Budismo II Sep27

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Budismo II

Si cayeron acá sin haber pasado por acá ni acá, les recomiendo seguir el orden de los posts, que es:

  1. Desear, poseer, sufrir.
  2. Budismo I.

Y lo recomiendo para que se entienda claramente lo que viene en este capítulo, cuyo propósito es terminar de sondear el siguiente asunto: si el budismo responde completa y verdaderamente a la innata necesidad espiritual del ser humano, o si, por el contrario, el cristianismo lo hace.

Para un ateo, los razonamientos que vienen pueden ser intrascendentes, porque para un materialista todas las cuestiones espirituales lo son. Pero para las personas que se consideran más que un rejunte de protoplasma, quizá algo de lo escrito tenga alguna relevancia. Y especialmente, claro está, para los budistas y los cristianos, frente a quienes confieso que tengo el declarado objetivo de intentar demostrar que la espiritualidad cristiana ciertamente sacia la sed de verdad y plenitud que nos arde dentro, y que para muchos cristianos, esta obviedad quizá no se haya percibido por la simple peripecia de que nunca nos explicaron clara y vivencialmente la profundidad y riqueza de nuestra creencia.

Entonces, si quieren, ponemos primera.

 

1) Concepto de Dios para el budismo versus para el cristianismo

La lógica dice que empecemos por la diferencia más básica, que explica todas las que siguen, y es que el budismo y cristianismo disienten en la existencia de un Ser Absoluto.

Aunque hoy se viven muchas formas de budismo contaminado con deísmo (más si el practicante es cristiano, que ya viene con ese concepto), la realidad es que Buda excluyó la idea de un Dios personal. Aunque conocía dioses e inclusive demonios, en ellos veía seres celestiales sometidos, como todo lo existente, a la ley del cambio y al devenir; y si bien era monista en su perspectiva del Absoluto como una fuerza impersonal formada por todas las cosas vivas, rechazó la existencia de un Dios personal y enseñó que la pregunta sobre la existencia de Dios no tiene significado.

Otra forma de decir lo mismo es que el budismo es una filosofía no teísta. O sea, una no-religión, porque etimológicamente, “religión” viene de re-ligare (ligar de nuevo, unir la criatura al Creador). No estoy haciendo juicio de valor, sino diciendo lo que es. Para el budismo no hay Dios personal. Al menos, como vimos, en su concepción original y pura, porque a lo largo de los siglos, especialmente en estos últimos años de new age, el sincretismo de ideas y creencias quizá haya corrompido algo de su pureza inicial y nos encontremos con uno o varios “budismos teístas”, como los que a veces muestran Osho y otros pensadores similares, tomando creencias de varias religiones, creando vertientes nuevas, con ingredientes de muchas. Pero si nos atenemos al budismo clásico, es una forma de agnosticismo o al menos de ateísmo práctico; no encontramos rastros ni necesidad de un Dios.

***

En las antípodas de esta concepción, el cristianismo afirma que existe un Dios eterno y omnipotente como principio del Ser, creador de todo lo que fue, es y será, dueño del espacio, el tiempo y la eternidad. Este Dios no es todo lo que existe (panteísmo), sino causa y sostén de todo lo existe. A decir de Hölderlin: Dios crea al mundo de la misma manera que el mar crea a los continentes; retirándose.

Este Dios no es evidente a los sentidos, (aunque con la razón se puede llegar a la conclusión de su existencia), sino que manifiesta a través de su obra y, en el caso de los cristianos, de su Revelación, su darse a conocer. Por eso es virtuosa la fe: porque al estar frente a lo trascendente, la razón llega hasta un límite pasado el cual no hay empirismo ni evidencia sino confianza. Creer por el simple motivo de creerle a quien pide que creamos.

Pero volviendo a la esencia de Dios, tiene una particularidad única que no se repite en las concepciones de las divinidades de la historia, que es que además de todopoderoso, es —lo más importante— todoamoroso. Un Dios personal. Un Dios no que no sólo es sino que además, está.

Que no es es lejano, ni conceptual, ni tirano, sino la cosa más íntima que puede darse: un Padre (Padre y Madre, porque es claro que no es varón). Y por ello, el cristianismo afirma que un Padre así, todopoderoso y todoamoroso, da la existencia, de forma particularísima, a cada cosa que es, y la cuida con su Providencia como si no existiera otra en el universo, de forma presente y exclusiva, como creatura suya.

Según el cristianismo, este Dios omnipotente tiene una sola impotencia: la libertad del hombre. Es decir, el universo entero le responde, pero el hombre tiene el don del libre albedrío, y él es libre de acogerlo, amarlo y dejarse amar por Él. O no. Y hasta ahí llega su omnipotencia, a la orilla de la libertad humana. ¿Y por qué? Como ya veremos, porque el amor tiene que ser libre, o si no, no es amor. Es imposible obligar a amar porque se estaría destruyendo la libertad del hombre, lo que equivaldría a destruir al hombre. Ya volveremos sobre este punto.

Así, hiper resumido, a simple vista se advierte una diferencia de raíz que pocos tienen en cuenta, pero que para la espiritualidad de cualquier persona marca dos caminos (inicio, tránsito y fin) casi opuestos. Y la disimilitud es de total trascendencia, porque se derrama e impregna todo lo que viene a continuación.

 

2) Siddhartha Gautama y Jesús de Nazareth

Siddhartha-Buda fue el fundador de una filosofía de vida; su grandeza consistió en haber convertido su búsqueda personal en una búsqueda para muchos. Su conversión y exploración de un camino existencial que hiciera crecer al ser humano en virtudes y sabiduría, derivó en revelar caminos para ello y en la pedagogía para orientar a sus seguidores hacia la liberación de la ignorancia y el sufrimiento. Fue un gran maestro, un gran asceta y buscador de la sapiencia, pero nunca dijo ser una deidad, ni vio esto como un defecto.

Si bien varias sectas lo han elevado a la categoría de un dios, él dijo claramente que sólo era un indicador del camino al Nirvana y nunca se presentó a sí mismo como una divinidad. Es más, declaró no conocer o tener certeza de cosas tales como qué sucede con el alma después de la muerte, cómo es el más allá y otras cuestiones fuera del alcance de los sentidos o la razón humana. Siempre se tuvo a sí mismo como un ser humano. Un ser humano ejemplar y respetable por sus intenciones —añado— pero ser humano finito y limitado, fundador de una filosofía milenaria.

