El General y yo Jul29

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El General y yo

Cosa que quizá no me sorprendió: a raíz del post Imposturas de la Memoria —específicamente, el apartado Por si alguno de ustedes no es argentino— recibí varios mails; dos con agravios y el resto con preguntas que considero de buena fe, como “desde dónde hablás”, cosa que interpreto como “desde qué ideología o partido” hablo; y más concretamente, si era antiperonista. Así que —feliz de vivir en un país donde cada uno puede pensar lo que quiere y ser respetado por eso— paso a compartir primero desde dónde hablo, y después qué relación tengo con el peronismo.

 

Desde dónde hablo.

Me considero apolítico, no en el sentido de que no me importe qué hacen los políticos (porque afectan la vida de la gente) sino en el sentido de que no encontré un partido o fuerza que de forma constante me representase. Así que en el mencionado post creo que hablo que desde los hechos desnudos y desde el liso sentido común, aunque muchos no entiendan que alguien pueda ser independiente.

Si por estar politizado se entiende a adherir a algún partido político, pues no lo estoy ni lo estuve. Nunca tuve compañeros, camaradas, correligionarios, nada 😐 Casi siempre voté lo que consideré el mal menor y cuando no lo encontré —la mayoría de las veces— voté en blanco, y me banco ambas cosas.

Aunque confieso que tengo un sesgo que me traspasa de arriba a abajo, y que podría decirse que es mi ideología, con muchas comillas: es la de eficiencia en la gestión, que incluye el desarrollo de riqueza del país (no se puede distribuir lo que no se puede generar), el respeto por la libertad (casi libertario), la verdadera justicia social y el respeto por la justicia independiente, capaz de castigar la corrupción, a la que considero culpable del 90% de los males argentinos. Soy hiper racional para juzgar la gestión, sea la de un maxiquiosco hasta la de un país, en base a resultados. El hecho de no ser empleado del Estado o cobrar un sueldo en una empresa sin saber de dónde sale, sino de vivir empujando una Pyme y estar obligado a comer de ella, pagar sueldos y tratar de crecer, hace que sea muy pragmático y solamente me interesen la ética de gobierno y los resultados; no los slóganes y cantitos.

Es por eso que soy bastante inmune al carisma de los candidatos, al corito de Es un sentimiento/no puedo parar… y totalmente inmune a las liturgias: quiero ver resultados concretos en gestión y en honestidad, y después decido si la persona es capaz o no, moral o no. Si se arropa en banderas, próceres o partidos, para mí es indiferente y hasta lo considero el indicador de peligro, de querer trasvasarse valores que no tiene. Sé que en esto soy distinto a la mayoría de la gente, que a priori tiene medio voto decidido por el color de la boleta o por lo que le enseñaron a votar de chicos. No es mi caso, ni creo que lo vaya a ser nunca. Para mí un gobernante es bueno o malo —votable o no— por los resultados de su distrito: si crece, si progresa, si hay equidad, si hay planeamiento a largo plazo, si hay respeto por las minorías, si hay grandeza en sus visiones y no pura táctica electoral. Es muy probable que lo que el candidato haya hecho en el pasado lo repita en el futuro, es una ley humana bastante común; si por años viene siendo mediocre, seguirá de esa forma. Pienso que votar con el corazón o por la herencia familiar es la mejor forma de elegir mal.

Aclaro: ni vivo en Puerto Madero, ni manejo Audi, ni tengo hoteles 5 estrellas, ni multipliqué mi patrimonio, ni poseo chacras o 40 propiedades. Lamentablemente no soy un exitoso abogado ni un financieramente milagroso funcionario.

 

Mi relación con el peronismo.

Antes de ser anti o pro algo, creo que hay que definir ese algo. Acá, mirá vos, coincido en un 100% con el pensador kirchnerista Ernesto Laclau y su genial definición (explicada en su libro “La Razón Populista”) de que el peronismo es un significante vacío. Laclau dice que un significante vacío es una forma de nominación lo suficientemente laxa como para dar cuenta de todas las demandas en conjunto, pero de ninguna en particular. Y el peronismo es un ejemplo insustituible en este sentido. Por definición polisémico (empezando por la admisión que siempre escuchamos de “Hubo tres Perones”), constituye una palabra carente de significado, que puede llenarse con cualquier definición, por contradictoria que sea. Menemistas, duhaldistas, kirchneristas, sciolistas, massistas, cada quien puede atribuir su propio significado al significante “peronismo”. Como ironizaba el mismo General, “Ah, no… peronistas somos todos”.

