DESEAR, POSEER, SUFRIR Sep26

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DESEAR, POSEER, SUFRIR

Pregunta: ¿qué hacemos desde que nacemos hasta que morimos, desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir? Respuesta: sentir necesidades, tratar de satisfacerlas y, más veces que las que quisiéramos, cuando lo conseguimos, descubrir que su deleite es fugaz y queda un regusto de insatisfacción.

La rayuela de los animales es elemental, tiene solamente los casilleros de desear-poseer (poseer también puede leerse por lograr): cuando todos sus apetitos están satisfechos, el animal está satisfecho. Pero la rayuela humana tiene, ay, tres casilleros, desear-poseer-sufrir. A diferencia de un animal, nosotros podemos tener todos nuestros apetitos saciados y aún así ¡sentirnos insatisfechos y anhelantes!

Este no es un hallazgo inédito; se viene queriendo resolver desde hace miles de años: estoicos, epicúreos y un montón de otras escuelas filosóficas y espirituales buscaron superar (o al menos convivir) con el sufrimiento de nuestra naturaleza humana, tratando de remediar y darle sentido a los tres casilleros. Pero parece que no es tan fácil, porque la cosa sigue vigente, y muchos, desalentados (o realistas, según ellos), asumen que por más satisfacciones que consigamos, estamos configurados para la infelicidad. Puede que sí y puede que no, pero antes de compartirles mi conclusión, que encima la voy a contar en otro post, creo que primero toca mirar a nuestra rayuela directamente a los ojos.

 

Desear.

Hecho: somos una modesta y sublime tramita de animalidad, racionalidad y espiritualidad, limitada, imperfecta. Animales, racionales y espirituales. Y en tanto animales, tenemos necesidades fisiológicas —comer, beber, respirar— y en tanto racionales y espirituales, necesidades de ese orden —el bien, la belleza, la verdad, el sentido—. Experimentamos apetitos en esos dos planos de nuestro ser porque sentimos carencias. Simple: un ser finito e imperfecto desea, porque carece. Repito: desea, porque carece; si no careciera, no desearía.

Al deseo no lo inventó el Capitalismo, lo inventó la evolución para sobrevivir; si no deseáramos, moriríamos como individuos y como especie. Porque el deseo no es otra cosa que una alarma que concretiza al satisfactor de una necesidad que nos está provocando un malestar. Necesidad: hidratarse. Malestar: la sed. Deseo: el agua. O puede darse por exceso, como sentir demasiado calor y necesitar fresco, o tener la vejiga llena y necesitar hacer pis.

En el orden no fisiológico pasa algo similar; podemos ansiar placer estético y satisfacerlo con música, por ejemplo. O necesitar expresarnos y escribir un poema; o ambicionar desarrollar nuestros talentos profesionales, y animarse a emprender. En resumen, buscamos restaurar el equilibrio de los apetitos físicos o emocionales, cuando algo falta, sobra o se anhela. Buscamos placeres físicos, emocionales e intelectuales/espirituales. ¿Coincidimos en esto? ¿O hay alguien que sea tan pleno o infinito que no necesite respirar ni comer, o esté tan lleno de perfecciones que no sienta goce ante la belleza o un acto de ternura? Nuestros deseos son aspiraciones que nos constituyen, vacíos que nos hacen, si me permiten la contradicción.

Ahora bien, ahondemos un poco: ¿que deseamos? Claramente deseamos cosas. Filosóficamente las llamaríamos entes, porque no todas son objetos materiales. Ontológicamente las llamaríamos bienes, porque asumimos que deseamos entes que nos hacen bien. Y existencialmente diríamos que nos hacen bien porque completan las carencias y afanes de nuestra naturaleza. Puf, sonó a seguidilla de palabras difíciles para explicar algo simple, pero había que descomponer el asunto para entender la esencia del deseo.

Y acá nos encontramos con una característica propia de los humanos, que es desear más de lo que objetivamente necesitamos, desear subjetivamente por así decirlo. Es un dato de la realidad. A los animales les es fácil, sacian su necesidad y no necesitan nada más, ni desean cosas inútiles para su vida. Irracionalmente, desean bastante racionalmente. En cambio nosotros podemos ser insaciables, estamos heridos de infinito. Y no tanto en nuestro orden físico, porque cuando llenamos la panza, llenamos la panza y no podemos comer más; sino en nuestro orden racional y espiritual, donde podemos desear hasta donde nos dé la imaginación, por más que lo deseado exceda cualquier medida de uso, goce o directamente sea irracional. ¿Qué cosas? Qué sé yo: salud, poder, fama, dinero, ropas, objetos, gloria, tranquilidad para sí y los seres queridos, salvar al mundo, sabiduría, lo que sea. Y según cuán grande sea la cantidad y tamaño de los deseos, podemos vivir ansiosos, atosigados y sufrientes por nunca alcanzarlos a todos, por sentir que nunca es suficiente y corremos de atrás todo lo que apetecemos.