***

Con Jesús tenemos un problema. Porque no mostró ningún camino a ningún lado, sino queÉl mismo se auto declaró el camino. El Camino, la Verdad y la Vida, por si fuera poco. ¡Las tres cosas que el corazón humano buscó y buscará siempre, las sintetizó y se las adjudicó a sí mismo, reclamando un seguimiento incondicional! También dijo que Él es Dios omnipotente y existente desde antes de la creación, por siempre y para siempre, y además, que ha vencido ¡a la misma muerte! Y, por supuesto, como se dijo Dios, lógicamente nada queda fuera de su gobierno, sabiduría y conocimiento: el cosmos y las cosas ocultas presentes, pasadas y futuras.

Como se imaginarán, ante semejantes afirmaciones, caben tres posibilidades: o fue un loco estratosférico, o un perverso talentosísimo, o realmente fue Dios; y esto lo analizamos en el trilema, porque da para un análisis bien profundo.

Volviendo a donde estábamos, lo extremo de Jesús es que, a diferencia de cualquier fundador de alguna religión de cualquier época, no es “maestro de contenidos”, por decirle de alguna forma. Si Buda transmite una doctrina que, o bien descubrió, o bien le fue revelada, Jesús es más drástico: identificó su salvación en primer lugar con su persona, y sólo en un segundo plano, con su doctrina. No señala, se señala. Su ser, hacer y decir son la doctrina. No copia a nadie, habla como autor, no como recitador o descubridor. Cuando el joven rico le pregunta cómo hacer para ganar la vida eterna, no le da un manual de instrucciones o una serie de preceptos, le dice algo loquísmo: “Regala todo lo que tienes y sígueme”. A ver si me doy a entender: no le dice “sigue tal camino que yo te enseñaré a recorrer” le dice “sígueme. A Él, como camino y meta al mismo tiempo, como fuente y destino al mismo tiempo.

Esta diferencia entre Buda y Jesús define profundamente la vivencia y el psiquismo de un budista y un cristiano. Para un budista, el fundador brinda un gran ejemplo de hombre ejemplar y maestro sabio como faro para los seguidores que quieren imitarlo e incorporar sus virtudes recorriendo su mismo camino de iluminación. Es lógico que luego de Buda hubieran muchos otros maestros, que continuaran y dispersaran su legado con mayor o menor fidelidad y alteraciones. Y es lógico que cada budista que se precie busque para sí a un mentor para que lo introduzca en el saber y lo acompañe en las prácticas para ir creciendo en él.

Para el caso de la espiritualidad cristiana, la definición es más extrema. El fundador es ni más ni menos que Dios entrando en la historia y así se quiebra la historia de todas las religiones de la historia. Porque, por definición, el cristianismo no es una religión sino una relación. Una relación entre un Tú (Jesucristo-Dios), un yo (la persona) y un nosotros (todos los bautizados, la Iglesia). Es una relación y como tal no puede ser legada de maestro a discípulo desde tiempos pretéritos, sino vivida en tiempo presente entre los relacionados, actualísima como el momento en que están leyendo este post. En la vivencia espiritual cristiana, se da una relación personal con Dios vivo, que se encarnó en Cristo y continúa actuando y estando presente desde y para toda la eternidad. El anterior Papa lo resumió perfectamente: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que le da un nuevo sentido a la vida“. Es una relación de amor que, como toda relación de amor, transforma a los relacionados, y como toda relación de amor, conlleva libertad, fidelidad y correspondencia.

Queda claro que esta desigualdad crea un divergencia descomunal en la meditación, en lo cotidiano, en la liturgia, en lo comunitario y en otros puntos que ya veremos más abajo. Pero sigamos cotejando otras diferencias entre Buda y Jesús.

  • Buda planteó una salvación mediante el ascetismo, en una espiritualidad metódica de búsqueda de la sabiduría, ejercicio de la compasión y renuncia al mundo como fuente de sufrimiento. Un crecimiento que se logra con ejercicio y purificación, hasta finalmente librarse del ciclo de reencarnaciones y llegar al Nirvana.
  • Jesús planteó algo que nadie se atrevió a decir antes: que la salvación (la felicidad plena), consiste en algo potentísimo: que Dios ama al hombre con amor infinito y si el hombre corresponde a ese amor, es feliz en esta vida y en la eternidad. Dios tiene la iniciativa y el hombre la respuesta. Por lo tanto, Jesús pide amor sumo —lo cual sería sólidamente lógico, porque si Dios es el bien supremo sobre todas las cosas y Jesucristo es Dios, habría que amarlo sobre todas las cosas— y que ese amor se exprese con la vida y los actos (las Bienaventuranzas y el mandamiento del amor).

 

  • Buda no hizo ni pretendió hacer milagros de curación, rechazó todo tipo de hechicería y no reclamó para sí una exclusividad personal.
  • Jesús esquivó los devaneos de la magia y trató con hombres de forma activa, atendiendo a sus necesidades espirituales y materiales, a través de parábolas, milagros y curaciones como prueba de quién era y cuál era su misión. Milagros cósmicos (como la calma de la tempestad del lago), milagros de providencia (la multiplicación de los panes) y milagros de sanación, todos tienen por fin probar con actos su divinidad y mensaje. Por ejemplo, cuando cura a un ciego, remata con “Yo soy la luz“, o cuando resucita a un muerto, añade “Yo soy la resurrección y la vida“. No sólo cura o resucita, ¡además dice —sin que se le mueva un pelo— cosas que solamente podría decir una divinidad!

 

  • Buda —ya vimos— rechazó la idea de un Dios personal.
  • Jesús presenta y “desnuda” a ese Dios personal, contando su intimidad (la Trinidad), sus sentimientos y su predilección para con los hombres. Como vimos, Él mismo se auto-titula Dios Hijo, que es Uno con el Padre.