Dentro de semejante veleidad ideológica, tranquilamente entran un peronismo nacionalista, fascista, socialista, liberal, de derecha, progresista, socialista, bolivariano y lo que convenga según el oportunismo histórico. ¿Hechos? Mientras Perón estuvo en el exilio, todas las facciones mantenían su propia interpretación del discurso del líder; entre la Burocracia Sindical, la Juventud Peronista y las Formaciones Especiales, no había nada en común; se consideraban como enemigos mortales. Lo único que los mantenía dentro del mismo campo político era la identificación con Perón como líder común. Pero cuando éste llega al poder, no pudo sostener ese papel universal, porque era el presidente de la República y tenía que tomar decisiones, y de líder que los unía, pasa a encarnar para cada facción principios políticos totalmente incompatibles. Sienten en una mesa y pregunten qué es peronismo a John Cooke, a López Rega, a Menem, a Moyano, a Firmenich, a Massa, a Feinmann y a Rodríguez Saa y deléitense contemplando una trifulca eterna.

A nivel electoral, me parece muy creativa y clara la explicación de mi colega Esteban Seimandi: el peronismo es un franchising. Pagás el canon (que incluye no molestar a los Ishii, los Insfrán y los Herminios de turno) y te dejan vender la liturgia y usar los símbolos, que te garantizan un 30% de los votos. 

Partiendo de lo que acabo de mencionar, es complicado estar a favor o en contra del peronismo (y es complicado definir qué es ser “gorila”, digo) porque éste es muchas cosas y nada al mismo tiempo; va cambiando y va rearmándose tácticamente para permanecer en el poder. El factor común entre el menemismo, duhaldismo, kirchnerismo, cristinismo, sciolismo o massismo no es que el líder de turno le eche la culpa de todo a la gestión anterior (a que pensaron eso, picarones), sino la interpretación que haga sobre qué es el peronismo en esa encrucijada electoral puntual. Sorpresa: ¡Hay gente que los vota a todos, automáticamente y sin sentir la menor contradicción! Admirable fidelidad a algo indefinible.

Pero yo tengo que definirme, y lo haré diciendo algo que le parecerá una locura a mis queridos amigos peronistas emocionales: me enseñaron que por sus frutos los conoceréis, no por su liturgia, emociones, ritos y lealtades los conoceréis. Y de acá surgen cuatro diferencias estéticas y cuatro éticas con el movimiento, que paso a mencionar.

Las estéticas —más superfluas, lo sé— son varias:

