Liliana, intelitonta Abr07

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Liliana, intelitonta

Liliana era una nena que tenía la particularidad de ser intelitonta. Inteligente porque era brillante y metódica para saber qué cosas les gustaban o no a sus amigos. Tonta, porque en vez de usar ese conocimiento para hacerlos felices, lo usaba para atormentarlos.

Su arma secreta era una libretita —muy bien camuflada con inocentes stickers de arco iris, corazones y unicornios— llena de páginas en donde apuntaba, amigo por amigo, qué cosas le gustaban, ilusionaban y divertían, y cuáles los asustaban, entristecían o enojaban. Por contar un caso, en la página de su amiga Laura tenía anotado que:

  1. Le daba miedo quedarse sola en casa.
  2. Le daba tristeza pensar en gatitos huérfanos.
  3. Y la enojaba que la despertaran temprano o le desordenaran los útiles sin permiso.

Y en la parte buena, que:

  1. Le gustaban los medallones de menta.
  2. Le daba ilusión tocar un delfín.
  3. Y la divertía El Chavo del 8.

Y, como dijimos, así con todos sus compañeros.

Claro que estas anotaciones no las hacía de forma descarada frente a los demás, sino con disimulo. Como era muy astuta y conversadora, entre charla y charla, iba sonsacando la información y volcándola en la libretita para usarla más adelante.

¿Y por qué hacía esto? Porque le parecía gracioso hacer bromas, aunque muchas terminaran asustando, entristeciendo o enojando a los demás. Pero ella no se daba cuenta. O si se daba, mucho no le importaba. Así se entretenía a diario. Por ejemplo, si a un chico le daban miedo las arañas (ella lo tenía anotado) un día le dejaba una araña de goma en la mochila, para que se asustara. Le parecía muy gracioso ver la cara del nene pegándose un tremendo miedazo, y además, sabiendo que nunca nadie se daría cuenta de que ella era la autora, porque organizaba todo con mucha picardía.

Un día se le presentó la oportunidad soñada que todo nene bromista espera: la maestra anunció que iban a ir de campamento a un bosque, a dormir en carpa, explorar y todas las aventuras que se hacen en los campamentos. A Liliana se le iluminaron los ojos, ¿qué puede haber más increíble que tener semejante chance para utilizar sus conocimientos y darse tres días de diversión continua, haciendo bromas todo el tiempo?

Se puso más charlatana que de costumbre y anotó decenas de cosas que a sus compañeros le daban miedo o asco de los campamentos…

Y el ansiado viaje, finalmente, arribó. Y con él, qué raro, también empezaron las bromas pesadas. Varias nenas gritaron por encontrar gatas peludas en sus mochilas, otros se enojaron porque sus medias aparecieron en otras carpas, otros se asustaron con unos espantosos chirridos nocturnos, algunos se asquearon porque su sopa tenía mucho tomate y otros se irritaron porque la suya no tenía ni uno. Liliana se divertía como nunca, pero sus compañeros ya sospechaban de ella. Mejor dicho, ya habían deducido que todo lo que sucedía era porque ella lo estaba provocando.

El día iba transcurriendo normalmente, con algunas infaltables e insufribles bromas de Liliana, pero en paralelo, corrían mensajitos secretos entre los niños para tramar un correctivo para su compañera. Al atardecer, la conspiración ya estaba en marcha y se acordó que a la noche se iba a ejecutar.

Cuando fue el momento de ir a dormir y los maestros quedaron fritos, todos los chicos —Liliana incluida— organizaron una tertulia en el fogón para contarse historias. Uno de los nenes, que era muy buen narrador, puso cara de preocupado y comenzó a hablar:

_ ¿Saben ustedes que sobre este bosque hay una leyenda muy horrible? Se cuenta que hace años vivía un gigante, escondido entre la espesura, que comía ciervos, conejos y pájaros, pero que cuando no tenía qué comer, devoraba niños. Sí, sí, así como suena. Se decía que el gigante tenía unas orejas muy grandes, que escuchaban a gran distancia las voces y los juegos de los chicos. Y prestaba muuuucha atención a sus nombres. Entonces, tiraba unos dados, escogía un nombre al azar, y por la noche empezaba a llamarlo, porque había sido el elegido para ser comido, ay, ay, ay…  En fin, ¿qué les parece a ustedes? Todavía hay quienes están convencidos de que sigue viviendo en el bosque, pero nunca se sabe; las leyendas pueden no ser ciertas, ¿no?

Todos los chicos tenían los ojos abiertos de miedo; en un gesto muy calculado, como ya veremos. Liliana, en cambio, tenía una mueca socarrona y divertida, aunque hay que admitirlo, también sentía un poquito de espanto con la historia. Ya saben: estando en la ciudad, los cuentos de miedo suenan fantasiosos e irreales, pero en el campo o en un bosque oscuro, mamita, no cualquiera se hace el guapo.

