden saber el motivo de esa carga, y ni osan seguirme cuando me interno por las noches en caminos que a los humanos aterran y solamente pueden ser recorridos por demonios o héroes, como yo.

Dédalo casi fue un genio; en un espacio finito había construido una casa infinita, que mi amigo desinfinitizó a fuerza de transitarla durante dieciocho años. La dominaba losa por losa, conocía cada resquicio húmedo donde crecía el musgo, para lamerlo y recuperar el sabor sin sangre de los vegetales. Sabía el lugar exacto de las fisuras del techo, que en las noches limpias eran observatorios de astros y en las lluviosas, goteras que lavaban las partículas de la muerte. Podía llegar a cualquier lugar del laberinto (especialmente a su salida) desde cualquier punto de inicio. Era simple matemática: los pasillos y las bifurcaciones tenían combinatorias desmedidas pero no ilimitadas, y con suficiente tiempo y una inteligencia de nieto de un dios —como era— se podían aprender de memoria. Acertaba la puerta inclusive con los ojos cerrados, cosa que hubiera destrozado para siempre el ego del arquitecto. La hallaba pero no la abría. Dedicaba unas horas a escuchar el aire inacabable, el canturreo de las ranas o algún jilguero, y luego volvía a su itinerario.

Todo esto desconocía yo cuando me tocó matarlo. Desde antes de entrar sabía que no iba a ser ni rápido ni fácil. La casa infinita podría tomarme días de recorrido hasta dar con él; por ello Ariadna no sólo me proveyó del hilo del regreso, sino también de vino para las heridas, agua y aceitunas como alimento.

Cuando fui engullido por la primer galería, comencé a pelear un combate al revés: en vez de gritos, me ciñó el silencio; en vez de la luz de los yelmos, me acarició una penumbra mansa. Mientras avanzaba en ese campo de batalla inverosímil no hallaba huesos ni nada bestial; la casa-pasillo estaba impecable, cuidada hasta con amor, diría. Pero yo estaba consternado, porque a medida que me internaba en los corredores, descubría letras y figuras. Palabras, dibujos, odas exquisitas hijas del desconsuelo, escritas en las paredes. A falta de pintura, estaban delineadas con garras, como las marcas de los osos en los árboles. Pasé creo que dos días sin dormir recorriendo la maraña de túneles, leyendo la biblioteca de piedra, hasta que necesité pernoctar.

Él me sorprendió mientras soñaba con uno de sus sonetos. Fue algo insípido: yo dormía profundamente y un leve sorbido me hizo entreabrir los párpados. Lo tenía a tres codos de distancia, en cuclillas, dándome su espalda de muralla peluda. Sentí la desesperante distancia de la cercanía que solamente conoce el guerrero a punto de chocar con su enemigo. Sin moverme, busqué mi espada con los ojos; estaba doblada como un pergamino mojado. El hilo de Ariadna, partido. Quiero ser honesto: yo nunca hubiera podido matarlo, simplemente no hubiera tenido la fuerza física ni mi hoja hubiera podido agraviarlo sin que él antes me hubiera aplastado como a una paloma. No era rival, ningún héroe lo era. Pero no estaba interesado en mí, sino en mis aceitunas, que mordisqueaba con fruición infantil. Fuga no había, y creo que dejé escapar un suspiro involuntario. Él lo escuchó. Giró con silencio incorpóreo hasta pegar sus ojos con los míos y entiendo que es difícil de creer en esas pupilas de vaca no vi intenciones monstruosas, sino dolores monstruosos. Como un estúpido atiné a preguntar ¿Te gustan las aceitunas?

Tardó unos segundos en volver del asombro por alguien sin pánico y, maravillado, levantó una losa del piso y con una uña bestial y una caligrafía exquisita escribió . Para probarlo, ostentó mi morral como si contuviera esmeraldas. Me senté contra la pared y tuve que decirle la verdad: vine a matarte. Volvió a girarse, tomó la espada enrulada y la dejó socarronamente a mis pies. Reprimí una sonrisa. Luego recogió el hilo de Ariadna y se anudó un lazo alrededor del cuello, desorbitando los ojos y sacando la lengua, simulando un estrangulamiento. No pude no reír por la chuscada y él perpetró algo como una serie de bufidos desde su pecho toruno y entendí que eran risas. Se me sentó enfrente y me ofreció una aceituna. La escena se hizo incoherente: estábamos el monstruo y su verdugo incapaz, sentados frente a frente como niños con las piernas cruzadas, compartiendo el botín de una bolsa de olivas. Le dije que se las regalaba, que yo podía conseguir más.

_ Si sales de acá. Escribió en la losa pizarra

_ Tengo que salir.

_ ¿Cómo? ¡¿Encontrando la puerta?!

Empezó a bufar-reír y se atragantó con un carozo, que escupió con tal fuerza que me hizo cubrir la cara instintivamente. Y ambos nos carcajeamos de la irrealidad del momento. Luego se puso reflexivo:

_ Aunque ni te rozara con mis cuernos, morirías de hambre y de sed sin siquiera acercarte a la desembocadura de mi casa.

_ Quizá así sea, pero te imaginas que si entré no fue para quedarme, sino para salir. Y eso tiene que ser antes de la próxima ofrenda; vine para evitar que se siga repitiendo la matanza.

