El libro de los seres posibles Jul27

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El libro de los seres posibles

Este es un dizque libro que perpetré cuando tenía circa 19 años y acabo de reencontrar en una mudanza. ¿Qué puedo decir? Quise hacer un bestiario de seres no imaginarios sino factibles, con los cuales convivimos todos los días. Las ideas me siguen gustando, la forma de escribirlas, no. Pero si lo repudiaba así como así, sin dejar que aunque sea se remojara en la luz de tu ojo que no tiene el criticismo del mío, me iba a sentir un lisiador gratuito de algo que podría cobijar un poco de decencia, o al menos ingenuidad. La solución fue quitarle las partes que juzgué más deficientes y dejar aquellas que no me dieran tanto pudor. Estás a un reglón de ver si lo logré o no.

***

Prólogo.

Decir que estos seres no existen es injustificar esta obra.  Afirmar que existen es desvirtuar su título.  Justificar la existencia de este libro es decir que no me atrevo a negar la realidad de todos los seres que lo pueblan.

Veo en ellos a seres que pueden existir y esa posibilidad es la fuente del encanto que tienen.  Como recurso literario, los describo casi científicamente, aunque en realidad sean una rebelión contra la materia sola, o en el mejor de los casos como el disfraz literario de invenciones de la contemplación.

Sabé que este libro podría ser infinito, y todos los seres posibles tendrían cabida en él.  Por una cuestión de años me va a ser imposible catalogarlos, pero si alguien quiere, que siga sumando al inventario. Al único que no quise invitar es al olvido, porque insiste en invitarse solo.

***

La escalera, o el otro nombre de Babel.

Fruto de la arrogancia y del trabajo de los hombres fue Babel, la torre. Frustración y confusión de las lenguas fue su derrumbe, según relatan los libros antiguos. Los que se desconoce es que Babel, antes de ser torre era una serpiente marina. Su longitud era tan magna que podía rodear varias veces una flota entera, para luego cerrar el círculo sobre las barcas y destrozarlas. En otras oportunidades, creaba inmensos remolinos que absorbían islas completas. Pero el castigo que más le gustaba infringir era el siguiente: se erguía con toda su altura (su cabeza alcanzaba las nubes) y se abatía como látigo sobre la flota, propinándole tal azote que la destrozaba. Con esto, además desafiaba al cielo, jactándose de devorar estrellas. De su cabeza al final de la cola, su lomo estaba adornado con escamas altas como velámenes y hermosas como el oro, que sin embargo eran su parte vulnerable. Una gaviota apoyada en el lomo le dolía como un arpón y la lluvia lo torturaba como los arqueros de Darío a Alejandro.

En esos días, el arquitecto de la torre, un varón osado y presuntuoso, navegó hasta la serpiente y le solicitó le dejara estudiar su anatomía; quería construir la torre a imagen y semejanza del monstruo. A cambio de ello, la torre se llamaría Babel, la gran serpiente parada de la tierra. La temible aceptó, halagada.

Cuando el Señor vio la obra de los hombres y la destruyó dispersando a sus constructores, fue al mar y destruyó también a Babel, pero de una manera distinta: la convirtió infinitamente en escaleras, sus escamas de cara a los pies del caminante. La condenó a erguirse y multiplicar su espalda en todas las escaleras que los hombres construyeran y a enloquecer de dolor por las pisadas en su región más desvalida. Así y todo, su misericordia le concedió el sueño, para que el tormento fuera verdadero pero ella lo creyera ilusorio. Cada escalera que pisamos es realmente el espinazo de Babel, la serpiente-torre, y sus hermosas escamas. Cada escalera de cada día, de mármol, madera o piedra, de cada casa y edificio. Si hacemos silencio al subir una, podremos escuchar el tenue gemido de dolor de Babel, que cree que sueña su castigo.

***

Ríos que vuelan y sus habitantes.

En la región del Amazonas nos instruyeron sobre los ríos y seres que fluyen en el cielo, fuera de su cauce, burlándose del lecho y los diques para contener las inundaciones. A simple vista, la idea de este hábitat parece inverosímil para el hombre de ciudad, pero es totalmente válida para quien posee un mínimo de lógica y sentido común, como la gente de la selva. El postulado afirma que si las nubes son vapor de agua, y el vapor de agua proviene del río, entonces las nubes son río que vuela; sencillísimo. El corolario indiscutible es que si en el río que corre por la tierra hay peces y otros animales, en el río que corre por el cielo también hay animales de otra naturaleza. Una cuestión no definida aún por los indios es cuál de los dos ríos fue primero, si el del cielo que lloviendo formó al de abajo, o si el de abajo que evaporándose formó al de arriba. Pero lo resuelven encogiéndose de hombros, porque el Creador da la vida en donde quiere.

De los seres que habitan en los ríos del cielo se destacan especialmente los tucunarés con alas escamadas. Si se observan bien las nubes durante la formación de una tormenta, se podrá apreciar sin dificultad cómo estos animales saltan entre los huracanes negros, de la misma forma en que sus hermanos de la tierra lo hacen en los remolinos. Se pueden identificar casi todas las especies de animales sin ayuda visual, ya que estos seres aéreos son “gaseosos, como una vejiga hinchada”, que los del río de abajo, además de tener mayor tamaño. Por ejemplo, un cangrejo puede medir hasta quince metros de pinza a pinza; una anguila mide varios kilómetros; una piranha tiene un tamaño de trescientos ochenta metros y un tucunaré alcanza los doce kilómetros de largo.

También es fama que las tormentas eléctricas ponen nerviosos a estos animales. Sabemos de los efectos devastadores de un rayo sobre la selva, es de confiar que estos efectos han de ser mayores en donde el rayo se genera. Algunos creen estar en lo cierto cuando afirman que la energía misteriosa y serpenteante de la centella se produce como consecuencia de riñas entre cardúmenes.

