Budismo I Sep27

Tags

Related Posts

Share This

Budismo I

Si no fuera cristiano sería budista. Un budista medio cusí cusá, porque me parece absolutamente razonable la existencia de Dios y absolutamente irracional la idea de reencarnación; pero a muchas de las prácticas del budismo las considero bellas y sensatas, y pienso que su nivel ético aporta a la humanidad, así como la búsqueda de la paz interior, que la mayor parte de las veces se expresa en la paz exterior; sumado a que tengo mucha gente querida que practica alguna forma de budismo como filosofía de vida y gracias a ello se dio cuenta de que tiene alma. Así que por todo lo anterior, paso a contar para quien le interese por qué no soy budista y por qué no creo que el budismo sea la respuesta espiritual definitiva para el ser humano.

Avancemos retrocediendo. El post anterior se despidió con una ráfaga de callejones sin salida sobre la infelicidad humana expresada en la rayuela de desear-poseer-sufrir. Al mismo tiempo, miren a la redonda: los caminos espirituales orientales están de moda; algunos surtidos y pasajeros como El Arte de Vivir, Osho, “spiritual fests” y meditaciones new age, y otros más profundos y duraderos, como el budismo. Y sobre este último, ¿cómo no va a ser encantadora una doctrina de salvación que nos libre de esa rueda autodestructiva y superficial en la que se convirtió la sociedad de consumo? ¿Y cómo no va a ser fascinante, encima, si no tiene liturgias, mandamientos ni “obligaciones” como el cristianismo, y por si fuera poco, además sirve como terapia de relajación y es trendy porque es elegida por varios ricos y famosos? Es indiscutible que el budismo así presentado está buenísimo, porque aparentemente ofrece el combo perfecto: resuelve la humanísima necesidad de conocerse y mejorarse a sí mismo, y al mismo tiempo, desapegarse de lo superfluo, encontrar paz y evitar el sufrimiento y el dolor, en la medida de lo posible. Hay que ser medio ciego para no ver lo seductor de esta filosofía para la cultura occidental, atormentada por la superficialidad, la falta de sosiego y el materialismo.

Ahora bien, desde mi quizá acotado punto de vista, interpreto que esta moda tiene un doble origen: por un lado, hay una especie de vuelta a lo sagrado y de reconciliación con lo espiritual en personas que nunca antes había recorrido un camino interior. Genial. Por el otro, porque muchos cristianos nunca vivenciamos ni terminamos de entender la riqueza espiritual del cristianismo y pensamos que el budismo tiene cosas que sacian mejor la sed de absoluto, trascendencia y paz interior.

Como disiento con esto último y —entiendo— tengo varias razones para sustentarlo, si quieren, los invito a ver las respuestas que frente al desear-poseer-sufrir dan el budismo y el cristianismo, por qué son distintas y cuál es, en mi humilde criterio, la mejor resolución y camino espiritual para que la rayuela deje de afligirnos y se convierta en fuente de armonía y felicidad.

 

La respuesta del budismo.

Si no lo leyeron, les condenso el problema humano que vimos en el otro post: queremos ser felices. Y asociamos felicidad a un cierto equilibrio relacionado con obtener, lograr y conservar ciertos bienes, tangibles o intangibles. A ser, hacer y tener algo. Pero sufrimos por dos cosas: una, por desear dichos bienes —sentimos insatisfacción, ansiedad, urgencia— y dos, cuando los conseguimos, por conservar lo obtenido —sentimos preocupaciones, apego, aprensión—. Además, hasta podemos sufrir por una tercer cosa: cuando alcanzamos el bien (de ser, hacer o tener), éste no tapa del todo el vacío que prometía tapar, tiene mucho de espejismo y su deleite es fugaz y superficial.

¿Cómo responde el budismo a este problemilla? Apuntando al centro del blanco: postula que si el deseo es el inicio de todo, entonces es el germen del sufrimiento. Sin deseo —sea de ser, lograr, poseer o conservar— no se sufre ni se corre enajenado persiguiendo futilidades. Entonces, listo: la salvación/felicidad consiste en ir creciendo en sabiduría e iluminación para desear cada vez menos, desapegarse de todo y finalmente, llegar a la extinción total del deseo/sufrimiento, en el Nirvana.