 

  • La sonrisa de Buda como superioridad sobre el sufrimiento, representa la felicidad de una ecuanimidad imperturbable. Tan elevado es Buda que no puede llamarse amigo ni por sus amigos.
  • Jesús dijo que “no hay mayor amor que dar la vida por sus amigos”, no esquivó sino que asumió y pasó a través del sufrimiento y la muerte para, resucitando, demostrar que era Dios, y dijo quedarse con los hombres hasta el fin del mundo. Lo que Jesús pide y promete solamente puede ser pedido y prometido por un Dios.

 

  • Buda no definió qué es o cómo es la última realidad después de la muerte. Solamente tuvo conjeturas y no estaba seguro de lo que había más allá de la vida terrena, ni cómo era concretamente el Nirvana; por lo tanto, consideraba a esta realidad como misterio. No ofreció —como hombre que fue— ni la seguridad del perdón ni la vida eterna. Lo que dejó son especulaciones filosóficas.
  • Jesús no tuvo dudas de qué hay después de la muerte, y además, pretendió revelarlo claramente, explicando cómo es el Reino de los Cielos, cómo opera la misericordia de Dios y cómo es la vida eterna en el seno del Padre.

 

  • Buda murió y su cuerpo yace en una tumba en Kushinagar, al pie del Himalaya (aunque se dice que al pasar al Nirvana, no quedaron restos físicos). Los hechos de la vida después de la muerte todavía permanecen como un misterio no resuelto en el budismo.
  • Jesús resucitó y probó sus afirmaciones de ser Dios y Salvador al levantarse de los muertos. La resurrección es un hecho probado de la historia y para los cristianos, demuestra claramente la autoridad de Cristo sobre el universo, el pecado y la muerte.

 

  • Buda no estableció ni quiso constituir ninguna institución para seguir con su legado. Formó discípulos, que a su vez fueron transmitiendo su doctrina.
  • Jesús pretendió introducir un nuevo orden en el mundo, al que llamó “El reino de Dios”, un reino de almas, no de geografías. Y además instituyó a la Iglesia, a su vicario (san Pedro, el primer Papa) y dijo que ésta era su cuerpo místico en la Tierra. Dicho de otra forma, Él mismo actuando a través de los sacramentos y los hombres. Y los mandó a predicar a todas las personas hasta los confines de la Tierra. Para no irnos, acá hay un post sobre este asuntito.

 

Y podríamos seguir hasta llenar una docena de tomos, pero creo que ya vimos lo más esencial. Entiendo que las similitudes entre Buda y Jesús son solamente superficiales; ambos predicaron la salvación del hombre, sí, pero sus fuentes, formas de comunicar y finalmente, estilo de vivir, no pudieron ser más disímiles. Desde el punto de vista del cristianismo, la iluminación de Buda es muy respetable como un intento humano de descubrir por la propia fuerza lo que el mundo contiene en su interior.

Sin embargo, cuando vemos la figura de Jesucristo, volvemos al problema que mencionamos: se va de escala. No es Sócrates, Buda o Confucio buscando el modo recto de ser hombre.Jesús es absoluta alteridad, el tipo se dice Dios y no propone indicar el camino al amor, la paz, la vida, la sabiduría. Ni siquiera da el amor, la paz, la vida, la sabiduría. Él no indica ni da, sino que se da, porque cuando Jesús da algo, se da Él mismo: da la vida porque Él es la Vida, da la paz porque Él es la Paz, da la verdad porque Él es la Verdad, da el amor porque Él es el Amor. De ahí su darse total y absolutamente al hombre.

Este detalle colosal trasciende a una religión en particular y atraviesa a todo ser humano en cuanto ser humano: ya observamos que Jesús se declaró Él mismo el Camino, la Verdad y la Vida. Curiosamente lo que un budista busca. Y no tan curiosamente, lo que el alma humana racional y afectivamente ansía: vida en abundancia y amar y ser amado.

Si creer es entregarse, esto que menciono puede creerse y hacerse vida; o no, claro está.

 

3) Plan de salvación budista versus plan de salvación cristiano

Primero y principal, ¿A qué llamamos plan de salvación? Esta expresión cobija dos conceptos unidísimos: el encontrar la respuesta acerca del último significado de la existencia, y segundo, acoger y vivir a diario un camino de vida que nos lleve a la plenitud. Desde esta definición, entonces de qué busca salvarse un budista: del sufrimiento. Y de qué busca salvarse un cristiano: del desamor. Dicho esto, no debemos confundir el Nirvana con el Cielo; el Cielo y el Nirvana no pueden ser más diferentes.

Para entender al Nirvana budista antes tenemos que considerar que, para esta filosofía, todo lo que existe es anicca (impermanencia, no-permanencia) y maya (apariencia, no-realidad). No podemos conocer nada en esencia, solamente percibir fenómenos. Y la vida humana histórica no escapa a eso: no tiene ninguna hilación unificante, real y existencial, está hecha solamente de fragmentos existenciales inconexos de nacimiento, crecimiento, decadencia, muerte y reencarnación.

Al creer en esta última, Buda enseñó que todo acto malo que hacemos nos ata más al ciclo del nuevo nacimiento —nos “condena” a existir— y solamente se puede escapar de esta rueda siguiendo el estricto sistema ético de El Sendero de las Ocho Grandes Verdades. El budismo está contra el pecado y la inmoralidad, pero da por ignorado el tema de la existencia de Dios y nuestra necesidad de redención. No da respuestas acerca del máximo significado de la vida, como vimos, dejándolo en una especulación filosófica. Ya en vida Buda había rechazado la autoridad de los Vedas, la utilidad de los sacrificios y el provecho de las especulaciones metafísicas sobre la existencia de Dios y del alma. Por eso su plan de salvación y liberación del sufrimiento parte desde el interior del hombre mismo y también acaba ahí mismo.