Otro relato —que damos por mítico— cuenta que una vez en que la lluvia era tan densa como el río, cayó del cielo un gran pez, del que se discute todavía la especie, y aplastó media aldea con sus habitantes. La desgracia inicial fue muy grande, pero la cantidad de carne que se obtuvo del animal sirvió para alimentar por muchas lunas al resto de la tribu. La carne no se pudría, no atraía a los predadores y su sabor era excelente. Los que comieron de ese alimento murieron cargados de días y aún en el lecho de muerte tenían vigor y lucidez. Con las espinas se construyeron nada menos que cuarenta chozas y millares de armas y flechas. Con las escamas debidamente trabajadas, balsas y escudos. Los indios rogaron a sus dioses que mandaran otros peces, pero que cayeran fuera de los poblados. Hasta el día de hoy no se ha repetido el fenómeno. En mi habitación poseo una punta de lanza hecha con parte de una escama de ese fabuloso animal.

La creencia sobre estos ríos que vuelan y sus habitantes es tan arraigada en esas gentes, que cuando llueve en la amazonia no hablan de agua que cae, sino de río que se posa. O cuando el calor castiga las aguas, se quedan contemplando cómo el río levanta vuelo. Este ciclo eterno y misterioso es sagrado para los indios, porque representa la resiliencia de la vida que siempre se abre paso, siempre regresa. Recuerdo que cuando le preguntamos a un anciano jefe sobre quién conocía el misterio del eterno viaje cíclico, dijo: “La lluvia tiene la respuesta, pero siempre escribe con tinta de agua y su sabiduría se pierde antes de poder leerla“. Cuando se le preguntó (con urbano materialismo) para poner a prueba no tanto su religión cuanto su capacidad de lenguaje, si en la muerte el alma se evapora, por así decirlo, y aquí en la tierra queda el cuerpo, el jefe contestó que sí, que por su puesto, que al fin y al cabo el cuerpo es el óxido del alma.

***

Objeciones y sus refutaciones.

Objetan las personas sin sentido común que la existencia de los peces del cielo es falsa. Basan su argumentación en que cuando el cielo de la selva está completamente despejado, sin nubes y por lo tanto sin “ríos” (sic) no pueden existir estos animales por no tener dónde vivir. La objeción podría ser verdadera si no fuera porque aquí en la tierra también hay sequías y los cursos de agua bajan y hasta se secan por unos meses, luego de los cuales las aguas vuelven y con ellas la vida. Dónde van los animales mientras tanto, es un misterio; cómo sobreviven las nuevas generaciones luego de que sus antecesores secaron sus esqueletos al sol, otro. Pero a todas luces vemos que las aguas se repueblan, borrando los vestigios de la desgracia anterior, y nadie manifiesta que los peces de la tierra no existen. Ésta es la refutación al planteo pseudo científico que pretende demostrar que los indios se equivocan.

Cuando llega la adversidad, la vida se reduce al mínimo, espera y luego detona. Así en la tierra como en el cielo.

***

El hombre que duerme.

Si hay una verdadera, inquietante y hasta dulce historia en el mundo, ésa es la del hombre que duerme. Hay un detalle que no debería sorprender, y es que este ser es tan real como nosotros mismos, porque a veces nosotros somos él. No diré de dónde nos documentamos para describirlo, sólo mencionaré una verdad antigua y casi olvidada luego del Diluvio Universal, y es que la vida de todo el género humano depende de esta persona que sin saberlo, mantiene a los hombres en el ciclo correcto de sueño-vigilia. El relato expone que todos los seres humanos estamos en tan profunda comunión que, si en todo el planeta al menos una persona no estuviera durmiendo por un segundo, la humanidad olvidaría cómo dormir. La historia no se refiere a olvidar y esperar pasivamente a que el sueño venga a consagrar nuestros párpados; se refiere a que el sueño nunca más volvería a la tierra. Significa que constantemente debe haber al menos alguien —un bebé, un anciano, un joven, cualquier persona— en estado de sueño para que nuestros ritmos circadianos sigan funcionando correctamente.

La primera impresión que causa este relato es de inquietud. ¿Qué pasaría si por algún motivo durante una milésima de segundo todas las personas del planeta estuvieran despiertas a la vez? Imaginemos el caos fisiológico y la terrible muerte por desgaste cerebral que arrebataría a los hombres. El mundo sería un manicomio gigante poblado de desesperación e insomnes alucinados porque el sueño no llega, hasta que en escasos días la locura, los accidentes y el suicidio masivo acabarían con nosotros.

Pero la naturaleza es sabia. Por eso cuando en un hemisferio media humanidad está despierta, en el otro es de noche y media humanidad reposa. Reposan los embriones dentro del útero, los moribundos en los hospitales, de día quienes trabajan de noche, de noche quienes trabajan durante el día; siempre el hombre que duerme mantiene el orden de nuestra especie ignorando su delicada misión, porque si supiera (si supiéramos) la ansiedad no permitiría que los ojos se cerrasen y tal vez provocaríamos el desenlace.

Nos daríamos cuenta de que éste comenzó porque todos los hombres sentirían una sensación de euforia generalizada y ausencia de cansancio. Esto hasta las primeras doce horas, luego de las cuales varias personas comenzarían a preocuparse y las demás se les irían sumando en su temor. Más tarde, el cansancio afloraría y el dolor de cabeza, las náuseas, las alucinaciones y los alfileres clavados en todos los poros serían una tortura tal que muchos morirán. Se calcula que entre tres y seis días sin dormir todos estaríamos muertos o agonizantes.

Como dijimos al comienzo, el hombre que duerme a veces somos nosotros. Seguramente en algún instante toda la humanidad está en vigilia excepto nosotros, que con nuestro sueño estamos salvando el mundo. Es lógico que a mayor cantidad de habitantes en la tierra, las probabilidades de ser el hombre que duerme sean menores; pero podemos estar seguros de que alguna noche lo fuimos —aunque haya sido sólo por una fracción de segundo— cuando al alba experimentamos un inexplicado relax similar al que sigue a un logro difícil y conseguido.