Ese, ni más ni menos, fue el camino que recorrió Siddhartha antes de convertirse en Buda. Buddha (en sánscrito El que se despertó) era un príncipe rico y frívolo, hasta que descubrió que riquezas no equivalían a paz ni placeres a felicidad; que debía haber cosas más profundas e importantes —y por lo tanto, más valiosas— que lo meramente material y superficial. Abandonó todas las huellas de su vida pasada; se cortó el pelo y se vistió de asceta. Luego de años de meditaciones y ascesis, al pie de una higuera —ashvattha, que iba a convertirse en el árbol sagrado de los budistas— se iluminó, es decir, alcanzó el perfecto despertar, la perfecta sabiduría a la que puede acceder un ser limitado y consciente.

Hoy muchos buscan eso, con absoluta sinceridad y rectitud. Pero, atenti, que hay un problema. El budismo empieza con un razonamiento lógico, pero desemboca en un error esencial: es antinatural. Perdón, rearmo la frase: ignora la naturaleza humana. ¿Por qué? Porque quiere suprimir algo que nos constituye: el deseo. ¿Y por qué existe el deseo, esa fuerza natural? No porque seamos ignorantes, sino porque carecemos. ¿Y por qué carecemos? Porque somos finitos, vulnerables e imperfectos. Nuestra naturaleza es así, somos así. Si fuéramos Dios, infinitos y absolutos, no desearíamos, porque seríamos plenamente felices, por lo tanto, ningún bien ni perfección nos faltaría. Pero no lo somos, entonces, necesitamos bienes físicos y espirituales para vivir, desarrollar nuestras potencialidades y proteger nuestra fragilidad. Y esto no es porque seamos malos o no-sabios, es por ser meramente humanos.

Es más, la evolución nos dio un instinto de supervivencia que impone que el primer bien a conservar sea… a nosotros mismos, nuestra corporeidad y salud física y psíquica; todo nuestro ser está hecho para preservar, sostener, defender y expandir la vida, deseando, buscando y consiguiendo los recursos para ello. Tenemos sed —deseamos agua— porque el cuerpo necesita líquido, nos lo demanda. Tenemos miedo —deseamos protección— porque el cuerpo necesita preservarse. Tenemos tristeza —deseamos el bien— porque el alma nos pide alegría o paz. Tenemos ilusión —deseamos ser sabios o virtuosos— porque sentimos tendencia a ciertas perfecciones.

Es más, hasta me animo a decir que es bueno sentir sano deseo de mejora, crecimiento intelectual y afectivo. Si no, seríamos una especie de ameba indiferente a nuestras propias potencialidades como persona.

¿Coincidimos en esto? Carecer, y por lo tanto desear, ¿es un invento de la sociedad, un pecado, ignorancia, o es meramente natural? A mí me parece muy obvio que carecer-desear es algo constitutivo de nuestra naturaleza humana. Simplemente, no se puede suprimir el deseo, como plantea el budismo, so pena de morir.

Se podría argumentar que no se trata de no desear, sino de no apegarse. Buen punto. Pero eso no es lo que el budismo postula: postula que el deseo es la fuente de la infelicidad.

Empujemos más el razonamiento: si se quiere suprimir el deseo, entonces se desea no desear, lo cual es un deseo, una paradoja, para no decir incoherencia. Porque si desear no desear es un deseo, por lo tanto, siguiendo el concepto, es causa de sufrimiento y no puede ser algo bueno.

Entonces, si la salvación consiste en ascetismo y meditaciones para extinguir el deseo que naturalmente nos da la vida, suprimiendo todo anhelo y apego, liberándonos de los afectos materiales y espirituales, no ansiando nada, es lógico que el estado perfecto sea el Nirvana, la supresión de todo deseo y consecuentemente, de todo sufrimiento. Pero en tal caso —observen— sería un “estado místico” que roza la aniquilación del ser, no la plenitud del ser.

Y acá tiro unas preguntas: ¿Esta “plenitud al revés” satisface realmente nuestra sed de felicidad? ¿No se enfrenta de lleno contra nuestra naturaleza, grabada profundamente en cada célula, que nos reclama a gritos amor expansivo, desarrollo, perfeccionamiento y dicha? ¿La total indiferencia, vacío y desapego de seres y cosas es ser felices? ¿Extinguirnos es ser dichosos?