¿Y en qué consiste este plan de salvación o redención budista? Primero digamos en qué no consiste: no consiste en llegar a la plenificación de la felicidad del ser. Consiste en lo contrario: en llegar al Nirvana (literalmente “extinción” o “apagamiento”), liberándonos del sufrimiento de este mundo de apariencia, gracias a la supresión de todo deseo y de toda conciencia. El Nirvana es imposible de definir, es un estado puro e indeterminado de vacío; no es simplemente un estado de mera extinción o de total aniquilación, ni una meta intelectual, sino una experiencia no definible. Como la llama de la vela cuando se apaga de repente. Una vez apagada, no tiene sentido cuestionar a dónde fue. Para el budista clásico —incontaminado de new age— alcanzar el Nirvana es simplemente dejar de existir y liberarse de todos los deseos, ansias y del ciclo del renacimiento y del dolor (dukha). El fin de la rayuela, como ya vimos.

***

Ahora vayamos al cristianismo, cómo define a la redención o salvación y cómo explica al Cielo.

Lo primero es muy sencillo. La redención consiste en dos cosas: 1) buscar la Voluntad de Dios y 2) hacerla. Porque esta Voluntad es que nosotros seamos felices.

Verán que la lógica es diáfana:

  • Para el cristianismo, fuimos creados por Dios, que es omnipotente, todopoderoso y todoamoroso; ese Dios tuvo un propósito y una Voluntad para nuestra existencia. No un propósito “práctico” como si alguien creara una pieza para una maquinaria mayor, sino un propósito afectivo, de amor.
  • Habiendo voluntad, no hay casualidad: cada persona que existe fue elegida para existir, con una vocación para la felicidad. Y esa vocación es su llamado a ser feliz de tal o cual forma, en su circunstancia particular, cumpliendo y acogiendo en ella la Voluntad de Dios. Descubrirla, por tanto, y seguirla, es el camino a la felicidad en este mundo y en el otro.
  • ¿Y de qué se trata la Voluntad de Dios? Expresado vivencialmente, en amar. Expresado en confianza, en tener fe. Expresado conductualmente, en hacer el bien y evitar el mal, obedeciendo el mandamiento del amor. Implica fe, afectividad, voluntad y fundamentalmente, actos, obras. La única dicha del hombre es conseguir que se haga lo que Dios quiere por medio suyo. Este abandono alegre y esta respuesta total es el equivalente a la felicidad, y hay tantos caminos para esta felicidad como personas existen.
  • ¿Qué pasa luego de morir? Para el cristianismo, la muerte no tiene la última palabra de la existencia, porque nuestra alma es inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios, que es espíritu. Luego de la separación del cuerpo y el alma, seremos medidos en el amor; no en si fuimos exitosos, ricos, pobres, eruditos o inteligentes, sino buenos. A diferencia del budismo, que afirma que si no se llegó al Nirvana volvemos a reencarnarnos, el cristianismo revela que hay dos realidades definitivas: el Cielo y el Infierno. Y también es algo simple de entender, porque son consecuencias de las decisiones libres de las personas: el Cielo es contemplar y ser uno con Dios, la “posesión” de Dios “tal cual es”, y el Infierno es la pérdida de Dios. La dicha absoluta y el fracaso absoluto, respectivamente. Ambas realidades —según el cristianismo— son eternas, porque luego de la muerte ya no hay posibilidad de acción, buena o mala.

Voy a hacer una digresión porque conviene aclarar algo: Dios no “manda” al Cielo o al Infierno a nadie, ni “premia” o “castiga” con ello. Ésa es una lectura legalista o hasta mercenaria del tema. La persona es quien, mediante sus elecciones de vida, elige dónde ir. Este tema es un poco largo y plantea la aparente paradoja de cómo si Dios es amor y misericordia infinita, existe un lugar tan triste como el Infierno. Pero como no hay lugar para explicarlo acá, resumámoslo diciendo que el misterio de estas dos realidades es que Dios respeta delicada y absolutamente la libertad del hombre, aunque ésta lo lleve a su desdicha eterna. Ya vimos que Dios es omnipotente pero no puede obligar al hombre a amarlo, porque el amor es libre o no es amor. Como vimos más arriba, si Dios destruyera la libertad del hombre, sería equivalente a destruir al hombre. Por tanto, si el hombre, en el ejercicio de su libertad y en plena conciencia, decide marginarse del amor de Dios, Dios respeta la decisión, aunque sea ruinosa para el decisor.

Retomando la disquisición sobre el Cielo, como toda realidad ultraterrena, es indefinible e indescriptible, está más allá del lenguaje humano, pero como no tenemos otra cosa que lenguaje humano, hagamos un intento. 😀

En el Evangelio se dice “Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman“. Para el cristiano, el Cielo es contemplación de Dios y por lo tanto es toda la hermosura, pureza, belleza, verdad, ciencia y grandeza, toda la felicidad y el amor infinitos recreándose eternamente con la novedad de una dicha nueva que no aburre ni se puede agotar. Es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Y no se está solo, sino en comunión de amor y felicidad con las trillones de almas que ahí se encuentran. Por eso se lo suele describir como una fiesta o banquete de bodas, imágenes que tratan de comunicar, despalabradamente, la alegría final. No hay más muerte, ignorancia, transformación ni impermanencia: hay vida eterna, contemplación de la Verdad definitiva y dicha interminable.

Para terminar, como el hombre es una unidad de cuerpo y alma (ni el cuerpo es la cárcel del alma, ni el alma es el hombre encarnado en un cuerpo), el cristianismo cree que esta unidad —que la muerte rompe— se volverá a reencontrar en la resurrección de los cuerpos, al fin del mundo. Los cuerpos serán diferentes (gloriosos o glorificados) y el cosmos entero también será glorificado. ¿Cómo y cuándo será eso? Nadie lo sabe. Es un conocimiento por la fe, revelado, que uno puede creer o no; no una conclusión científica.

Y cerremos acá, para pasar al punto siguiente.

 

4) Meditación budista versus meditación cristiana

Ahora viene un bello tema mal conocido y peor interpretado, especialmente por los occidentales, que quedan fascinados con la mera palabra meditación. Y antes de avanzar les cuento que al final de este apartado voy a compartir algo que sorprenderá a muchos, y es que en el cristianismo también hay tradiciones y métodos de meditación u oración, con sus posiciones físicas, sincronización con la respiración y latidos y otras técnicas que a simple vista parecieran budistas u orientales y no lo son.