A modo de simple ejercicio mental imaginemos el siguiente escenario: luego de un cataclismo terrestre (una guerra mundial, un cometa) solamente quedan en el mundo dos personas, un hombre y una mujer. El resto ha muerto. ¿Qué pasaría con el hombre que duerme? ¿Deberían turnarse para que uno duerma mientras el otro realiza las tareas de la vigilia? Si aceptamos la existencia del ser que mencionamos, deberíamos decir que sí, que la humanidad es más frágil de lo que creemos. Caso contrario sucederían los efectos que conocemos.

Pero volviendo a nuestro numeroso presente, creemos que podemos seguir viviendo tranquilos nuestra vida con la (casi) certeza de que el hombre que duerme seguirá salvando al mundo en su inconsciente tarea. Gracias a Dios los que conocen esta verdad son pocos. Sufro al imaginar las barbaridades creativas de las campañas publicitarias de somníferos, cuyo único elemento motor sea el salvador de la humanidad, el hombre dormido.
N. del A.: Los conocedores de la existencia del hombre que duerme sostienen que pasa algo similar con todas las funciones de nuestra persona. El planteo, que no carece de lógica, dice que al igual que la existencia del hombre que duerme, es necesario también que existan el hombre que ama, el hombre que ríe, el que llora, el que grita, el reza, el que bebe, el que come, el que orina, el que mata y millones más, inclusive el que muere y el que nace. Es posible que así sea.

***

Seres de los sueños.

“Mirando al cielo esa noche triste, pensó por un momento las cuántas veces que la luna debió haber sido testigo —si no cómplice— de muchos suicidios; y testigo —si no coautora— de incontables poemas.”

“Era inútil creerse dueño de esa esclava que ahora dormía y soñaba. Supo que viajaba más lejos que cualquier marino, que cualquier improbable astronauta. Supo que todo viajero puede ser alcanzado aunque viaje muy lejos, menos un soñador en su impenetrable mundo. Supo que pretender posesión sobre ella en estos momentos era inútil: estaba a infinita distancia, en un mundo en donde toda sonda se queda corta. Y el saber que internamente ella era libre como el viento, le produjo escozor.”

Jaques I. Rotham

Libros de algodón, 1882

Describir esta estirpe de seres es una empresa imposible. Tal variedad de ellos pueblan nuestro propio universo personal, sumado al de toda la humanidad, que no hay manera de poder encontrar categorías ni orden entre tanta disparidad aunque los psicólogos se afanen en la tarea. Describir o siquiera enumerar las explicaciones que a lo largo de la Historia han querido develar la naturaleza de estos seres, es otro cometido imposible. La poesía, la filosofía y la literatura se han encargado de empañar aún más la niebla de este misterio, mientras que la fisiología y otras ciencias biológicas han querido abordar el tema en una manera demasiado reduccionista, acaso simplista, con lo cual, la esencia de estas creaturas sigue siendo un tema que resiste el análisis de cualquier ciencia solitaria.

Diremos en principio que su existencia no es discutida por nadie. Cualquier persona duerme y sueña todas las noches de su vida, lo que hace que casi un tercio de la vida cronológica de los hombres pase dentro del cosmos en el que viven estas criaturas. Quien haya soñado alguna vez puede dar fe de que estos seres son reales, aunque inasibles como un reflejo y se esfuman cuando el durmiente despierta y la mañana entra por sus ojos. Por ello es que la primera pregunta que uno se hace es de qué están hechos, cuestión que lleva al tropiezo inicial, porque nadie conoce si son materia o espíritu, o sólo luces e imágenes superpuestas de un caleidoscopio de cristales de hormonas, que misteriosamente crean sensaciones complejas.

Enumero pocas teorías que explican su composición.

Una de ellas afirma que son espíritus de muertos que tomando infinitas formas, tratan de comunicarse con nosotros en estériles pantomimas fantasmales; inclusive disfrazándose de nosotros mismos para hacernos creer que somos protagonistas de algunas de ellas.

Una versión oriental propone que todos los personajes que aparezcan en nuestras ensoñaciones son profecías de futuras reencarnaciones del alma. Por ejemplo, si alguna vez soñamos con un perro, o una puesta de sol o un precipicio sin fin, podemos estar seguros de que alguna vez nos reencarnaremos en esas cosas.(1)

Una de las explicaciones más creativas y bellas —y la no menos soberbia— es la que pretende los sueños son universos interiores creados por nosotros, a imagen y semejanza de Dios, y los seres que los pueblan, creaturas nuestras. Una especie de Juan-Juega pero involuntario:

Juan juega a que hace un mundo y nadie lo distrae; y juega y crea y hace deshace y rehace y expande y pone y saca y nadie lo distrae; y da vida y la vida medra, y Juan juega a darle cosas: planetas, átomos, tormentas, bebés, jirafas; y ya son miles de millones en el juego, y nadie lo distrae; y está obteniendo un cosmos agraciado con leyes y todo: gravedad, magnetismo, entropía y a veces una que otra supernova y de pronto entra su madre y sin querer provoca el fin del mundo.

Podemos reemplazar “juega” por “sueña” y “madre” por “aurora” y conseguimos, si no una analogía, un parecido conceptual.

Según esta explicación, la existencia y permanencia de su universo depende de nuestro ciclo sueño-vigilia, y se puede deducir que cada vez que despertamos se destruye el cosmos, y cada vez que nos dormimos, volvemos a crear uno nuevo. Un ejemplo de esta postura podemos verlo en el fragmento del libro de Javier I. Redfield, en el que el creador (soñador) puede influenciar el pequeño cosmos (sueños) que le pertenece:

“Esta historia es un tentempié. Para los que nacen, para los que viven, para los que mueren y quienes están eternamente gozando o sufriendo las consecuencias de nuestra terrible libertad, que nos persigue desde el fondo de los siglos.