¿Pasa o no pasa esto con el deseo? ¿Hasta acá les viene pareciendo más o menos real toda esta descripción? Si fuera así, peguemos el brinco al segundo casillero de la rayuela.

 

Poseer.

Y éste es el que pinta más dichoso, porque es ni más ni menos que el alcance de lo que buscábamos, el logro o posesión del bien deseado. Claro que para que esto suceda tiene que haber un accionar inteligente y voluntario (si fuera inconsciente como un reflejo, o involuntario como digerir, no sería algo exclusivamente humano y acá estamos analizando por qué nuestra rayuela es diferente a la de los animales). Así que deseamos, accionamos y muchas veces obtenemos el bien deseado, sea material o intangible. ¿Qué sucede entonces? Bueno, todos lo sabemos porque lo experimentamos a diario: en ese momento de ¿felicidad? “llenamos” el vacío o “restauramos” el equilibrio de los apetitos físicos o emocionales que estaban insatisfechos y durante cierto tiempo “reposamos” aliviados con la posesión del bien deseado.

Oh, tan primoroso y bello, ¿qué podría salir mal? Lamentablemente una sola cosita, queridos humanos, y es que el famoso no hay dos sin tres acá se aplica de forma categórica y nos transporta sin analgesia al casillero final.

 

Sufrir.

En el preciso momento de poseer lo anhelado, empieza el drama de ser propietarios. No, no estoy loco; digo drama porque la posesión cambia nuestra psiqué de dos formas dramáticas, que paso a compartir.

La primera —puede darse o no— porque una vez que poseemos el bien, su atractivo deja de ser tan emocionante como cuando lo deseábamos. Sea porque al final no era tan increíble como nuestra fantasía nos hacía creer o porque su goce es demasiado efímero para el costo que implicó, o porque una vez evaporado el espejismo recobramos la cordura y nos damos cuenta de que sacrificamos bienes mayores por algo de menor valía. O sea porque siempre habrá cosas mejores a lo que finalmente logramos, no podemos evitar compararlo y ya no nos parece taaaan bueno y… volvemos a sentirnos insatisfechos, con un cosquilleo incómodo de no tener lo superior. Pregúntenle qué sintieron los orgullosos dueños del iPhone 5 cuando salió el iPhone 6, lleno de mejoras.

La segunda —y de ésta nadie se escapa— porque cuando poseemos un bien (físico o espiritual), naturalmente creamos lazos de señorío emocionales o jurídicos con ese bien. Se crea un apego, una apropiación; nacen tentaculitos invisibles que lo adueñan. Y estos lazos tienen por misión algo muy obvio: protegerlo, conservarlo, no perderlo, defenderlo de las amenazas posibles. Por eso, poseer y temer van de la mano. Poseer y disgustos van de la mano. Y hasta poseer y violencia van de la mano.

Los relatos populares de todas las culturas de la historia lo pintan en cuentos de emperadores que, aún protegidos por sus tropas de elite, palacios de mármol, camas de oro y sábanas de seda, no pueden conciliar el sueño por sus miedos, preocupaciones y desconfianzas. Y en cambio, anhelan ser simples campesinos que viven una vida libre y sencilla y pueden dormir en paz.

Ustedes no son emperadores, pero hagan introspección y verán que es así: cuando el propietario siente que su propiedad es amenazada, levanta una muralla pasiva de defensa o una falange activa de ataque, para no perderla. Y esto no es nada: cuantas más y más delicadas posesiones se tengan, más zozobrante será la situación del poseedor, porque la potencial pérdida será proporcionalmente mayor. Si andan por la calle en ojotas y shorcito, irán tranquilos; ahora, si andan con un Apple Watch de oro y 50.000 dólares en el bolsillo, irán aterrados y recelando de cuanto tipo se les cruce y tendrán que recurrir a una defensa (un guardaespaldas, por ejemplo) para recuperar esa tranquilidad primigenia. ¿Y por qué? Porque cuando andan en shorcito no tienen una posesión que defender, pero cuando andan con un fangote, la posesión les reclama protección y eso se traduce en aprensión.