Pero empecemos: ¿qué es meditar? No vale decir que es un término que está de moda y es re cool porque tal o cual cantante adolescente hace meditación antes de un recital. ¿Qué es meditar? Pueden ser muchas cosas. En la new age puede ser danzar, cantar, silenciarse, repetir mantras, abrazarse a un árbol, técnicas de respiración, hacer una sesión de aromaterapia o musicoterapia, tener sesiones de sexo tántrico, en fin, hay una muchedumbre de métodos cuyo común denominador es conectarse consigo mismo y eventualmente, con otro ser o seres, sea una persona, el cosmos, la naturaleza o la divinidad, cualquiera sea la concepción de esta última.

En el budismo clásico es algo bastante-bastante más profundo. Se trata, ni más ni menos, que de ejercitarse para el Nirvana. Una “gimnasia”, preparación y práctica para llegar a dicho estado, mediante el crecimiento en la sabiduría, la compasión y el desapego. Es un vaciarse, silenciarse y tratar de no-ser, de llegar a un estado mental o místico de no-pensamiento, no-conciencia, de liberación de lo aparente, lo impermanente y obviamente, del deseo; y mediante dicha meditación, se alcanza el shanti, paz interior o paz en la mente.

En este filosofía hay dos grandes conjuntos de tipos de meditación: la Samatha(meditaciones de tranquilidad) y la Vipassana (meditaciones interiores). Cada una tiene sus métodos y contrarresta o libera de algo considerado malo (la distracción, el deseo, el odio, la ignorancia, la vanidad, etc) y desarrolla algo considerado bueno (la concentración, el amor, la alegría, la sabiduría, la claridad, etc), como parte del proceso por medio del cual un budista se libera de sus nexos con este mundo y del ciclo de la reencarnación.

Algo extraordinario del budismo es que sus técnicas de meditación son muy sofisticadas, y a menudo se adoptan o adecuan a practicantes de otras religiones (o ateos), o como ayuda para distintas terapias. Inclusive, parte de la comunidad científica se ha interesado por descifrar fisiológicamente las técnicas de meditación budista, como algo beneficioso para la armonía de los individuos. Quien haya hecho este tipo de meditaciones puede dar fue que algunas posturas o prácticas producen sensaciones de quietud, euforia o distensión, emociones gratificantes y hasta fenómenos de luz y calor similares a un bienestar espiritual.

***

Pero acá llegamos a la divisoria de aguas entre el budismo y el cristianismo, con una cuestión sustancial: ¿la meditación budista es oración en el sentido propio de la palabra? No. Es una forma de trabajar la mente usando la mente, buscando incrementar la capacidad de conciencia y positividad, y llegar a un estado en que la conciencia se eleve a nuevas alturas; pero el límite es la propia conciencia, no se llega a un fundamento o a un otro que trascienda lo que somos.

Podemos preguntarnos si esto es necesariamente malo y la respuesta es que para nada, es muy positivo, como punto de partida. El problema es que es incompleto, porque entiendo que no termina de responder a lo que el ser humano busca, que no es solamente mejorar como ser humano y desarrollar su pequeño yo, sino la trascendencia, que la puede encontrar en sí mismo, pero que por definición viene de fuera de sí.

La meditación cristiana recién empieza donde la budista llega a su máximo nivel, y paso a explicar por qué: todo lo que sea silenciamiento, armonización, desapego, purificación de la mente, concentración, respiración, vaciamiento, atención pura y demás, son solamente preámbulos para lo realmente importante: el encuentro entre la persona y la Fuente de su existencia.

Esto que acabo de decir quizá sea una sorpresa para muchos cristianos que piensan que en el cristianismo no se medita, sino que se recitan oraciones vocales y se participa de liturgias vacías. Esta equivocación o ignorancia es una tremenda pena, porque el mismo Jesucristo pasaba noches enteras en estado de oración silenciosa y en los dos mil años de historia cristiana hubieron cientos de maestros iluminados de oración, mujeres y hombres de cualquier nacionalidad y condición social que marcaron hitos en la experiencia mística y espiritual del ser humano.

Sigamos ampliando qué es meditar para el cristianismo: la premisa primordial es que, como vimos, para el cristianismo hay Dios personal que nos creó por amor y por amor nos conserva en la existencia. Un Dios que es y un Dios que está, con quien nos podemos relacionar con todo nuestro ser: corporeidad, afectividad y obviamente, espíritu. Por ello,meditar equivale a orar y orar equivale a relacionarse, a un encuentro entre dos interioridades, a un acontecer afectivo.

En la oración meditativa hay una contemplación entre dos vivientes, un tú y un yo que se encuentran en su interioridades más íntimas y profundas, en el “centro de mi centro” a decir de San Agustín. La meditación es un amar y dejarse amar, una contemplación viva y mutua en un intercambio de interioridades donde el amor es fin en sí mismo, sin buscar otra utilidad o “elevación”, porque se es elevado, y es acogimiento y entrega total al mismo tiempo. Es un silencio habitado de amor. Acá hay un rudimentario intento de descripción, que si tienen ganas, pueden leer.

Volvamos.

Cuando un cristiano ora, el encuentro puede incluir pero generalmente sobrepasa la comprensión intelectual y las palabras. Supera lo cognositivo porque el hombre es más que la mente y muchísimo más que la mente racional; es una unidad de afectividad, corporeidad, mente y conciencia, y la meditación/oración cristiana abarca, penetra y empapa todas esas dimensiones. Dios habita al hombre en su totalidad, y el hombre acoge a Dios al máximo de sus potencialidades y se llena de paz inefable. Vimos que el vaciarse, tranquilizarse, silenciarse y vaciarse de preocupaciones y tensiones, no son fines, sino solamente preámbulos y consecuencias del verdadero encuentro donde se adora a Dios y Dios se vuelca en el alma como un cachorrito en su jardín secreto, en un estar profundamente juntos en esencia y presencia, en un ¿tiempo? sin principio ni fin, un instante donde se barrunta la eternidad inmutable y el desde siempre y para siempre de Dios volcados en nuestra fugaz existencia.