He matado a un hombre. Sin miedo, con curiosidad. Cada rasgo, su súplica muda, su entrega final cuando toda esperanza de seguir con vida se esfumaba como un espectro al alba, están en mis ojos. La muerte no fue dolorosa ni rápida. Fue el flash curvado de un kukri penetrando en la zona cardíaca, burlando los barrotes óseos de las costillas hasta terminar su recorrido en algún lugar del corazón o los pulmones. Luego, la cara de sorpresa, la incredulidad de la mirada viendo salir de las entrañas el fértil Nilo convertido en sangre, la breve alternativa de “es un truco”, la toma de conciencia final y otra vez la mirada sorprendida e interrogadora. Santiamenes más tarde —ya con la certeza del fin, abandonada la posibilidad de estar soñando— el remolino del miedo, las fuerzas que se van y los pulmones inútiles y el corazón desocupándose de su rutina. La muerte, la puerta invisible por donde entra el alma al más allá, y el cadáver tibio como una isla al sol en medio del Mar Rojo. Afuera, la luna indiferente e ignorante que su rostro se reflejaba en un nuevo espejo líquido de sangre. El cuerpo, cosa sin albedrío ya, insistiendo con esa mirada entre interrogante y sorprendida, un estático e inmutable ¿por qué yo, por qué a mí?

Lo maté porque sí. Porque considero que la libertad debe ser ejercida hasta en sus más horribles facetas. No lo conocía, no me había hecho nada; lo vi esa primera, única y última vez. El ya es para mí apenas un punto en el tapiz de los recuerdos. Fue un acto más, como trabajar, tocar un timbre, dormir o charlar con amigos. Allí lo dejé y limpié la hoja de Nepal cuando llegué a la calle noctura y sabática, llena de rostros temerosos de ejercer su infinita libertad. Yo había sido hombre al fin y no temía a las consecuencias (o sí, lo que no temía era responder por ellas). Como Eva, como Adán.

Cuando desperté esa mañana relajado y feliz supe que sabía la verdad. Un hombre de la arcilla del sueño había muerto por mi mano, comprobando así que los seres de los sueños existen como nosotros, con pulmones y sangre y alma. Tantas noches buscando entrar en su universo de mi propiedad ¡había logrado infiltrar el espejismo! para probar su existencia. Noches de programarme y fallar, noches de cuchillo limpio y víctima ausente en el caótico licor de los sueños indomables, de cometas sin cordel, hasta que al fin. El encuentro, el tajo y el muerto. La vileza verdadera por haber matado un hombre, aun siendo de otro cosmos. Y la comprobación que la terrible libertad no se agota en nuestros actos, sino que se multiplica infinitamente en nuestro interior, como una muñeca rusa sin límite de variaciones. Yo sueño a los seres de los sueños y ellos a su vez sueñan a otros y así hasta el vértigo que produce lo que resiste la cifra. Comprobé esa mañana la vastedad del abismo al que llamamos Creación y la inmensidad del doloroso don al que llamamos libertad.

En silencio, en los primeros minutos de aguda conciencia que siguen al despertar, comprendí todo esto. Aplasté un mosquito posado y se convirtió en una pequeña hemorragia de sangre usurpada en la pared. A esa hora, todavía pudo haber sido un dragón. Me levanté y seguí viviendo durante el resto de mis días.”

En este relato vemos un claro ejemplo de la complicada teoría de los universos interiores, que abre una serie de preguntas sin respuesta. Por ejemplo, ¿cómo es el tiempo en esos cosmos? La edad de nuestro universo es de miles de millones de años, ¿es el tiempo del sueño de nuestro demiurgo? Si es así, pueden suceder dos cosas: o bien que el tiempo de duración de los universos interiores se vaya acortando en cada paso de soñador/soñado hasta ser ínfimo y por último no ser en el último eslabón, o que lo que para nosotros son ochos horas o menos (por el tiempo dormido) para los seres de los sueños representen miles de millones de años. Ejemplo: el soñador que nos da la existencia duerme por miles de millones de años, la duración de nuestro universo; nosotros dormimos ocho horas, la duración del universo de los seres de los sueños que creamos, ellos duermen mucho menos de ocho horas, tal vez fracciones de segundos: la duración del universo de sus sueños. Al final, la cadena se corta porque las fracciones de tiempo son cada vez menores hasta llegar a cero. O no, tal vez el tiempo de los sueños se comporte asintóticamente y nunca llegue a cero absoluto, con lo cual sí tenemos la posibilidad de infinitos universos, como infinitas fracciones de tiempo haya. Cuestión difícil, fantástica y agobiante de responder.

Pero olvidemos las teorías, que como dijimos, son inabarcables. Describir es mucho menos arduo que teorizar y si me permiten, quisiera hacerlo brevemente — sin analizar su naturaleza— el comportamiento de los seres de los sueños tal como lo veo en mis noches:

Ellos hablan. En una gran representación teatral, una ópera con un solo espectador en el gran teatro del cerebro, entre foros, disfraces, máscaras y telas pintadas, hay una solitaria butaca en la que se sientan cinco sentidos liberados de órganos, rodeada de oscuridad. Desconfío de su número, aseguro que saben representar incontables personajes. Se comunican con un lenguaje ininteligible, con palabras y gestos, su tierra es tierra de símbolos. Conocen todas las combinaciones de las cosas para crear las imágenes más bonitas o más terribles, dominan el arte de la metáfora, ajenos al juicio de los demás.

Cuando hay tiempo de juzgarlos, ellos se han ido y su vanidad no es tan grande como para importarles qué dice la gente luego de su muerte. Siempre nos vuelven a encontrar, a pesar de que nos escapemos, nos proponen acertijos y nos muestran tantos espejos como rostros tenemos, por eso los odiamos, los amamos o no los entendemos. Es bueno que el lector sepa que los seres que aparecen en los sueños no son personas o cosas de nuestro universo, sino símbolos de ellas, con un mensaje trascendente o un mero juego que se agota en sí mismo para proponernos. Nuestra vigilia racional es su sueño, tal vez tan inentendible para ellos como sus óperas oníricas lo son para nuestra conciencia; al igual que la cara no puede entender a la cruz de la misma moneda.

