Amadeo Ago27

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Amadeo

Para economizar tiempo mejor compararlo en vez de describirlo: 90% parecido a Dalí, sólo que sin tantos ángulos en la cara, ni extravagancia en el bigote ni altanería en los ojos. Parecido hasta en la tintura de los pocos pelos en la nuca. Edad imprecisa de más de setenta y menos de ochenta, que nunca se precisó para no contrariar su coquetería. Era peluquero en la galería Le Boulevard de Flores por la que se podía acceder desde Rivadavia, Yerbal o Caracas indistintamente; fue mi peluquero desde los 19 a los 32 años. Computo que me cortó el pelo 156 veces, a un promedio de media hora cada vez, en total habremos conversado 78 horas, más de tres días seguidos de confidencias. Supo de nimiedades y no nimiedades, novia, universidad, cambios de trabajo, emprendimientos, nueva novia, casamiento en México y mi primer hija.

No era de los peluqueros que no saben pero dan cátedra de lo que sea: economía, deportes, geopolítica, historia argentina y universal; era lo contrario al taxista o periodista promedio. Se decía de Racing, como todos los peluqueros del mundo, pero no lo veía muy fervoroso que digamos. Sí tenía una fe inquebrantable en el progreso de la humanidad y en El Futuro, así, con mayúscula, especialmente en el año 2000. Por ejemplo, me consolaba con que en dicho año (ni uno antes ni uno después) iban a inventar una cura contra la calvicie. Nunca me instruyó sobre quién sería el inventor ni aportó pruebas, pero yo me encomendaba a su esperanza. Empezó a decírmelo once años antes del cambio de milenio, y se iba entusiasmando a medida que se acercaba la fecha, pero cuando asomó el 2001 y no hubo noticias del milagroso fármaco ya no volvió a tocar el tema.

Para mi repetitiva media americana, como peluquero era decente. Indecente era la temática de la pila de revistas mal disimulada de la que se servían algunos de sus clientes jubilados para fisgonear mientras Amadeo los acicalaba en silencio sin interrumpirles la contemplación.

_ Amadeo, esas revistas no son buenas para tu negocio. Las madres no van a traer a sus hijos.

_ Pero a los viejos les gustan, y están escondidas.

_ ¿Qué escondidas, si la primera vez que me asomé a tu pecera para preguntar por el precio del corte vi un par de tetas que parecían zepelines?

_ ¿Vos decís?

Y se reía.

Para resnonverbear le regalé mi colección de revistas National Geographic y, de un saque, los únicos mamíferos desnudos de su hemeroteca fueron leones, ballenas y cosas así. La presumía a los comerciantes de las otras peceras y la leía cuando no tenía clientes, que era la mayor parte del día.

_ ¿Qué te dicen los viejos ahora?

_ No dicen nada, pero me parece que les gustan.

_ ¿Viste? ¿Quién iba a ser tan caradura de reclamarte? Si quieren revistas con tetas que se las compren ellos.

_ Además, son muy interesantes y dicen que en el año 2000 van a inventar computadoras que van a manejar todo: aviones, empresas, bancos, quirófanos.

No sé si alguna National Geographic predijera eso, pero hay que admitir que acertó.

Cierta vez me contó que les gustaban las rubias y en su juventud era muy de ir a coctelerías —creo que decía coctelerías, perdí la palabra que usaba, pero significaba burdeles— porque había muchas polacas, que eran rubias y limpitas. Al final se casó con una pelirroja que conoció en un baile y cuando le preguntaba que cómo estaba, me decía que delicada y la describía mejor que Cervantes a Dulcinea. Tuvo dos hijos con ella, uno artista e introvertido —creo que decía introvertido, perdí la palabra que usaba, pero significaba homosexual— y el otro, contador.

Por sus semblanzas imaginaba que su mujer debía ser verdaderamente hermosa y confirmaba que se querían muchísimo. Las únicas veces que interrumpía un corte de cabello era para llamarla y recordarle que tomara los remedios; verlo era pura pedagogía de incondicionalidad.

A veces sacaba el tema de la muerte y de Dios y me decía que era muy creyente y que creía en Dios y en El Destino, en ese orden. Yo le explicaba que El Destino, esa fuerza a la vez impersonal y ciega pero al mismo tiempo lúcida y justiciera, no existe, que es un nombre que inventa el miedo a lo desconocido y que, en todo caso, Dios gobierna el cosmos y el tiempo de formas que muchas veces nos superan y varios llaman El Destino, pero que en realidad es la Providencia.

_ No seas miedoso con El Destino, Amadeo, no podés irritar a algo que no existe.

_ ¿Vos decís?

Y se reía.

Al lado del espejo tenía las dos estampitas tácticas de todo negocio —San Cayetano, San Expedito— una de devoción menos mercantil —la Virgen de Luján— y la impronunciable pieza de arte sacro que hay que tener y que quizá fuera la que más devoción le despertara —un retrato de Cristo, de mirada dulce—. Yo creía en su piedad y pensándolo desde la etimología de su nombre, la cosa se le facilitaba.

Me enteré de su muerte cuando fui a cortarme el pelo y encontré su pecera con las luces apagadas. Que nadie se ría si digo que me sentí huérfano. La vecina contigua susurró la crónica: había ido al baño, se descompuso y lo encontraron muertito. Le pedí el teléfono de su pelirroja y la fui a visitar al sábado siguiente, en su casa de la avenida San Pedrito. Ella ya me ubicaba porque yo era el rubio casado con la mexicana que le había regalado las revistas; me recibió con sus dos hijos y conversamos de esos temas alegres que siempre quedan a flote entre una gran tristeza.

Unos meses después la visité con mi hermano Tati, sacerdote, para rezar juntos por el alma de Amadeo y después merendar con budín de naranja. Luego del té, cuando la tertulia se desvencijó de golpe y la mujer hizo silencio mirando la taza, nos dimos cuenta de que se abarrotaba de recuerdos y nos despedimos. Sí que era hermosa pero no sé cómo delinearla sin ser injusto con su hermosura. Si Amadeo lo hiciera, este relato sería sublime. Yo procuro pechar una ausencia menos entre tanta gente que se va yendo y nadie sabe siquiera que estuvo presente: vengo a sentar constancia de que existió un hombre bueno y peluquero ignoto, parecido a Dalí pero sin altanería, con el que compartí más de tres días repartidos en trece años, donde nos esperábamos con ilusión, él para preguntarme cómo lo quería y yo para responder que como siempre, cortito a los costados y arriba no tanto.

©JIR