Reconciliación Jun27

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Reconciliación

Este post es la continuación de Imposturas de la Memoria. Si quieren tener el panorama completo, aconsejo empezar por el que menciono.

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Habrá que reconciliarnos con la verdad ante todo, con la Historia. Luego, tendremos que reconciliarnos con las palabras. Y al final, o al mismo tiempo, quedará reconciliar a las personas entre sí. Sucederá, ineludible; o lo harán los protagonistas en vida o lo hará la biología, por la piadosa ley de que las viejas generaciones pasan y las nuevas quieren vivir sin mentiras. Es inevitable: la actual verdad hegemónica, fundamentalista, sin fisuras ni cuestionamientos, se irá cuestionando, fisurando y purificando de falsedades, para dar lugar a lo que realmente pasó, con todas sus implicancias. Cuánto tiempo tome, no lo sé, pero el día llegará.

 

Reconciliar la Historia.

Uno es demasiado, treinta mil son mentira. Hay que decirlo, así de simple y así de necesario de decir, aunque hoy suene escandaloso y quien lo diga quede —hoy, no mañana— a la orilla del escándalo y el insulto. En el post anterior hablábamos de la falsa memoria versus la verdad de la Historia. ¿Y cómo podemos ponernos de acuerdo en la magnitud de lo que pasó si ni siquiera respetamos un dato duro, como un número? Y no es banalizar la tragedia, como dije: una sola persona humana desaparecida, ejecutada sin juicio legal y cuyos restos sean inhallables, es intolerablemente mucho. Pero tenemos el deber de no dejarnos mentir, y si bien a esta altura ya no se sabe de dónde salió el famoso y fundamentalista 30.000, este número es falso, un mero slogan de batalla. ¿Importa la exactitud? Sí, porque la exageración solamente convierte en estúpidas a las convicciones y las acaba por desmoronar en el futuro. Por mentir, se terminará banalizando lo que se quiso hacer trascendente; será irrealizable reconciliar el pasado fundándose en falacias.

Así y todo, no se trata solamente de hablar de cifras, sino de personas y responsables. Hoy están enjuiciados y castigados solamente la mitad de los actores. La otra mitad, por malabares de la justicia, goza de impunidad. Desde el punto de vista criminal y moral, hubo diferencias enormes entre los bandos, pero no en la ceguera y la locura de sentirse dueños de las vidas de otros. ¿Por qué unos sí pagan y otros no?

Sin entrar en temas jurídicos —tan cambiantes con el tiempo, tan acomodaticios muchas veces— les propongo un simple razonamiento universal: si damos por válida la tesis de que el fin no justifica los medios, y que esta tesis se aplica a todos, entonces los actos de la Historia cobran su relieve y densidad justas. Justificar una acción inmoral por una inmoralidad anterior es moralmente inválido. No es justificable la represión ilegal por la ilegalidad del accionar terrorista. Es explicable como respuesta o reacción, si se quiere, pero no justificable. Como tampoco es justificable el previo accionar terrorista por el accionar “imperial”, del “sistema” o del enemigo que fuera que los terroristas combatieran. Ambos cometieron delitos, ambos mataron inocentes y combatientes, ambos secuestraron y ambos violaron los derechos humanos, empezando por el derecho a vivir.

Habrá que quitarle fundamentalismo al pasado, habrá que ver los hechos puros, con probidad metodológica, endosándole su parte de responsabilidad a los que se quieren evadir de ella, y ojalá también tengan que responder por sus actos criminales, para no terminar siendo infieles con la verdad y la justicia.

 

Reconciliar las palabras.

Menos inocente que una daga es una palabra. El que planta y hace volar una bomba que mata indiscriminadamente, está aplicando tácticas terroristas, y es un terrorista. Decirle guerrillero,  luchador de la libertad, vanguardia esclarecida, resistencia nacional, combatiente antiimperialista y otras tangentes son meros antifaces para maquillar la realidad. Asimismo, el militar profesional que secuestra, tortura, mata y desaparece a una persona con alevosía, es un asesino alevoso. Habrá que reconciliar las palabras con sus significados, quitándoles ambigüedades e imposturas.

