Imposturas de la memoria Jun24

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Imposturas de la memoria

Me da miedo el pasado. Manipular el ayer es una de las más antiguas técnicas de domesticación humana, porque el pasado, en manos perversas, modela el presente y es potencialmente más monstruoso que el futuro, al que modelamos desde el presente. Un pasado así te dice quién sos, de dónde venís y por qué tenés que actuar de tal forma. Justifica conductas que sin un antes que pretendiera justificarlas, serían indecentes. Etiqueta a las personas e instituciones como buenas o malas por algo de lo que quizá no tengan ni mérito ni culpa. Inventa una utopía y la pone atrás, no adelante. Y es una utopía doblemente utópica, porque no sólo no se puede alcanzar como a toda quimera, sino que además, es inmodificable, incuestionable, por la imposibilidad de retroceder en el tiempo.

Este post quiere compartir mi hartazgo con una formidable y triste impostura: la mitificación épica y ética, totalmente falseada, de Néstor Kirchner y su mujer como dueños inmaculados de La Memoria. Mitificación que hoy —año 2014— hace que sean idolatrados, por no pocos, como campeones morales de los Derechos Humanos y de la argentinidad; seres intocables escabullidos de las normas y obligaciones que se aplican al resto de nosotros. Y junto con la pareja, otras figuras de su misma generación, que disfrutan de un escudo moral bajo el cual saquean a los argentinos con una inmoralidad pocas veces vista en el mundo.

Por si alguno amaga a escandalizarse: no obstante mi temor por la manipulación del ayer, sé que recordar es necesario como el aire: mirar una cicatriz, entender qué sucedió, por qué, por quiénes y cómo podemos evitar que vuelva a suceder. Olvidar de donde venimos, ignorar las lecciones del pasado —o más modestamente, los ligamentos entre las causas y los efectos, junto a la responsabilidad de los actores— puede ser tonto, ilógico y hasta infame. Y no está de más aclarar que que ningún mal se comete en recordar, ni menos en hacer justicia; las dos cosas son necesarias para la maduración de una nación. Sin embargo, sí distingo entre Memoria e Historia. La primera, tal como está ahora, es intencionalmente subjetiva, parcial y me atrevo a decir, táctica; modelada para acumular y conservar poder. La Historia, en cambio, es completa (debería serlo, si no sería una mala Historia) y ve la totalidad de los hechos. Suprimir o relativizar una parte equivale a ficción, porque una media verdad es una mentira entera, que opera como lo decía al principio: domesticando a las personas. La Historia opera al revés: abriendo sus mentes para enseñar, aprender y hacer justicia. La anterior, solamente busca engañar, ocultar y condicionar. Ah, y delinquir.

 

Si alguno de ustedes no es argentino.

Quizá los lectores no argentinos necesiten de un contexto para entender  hacia dónde va este escrito. Los argentinos pueden saltearse esta parte y pasar a la próxima sección.

Vivo en un país que tuvo un trauma enorme en su historia del siglo XX: la década del 70 fue un crisol de varias furias que explotaron de golpe, con la peor combinación posible. Esos años fueron el ápice de anteriores vaivenes de violencia política —sindical, insurgente y militar— y golpes de Estados —cívico-militares— y desde la década del 50 en adelante, un partido —el peronismo— fue el catalizador, víctima y victimario, de esa violencia. Este partido fue el único de la historia argentina que pasó por todas las facetas posibles de expresión política. Trataré no de dar opiniones, sino de consignar hechos históricos, con fecha y nombre. Veamos:

  • Su fundador, Juan Perón, oficial del Ejército Argentino, comenzó su carrera política como funcionario de un gobierno golpista (golpe de Estado del 43) donde llegó a ejercer simultáneamente los cargos de vicepresidente de la Nación, Secretario de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión.

  • En 1946 ganó su primer presidencia democrática mediante elecciones, con una gigantesca y legítima representación popular, gracias a sus políticas de justicia social, que dieron derechos a millones de personas.

  • En 1952 fue reelecto para un segundo período.

  • En 1955 fue derrocado por otra revolución militar (la Revolución Libertadora).

  • Su partido fue proscrito y se exilió durante 17 años, ejerciendo una fuerte e inspiradora influencia en sus seguidores.

  • Volvió, ganó nuevamente las elecciones por tercera vez, y murió en 1974, dejando a su viuda como presidenta.

En el transcurso de todo ese tiempo, el movimiento que fundó se comportó como el mercurio, que se separa en gotas diferentes y se vuelve a unir las veces que sean necesarias. El problema es que cada gota tenía (y tiene) su propia exégesis de qué era el peronismo. Afirmándose todos “peronistas de Perón”, la realidad era que dentro del mismo movimiento político inspirado por el mismo líder, vivían corrientes no sólo antagónicas sino contradictorias y finalmente, enemigas mortales entre sí.

Y de esta forma desembocamos en los 70´s, donde el peronismo, al mismo tiempo, tenía todas estas realidades:

  • Ejercía un legítimo gobierno democrático (cuya presidenta era Isabel, viuda de Juan).

  • Era dueño indiscutible del movimiento sindical del país.