Lo que dije hizo lo que mi espada no. Lastimado, se irguió, agitó sus manos espantando una nube de espectros, y con cierta descortesía me invitó a acompañarlo, indicándome que me equipara con todos mis pertrechos. Transitamos el laberinto durante varios días, parando a comer y dormir, peregrinando por sus escritos. Necesitaba excusarse, compartirlo y enseñármelo todo. Si notaba que algo no me convencía, con su losa pizarra detallaba, comentaba, ponía luz sobre esa metáfora demasiado simbólica para mi entendimiento. Tuve miedo de que se le borraran las uñas de tanto escribir. A veces se detenía, releía y corregía algún pasaje en la pared; sus oraciones tenían la vivacidad de un río vertiginoso y triste, en sus alegatos se libraba una lucha donde finalmente el dios divinizaba al monstruo, en vez de que el monstruo bestializara al dios.

Una madrugada lloró dormido. Una noche señaló el techo y me mostró una grieta como de mujer por donde se dejaba ver la luna. Una tarde se acabaron la aceitunas.

_ Tengo que salir.

_ Con mi cabeza, ¿es así?

Mientras yo buscaba cómo decir lo obvio, caligrafió:

_ Te presento el problema, Teseo. No quiero desnucarte, pero tampoco puedes quedarte porque te darían por muerto y en poco tiempo enviarían cien guerreros a terminar lo que viniste a hacer. Ni puedes salir sin el aval de que me has dado muerte, porque dejarías de ser admirable. Ni puedo liberarte y dejarte vagar aquí dentro hasta morir de inanición.

En esa losa pizarra se resumía el nudo indesatable.

_ Parece que se nos acaban las alternativas. Dije

_ O no. Podemos ser amigos, mentir que me has asesinado, volver a tu mundo y regresar, periódicamente, con aceitunas.

_ Si yo mintiera iría contra mi honor.

_ Pero no irías contra tu misión.

_ Mi misión es matarte.

_ No, tu misión es que yo no devore más vírgenes.

Él era el elocuente, yo el tosco homicida; su argumentación era impecable y no había más opciones. Quise poner una condición para calibrar el acuerdo.

_ Si les miento, no deberás escapar nunca jamás. Terminarás tus días en este lugar de sombras sin ver una sola primavera ni tocar el agua de un arroyo, ¿lo sabes?

_ Pudiendo haber escapado un millón de veces, nunca escapé ni escaparía porque desencadenaría cacerías, guerras y calamidades. Nunca busqué una víctima: yo soy el abismo y los abismos no salen a acechar, sino que les traen a los desdichados para despeñarlos; los abismos no pueden escapar de su condición de abismo, aunque la odien. Ése es mi castigo, no mi confinamiento. Soy inocente, ¡nunca quise devorar carne! ¡Sal de aquí, engáñalos y haz que mi condena termine! Y regresa con mis golosinas y compartamos tertulias.

Puestos en pragmáticos, tejimos el engaño; el engaño en el que los hombres de mi tiempo creen y los hombres del futuro cantarán en leyendas.

_ Tengo que llevar una prueba de tu muerte, no por mi gloria, sino porque, como dijiste, si no certifico que estás muerto, enviarán oleadas de guerreros hasta que finalmente te maten y, lo peor de todo, destrocen lo que escribiste.

Me tomó de la mano y casi corriendo desandamos los pasadizos hacia donde mi espada. Enderezó un pedazo de hoja y se rebanó una oreja; la ató a mi muñeca mientras alguna arteria poderosa nos rociaba de sangre y yo derramé lo que me quedaba de vino en el lugar de la amputación. Comprimí el tiempo necesario hasta que no hubo hemorragia y después de la sutura él ya había cumplido su parte.

Emergí del laberinto de noche, llevando el testimonio ensangrentado —una oreja de toro, pero a todas luces mucho más grande que la de un toro normaly cuando llegué al palacio, los guardias me juzgaron fantasma. Inmediatamente se corrió la voz y los aposentos se empezaron a colmar de susurros de incredulidad y en pocos minutos estaba siendo admirado en el patio por unos pocos y luego decenas de cretenses estupefactos. A Ariadna la noticia le llegó al amanecer y vino a mí llorando, despeinada y habiéndome dado por muerto, bendiciendo a los dioses por el hilo, y no dejó de tocarme durante horas como una ciega, como si sus manos quisieran corroborar mi existencia o recrearme a fuerza de caricias.

Minos cayó en desgracia y desapareció de la Historia. La turba de Creta intentó profanar el laberinto para desquitarse de tantos años de atrocidades, convocándose a banquetear y hacer horribles orgías dentro; pero los previne con no sé cuál anatema divino que los llenó de terror. Los oráculos vinieron en mi amparo, legitimando mi crónica y la represalia celeste para aquel que cruzara la puerta detestable. Quizá ellos también presintieran que los héroes no mentimos.

En Atenas la gente bailó y danzó y se pintaron vasijas rojas y negras con mi gesta, multiplicando la falacia, al mismo tiempo que la casa infinita se perdía de las cartografías y se abandonaba como un mal sueño.

Yo disfruto de esta gloria que no merezco; él, de su desuso. Ambos, de haber urdido la leyenda que nos engarzará a perpetuidad. Me honra saber que la piedra ya no es su confidente porque ahora me toca a mí serlo. Desde el fondo de mi corazón aspiro a que cuando alguien lea esta carta, la verdad justiciera disuelva la fábula y se entienda que hay un tercer heroísmo que no es matar o morir, sino salvarse mutuamente. Entrego mi esperanza a los hombres del futuro porque los de mi tiempo nunca lo entenderán. Y acá concluyo el relato. El pabilo de mi vela ya está chispeando en las últimas, anochece, y Asterión me espera a cenar carne. Carne verde o negra; roja jamás.

©JIR