Entonces algo rompió la calma. Mientras todos estaban callados, se escucharon, a lo lejos, algunos “Liliaaaaannnaaaaahhh…”. Al principio era suaves, parecían el susurro del viento; de un viento muy particular, pero de viento al fin y al cabo. Es que cuando suceden estas cosas, es mejor pensar racionalmente para no temblar y quedar como un miedoso. ¿Y si el aire pasando entre las ramas hiciera ese ruido tan extraño? Liliana trató de ser racional, pero se asustó y lo disimuló con una risita, mirando a sus amigos para adivinar si era un chiste. Pero al ver sus expresiones de preocupación, la risita se le apagó de golpe.

Luego, el llamado se escuchó más claramente: “Liliaaaaaaaaannnaaaaahhh…” Era obvio que el sonido provenía de una voz, no la gruñona de típico gigante, sino medio tristona, cansada y… hambrienta.

Con este segundo llamado, todos los nenes se pusieron de pie llenos de nervios y lentamente empezaron a alejarse de donde venía el sonido, como para correr en caso de ser necesario. Liliana también se levantó y quiso acercarse a un grupito, pero los chicos le dijeron que no, que la estaban llamando a ella, que por favor se mantuviera lejos para que no los comieran a ellos también. La voz se escuchó más cerca, a pocos metros, y ya no había duda de quién era la elegida: “¡¡¡Liliaaaaannnaaaaaaaaaahhh…!!!” La pobre chica no daba más del susto, la estaban llamando por su nombre, ¡la leyenda era cierta!

Y de pronto, de entre los arbustos, apareció un gigante. Era horrible, medía unos tres metros, y su ropa parecía estar confeccionada por muchas prendas. Su cara no se veía bien, porque usaba capucha, pero tenía toda la piel arrugada y gris, y de sus ojos salían dos haces de luz blanca, como si fueran linternas de LED, que recorrían el campamento buscándola. Imagínense las corridas que pegaron todos mientras escapaban de esas luces, e imagínense los gritos que pegaba Liliana cuando la enfocaron directamente a ella y el gigante emprendió a caminar torpemente hacia donde estaba. Ni tuvo tiempo de dar dos pasos. Se hizo un ovillo en el piso y se puso a llorar, sabiendo que no tenía escapatoria. El gigante dio unas zancadas y frenó a su lado. Las luces de los ojos se apagaron, primero una, después la otra. Toda la escena quedó iluminada por el fuego, y algunos profes medio dormidos se asomaban de las carpas, alertados por el revuelo. Entonces, Liliana, temblando, levantó la cabeza y vio a la figura enorme, de pie, a centímetros suyo. Y casi desmayándose, vio cómo ésta levantaba una mano terrible, pero en vez de bajar y darle un zarpazo, se desarmaba, parte por parte y bajo todas las ropas, aparecían unos compañeros suyos usando zancos y troncos para los brazos, subidos a hombros unos de otros. ¡Era un disfraz, habían sido ellos! ¡Había caído en una broma pesadísima! Los ojos del gigante efectivamente eran linternas de LED, la capucha era una bolsa de dormir doblada y la horrible cara no era más que una máscara de barro reseco, hecha como se pudo.

Nadie se burlaba ni se reía. Lentamente, todos se acercaron y rodearon al gigante vacío y a la nena arrodillada en medio de la oscuridad. Liliana recorrió con su mirada los rostros de sus compañeros que brillaban por la fogata y no vio bronca, sino una mirada como diciendo “¿Viste qué feo se siente?”. Y entendió.

Todavía temblando, la ayudaron a ponerse de pie y la fueron abrazando uno por uno para calmarla, dándole un beso, palmaditas o despeinándola cariñosamente. Ella se dejó querer, y con cada beso, palmadita o despeinada, se iba dando cuenta de lo tontamente inteligente o inteligentemente tonta que había sido con sus amigos. Cuando todos los chicos terminaron de pasar, los profes intervinieron poniendo un poco de orden y llevándolos a dormir, cosa que se hizo de muy buena gana, porque había un agotamiento general. Liliana se acostó, agarró su libreta y se durmió tomada de la mano de su amiga Laura.

El esqueleto de troncos del gigante quedó de pie y solo, recortado contra las estrellas, como un guardián de los sueños.

A la mañana siguiente, una nena despertó en la carpa y encontró al lado de su almohada… un bichito de San Antonio, su animalito preferido. Otro nene, cuando abrió su mochila mientras la panza le hacía tremendo ruido, descubrió tres panes gordos untados de dulce de leche hasta el borde. Y otra nena, mientras se lavaba la cara en el arroyo, escuchó el canto de un cardenal. Estuvo unos minutos con los ojos cerrados, disfrutándolo, porque esa música le hacía acordar al patio de su abuela y la ponía feliz. Pero cuando miró hacia las ramas para descubir al cantor, no vio al pajarito, sino que le pareció notar —cosa rara— que alguien se escabullía sigilosamente entre el pasto crecido.

© JIR