CONSEJOS DE ONDA Jun27

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CONSEJOS DE ONDA

Todos coincidimos con que la palabra mandamiento es de por sí odiosa. Con mayor razón para los adultos que nos consideramos racionales, libres y un poquito indomables. Lo simpático es que no nos damos cuenta de que acatamos mandamientos todos los días, dictados por las fuentes más variadas, diversas y también ridículas.

Esquivemos los casos extremos, veamos ejemplos cotidianos: no metemos nuestro celular bajo la ducha, ni tomamos la medicina con mayor frecuencia que la prescrita, ni agarramos un cable pelado, y algunos —no quien escribe— le huyen al manjar de la sandía con vino.

Y miren estas tres peculiaridades:

  1. Obedecemos estos mandamientos sin chistar porque sabemos que si no los respetamos, algo va a terminar mal; el celular arruinado o el estómago duro con sandía y vino adentro.
  2. Los obedecemos felices porque sabemos que no son caprichos o imposiciones de afuera, sino que derivan intrínsecamente de las cosas que queremos cuidar. Sabemos que el agua daña los circuitos integrados y en el manual de mandam… perdón, instrucciones del celular lo aclara y lo indica con un iconito de una gota de agua tachada.
  3. Los hacemos obedecer a otros, explicando por qué deben hacerlo, so pena de que la garantía del teléfono no cubra la estupidez del que lo remojó en la palangana.

Ahora bien, esto no es sumisión sino inteligencia (excepto en el caso de la sandía con vino, porfío). Diría que es mucha inteligencia, porque se supone que quien más sabe de algo es el que lo concibió, diseñó y fabricó. Juan Carlos Samsung o José Apple saben más que nadie qué le viene bien y mal al Galaxy o al iPhone. De ahí para abajo, todos somos gilada y hacer lo contrario a lo que dicen Juanca o Pepe es una supina imbecilidad. Podemos hacerlo porque somos libres y un poquito indomables, claro, pero vamos a tener que comprar otro smartphone.

Yendo a los mandamientos que nos dio Dios para la vida (si la palabra no gusta pongámosle sugerencias, tips, consejos de onda, instrucciones, sinónimos sobran) la lógica es exactamente análoga al ejemplo que acabamos de examinar.

Asumimos que quien nos concibió y creó por amor tiene el urgente y entrañable deber de decirnos qué hacer y qué evitar para que nos realicemos como personas felices y plenas. No son contra nosotros sino para nosotros. No quieren aplastar nuestra libertad, sino que ésta sea usada adecuadamente para nuestro bien y el de nuestros semejantes, evitándonos la máxima alienación de pensar que estamos siendo libres, cuando en realidad simplemente estamos siendo esclavos de nuestros errores. Y —se cae de obvio para ustedes, que son muy perspicaces— no son imposiciones caprichosas, sino que se derivan de nuestra naturaleza, son conductas que nos son propias y auténticas.

El honrar al padre y a la madre es de tan básico sentido común como el no mentirás, el no matarás y el no robarás. Es un embuste de algún psicoanalista eso de que se tratan de despóticas imposiciones morales judeocristianas: provienen de una moral natural al hombre (que deriva de su naturaleza como especie humana, reitero), porque abandonar o repudiar a los padres va contra nuestra felicidad por destruir los vínculos más primarios que tenemos, y mentirle, matar o robarle a otro daña no sólo al engañado, matado o esquilmado, sino a la propia vida social de la comunidad y –algo que casi siempre pasa desapercibido– destruye al destructor, porque esa ilusoria autonomía de la voluntad que aplasta la de los otros, en realidad desperdicia la propia libertad y su amplísima potencialidad para hacer el bien, lo que equivale a desperdiciar la propia vida. Uh.

_ ¡Objeción! Esos preceptos son medio obvios y tangibles, no hay que creer en ningún ismo para coincidir con ellos; pero ¿qué pasa con los que son espirituales y abstractos, como ese de amar a Dios sobre todas las cosas?

_ Facilísimo: si se admite que Dios es el bien supremo, la sensatez más básica indica que hay que amarlo y elegirlo sobre todas las cosas. No hay mucho secreto. Y hay que amarlo porque nos hace bien a nosotros, no porque el tipo (Dios) requiera idolatría para satisfacer su autoestima.

_ ¿Si no se cree en Dios y obviamente no se admite que sea el sumo bien?

_ Bueno, maravilloso, somos libres: cada uno elegirá su propio “bien supremo” (su patria, su familia, su ego, Boca Juniors, lo que sea) y lo amará por sobre todas las cosas. Siempre hay algo que se ama por sobre todas las cosas, es inexorable.

Y eso es todo. Como ven, si hubiéramos mirado este asuntito de los Diez Consejos de Onda con una mirada un poco menos prejuiciosa y legalista, nos hubiéramos ahorrado millones de páginas hablando de moral, de ética, de psicoanálisis y hasta de un Dios antojadizo que impone reglas como un sátrapa caprichoso. Ojalá no haya caído en una extrema simplificación para resumir estos pensamientos.

Es divertido y emocionante rebelarse contra un Dios-Ley, pero es muy pueril; porque es no entender que en realidad no se trata de eso, sino esencialmente de un Dios-Amor. Y por ello, creo que para las personas espirituales, el famoso mandamiento del amor, verbigracia, Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo, es el manual de instrucciones más perfecto y transparente de la alegría.

Y lo mejor de todo es que no tiene la estrechez del típico compendio, sino la amplitud de la flecha que indica la entrada a un campo inmenso donde habita todo lo necesario para nuestra felicidad y realización y la de los demás, desarrollando todas nuestras potencialidades y energías físicas, intelectuales y afectivas, cambiando realidades y coexistiendo en paz los pocos o cuantiosos días que nos toquen vivir en este tercer pedrusco a partir del Sol.

©JIR