Quizá se estén preguntando algo muy inteligente; si esto que acabo de describir es necesariamente malo, o es meramente algo natural y hasta bueno, como método de conservar un bien que tenemos. Ya veremos la respuesta, pero por ahora pactemos en que la falacia que nos metieron en la cabeza es tragicómica: usualmente admitimos que cuantas más cosas tenemos, más “señores” somos y las cosas nos “salvan”. Y en cosas incluyo también las intangibles, como la imagen, conocimientos, fama o reputación. ¿O no nos pasa que cuando vemos a alguien muy rico, poseedor de inmuebles, renombre, títulos, conocimientos, poder, empresas y popularidad pensamos que con tamaño “señorío” es alguien “salvado” y “libre” sin las preocupaciones de los giles que la tenemos que remar día a día? “Salvado” en el sentido de que todas sus posesiones lo “protegen” y tiene tantas que no las puede agotar. Y “libre”, porque al ser tan rico y poderoso —tan señor— no depende de otros ni tiene límites para hacer su voluntad. Pues bueno, la realidad es a la inversa: él no es salvado por sus posesiones, él tiene que salvarlas a ellas.

Los romanos tenían una frase sintéticamente aterradora: la propiedad reclama señorío; la cosa exige, demanda, requiere a su señor. Lo acosa. Alguien tan señor como acabamos de describir tiene más preocupaciones porque tiene más cosas de que preocuparse. Su prestigio, sus empresas, sus casas, su poder; a cada propiedad se le corresponde un potencial riesgo y un potencial enemigo. Tiene más flancos que defender, tiene más futuros que preservar, tiene más personas de quien desconfiar. Y la secuela habitual es que alguien así experimenta muchas más fatigas, inquietudes y hasta recelos o sentimientos agresivos comparado con el que posee menos, porque tiene que ir extrayendo más energías vitales para resguardarlas y hacerlas rendir. Si no es sabio, se le complica disfrutarlas porque tiene que cuidarlas.

En serio, no miento, este andar enajenado puede ser una consecuencia lógica del señorío y la psiqué del señor: a no ser que seamos plenamente indiferentes —y en tal caso no habría señorío, porque no tendríamos vínculo ni emocional ni jurídico con la cosa— podemos bambolear en un vaivén sutil o intenso de angustia o violencia para defender la posesión, si sentimos que ésta puede ser amenazada. Y si esos lazos de apego se vuelven cadenas, todo termina al revés: la propiedad se apropia del propietario, el amo se convierte en siervo. El desenlace de esta locura es incertidumbre, ansiedad, paranoia y hasta depresión. Sufrimiento, en una palabra. O ganas de mandar todo a la miércoles y volver a ser verdaderamente libres.

Sí, sí, sí, claro que se puede pensar que es preferible vivir angustia por abundancia que angustia por escasez. Es mejor tener los problemas de un rico que los de un menesteroso, al fin y al cabo mejor morirse de arterias tapadas que de hambre. Puede ser, pero no es el punto de este razonamiento. El punto es que aparentemente no hay po… sición que nos venga bien, porque para terminar de exprimir el último casillero de nuestra rayuela, veamos esta ominosa correlación que muchos dan como insalvable:

  • A mayor cantidad de deseos, más difícil será cumplirlos… por lo tanto, más insatisfacción tendremos.
  • A mayor cantidad de posesiones, más tiempo y energía necesitaremos para mantenerlas y protegerlas… por lo tanto, más insatisfacción tendremos.

Como dijimos al principio, pareciera que estuviéramos configurados para la desdicha. Pareciera que desear es sufrir por algo que se quiere poseer, y poseer es sufrir por algo que no se quiere perder. Se padece porque no se tiene y se padece porque se tiene. Ansiosos crónicos e insatisfechos crónicos. Así vista, esta rueda de hamster trasluce pura neurosis y alienación para la pobre persona.

 

Todo muy negro. Pero metámosle un poco más de negrura terminando el post con algunas preguntitas agobiantes: ¿es así de asfixiante y sin sentido es el drama humano, sin posible escapatoria? ¿Es imposible, ya no digo ser feliz, sino tener algo de sosiego y calma, en vez de andar corriendo detrás de cosas para tapar hueco tras hueco, o preocupado porque mi actual bienestar puede acabarse en cualquier momento? A primera vista pareciera que no poseer nada —ni deseos, ni amores, ni apegos, ni bienes— equivaliera a dicha y liberación, ¿pero esto es realmente así, es algo posible? ¿Será esta locura de desear-poseer-sufrir, que en Occidente es una forma de vida, la causa por la que el budismo se esté poniendo de moda, como respuesta a la gente que busca desesperadamente escaparle a la dupla siniestra de deseo-ansiedad/posesión-sufrimiento de la sociedad de consumo? Y ese motor vital —el deseo— ¿es fuente de sufrimiento, como postulan los budistas, y por lo tanto, solamente si lo suprimimos llegaremos a la felicidad? ¿O hay alguna respuesta mejor que el budismo para salvar el problema del tercer casillero de la rayuela?

Pues creo que sí; haber, la hay. Es tan antigua como novedosa y acá los invito a leerla.

©JIR