Eufemismos hay muchos y no es mi intención aburrirlos con una lista cabal. Se sembró, metódicamente, una niebla semántica para desdibujar la sangre. Mesianismo es idealismo, violencia es compromiso, matanza es operaciones, robo es recuperación, secuestro es cárcel del pueblo, ajusticiamiento es justicia, sicario es compañero.

Solamente anhelo que mis ojos vean el día en que a “errores” y “excesos” se les diga “asesinatos” y “atentados”. Vamos —insisto— a tener que hermanar la objetividad con las palabras, vamos a tener que quitar la bruma y hablar nítidamente para ver, por fin, lo que pasó, cara a cara, con dolores y sin rubores, como premisa para empezar a superarlo.

 

Reconciliar a las personas.

Los muertos no tienen la capacidad de reconciliarse entre sí, los vivos tenemos la obligación. El kirchnerismo prodigó un uso sectario, político e ideológico de las víctimas, dejándonos a los vivos con la imposibilidad de llorarlas a todas y hacerles el honor de aprender de sus alienaciones para no volver a repetirlas. Pienso que a 40 años de distancia y con el futuro por delante, ya es torpe seguir discriminando víctimas, provengan éstas de cualquier victimario: Triple A, organizaciones guerrilleras o FF.AA. Son todas personas, son todos muertos y son todas argentinas. Hasta que no haya una lista única de víctimas de esos años, pienso, la Memoria seguirá tristemente incompleta; será una Memoria no inclusiva, excluyente e irrespetuosa, que más que sanación, será noxa.

Respecto a los responsables, hasta ahora no vi la menor autocrítica de muchos de los protagonistas de la tragedia. De la dirigencia de Montoneros o ERP, a excepción de algunos pocos que confesaron y pidieron perdón por sus crímenes, la mayor parte finge no tener nada que ver, guarda silencio, o peor aun, reivindica la violencia, señalando que no aprendieron nada de la demencia. Lo mismo se aplica a quienes saben y esconden la verdad sobre el destino final de los desaparecidos, hiriendo a sus familiares con la cruz de no poder darles sepultura en paz; o quienes sabiendo dónde y quiénes son los bebés apropiados al nacer en centros clandestinos, no dan a conocer esa verdad, por más dolorosa que sea. Yo no puedo juzgar cómo cada uno maneja su conciencia y su responsabilidad frente a la Historia. Sí sé que cambiar podemos. Siempre. Pero debemos admitir y arrepentirnos de lo que hicimos, no ignorarlo, disminuirlo o inventar algo que no sucedió. Debemos confrontar nuestras acciones y omisiones del pasado con total honestidad. Cambiar podemos, de acá al futuro, no de acá al pasado. Anhelo ver el día en que los responsables digan que lo fueron, pidan perdón y nos compartan las lecciones a los que venimos. Pero si eso no sucede, sucederá lo que sigue.

 

Purificar la Memoria.

La biología va a ayudar, como ayuda siempre desde el inicio de los tiempos. Las personas podremos aferrarnos a odios y encubrimientos, pero pasaremos y dejaremos de hacer daño. Así como están todos muertos los unitarios y federales y sus descendientes no nos odiamos por lo que hicieron nuestros antepasados, día tras día irán muriendo los protagonistas del drama de los 70´s y los que vienen detrás estarán purificados de los intereses, las pasiones y las tácticas. Podrán ver con más calma, sin manipulaciones perversas como las que perpetró el kirchnerismo. No sólo podrán, sino que querrán ver con objetividad para no temerle al pasado. Espero que en ese futuro se esclarezca y complete la Memoria. Que haya un revisionismo de lo fraudulento, que salgan a la luz las verdades que faltan, que se ubique en su correcto lugar a todos los responsables, que todas las víctimas tengan la misma dignidad. Y que los dos demonios no sigan hostigando a los argentinos de las generaciones que vienen. Que los puedan ver a los ojos, horrorizarse y jurar no volver a invocarlos. Nunca más.

© JIR