Es probable que a esta altura estén pensando que lo que planteo es una falta de respeto hacia el budismo y sus practicantes. No, para nada; ni siquiera es una crítica sino una descripción. Hay mucha virtud, ética, belleza y verdad en muchos postulados budistas, y mucha profundidad en sus pensadores. Pero pienso que a una doctrina espiritual, para ver si es totalmente vivible, hay que contrastarla con la naturaleza humana. Y —entiendo— el budismo, en el fondo, va contra dicha naturaleza ya que le pide cercenar una de sus partes (el deseo) como si postulara, por ejemplo, que el hombre sería feliz solamente si no tuviera ojos, algo que colisiona con la razón, porque si el hombre naturalmente tiene ojos, se supone que son bienes orientados a su supervivencia, felicidad y plenitud. Pienso que si un camino espiritual está divorciado de la naturaleza del espíritu, por más que sea transitado, no lo terminará de satisfacer.

Otra objeción que podría plantearse es “Pero estás omitiendo mil aspectos del budismo, que es mucho más que esta descripción que hacés.” Y contesto que sí, claro, y que en este post los veremos. Pero esta descripción que menciono es ni más ni menos que la parte esencial, la motivación primera de Buda para emprender su camino y el meollo sobre el cual se basa y brota todo el resto de la doctrina, prácticas y meditaciones.

Dejando de lado por un momento la pila de otras diferencias sustanciales con la espiritualidad cristiana (que reitero vamos a tocar en otro post), digamos como síntesis que el déficit del budismo es que, de alguna forma, es un camino espiritual incompleto. Desde un punto de vista, donde el budismo considera que alcanza su perfección, el cristianismo recién empieza. Lo que en el budismo es un fin, en el cristianismo es un medio. Lo que en el budismo es negativo y rechazado, en el cristianismo es positivo y asumido.

Y ahora sí, qué vértigo, nos tiramos de cabeza a la explicación de los contrastes.

 

La respuesta del cristianismo.

Frente a la rayuela y comparándolos, el budismo y el cristianismo arrancan pareciéndose, pero ante la pregunta de cómo convertir el sufrimiento en felicidad, terminan separados por un abismo, donde el budismo censura el deseo y el cristianismo arde de deseo del bien.

Dijimos que desear es algo natural al ser humano, porque somos seres finitos que necesitamos de bienes para vivir. El cristianismo —surpráis— no ve al deseo como algo negativo, ¿cómo puede ser malo algo que nos mantiene vivos? Ni siquiera —surpráis— ve al placer como algo negativo, ¿cómo puede ser malo el deleite físico, emocional, intelectual o espiritual; acaso Dios es medio zonzo de poner goce en las cosas que nuestra naturaleza nos reclama? Y finalmente, el cristianismo —profunda gran diferencia con el budismo— no ve a las cosas, seres y personas (llamémoslos el mundo) como algo esencialmente negativo, potencial fuente de sufrimiento. Todo lo contrario: si proviene de Dios, es bueno. Todo lo que existe es bueno, por el mero hecho de tener ser, de existir, entonces…

_ ¡Paren un poco! ¡Yo fui a un colegio de curas (y leí un libro de Umberto Eco y obviamente a Nietzsche) y me enseñaron que hay que mortificarse, que la risa y la belleza son pecaminosas, que es mejor desear poco que mucho, que la ambición, la diversión, el progreso económico, la comida, el sexo, en fin, todas las cosas divertidas de la vida, son malas!

_ Pues bueno, víctima de El Nombre de la Rosa y Más allá del bien y del mal: o te enseñaron mal, o aprendiste mal, o te sembraron cizaña para que entendieras todo mal, porque el cristianismo no postula eso en ningún lado. Lo que es malo no es ni la belleza, ni la sexualidad, ni el deseo de progresar, ni las carcajadas, ni las ganas de comerte un carré de cerdo, ni nada del mundo en sí mismo, sino —atenti a la palabra— el desorden.

