El pibe que rompía todos los juguetes Ene02

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El pibe que rompía todos los juguetes

Edad: 2 a 4 años.

Había una vez un pibe que tenía muchísimos juguetes, pero tenía un problema de actitud: era feliz destrozándolos de muchísimas formas.

(Acá lo que divierte mucho a los chicos es decir la mitad de las palabras y dejar que ellos las completen).

Los marti… llaba

Los aplas… taba

Los derre… tía

Los que… maba

Los desatorni…llaba

Los que… braba.

Los sumer… gía

Los desar… maba

Los despin… taba

Los compri… mía

Los esti… raba

Los pin…chaba

Los escri… bía

Le cambiaba las… partes.

Y toooodas las maneras imaginables de romper un juguete.

Tanto era así que no tenía un solo juguete sano, y cuando volcaba la caja donde los guardaba, parecían un montón de basura multicolor, porque no se distinguía uno más o menos decente.

La cosa ya no podía continuar así por mucho más tiempo, así que en una noche, cuando en la casa todos estaban durmiendo, los juguetes se reunieron en la cocina, cerraron la puerta, se sentaron en una ronda mirándose entre sí (los que todavía tenían cabeza u ojos) y se declararon en asamblea.

Todos contaban sus penas y trataban de proponer soluciones, hasta algunos llegaron al colmo de sentir nostalgia de cuando estaban encerrados en sus cajas. Entonces una muñeca, a la que le decían Porrista de los All Blacks porque su cara entera estaba pintarrajeada como maorí, tomando la palabra y queriendo levantar el brazo —que no tenía— en gesto de resolución, dijo:

_ ¡Juguetes! ¡Esto no es vida! ¡No podemos seguir aguantando las cosas que nos hace este pibe! ¡Es un jugueticida, tenemos que ir a llevar nuestras quejas al Rey de los Juguetes!

Y la muñeca gesticuló y gesticuló con su brazo imaginario, y muchos juguetes se sorprendieron de la propuesta, porque no tenían ni idea de que existiera el Rey de los Juguetes. Pero de todas formas, muy emocionados, aprobaron inmediatamente la moción. La única que tuvo dudas fue la pelota pinchada, que no sabía si el Rey de los Juguetes era rey suyo, o si habría un Rey de los Deportes. De todas formas, decidió que peor no se podía estar y se unió a la expedición del grupo.

Así que llegaron hasta la puerta de la calle, la abrieron sigilosamente y se fueron caminando lejos, lejísimos, durante toda la noche, hasta el castillo del Rey de los Juguetes, que quedaba mucho más allá de la Panamericana.

(Acá lo que divierte mucho es describir al castillo mencionando piezas o materiales que al nene le gustan)

El castillo estaba hecho, como es obvio, de piezas para armar, de Daki, Mis Ladrillos, Rasti, Lego y un montón de otras marcas, que sorprendentemente, se habían puesto de acuerdo para encastrar entre sí, como favor al Rey. Era enorme, de todos colores, con banderas, ventanas llenas de cristales –que eran de plástico, claro— puentes levadizos, torres con caballeros custodiando, un dragón en el patio y una fosa perimetral, en donde cocodrilos a control remoto y buzos a cuerda patrullaban celosamente. Decenas de drones hacían piruetas por el cielo. También había un gigantesco depósito de pilas para que todo anduviera como corresponde, que estaba gestionado eficientemente por varios conejos Energizer. Y no faltaba nada: desde árboles de plastilina, autopistas de Scalextric, piscina para las Barbies, jacuzzi para los Ken, caballerizas para los pequeños ponys, un gimnasio para los Power Ranger y hasta una repisa para los simuladores de vuelo, que son los juguetes de los papás.

Cuando los juguetes llegaron, en plena noche, el Rey ya estaba durmiendo, pero al verlos se levantó sobresaltado, se puso las pantuflas reales y preguntó:

_ ¡Muchachos, ¿qué les pasó?! ¡¿Los agarró un terremoto?!

Ellos empezaron a contar. Él los escuchó con paciencia regia, durante muchas horas, mientras le narraban sus penas, desventuras y le enumeraban cada parte que le faltaba, le habían roto o mamarrachado. Hubo momentos en donde se conmovió hasta las lágrimas, como el caso del oso al que le decían Duquesa de Alba, porque tenía toda la cara derretida, o la muñeca a la que le decían Renée Zellweger, porque tenía toda la cara estirada. Cuando terminó de escuchar hasta el último soldadito, el Rey ya estaba más que enojadísimo, y exclamó:

_ ¡Yo le voy a dar una lección a ese muchacho!

Los juguetes —los que todavía tenían manos o aletas, se entiende— aplaudieron emocionados.