Y digo que la meditación, contemplación y oración cristiana comienza donde la budista termina, porque justamente trasciende la capacidad del hombre, su mente y corporeidad, su pequeño yo. Dicho burdamente, no te iluminás, sos iluminado; porque Dios es luz infinita que sondea lo más profundo, conoce y ama a su creatura más que ella a sí misma (¡la deseó, la creó y la sostiene!) y puede elevarla y resplandecerla de forma incalculablemente más desmesurada de lo que ella lograría con su exigua capacidad natural.

Si en el budismo el límite de la experiencia mística es la propia capacidad del individuo; en el cristianismo no hay límite, porque del otro lado está el Inaccesible Increado que se hace accesible a su creatura. No hay “sabiduría”, adiestramiento mental o ejercicio para “mejorar” la capacidad de oración; no hay proporción entre el esfuerzo y el resultado, ya que Dios es libre, inmanipulable y su entrega es pura gratuidad, no entra en la ley de la causa y el efecto; Él decide cuándo, cómo y con qué intensidad se vuelca ese encuentro. Hay gentes con vidas de oración que sufren largos períodos de lo que se conoce como silencio de Dios desolación, y hay principiantes que desde su primer meditación vivencian consolación y un encuentro profundísimo.

Tanto en el budismo como en el cristianismo, la meditación mejora al meditador. En el budismo, ayudándolo a desapegarse, a ser más sabio y a alcanzar sus potencialidades; en el cristianismo, a crecer el amor, recrearse en su Creador “divinizándose” y por lo tanto, ser más sabio y bondadoso, vislumbrando la Voluntad de Dios para su existencia y en todo lo que existe.

Cierro con los que adelanté al principio, sobre un tema que tampoco se conoce mucho en esta loca sociedad apremiada, y es que también en el cristianismo hay técnicas de meditación u oración. Si bien Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es inapropiable con ningún método o técnica, hay variadas posturas o actitudes corpóreas en el cristianismo oriental y occidental para predisponer y facilitar este encuentro de meditación. En la oración, el hombre entero entra en relación con Dios y, por consiguiente, también su cuerpo debe adoptar la posición más propicia para el recogimiento e inclinación del espíritu.

Para no extendernos demasiado, nombro algunas, como la teodanza, el canto litúrgico, la Lectio Divina, la «oración del Señor Jesús», que se adapta al ritmo respiratorio natural, la lectura rezada, la lectura meditada, la oración visual, la de abandono, la de acogida, la contemplativa y obviamente, la meditación por la oración vocal, como por ejemplo, el Rosario, que muchos asocian a un mantra. Pero —insisto— estas técnicas no se agotan en aprenderlas como fin en sí mismo, sino que procuran partir de lo material (el cuerpo, los sentidos, la fisiología) pasar a la realidad espiritual buscada, que no es encontrarse a sí mismo o “sentir” cosas, sino unirse con Dios en la totalidad de nuestro ser, el encuentro interior y transformador del hombre con su Creador.

Bueno, me extendí un poquitito. Espero no haberlos mareado. A los que quieran, los invito a pasar otro bello tema, entiendo que derivado del que acabamos de ver, que es la paz.

 

5) Shanti budista versus paz cristiana

Una de las primeras impresiones que se experimentaron mis amigos y familiares que empezaron a practicar budismo es el shanti, paz interior o paz en la mente. Los caminos para llegar a él son dos: la sabiduría —entendida como comprensión de sí mismo, del mundo y desapego— y la compasión. La práctica y perfeccionamiento de estos caminos dan como resultado el estado de permanecer mentalmente en paz, y este estado es considerado altamente saludable y cercano a la felicidad.

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La paz para un cristiano es un poquito diferente. El cristianismo irrumpe en la historia proponiendo un ideal nuevo de felicidad, donde la paz y la alegría no implican necesariamente la ausencia de problemas o sufrimiento, sino que igualmente existen a pesar de éstos, por un simple detalle: creemos que detrás de todos los acontecimientos está la mano amorosa de Dios que los envía, si son buenos, o los permite, si son malos. En cualquiera de los casos, tenemos la paz de que es para bien.

De esta forma, se nos da sentir paz aun en la tribulación, aunque en primer momento esto pareciera opuesto al sentido común más llano, y por supuesto que va mucho más allá delshanti budista. Pero vitalmente hablando, podemos resumirla en abandonarse total y alegremente a la Voluntad de Dios, o a lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera. Esta paz no anula la acción del hombre (abandono no es dejadez o inacción) sino que la pone en su justa medida, dentro de un plan providencial más grandioso, que solamente Dios conoce en su íntegra totalidad.

Y mirándolo desde esta cosmovisión, la lógica es diáfana, por dos puntos:

  • Primero: la capacidad de Dios es infinita. Es omnisciente —lo sabe todo—, todopoderoso —puede todo lo que quiere— y todoamoroso —ama todo lo que crea—; entonces todolo que sucede o no sucede en el gigantesco cosmos y nuestra pequeña vida no sólo tiene un sentido (aunque en su momento se nos antoje un absurdo), sino que además, es para bien. ¿Lo malo incluido? Sí, porque Dios puede sacar bien del mal; si no, no sería todopoderoso. ¿La muerte incluida? Sí, porque los cristianos creemos que Cristo, al resucitar, venció a la misma muerte y ésta no es el fin de la realidad.
  • Segundo: nuestra capacidad e inteligencia son escasísimas. Somos criaturas acotadas a nuestras limitaciones comprensivas y de tiempo-espacio; y a nuestra perspectiva le falta un detallín: el infinito. Por lo tanto, lo que percibimos como malo es una microfracción de un plan mayor; lo que metafóricamente podríamos llamar el tapiz al revés: vemos nudos, hilos sueltos, ataduras horribles, inconexiones inexplicables, pero esa no es toda la realidad. Del otro lado del tapiz Dios borda una obra perfecta y amorosa, vasta en tamaño y tiempo, que solamente conoceremos acabadamente cuando lo contemplemos. Entonces, si uno cree en que Dios es Padre y como tal, amante y providente, hay una gran alegría y paz, tanto en lo bueno como en lo malo, porque asumimos que Dios sabe más, tiene tiempos mejores, sueños más lindos, metas más grande que las que nosotros tenemos. ¿Cómo perder la alegría y la paz, entonces, si sabemos que el Padre cuida siempre de sus creaturas con un amor y una eficacia mucho más grandes —cósmicas— que nuestra propia visión?