Freud, en su manía organicista, intentó hacer lo que nosotros desistimos, verbigracia, catalogar a los seres de los sueños y su simbología. Olvidó que el significado de sus pantomimas varía de acuerdo a la historia personal de cada persona, inclusive de la historia del día previo al sueño, con lo cual ese catálogo no tiene más valor que un genérico cúmulo de vagos acercamientos. Claro que existen seres arquetípicos casi comunes a todos los hombres, como si los cerebros de todos los seres humanos fueran propicios para que habiten ciertos seres que no respetan ni el tiempo ni el espacio, o como si todos hubiéramos tenido alguna vez la misma pesadilla. Ejemplos de estos son el dragón, el vuelo, la caída, la persecución y el otro. Podemos pensar que estos actores son tan universales o tan elementales que pueden poblar cualquier noche en cualquier tiempo y lugar; o podemos sospechar que ellos cinco son los únicos seres de los sueños, que comienzan a existir cuando somos concebidos, y que ellos solos pueden representar todas las formas.

En otros casos, Dios o sus santos pueden aparecerse en los sueños; pero esta epifanía es un milagro, comparable a la zarza ardiente o la nube que habla en el desierto, no responde a la población de seres de los sueños, como la nube en donde habita Dios no responde al género nube o la zarza mosaica a las zarzas del desierto. Como añadido, cada vez que se da la aparición es clara y distinta, tan clara y distinta que es evidente que no está hecha de niebla sino de otra arcilla resistente al olvido de la mañana.

Por último, si dormir es ensayar la muerte, ésta debe estar poblada de sueños con imágenes sublimes o atroces según el ejercicio de nuestro albedrío en en tiempo; lo cual explica toscamente —muy toscamente— la existencia del buen sueño paraíso o la pesadilla infierno. Mi vanidad, que no respeta el objeto de este relato, quiere transcribir una frase de amor que encontré una mañana, escrita con mi letra mas no por mi mano, sobre la mesa de luz: “Te amo tanto que quisiera que Dios nunca despierte”. Este es otro de los pequeños misterios de mis días.

(1) La idea de la reencarnación me parece la peor pesadilla que pudo concebir un hombre o un demonio para explicar el destino del alma. Una eternidad que no sea estática (que no sea eterna) —ya en bienaventuranza, ya en pérdida— es un juego vacío de flujo y reflujo de la ola sobre la playa, que parece que llega a su patria pero la pierde cuando la toca.

***

El Eco.

Nunca responde, siempre vuelve a preguntar; nunca devuelve un saludo, siempre es quien saluda antes. El Eco es el camaleón del sonido, se camufla imitando el estímulo a su alrededor, como el reptil lo hace con los colores. En Africa justamente, le asignan forma de camaleón con garganta de sapo goliat y afirman que cuando el Eco repite una voz que no es la nuestra, es un mal augurio. En los cañones de Australia, los nativos le asignan forma de boomerang. En los Alpes le asignan color de espejo; en los Andes lo emparentan con Soychu, el dios del bien, o con Asola. El Eco se distribuye por todo el mundo, menos en los mares, ya que se ahoga como los lemings. Esto es tan así, que se sabe que los argonautas capturaron vivo a un Eco y lo lanzaron al mar, para que repitiera el canto de las sirenas y las matara haciendo oír sus propias melodías. Pero el ser se ahogó al instante o enloqueció al querer imitar las voces malditas y murió en las aguas. Vivo o muerto, el Eco está condenado en cobardía a repetir sin pausa lo que los hombres digan. Triste destino para quien pudiendo crear sonidos tan diversos y variados simplemente repite la obra ajena.

Es lamentable que haya tantas versiones sobre su origen, todas contaminadas de pegajosa superstición o fría física, mediando entre los dos extremos una rica gama de mitologías de todos los lugares. No nos detendremos en este punto, cuya extensión sería estéril desarrollar. Sí quisiéramos terminar mencionando que en las ciudades, durante los fines de semana, también se puede escuchar al Eco imitando nuestros pasos, y si gritamos, nuestro grito. Por ejemplo, podemos experimentarlo cualquier domingo o feriado por la tarde en la calle Reconquista, entre Sarmiento y Perón.
(1) Se menciona otro intento frustrado para destruir a las malditas cantoras, y fue el de arrebatar una partitura de canción de sirena, para responderles en la misma forma. Además, con esa arma secreta se podrían vencer a todas las flotas enemigas del mundo conocido. Es cierto también que en esa época no existían notaciones musicales, por lo tanto este pintoresco párrafo que citamos parece un añadido de siglos posteriores, casi con certeza del Renacimiento. Formidable arma si se llegara a encontrar esa partitura.

***

Ah-jó.

Ah-jó se llama el ángel que cuida al niño durante los nueve meses de gestación dentro del vientre de la mujer. Su nombre, en el lenguaje de los ángeles, significa El que cubre el santuario oscuro con sus alas. Los niños conocen su presencia y su voz, mas al crecer el mundo va anegando sus sentidos y los nueve meses de autocontemplación se terminan diluyendo entre tanto estímulo externo. Y es bueno que así sea.

Cuando las palabras todavía no anidaron en su boca, Ah-jó es uno de los primeros sonidos que emiten los niños al ver un rostro familiar (por lo general, sus padres) y al sentir algún tipo de placer. En su conciencia todavía pequeña asocian el rostro de sus padres con el rostro del ángel, la sonrisa con las alas y la voz con el sonido de las alas.

Fíjense qué dato curioso: los niños son los únicos humanos a los que un ángel no tiene que decir “no temas” cuando aparece. Es innato que recuerden a su protector con familiaridad y su reacción sea la de bienvenida a un viejo amigo. A medida que la edad avanza —y si por alguna causa un ángel aparece frente a un adulto— lo primero que tendrá que decir es “no temas“, tal es su majestad, tal es la conmoción ante a lo sobrenatural irrumpiendo en la naturaleza.