  1. No me gusta el culto a la persona. A ninguna, ¿eh? Ni Papa, santo, deportista, político o líder de cualquier tipo. Ni el bonapartismo, ni el rasputinismo, ni el el mesianismo, ni otras adoraciones de líderes iluminados que marcan senderos para la posteridad. Entiendo que es muy eficiente como propaganda para las masas, pero este culto es del todo falso, se le quita al ser humano todos sus defectos y errores y se lo erige en semidiós, en semisanto, llenándolo, como a una piñata, de valores y verdades que no necesariamente tiene y, además, como proyección monolítica del ser nacional. Franco, Mussolini y Hitler lo entendieron bárbaro. A nosotros nos tocó la versión no racista ni belicista (menos mal) de esos líderes, pero miren este video y si quieren, teman; no porque sea cosa del pasado, sino porque es la configuración mental de muchos en el presente. Ver libros infantiles con Perón y Eva como los Adán y Eva de la “Nueva Argentina” me hace doler los ojos. La mera existencia de algo llamado “Día de la Lealtad” al líder me llena la mente de imágenes de turbas adorando a un führer, o de un capo de la mafia haciéndose besar la mano por sus lugartenientes y soldados. Saber que se obligó a la gente a usar luto por la muerte de Evita —so pena de ser despedido de su trabajo en reparticiones públicas— me hace doler el estómago. Así que, del fundador para abajo, todo caudillo que pida y reciba culto y exija amor incondicional, me produce aversión.
  2. No me gusta la necrofilia, y el problema es que un afiche peronista siempre hay un vivo (el candidato de turno) junto con un mínimo de dos muertos (Perón y Eva) y un máximo de tres (Perón, Eva y Néstor). Apuesto a que cuando muera Cristina, la relación de vivos y muertos por afiche será será de 1 a 4. En fin, sé que a mucha gente esto le conmueve. Menos aun me gustan los muertos que no terminan de morir y aprueban candidatos o políticas que realmente no sé si aprobarían si estuvieran vivos.
  3. No me gustan las fosilizaciones: y el peronismo —como sus hermanos el fascismo, el franquismo y el nacionalsocialismo— son fenómenos que respondieron a la realidad social, económica y política del mundo en los años 30´s y 40´s. Ya a mediados de los 50´s eran obsoletos… imaginémonos 80 años después. En 2015 se van a cumplir 80 años de peronismo y desde mi punto de vista, que se tomen sus visiones paradigmáticas y los principios metodológicos como si fueran aplicables a hoy, es como si en Europa existieran —vivitos, coleando y porfiando— cualquiera de los partidos mencionados, inflexibles y sin enterarse de que el mundo cambió. Hagan la prueba: cuando conversás con alguien sobre peronismo, el 90% de la charla (o discusión) es sobre el pasado, no sobre el futuro.
  4. No me gusta la canción, no por la música, sino porque sintetiza dos de los tres puntos anteriores: culto a la persona y fosilización. Ah, y porque a juzgar por las declaraciones juradas de los funcionarios, eso de “combatiendo al Capital” es una mentirilla.

Las diferencias éticas son más profundas:

