Llena de karma May03

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Llena de karma

Una de las cosas por las cuales me sentía beavisandbuttheadmente vivísimo durante los veranos de mi adolescencia era por tirar bombitas de agua a los colectivos y trenes, con la absoluta impunidad del francotirador.

En el caso de los colectivos, el ataque era furtivo y el blanco nunca sabía de dónde le caían los proyectiles. Nos parapetábamos en la terraza de Roberto Llanes Peña con Esteban, el Polaco Molzanowski, Toni, César y el dueño de la casa, obvio, que estaba estratégicamente ubicada  en la esquina de Buenos Aires e Independencia, y disparábamos todo lo que podíamos durante los 20 ó 30 metros durante los cuales los bondis estaban a nuestro alcance. Cuando veías que una entraba por la ventanilla, sentías gloria. Pero inmediatamente tenías que esconderte, porque algunos colectiveros frenaban y bajaban para rastrear al tirador. Algún neurólogo sabrá qué hormona explica el placer de hacer algo prohibido y vandálico al mismo tiempo; sea la que fuere, nos fluía por dentro, y a borbotones.

En el caso de los trenes, la cosa era más descarada, aunque igualmente impune: llevábamos baldes llenos de bombitas al lado de la estación Ciudadela y esperábamos pacientemente a que llegara un tren. Los pasajeros descendían y subían a los vagones y el indefenso convoy arrancaba hacia Ramos Mejía o Liniers. Ése era el momento: iba a baja velocidad y… estaba yéndose, no llegando, por lo tanto, cualquier víctima iracunda no podía cobrar venganza contra nosotros, porque solamente podía bajarse en la próxima estación, esperar otro tren y volver a castigarnos. Algo improbabilísimo. Y a diferencia de los colectivos, el bombiteo era más emocionante, porque se multiplicaban las chances de hacer diana: el tren tenía más ventanas, más grandes y además, los impotentes blancos sí nos veían, lo cual nos daba el placer extra de ver el estrago en tiempo real.

Como atenuante, quiero dejar en claro que siempre las llenamos con agua de la canilla, nunca con pis, lavandina o cualquiera de los líquidos maliciosos que nos sugerían los pibes más cachafaces del barrio.

Años después, cuando los veranos habían dejado de ser un recreo de tres meses, el universo puso una humilde pesita en el plato de la balanza de la Justicia Cósmica.

Sí, yo sé que lo que sigue suena legendario, a cierre simétrico para terminar una historia, pero créanme que es totalmente cierto: iba a mi primer día de trabajo en el Banco Shaw, el 2 de febrero de 1993, cerca de los carnavales, sentado cómodamente en el tren, del lado de la ventanilla totalmente abierta, cabello al viento, leyendo El libro de Arena, de Borges, con lentes, corbata, saco y camisa recién comprados por mi papá, en el trayecto encajonado por el que corre el Sarmiento entre Caballito y Once y entonces, contra toda ley de la balística (porque en ese tramo no hay lugar físico para ubicarse) una bombita gorda con forma de pera, celeste y gelatinosa, me dio en plena cara. En el anteojo, para ser exacto. Y reventó con la fuerza con la que traía, más la velocidad del tren; o sea, provocó un enchastre terrible, haciéndome un pequeño corte en la nariz y mojándome la cabeza, el saco, la camisa y la corbata.

Como llegaba sobre la hora no hice a tiempo a secarme, por lo que me presenté a mi jefe y fui presentado al equipo con la ropa empapada, y por toda explicación atiné a dar la inverosímil historia de una bombita imposible y desconsiderada que algún bestia le tiró al tren, ocultando prudentemente que en mi fuero secreto yo la sabía kármica, justa y hasta diría que magnánima, y que se había venido a cobrar una de las tantas deudas pendientes de los años más insensatos y, hasta ahora, divertidos de mi vida.

© JIR