Hay una manera mucho más sintética para decir lo anterior, y la frase latina Omnia in bonum, que significa todo es para bien, lo expresa perfectamente. La paz cristiana puede incluir pero no implica necesariamente ni el relax de la mente, ni la falta de problemas, ni siquiera el alivio posterior a haberlos resuelto, o poseer salud física y bienestar económico, sino la certeza (no sentir, sino saber) de que todo es para bien y por amor.

La paradoja que Jesús presenta es la alegría aun la tribulación porque con Él entra la alegríaen la tribulación, ya que la experiencia más asoladora de nuestra existencia terrena —la muerte— fue vencida y convertida en fuente de redención. Viéndolo así es imposible no estar en paz espiritual y mental, a excepción de no estar en paz con Dios y los demás poractos malos o egoístas, porque esos actos nos alejan de nuestro Bien, o sea, de nuestro llamado a la felicidad.

Para un cristiano, la paz que nace en la confianza total del acogimiento es la actitud más genuinamente evangélica, liberadora y pacificadora. El Yo me abandono en Vos es la puerta de visitación de la paz. Y este abandono es total: mi pasado, mi historia, mi hoy, mis defectos, memorias dolorosas, virtudes y logros, fracasos, cansancios, incapacidades, ilusiones, sueños, amores, desamores, intenciones, futuro, esfuerzos y obras. Todo lo que soy y todo lo que hago.

Paz también es saber que uno pone los medios y Dios pone los fines, que siempre son mejores que los que podamos haber planeado.

Listo. Cierro con esta linda oración meditativa de Charles de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos. / Haz de mí lo que quieras. / Sea lo que sea, te doy gracias. / Estoy dispuesto a todo; lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas.  / No deseo ninguna otra cosa, Padre. / Te ofrezco mi vida. / Te la doy con todo el amor de que soy capaz. / Porque te amo y necesito darme: ponerme en tus manos, sin medida, con una infinita confianza. / Porque Tú eres mi Padre.

Un piola, Charly. Con una fe así, cualquiera vive en paz.

 

6) Desapego budista versus pobreza cristiana

Esta sección es facilonga, porque en el segundo post ya hablamos holgadamente del tema; por tanto, arranquemos sin prefacios: el budismo nota muy inteligentemente que las cosas nunca se poseen sin cuidado ni temor, son gravosas. Por desearlas y obtenerlas pagamos precios muy altos y un gran monto de infelicidad. Consecuentemente, quien menos desea y menos se apega, más sabio, feliz y virtuoso es, siendo el ápice el Nirvana, la extinción total de todo deseo y sufrimiento.

Para un budista, la renuncia no es abandonar la familia, los amigos, el trabajo y el hogar, sino buscar la liberación de los renacimientos contaminados, eliminando la querencia hacia los placeres mundanos. Y por ello, en su adiestramiento espiritual, ejercita con meditaciones y prácticas para reducir el apego a los deleites terrenales que en vez de felicidad o satisfacción, sólo causan sufrimiento.

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El cristianismo coincide en parte con el desapego budista, que tiene mucho de virtuoso, pero ¿adivinaron? va mucho más allá. La pobreza, cristianamente entendida, es más que el desapego por el desapego en sí. Es ser lúcido para entender y vivir estos tres planos:

  • Tener la clara y alegre conciencia de saberse radicalmente desnudo y desvalido, imposibilitado en realidad de poseer algo que no sea nuestra propia existencia, y esto aun con limitaciones, porque la biología y nuestra debilidad nos hacen notar que somos finitos.
  • Confiar alegre y solamente en Dios, que es consuelo y alivio, fuente de toda existencia, como única base firme de todos los demás bienes.
  • No desear desordenadamente nada que no sea el Bien Absoluto, ni apegarse a lo pasajero, ni entristecerse por lo que no dura. Sabiendo que todos los bienes (amores, logros, ser, tener, hacer) son medios, son nuestros “hermanos menores”, sin comparación frente al Bien Absoluto.

Quien nada posee ni nada desea, es libre de toda atadura. Quien viva así, es libre, poderoso y feliz; la creación entera le canta, no le reclama. El desposeído vive en serenidad, entregado solamente a Dios, salvado de las cosas que tienden a reclamar señorío y quizá hasta volverse finalmente dueñas de la persona. Y esta pobreza espiritual no es un fin en sí mismo, porque quedaría incompleta; es un medio para tener más libertad para amar. No es egoísmo, negatividad, nihilismo o ser epicúreo. El desapego y la renuncia son resplandecientemente alegres, porque porque se está eligiendo bien.

 

7) Compasión budista versus caridad cristiana

Es bello que haya mucho en común entre las dos espiritualidades.

Compasión, para el budismo, es ponerse en el lugar del otro (persona humana o ser sintiente) y evitarle el mal y facilitarle el bien, ayudándolo en las tribulaciones, sea materialmente o con enseñanza, y liberándolo de los obstáculos que impiden su desarrollo pleno. Hay muchas formas de ser compasivo.

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La caridad (léase amor) del cristianismo, implica algo más: amar entregándose en actos. En lo pequeño, en lo cotidiano, en lo grande y si es necesario, hasta en dar la vida por el amado. Amar es querer el bien del otro y en esto se basa nuestra realización personal y la razón de ser de nuestra existencia. Los cristianos creemos que existimos para amar, aunque eso implique renuncia, sacrificio y hasta dolor. ¿Suena raro? No lo es: el dolor —o el sacrificio— es el indicio del verdadero amor. Porque cuando con alguien todo es gozo, corremos el riesgo de engañarnos y confundir el amor por esa persona, con nuestro amor por nosotros. Creemos que la queremos por sí misma, pero en realidad la queremos porque nos da placer. Si el sacrificio aparece, nos intima a elegir o negar al otro; si lo niego, no había amor verdadero, solamente amor propio.

Ser cristiano debería ser sinónimo de ser alguien que ama, se deja amar, pide perdón cuando no ama, perdona cuando es desamado y busca nada más que el amor en pensamientos, palabra y actos; en todo su ser y hacer.