 

La explicación de esto es cristalina: si desear es natural, desear lo mejor es más natural todavía. Todo es bueno, pero hay una escala de bondad o perfecciones en lo que existe, no todos los bienes son igualmente valiosos; hay bienes relativos y pasajeros y, por definición, hay un bien Absoluto. Que llamamos Dios. Hay bienes que se disipan rápido y hay un Bien que no se disipa nunca. Hay bienes (el universo entero, bah) que son pura impermanencia y hay un Bien que es pura eternidad. Hay criaturas (cosas, seres, entes) con perfecciones parciales (belleza, bondad, poder, etc) y hay un Creador (Dios) con todas esas perfecciones en grado infinito. Y por ser buenas, todas las criaturas merecen amor, y el Creador merece más amor todavía, porque es el colmo de todas las aspiraciones, consuelo verdadero, la última misericordia, fuente de toda la alegría, belleza y verdad. Y por si fuera poco, el Amor absoluto, “está hecho” de amor, no puede hacer otra cosa que amar incondicionalmente.

Entonces, amigos lesionados por Eco y Nietzsche, lo que es malo —ya lo deben estar deduciendo, porque son muy inteligentes— es la divinización fraudulenta de esos bienes. O sea, que un bien relativo ocupe el lugar del Bien Absoluto. O sea de nuevo, cuando un bien de poco valor ocupa un lugar que no le corresponde, poniéndose en el lugar de un bien más valioso que él. O sea de nuevo-de nuevo, cuando por apegarse a un bien inferior se pierde un bien superior. La famosa tentación, por ejemplo, es cuando algo desordenado o de menor valía se presenta con apariencia de bien.

Para el cristianismo, el pecado es un desamor, sí, pero fundamentalmente, un desorden. Algo tan sencillo como elegir mal. Y si Dios es amor que se da de forma incondicional, el pecado, esencialmente, es una falta de correspondencia a ese amor. Y en el fondo, es desamor contra nosotros, porque estúpidamente estamos eligiendo de forma ruinosa: nos apegamos a lo que vale menos, rechazando lo que vale todo.

Veamos algunos ejemplos: ¿la comida es mala? No, es vital. ¿Y por qué la gula es mala? Porque es un desorden, un exceso que convierte a un medio (la comida) en un fin, dañando la salud. ¿La sexualidad es mala? No, es natural. ¿Y por qué la lujuria es mala? Porque es un desorden: en vez de que el sexo sea unitivo entre dos personas, se usa a la persona como mero fin de placer egoísta. ¿La autoestima es mala? No, es buenísima. ¿Y por qué la soberbia es pecado? Porque es un desorden, toma virtudes reales y las infla ridícula y peligrosamente, falseando su verdadera proporción, endiosando mentirosamente a la persona. Y así, se entendió.

El camino espiritual del cristianismo es tremendamente simple y tremendamente afirmativo, y, como vimos, de tremendo sentido común: no todas las cosas buenas son igual de buenas, ni valen lo mismo. Perder la paz y perseguir bagatelas como si fueran valiosas, es un desorden. Renunciar a cosas altas por apegarse a cosas rastreras, es un desorden. Por eso coincide con el budismo en el desapego del mundo, lo fútil y lo impermanente. Pero a no confundirse: cuando el budismo plantea que hay que desapegarse de lo pasajero, lo insustancial y el mundo, para suprimir el deseo, iluminarnos y llegar al Nirvana, el cristianismo dice que está bien desapegarnos de las cosas que valen menos y hasta renunciar al mundo, para ordenar el deseo y elegir las que valen más, cuyo ápice es Dios mismo. Por eso se lo ama en y por sobre todas las cosas. Todo lo hecho tiene dignidad por ser obra del Hacedor, por eso, renunciar al mundo no se debe a que el mundo sea malo, sino a que hay algo mejor que el mundo. En todo caso, es una renuncia gozosa y alegre, como cuando dejamos algo ínfimo porque elegimos en su lugar algo que lo supera en valor.

Para un cristiano, la impermanencia de la cosas no es un defecto de éstas y por el cual deban ser despreciadas, sino una característica por la cual se las aprecia en su justa medida. Para un cristiano, vaciarse no es un fin, es un medio para ser colmado por algo mejor. El desapego como tal no es meritorio, sino el desapego para el acogimiento de lo superior. Si no, pierde su virtud y se convierte en puro masoquismo o ascetismo girando en el vacío. Ni siquiera la mortificación es virtuosa per se, porque puede ser hasta una patología; la mortificación es buena en cuanto renuncia o pospone un bien menor para obtener un bien mayor. Si suelen hacer deportes y mortificarse (levantarse temprano, comer sano, bancarse el dolor para mejorar su rendimiento) entenderán el ejemplo.