***

Ignorando todo lo sucedido, a la mañana siguiente, el niño se levantó y agarró un martillo bolita para pasar por la caja de juguetes y dar un par de martillazos antes de desayunar, pero se encontró con que… ¡estaba vacía! No había ni una ruedita, ni una parte, nada. Horror de horrores, martillar el aire no es divertido.

Entonces se asomó por la ventana y les gritó a sus papás, que estaban en el jardín tomando mate:

_ ¡¡Mamá, papá, se robaron mis juguetes, se los llevaron!!

Pero en ese momento, en el cuarto, apareció una nube de humo espeso y celeste; y cuando ésta se despejó, habló el mismísimo Rey de los Juguetes:

_ Nadie se llevó tus juguetes, tus juguetes se fueron solos, porque vos los rompías.

_ ¿Y usted quién es? –dijo el niño.

_ Yo soy el Rey de los Juguetes.

_ Ah, bueno, entonces dígale que vuelvan.

_ No, porque vos no los disfrutás como corresponde: ni los compartís ni los cuidás. No van a volver hasta que eso no cambie.

_ Bueno, le prometo que los voy a cuidar.

_ No, con una promesa no alcanza.

_ Bueno, se lo prometo treinta veces.

_ ¡No! Tenés que demostrar que vas a ser cuidadoso.

_ Bueno, se lo demuestro: mire este martillo, cómo lo cuido, hasta duermo con él.

_ Eso no gracioso, niño.

_ Bueno, si no vienen, cuando cumpla años, voy a tener nuevos juguetes y listo.

_ No, porque cada vez que te regalen un juguete, yo mismo en persona voy a venir a rescatarlo.

_ Pero usted dice muchas veces la palabra “No”.

_ No…, bueno, sí, en este caso, sí, porque me estás proponiendo cosas a las que tengo que decir que no. Mirá, para no dar vueltas, te digo la única manera en que tus juguetes van a regresar: te voy a poner a prueba.

_ ¿Y cómo?

_ Te voy a dar este payasito de cristal –dijo el Rey, entregándole un payasito muy delicado y frágil— y vas a tener que jugar una semana entera con él, sin romperlo, sin rajarlo, sin rayarlo, sin despostillarlo. Si después de una semana yo vuelvo y veo que el payasito está perfecto, tus juguetes volverán, porque habrás demostrado que sabés cuidarlos.

_ Es fácil, lo pongo en la repisa y no se rompe.

_ Je, je, ya lo tenía previsto: el payasito tiene un sensor adentro, que detecta el movimiento. Si está quieto voy a saber que no jugaste, y los juguetes no volverán jamás.

_ ¿Y si a pesar de cuidar al payasito, los juguetes no quieren volver, porque tienen miedo de que los vuelva a romper?

_ Quedate tranquilo, los juguetes siempre dan otra oportunidad.

El niño se quedó pensativo, porque vio que el Rey era muy firme con la propuesta, entonces aceptó el trato. Pero el Rey añadió:

_ Y para hacer la prueba más difícil, voy a hacerte crecer las manos para que sean grandes y torpes, así tendrás que ser mucho más cuidadoso, todo lo cuidadoso que no fuiste hasta hoy.

Y diciendo esto, le entregó el payasito, sacó su varita de la riñonera y le hizo crecer las manos hasta que parecieron las de Hugo Moyano.

***

Durante una semana el niño jugó con el payaso a todas las cosas que nunca antes había jugado con los otros juguetes, y lo cuidó con tanta dedicación, que el muñeco se mantuvo impecable, a pesar de que lo había usado mucho. Cuando ya estaba empezando a dudar si el Rey volvería o no, escuchó que golpeaban la puerta y al abrirla vio ¡¡¡a todos sus juguetes, intactos, como nuevos!!! Cuando ellos lo reconocieron, se le tiraron arriba, amontonándose y abrazándolo con alegría –ahora que tenían brazos— y fue un reencuentro increíble.

El niño estaba tan feliz que llamó a sus papás y hermanos y dijo:

_ ¡¡Volvieron mis juguetes, ahora quiero compartirlos con todos mis amigos!!! Hagamos una fiesta, invitemos a todos los nenes del colegio, del barrio, del club, del Face, a mis primos y si me olvido de algún otro, también. ¡¡Vamos a jugar todos juntos con mis juguetes!!

Y mientras decía esto, veía cómo sus manos se reducían a su tamaño natural y lo más importante, se le grababa en el corazón que las cosas no son para romperse ni para acumularse, sino para usarse y compartirse, que no es una de las formas sino la única forma de ser feliz con ellas.

© JIR