Solamente el amor salva, libera, redime y finalmente, nos hace ser lo que estamos llamados a ser.  Ya se dijo: en el Juicio Final, la clave será el amor. Sólo el amor.

 

8) Iluminación budista versus santidad cristiana

Para el budismo, la iluminación es el ideal del desarrollo humano, y se llega a ella luego de un largo y constante crecimiento espiritual, de desapego y sabiduría. De muchas reencarnaciones, muchas veces. Un buda, o alguien totalmente iluminado, es considerado como un ser sensible que ha desarrollado todas las cualidades positivas, y ha erradicado todas las negativas. Alguien “liberado” y pura conciencia radiante.

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La santidad, para el cristianismo, no es iluminarse sino ser iluminado; o mejor, ser incendiado de amor. Consiste en vivir imitando a Cristo: a ver con sus ojos, a sentir con su corazón, a actuar con su amor, a perdonar con su misericordia, a discernir con su parecer y a —cuando sea necesario— sufrir con su aceptación. Si para un cristiano, Jesucristo es Dios hecho hombre y se dijo el Camino, la Verdad y la Vida, no hay mucho más secreto para la santidad que seguir ese Camino.

Pero aclaremos: uno no se “convierte” en santo, como en el budismo se “convierte” en iluminado, a modo de combustión espontánea derivada de largo tiempo de acumular conocimiento o virtudes. Mientras vivimos nos vamos haciendo santos, por ello la santidad no es perfección, es perfeccionamiento, no es victoria, es lucha, no es acabamiento, es camino. Solamente Dios es totalmente santo y perfecto, nosotros buscamos acercarnos a esa perfección para ser uno con Dios. La santidad, en el sentido de la transformación total de la persona, es tan simple como adherirse a lo que es nuestro fin último y principio primario, es decir, a Dios mismo. Ser santo es ser de Dios, pero luchando siempre y volviendo a levantarse una y otra vez cada vez que desamamos (pecamos), para aprender a amar mejor y más puramente.

Y para cerrar, una idea extra: la santidad cristiana trasciende y supera a la ética budista y pagana, donde los moralistas muchas veces consideran que el bien es merecido solamente por los buenos o amigos, mientras que los malos y enemigos no deben ser objetos de ese amor, por no merecerlo. El amor que Cristo establece en el Sermón de la Montaña y en laparábola del Buen Samaritano —una caridad que abarca tanto a amigos como a enemigos— supera todo lo que se consideraba posible para los hombres. Pero así es el chiste, estimados; así como vimos que el plan de salvación budista partía desde el interior del hombre mismo y también acababa ahí mismo (y por lo tanto la iluminación sigue ese patrón), la santidad cristiana no es otra cosa que la respuesta total del hombre al ilimitado amor y poder de Dios, que lo eleva y le permite obrar con una potencia y fecundidad sobrenatural que ningún hombre puede lograr con sus meras fuerzas naturales.

 

Terminamos con el principio

Llega un momento de la vida en donde uno se tiene que hacer ciertas preguntas. Sea porque la vida lo zarandea, sea porque la vida se le va yendo, sea porque la vida parece un sinsentido o un interrogante o un absurdo. Son preguntas filosóficas, o mejor dicho, existenciales, porque no versan sobre cosas externas o lejanas sino que nos traspasan. Puede no hacérselas y vivir en la pavada superficial, por supuesto, pero esas preguntas arden y no se acallan tan fácilmente, ni bajo toneladas de hacer, ni bajo toneladas de distracción. Puede obviarlas pero sería poco humano, porque es propio del hombre preguntarse el por qué y para qué de las cosas; más todavía el por qué y el para qué de su existencia. Puede posponerlas por cosas más urgentes, más divertidas o menos comprometedoras, pero —sabiéndose mortal— en algún momento tomará conciencia de que algún día su vida se acabará y deberá mirarlas a los ojos y dejarse interrogar por ellas.

En el momento en que se las hace, empieza a sopesar respuestas que —insisto— no son filosóficas sino de plan de vida, de plan de salvación, sea cual fueren: materialistas y acotadas o espirituales y trascendentes. Y ahí arranca la búsqueda y vivencia del plan de vida que eligió. Se puede cambiar varias veces, porque para saciar esa sed solemos correr espejismos confundiéndolos con agua de verdad. Se puede emprender un camino espiritual que luego termina por revelarse fallido, incompleto, que no nutre ni responde. Y ahí buscar otro más auténtico, cada vez más cerca de la verdad. Quizá suene ingenuo esto que voy a decir, pero lo digo: cualquier persona de buena voluntad que busque racional, honesta y humildemente un camino de salvación espiritual, quizá luego de recorrer senderos que no desembocan en nada (o desembocan en sí mismo, sin llegar a ninguna trascendencia) terminará encontrándose (o reencontrándose) con Dios, fuente del ser. Y si busca un centímetro más, hallará al buenazo de Jesús de Nazareth, Dios hecho hombre, específicamente. Y lo más bello: no lo encontrará a modo del arqueólogo que descubre algo arcano, esquivo y escondido, sino al revés, siendo encontrado, a modo del amado que es alcanzado por el amante que acompañó sus huellas hasta dar con él. Es un encuentro de vida más que un descubrimiento intelectual. Es un dejarse encontrar, un querer ser encontrado por ese amante que acabamos de mencionar, encendido con amor definitivo pero con delicadeza total, incansable rastreador del amado, aguardando a que éste quiera corresponderlo. Cuando ese encuentro acontece, bueno, se agrietan los desamores y disuelven los errores del pasado, se encienden las verdades, los días, los actos cotidianos, la paz del corazón y la mente y el sentido de la existencia. Diría que ahí empieza lo que podemos llamar felicidad real.

Uf. Eso es todo de todo. Entiendo que ni cien mil libros escritos por eruditos sobre este encuentro —y menos este post escrito por quien escribe— pueden convencer o sustituir a la vivencia indudable e iluminadora de encontrarse a Jesús-Dios, que transforma la vida y se hace el centro gravitatorio alrededor del cual gira todo lo que hacemos, soñamos, amamos y somos. Si buscan, apuesto a que algún día colisionarán de frente y sin anestesia con ella.

©JIR