Finalmente para un cristiano, el deseo no es, como postula el budismo, “ignorancia” (avidya) sino simplemente una potencia de nuestra naturaleza que, como toda potencia está para plenificarnos y se sacia solamente cuando obtiene su objeto de satisfacción que es, al final de todo, Dios.

Cerrando la idea: en el cristianismo, todos los bienes son buenos y fuentes de bien en cuanto son caminos para hacernos felices y llegar a Dios, y se “hacen malos” y fuentes de desorden en cuanto se convierten en dioses u obstáculos para llegar a Dios.

Por otro lado, fíjense en este detalle grandioso: si el estado de gracia para el budismo es la liberación/”extinción” del ser (en el Nirvana), el estado de gracia para el cristianismo es la liberación/plenificación del ser. ¿Plenificación cómo? Con una unión. ¿Unión con qué? No con un qué, sino con un quién, con Dios, el Bien Absoluto frente a lo cual, ningún otro bien se compara y todos los bienes cobran su relieve exactos. ¿Y unión cómo? No en un mero plano intelectual, sino en una totalidad de planos, especialmente, en el amor y en el para siempre. Lo que nuestra naturaleza reclama a gritos en cada célula, como ya vimos.

 

¿Cuándo se acaba la rayuela? ¿Cuándo se llega al gozo final?

Para el budismo, suprimiendo el deseo de todos los bienes, para llegar al Nirvana, donde no se desea nada porque en ese “estado místico” se extingue todo. Se acaba el acto de desear porque se “anula” el deseador.

Para el cristianismo, ordenando el deseo al bien más valioso, para llegar a Dios, donde se posee/es poseído por el culmen del Bien, fuera del cual no se puede desear más nada. No hay más muerte, ignorancia, transformación ni impermanencia. Se acaba el acto de desear porque se plenifica al deseador.

***

Y eso es todo por este episodio; vamos cerrando con lo que decía al principio: por qué no creo que el budismo (en el mejor de los casos, omitamos las “spiritual fests”) sea la respuesta espiritual definitiva para el ser humano. Si bien tiene muchísimas cosas positivas y es mejor antes que nada, entiendo que deja importantes cuestiones profundamente humanas y filosóficas sin resolver, o resueltas a medias. Cuestiones cotidianas y cuestiones trascendentes. Especialmente aquellos interrogantes acerca de la existencia, y la contestación a la pregunta de para qué existo y cómo ser felices en el día a día y vivir lo más bondadosa, fecunda y plenamente posible.

Frente a estas lagunas, creo que el cristianismo responde mejor y está en total armonía con nuestras sedes y potencialidades, (es decir, con nuestra naturaleza y anhelos) y brinda un camino de vida donde se unen armoniosamente razón y fe, lógica y misterio, lo natural y lo sobrenatural. Y estas dimensiones están unidas y se alimentan mutuamente, en una concordia que ningún otro camino espiritual posee.

Pero comprendo que para muchas personas estas afirmaciones no estén del todo validadas en este escueto capítulo. Es por eso que —lo siento— escribí Budismo II, donde lo que viene es un poco galopante: vamos a comparar punto por punto algunos aspectos del budismo y el cristianismo, y tratar de ver si lo que estoy postulando realmente se sostiene. Y creo que para alguien bienintencionado, con hambre de verdad y sincera sed espiritual, esto es lo más importante de todo, para liberarse de conceptos equivocados de uno y otro y encontrar, por fin, un camino de vida que lo lleve a la plenitud. Especialmente para los cristianos quizá mal informados, que solamente ven a su religión como un matorral de rituales arcaicos, vacíos y repetitivos, y creen encontrar en el budismo la frescura y respuestas que, opino, no encontrarán.
Listo. Tiro la propuesta de relajar las patas antes de continuar al trote: ¿quién vota por la afirmativa? ¿Nadie? Ok, entonces sigamos concatenadamente, empezando por los temas más profundos. Si gustan, den clic en el link del referido capítulo, Budismo II.

©JIR