Quienquiera conocer las venas internas de esta temprana amistad sólo tiene que cerrar los ojos y esforzarse en recordar. Quienquiera que tenga la oportunidad de tener un bebé frente a sí que diga ajó, dése por satisfecho; no todos los días lo confunden a uno con un ángel. Muchas veces Ah-jó no puede (o no le está permitido) detener con sus alas al fórceps, a la inyección y al bisturí que deshacen al inocente. Cuando eso sucede, el ángel llora y clama justicia con su anestesiada voz.

Algún añadido extraño a esta descripción, quiere que Ah-jó sea también quien nos dé la bienvenida a la muerte, para hacer más llevadero el segundo gran trauma de nuestra existencia.

***

El pez.

Desde el Antiguo Testamento se menciona como triunfo y señorío de Dios sobre la creación de los elementos al hecho de haber separado las aguas de la tierra, confinando a los mares –que representan el caos, a lo no quieto– a límites precisos. Dicho relato tiene, como sabemos, un contenido real puesto en el texto en forma simbólica por el hagiógrafo. Más aun, el hagiógrafo por ser hombre, plasmó bellamente su temor y el de sus semejantes a que alguna vez el mar se desbordara y arrasara con todo; casas, templos, gente y animales.

El miedo a que el mar deje su lecho es tan antiguo como la pregunta de por qué el mar está siempre en su lugar, qué lo ata para que sus olas no avancen sobre nosotros. Pero paralelamente a la Biblia, existían en esa época otros muchos relatos sagrados de tribus vecinas a Israel que hablaban del pez, un ser que no vive en el mar sino que es del mar —que al fin y al cabo es uno solo con distintos nombres— y cuyo único objetivo es anegar al planeta.

Dicho animal no tiene la forma de pez, nadie sabe qué forma tiene; pero su maldad fue contrariada por un dios de nombre de traducción imposible, que lo obligó a permanecer en su sitio sin poder atacar a los hombres. Hace eones, el pez viajaba libremente por la faz del planeta sin que ningún continente emergido se interpusiera, de ahí su odio a los actuales señores de la tierra, a quien considera los responsables de su calabozo. El pez es quien mueve las olas, no el viento, y quien hace subir las mareas, como una eterna gimnasia para ensayar el futuro asalto final sobre el mundo seco. Es el pez quien guía a los barcos a las salientes rocosas para ahogar a sus tripulantes, quien multiplica los sargazos del Caribe para detener las hélices, y quien conduce y afila los icebergs que clavan su espolón en bajo la línea de flotación de los buques.

El pez es un ser que se caracteriza por su paciencia. Acaso la paciencia sea un poco la pérdida del sentido del tiempo, mas no del sentido del agravio, por ello se mantiene en su intención desde su remoto confinamiento, sin desfallecer, cumpliendo una condena que sabe llegará a su fin algún día. Los textos sagrados mencionan que cuando el dios que lo encerró sea completamente olvidado por la Humanidad, (es decir, cuando deje de existir), el pez romperá su cadena divina y tomará por asalto junto con las aguas, a los valles y las cordilleras, las ciudades y todos los habitantes. Así consumará su venganza, con agua, sal y sangre. Cuando llegue ese tiempo, los hombres verán al mar embrabecido, turbio y revuelto, con un sonido nunca escuchado hasta ahora, como el rumor de muchas voces antiguas, que serán la voz del pez. Días después, el agua se retirará a muchos kilómetros de la costa, hacia la retaguardia del abismo, y sobrevendrá un silencio extraño y la soledad de las quillas encalladas. Al final, el pez con el mar se arrojarán sobre nosotros con toda su furia y será el fin.

Mencionaré también que en octubre de 1994 tuve la impresión de haber visto al pez en en la punta norte de la Península Valdés, en la Patagonia argentina. Estaba solo y contemplando las ballenas durante el ocaso; el mar estaba calmo, no había viento y sobre las crestas bajas de las olas había reflejos dorados, como fuego griego. Lo que vi entonces fue un centelleo plateado, blanco, en medio del atardecer; liso como una tabla y que permaneció unos segundos antes de sumergirse. No había barcos, ni submarinos, ni ballenas tan largas y lisas que se parecieran a lo que acababa de ver. Fue entonces que el mar se encrespó y las ballenas huyeron hacia el Golfo Nuevo. Minutos después volvió la calma al agua, pero no las ballenas, que atemorizadas, estaban a mucha distancia. Inmediatamente me prometí buscar en las bibliotecas el nombre de ese dios a punto de ser olvidado. Una concha fósil en la punta del acantilado me recordó que una vez el mar no tuvo límites y que la amenaza que acababa de recibir era muy real.
Si alguien conoce el nombre de ese dios, por favor, difúndalo a la mayor cantidad de personas que pueda, no sea que lo olvidemos y el mundo que conocemos cambie para siempre.

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El deslizador de la sombra.

Hablar de esta criatura es orillar con el inconsciente y con la imposibilidad de evitar que actúe sobre nosotros. Atrapándolo resolveríamos la molesta sensación de caída que a veces precede al sueño profundo, pero es una empresa que no podremos llevar a cabo porque siempre nos sorprende con todas nuestras defensas bajas.

Se especula que la anatomía de este ser es similar a la de los murciélagos, con alas membranosas pero sin pelos, y puede cambiar el tamaño de su cuerpo a voluntad, como un origami, desde la dimensión de un mosquito hasta casi un metro de alto, según se tenga que esconder o deslizar a su víctima. Su color es negro para ocultarse en las zonas oscuras de la casa, de ahí su nombre. No hace ruidos, no despide olor, es muy difícil de detectar y mucho más de matar o capturar.