  1. No me gusta la violencia: lo que para los peronistas es un desliz, para mí ya es desmesura. El “5×1”, la masacre de Ezeiza, la quema de iglesias, la Triple A, Montoneros, FAP y balaceras sindicales, me parece que caben en el peor cajón de la historia argentina. Para el peronista promedio, los estallidos de violencia son un “exceso”, algo que se sale de madre pero nada grave, luego vuelve a su cauce; o hasta a veces la toleran justificándola por un bien mayor o una agresión previa. Para mí, es un modus operandi. De hecho, el peronismo, históricamente, viene construyendo poder en base a identificar (o inventar) un enemigo real (o imaginario) y luego, armando “la lucha” o “la resistencia” contra el mismo. Que yo sepa —corríjanme si me equivoco— nunca construyó poder por consenso con otras fuerzas, sino por aglutinar a la propia tropa azuzándoles la enemistad contra algo o alguien. No soy psicólogo social, pero entiendo que esta visión de amigo-enemigo es natural para un partido fundado y guiado por un militar golpista, cuyos discursos siempre fueron dialécticamente combativos. Y 80 años después, esa singularidad está lejos de desaparecer; basta ver la gigantesca (y a veces graciosa) lista de enemigos que el kirchnerismo “identificó”, o el accionar de un Guillermo Moreno, o el lenguaje de un Aníbal Fernández, o el discurso agresivo y la piña artera de un Luis D´Elía, o contar la cantidad de muertos y heridos al final de las disputas sindicales. A una persona con la cabeza peronísticamente seteada, si le sacás al enemigo real o imaginario, no sabe para dónde ir. De hecho, justamente gente así fue la que me preguntó el “¿desde dónde hablás?” que menciono al principio del post, asumiendo que no puedo pensar por mí mismo y sí o sí estoy representando un interés extraño. No sé a ustedes, pero a mí me da la pauta de que la violencia es, como mínimo, tolerada dentro del movimiento.
  2. No me gusta la oligarquía: a ver quien se atreve a negar que hay una oligarquía peronista, entendiéndola como funcionarios (sean sindicalistas, concejales, intendentes, gobernadores, ministros o presidentes) que se repiten y repiten durante décadas, y aunque sigan comportándose como el mercurio, cambiando de lealtades, ladrándose y hasta baleándose… siempre son los mismos, siempre son más ricos y siempre están más enquistados en el poder. No luchan contra el sistema, son el sistema. No luchan contra los poderosos, son los poderosos. Casualmente (mejor dicho, causalmente) todos los representantes de los humildes son ricos. Qué curiosidad: busqué y no encontré —ayúdenme, si conocen alguno— un solo jerarca peronista pobre (no que hable de los pobres o le hable a los pobres, sino que sea siquiera de clase media). Todos son millonarios y vitalicios. Y algunos son millonarios, vitalicios y feudales. Y con diez mansiones.
  3. No me gusta la usurpación: ya desde su inicio, el peronismo buscó identificarse con la argentinidad. Esto es algo aprendido del fascismo: el movimiento se arroga la encarnación política, única y excluyente del “ser nacional”, como si la Argentina y el peronismo fueran una misma cosa. Por contraste, todo lo demás es extraño o enemigo. Lo triste es que hay algunos se lo creen. Es un reduccionismo peligroso, porque mucha gente se pone loca y quiere salir a matar para defender a la Patria (= movimiento). ¿Qué otro partido político que conozcan colonizó —por no decir incautó— plazas, monumentos, calles, colegios, hospitales, reparticiones, campeonatos de fútbol, colores patrios y hasta edificios públicos con su iconografía? La famosa efigie de Evita en el Ministerio de Salud es un ejemplo genial: el edificio es del Estado argentino, no de un partido, pero lo convirtieron en un monumento faccioso. Humildemente, creo que esta usurpación de la identidad nacional es dañina para cualquier sistema democrático más o menos evolucionado, donde se puede pensar, opinar y creer cosas distintas sin por eso ir en contra del país.
  4. No me gusta el síndrome de Estocolmo: no hay que ser sociólogo para ver que el peronismo tiene una base electoral garantizada, esté representado por el candidato que sea. Tristemente, esa base es la gente más vulnerable, la más sensible a las promesas de corto plazo y la más manipulable por aparatos partidarios bien financiados. Y a pesar de no salir nunca de su condición —y en el mejor caso, obtener un plan— siguen votando lo mismo. Claramente, es el partido político que más años gobernó, y los resultados (omito la violencia política de los 70´s) son aumento de pobreza y marginalidad por la inflación, destrucción de la cultura del trabajo, desaparición del crédito, presión impositiva del 80% y bolsones de clientelismo como su base electoral. Olvidemos los cantitos y la propaganda, miremos resultados. Miremos provincias gobernadas por el peronismo y veremos que en la mayoría, su estado es lastimoso, con cinturones de pobreza cuando mínimo, como Buenos Aires; o directamente, con miseria enquistada por décadas, como Chaco y Formosa. Ya mencioné que son gobernadas por los oligarcas y sus familias del movimiento. Fuerte antítesis entre la labia y la vida, ¿no? Eso —creo— es lo opuesto a cualquier justicia social.

Sí me gustan el nacionalismo inicial —no el violento y binario amigo/enemigo, sino el que rescata lo nacional y la búsqueda de la autonomía, la riqueza autóctona libre de intereses extranjeros y el respeto como nación desarrollada y soberana— y obviamente la consecución de los derechos de los trabajadores y desposeídos de sus primeras épocas. Por los métodos y resultados, ojalá pudiera decir otra cosa. “Vos no lo entendés, es un sentimiento“, me dijeron ene veces. Y no, no lo entiendo porque para mí no debería ser un sentimiento, sino un balance duro de resultados.

Sé que es difícil hablar de este tema porque para mucha gente pasa por lo sensible y emocional, muchas veces heredado de su familia y enquistado generacionalmente. Y también —como mencioné— sé que para muchos que tienen la cabeza peronísticamente seteada, pensar distinto implica ser traidor a la Patria, insensible social o mero egoísta. Pero bueno. Por mi lado, seguiré tratando de juzgar por resultados y evitando las manipulaciones emocionales y el voto afectivo.

Respeto a todos. Entiendo a los que votan al partido de forma automática y quiero a mis amigos que son peronistas porque están convencidos y no porque obtienen o mantienen un puestito. Sólo espero que algún día evolucionemos y rescatemos lo rescatable, pero adaptemos el cerebro a un mundo que ya cambió, guste o no, para que realmente podamos tener un país más grande, justo y respetado. Si no, vamos a seguir teniendo todo el pasado por delante, a decir de Borges, flor de gorila.

©JIR