La única mención documentada que se tiene sobre el deslizador de la sombra proviene de una piedra tallada en la catedral de Colonia, Alemania. En ella se describe a uno de estos seres atrapado por el primer diácono de la catedral, en el preciso instante en que atacaba sacerdote del templo. La criatura no tuvo mucha suerte, porque una vez reducida, fue quemada en una hoguera esa misma noche, y ni siquiera cuando era quemada despidió el mínimo olor. Hoy se puede observar una gárgola en Notre Dame que intenta representa al deslizador, aunque más parecido a un demonio que a su real figura. En cuanto a ésta, excepto por el caso de Colonia, poco se sabe con certeza. Cuando se lo ve parece más a una sombra animada que algo con forma definida. Si se queda quieto en la oscuridad, es completamente invisible; por esta causa a veces se lo emparenta con razas sobrenaturales, como vampiros, gnomos o seres demoníacos. Algunos animales, como los gatos, pueden verlos y de inmediato huyen despavoridos ante su presencia, confundiéndolos con fantasmas u otras apariciones espectrales. En rigor a la verdad, este ser es completamente inofensivo para los humanos, ya que el único perjuicio que causa es deslizarnos unos milímetros sobre el lecho cuando estamos en el umbral del sueño, lo que nos produce un reflejo de sobresalto por nuestra debilidad de cuasi durmientes. La persona siente que se cae y se aferra a la cama. Luego de su tarea, el deslizador se retira en la noche para seguir faenando.

Nadie sabe por qué motivo hace esto y muy pocos científicos propusieron teorías para explicar esta conducta, entre otras cosas, porque pocos de ellos creen en la existencia de esta criatura. Uno de los que aceptan la realidad del deslizador afirma que el número de estos seres es enorme, casi tanto como el número de insectos que habitan el planeta, y que se alimenta de rocío del alba o de cualquier condensación de agua que encuentre en donde lo sorprende el día. Cuando la luz llega, el deslizador busca un lugar penumbroso, se parapeta en él y permanece alerta, sin dormir nunca: a la tarde también la gente hace la siesta. En las islas del Caribe se tiene la creencia de que este ser ahuyenta a los mosquitos que impiden con sus zumbidos el sueño reparador. Es por eso que antes de dormir lo invocan para que se acerque a ellos y los ataque. Aparente masoquismo tiene un objetivo más importante que el sueño en paz: el de alejar a los mosquitos portadores de la malaria.

Por último, es útil volver a recordarle al lector que el deslizador es completamente inofensivo, por esa causa, la próxima vez que sienta su molesta actividad, no sea presa del pánico y siga durmiendo simulando que nada pasó. Esto lo descorazona y hace que nos deje en paz por varias noches.

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Los Nombres.

Los Nombres son las nominaciones que la Mente Divina da a cada una de las cosas de la Creación. Para Dios no existen géneros, existen individuos; no existen esencias, existen seres. Los granos de arena no son una categoría, son cada grano en particular que es (hasta el recuerdo de una piedra que dejó de existir y la piedra que existirá en un futuro). Miles de millones de granos de arena —cada uno distinto del otro— cada uno con su nombre propio. Es más, cada partícula subatómica, la cosa indivisible más pequeña que exista, es, para Dios, una entidad. El pensamiento más fugaz, el reflejo de la luz sobre una ondita del agua, el fotón más perecedero tienen su nombre singular e irrepetible.

Cuando nacen las personas sus padres se apresuran a nombrarlas, como si al hacerlo de alguna manera confirmaran la identidad e individualidad que tienen por naturaleza. Pasa lo mismo con cada una de las cosas existentes en el mundo material y espiritual; el no poder nombrar un objeto significa que nuestro conocimiento no lo ha aprehendido, y es casi similar a que el objeto no exista (1). Así tenemos (para las personas) nombre, y como el nombre es genérico y presta a confusión, también hay apellido, y como el apellido no alcanza, acudimos a apodos más vinculados a su personalidad , en un estéril intento de darles mayor individualidad que la que puede darle el nombre escrito por letras. Todos los Juan Pérez o Alejandro Pagnotta del mundo no son iguales, aunque tengan los mismos nombres impresos en el documento de identidad, pero nos es imposible llamarlos a cada uno de forma diferente.

Opuestamente, con Los Nombres de la inteligencia de Dios, cada persona tiene un apelativo que no reincidirá jamás durante la historia del tiempo. Cada Juan Pérez se llama de una manera unívoca para quien lo creó. Ya vimos que si desglosamos las consecuencias hasta el final, deberíamos afirmar que en el universo inanimado cada átomo o cada partícula subatómica tiene su correspondiente nombre propio. El inventario es tan abismal, que nuestra mente se resiste siquiera a ensayarlo sin caer en la locura (2). Nadie conoce los Nombres de cada una de las cosas, ni inteligencia humana podrá jamás catalogar todas las cosas, como cada gota de lluvia, cada hebra de viento, cada chispa de infierno, o ladrido de perro.

Imagino el nombre único e irrepetible de, por ejemplo, una ola de mar: “La que nació cuando XXXX (nombre de una ráfaga de viento/una larguísima lista de Nombres de átomos de oxígeno, nitrógeno y otros gases que componen el aire de esa ráfaga) sopló/aron en bello remolino sobre las crestas de YYYY (Nombres de otras olas/una larguísima lista de nombres de átomos de oxígeno, hidrógeno y otros átomos que componen el agua de mar de esas olas) y el cielo (…) era rojo (…) porque la tierra (…) volvía a darle la espalda al sol (…) en el año ZZZZ (o el período de tiempo con el cual Dios mide los instantes)“. Podemos seguir añadiendo caractarísticas a este Nombre hasta llenar mil tomos, pero el sano juicio nos pide detenernos aquí. Es emocionante intuir que que cada uno de Los Nombres en realidad es puntualmente simple y puro, una sola letra del inescrutable vocabulario divino (3). Algo de eterno y a la vez zozobrante; cósmico y a la vez microscópico, presiento en Los Nombres de las cosas. La existencia de algo que resuma toda nuestra esencia y nuestra personalidad en una sola letra (un solo dibujo, un solo sonido) es algo imponente. Me pregunto cómo serán el dibujo, el color y el sonido de ese símbolo.

Solo, algunas noches hago el siguiente ejercicio, universal y diminuto al mismo tiempo: miro las estrellas y trato de adivinar el hermoso Nombre que debe tener cada una, utilizando el método intuitivo de tiene cara de llamarse…; el mismo método que a veces usamos con las personas. Otras noches trato de nombrarme de una manera única e irrepetible, y ya llevo varios cuadernos escritos para formar la sombra de la letra que me nomina desde antes de ser concebido y —espero— sea incluida en el Libro de la Vida para toda la eternidad.

(1) “El no ser es inconcebible e innombrable”, señala Parménides.

(2) Ensaye el lector el siguiente ejercicio: elija un dedo de su mano e intente dar un nombre a cada poro visible de su piel. Antes de haber terminado de nombrar los poros de la mano habrá agotado casi todos los nombres que conoce. Ensaye entonces nominar los átomos de un alfiler y agotará todas las combinatorias que pueden formar las letras de nuestro alfabeto.

(3) Entonces hay tantas letras como seres en la Creación.

N. del A.: Alguien ha comentado que la firma es —salvando las distancias— algo muy similar al Nombre, y es cierto: cuando firmamos estamos plasmando de alguna forma nuestra personalidad. Inclusive, va cambiando conforme avanza nuestra madurez (o inmadurez). Claro está que la firma es al Nombre como una foto nuestra es a nosotros mismos.

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El invierno. (Artificios de plantas).

Ellas quieren confundir a lo inexorable.

Las margaritas, por ejemplo, tratan de retener la primera nevada en sus pétalos ya amarillos, para volverlos blancos otra vez.

A veces sucumben con el peso de los copos, otras veces lo soportan, mas finalmente el invierno las decapita.

Las rosas buscan herir con sus púas a cualquier animal o persona que las roce. Absorben una gotita de su sangre y vuelven a teñir sus colores cenicientos. Ocasionalmente mueren bajo el machete del herido o viven un par de días más con colores usurpados, hasta que la savia se separa de la sangre y el desgarro interno las envenena.

Otras flores tienden a crecer cerca de los charcos, para duplicarse en sus líquidos espejos. Así quieren dar la impresión de ser más número (el doble de lo que son) para que el invierno dude antes de tomarlas por asalto. Con todo, la brisa denuncia a las ficticias y el fin ya lo conocemos.

Se sabe de ciertas especies que sólo abren sus corolas por la noche, porque imaginan que el invierno duerme. Invierten su ciclo sueño-vigilia, pero el invierno las toma de día, cuando ellas están soñando, y las mata sin que se den cuenta.

Otras reservan su perfume hasta que intuyen el fin del verano, y lo exhalan todo junto para engañar al Marchito. Se agotan y éste las encuentra ya sin perfume ya sin fuerzas ya sequitas ya entregadas a la nada.

Algunos árboles tiñen de oro sus follajes, creyendo tontamente que la codicia del frío querrá conservar tanta riqueza, pero el frío derrocha tanta magnanimidad y lo pierden todo, menos el derecho a meditar en silencio y cuidar que sus raíces no se exilien de la tierra.

Ellas quieren mantenerse en la existencia con fina desesperación, usando artificios ya conocidos por el adversario, pensando que son oponentes en vez de delicados combustibles de la hélice del tiempo, que rota y perfuma de miedo los jardines.

Y así el invierno vuelve a repetir la eterna lección de la impotencia final de la muerte, que para los que no entienden y ven todo superficialmente, sólo trae monotonía de tallos y soledad de abejas desconcertadas.

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El tigre del jardín.

María Cecilia está acostumbrada a acompañarme (o yo acostumbro a acompañarla) a la cacería del tigre del jardín, al fondo de nuestra casa de la provincia, por las noches de luna llena. Tenemos unas cañas afiladas traídas desde el delta del Paraná —una para ella y otra para mí— y salimos a la oscuridad, completamente alertas para sorprender al tigre en su escondite. Lo lanceamos sin verlo (lanceamos a la oscuridad de su cueva, introduciendo punzadas en la sombra varias veces, hasta cansarnos) y volvemos adentro de la casa. Esta operación dura unos cinco minutos, más o menos, y la realizamos cada vez que Cecilia no quiere dormir. Luego de la caza se acuesta sin complicaciones, como si al haber lanceado al gato, también hubiera matado al miedo a la noche.

Ignoro cómo es el tigre, pienso que ella lo debe imaginar como un tigre común, y le debe asignar propiedades sobrenaturales. Si no es así, no me explico cómo puede creer que en el fondo de casa haya un animal de semejante tamaño que se esconda debajo de la pequeña oscuridad que produce un arbustito del cantero. Sí puedo asegurar que el felino tiene de agresiva sólo su temible estirpe, y que nunca dañaría ni a ella ni a mí; es más, hasta siento algo de devoción por él, por su tolerancia hacia quienes lo matamos todas las noches de luna. No sólo eso, el tigre con su mansedumbre le está enseñando a mi hermana a confiar en su hermano y además le enseña a enfrentar los temores de la vida. En ocasiones pienso que el animal, cuando intuye que vienen los cazadores, se esconde en su guarida de sombra y se queda quieto, dócil y bueno, a la expectativa de las puntas que lo hieren. Luego muere y resucita para que en la próxima noche lo cacemos otra vez, y así hasta que (imagino) Cecilia crezca y deje de ser una niñita.

Si ello sucede, el tigre del jardín desaparecerá para siempre, o habitará la oscuridad de la tinta de esta página; y entonces mi hermana sabrá leer y lo recordará y acaso vaya a cantarle algo que haya aprendido en el colegio. Ciertas noches oigo el viento que no es el viento mover las plantas, y sé que es el tigre que pasea esperando la luna llena y las las manos infantiles empuñando las lanzas.

©JIR