  • Ejercía terrorismo de Estado de derecha (la Triple A, o Alianza Anticomunista Argentina) mediante homicidios y secuestros.

  • Y tenía dos brazos armados de izquierda socialista: FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y Montoneros; grupos subversivos que aplicaban tácticas terroristas contra el mismo gobierno peronista (recordemos que era democrático), sindicatos, FF.AA. y sociedad civil en general (sus blancos eran exponentes de lo que consideraban reaccionario u oligárquico), mediante atentados, secuestros y asesinatos selectivos; o masivos, como bombazos o asaltos a cuarteles.

Y subrayo nuevamente, porque es increíble: todo al mismo tiempo y todos diciéndose peronistas genuinos. La confusión era tan grande que hubieron casos, como el del Padre Mugica (un sacerdote mártir cuya vida fue un testimonio de dedicación a los más pobres) donde todavía hoy se discute si fue asesinado por la Triple A o por Montoneros; siendo ésto algo casi anecdótico, porque ambos grupos eran expresiones armadas del mismo movimiento. Si le pifio, díganmelo: creo que en la historia del mundo no hubo ni hay un partido político que haya tenido todas estas realidades al unísono.

En ese entorno de caos, en marzo de 1976, se produjo un nuevo golpe de Estado, que puso en el poder a una Junta dictatorial, bajo el nombre de Proceso de Reorganización Nacional. Tristemente, contó con un amplio aval social, como sucede con todos los movimientos totalitarios, que empiezan generando la sensación de ser el mal menor y provocan un fuerte alivio y gran apoyo de la sociedad, partidos políticos, muchas instituciones civiles y la prensa en general, sin que se entienda bien en qué se está metiendo. Es más: hasta los grupos subversivos festejaron este hecho, tomándolo como un paso más en la agudización del conflicto dialéctico que iría a desembocar —según ellos— en la derrota del imperialismo y la victoria de una patria libre y socialista.

Como un espejo que amplificara a su enemigo, la dictadura aplicó una represión sistemática: detenciones ilegales, secuestros, apropiaciones de bebés, desapariciones, torturas y aboliciones de derechos y garantías individuales. Por si las víctimas por izquierda no alcanzaran, se le sumaban los muertos en combate convencional, entre las FF.AA. y fuerzas de seguridad contra Montoneros (guerrilla urbana) y el ERP (guerrilla rural, principalmente) que combatían con unas muy bien armadas y pertrechadas organizaciones, con ramificaciones logísticas en el extranjero, y generosamente financiadas por rescates de secuestros, extorsiones a empresas y robos a bancos. Que fuera una guerra asimétrica (la violencia de Estado versus la violencia insurgente) no implicó que hubiera pocas víctimas; al contrario, sumadas a las bajas de combatientes y miles de desaparecidos que pasaban a “disposición final” (eufemismo para enmascarar su muerte sin juicio legal y la posterior desaparición de sus restos) en el medio, hubieron miles de “daños colaterales” de personas inocentes.

Luego de 7 años del período más sangriento y todavía llorado de nuestra historia, en 1983, regresó la democracia a la Argentina.

 

Bajar un cuadro.

Otra vez voy a consignar hechos; si me hacen notar alguno erróneo, con gratitud lo corregiré.

El 24 de marzo de 2004, el presidente Néstor Kirchner realizó un acto emblemático que dejó enamorados a sus seguidores: bajó el cuadro de Videla que estaba colgado en el Colegio Militar. Ese gesto, genialmente pensado, lo convirtió, a ojos de muchos, en un restaurador, héroe de los DD.HH. La foto fue multiplicada hasta el infinito por el aparato propagandístico y paracultural del gobierno, se instituyó como sacramento (“Bajando un cuadro formaste miles”) y actualmente es usada por sus simpatizantes como símbolo de reparación histórica.

Mas aquí viene la triste impostura: este gesto no se sostiene en ningún mérito; no es la cumbre de la vocación y acción de toda una vida, sino una mímica. Porque no se trata de Julio César derribando la estatua de Pompeyo luego de haberlo derrotado en tres batallas donde arriesgó su persona y carrera; o del más cercano Patton entrando a Berlín luego de haber expuesto el pellejo durante toda la campaña. Tampoco de alguna de los cientos de personas que sufrieron en carne propia o levantaron su voz durante el Proceso, que tendrían autoridad moral para hacerlo. No. El que bajó el cuadro fue un impostor: una persona que no sólo jamás enfrentó a Videla cuando Videla tenía las manos filosas, sino que además no tuvo el coraje de permanecer en La Plata, donde estudiaba, y huyó a la recóndita patagonia mientras sus compañeros —entre otros— emigraban o morían. Esta huída es humanamente entendible (¿qué hubiéramos hecho nosotros en su lugar?); no podemos juzgarla porque cada uno balancea sus miedos y convicciones como puede.

Pero sí podemos juzgar la parodia, y a la que acabamos de ver se le añade un detalle de doloroso cinismo: el que bajó el cuadro de Videla es alguien que se hizo rico gracias al gobierno de Videla, ejecutando propiedades con una ley hipotecaria de la dictadura (la 1050) desde su estudio jurídico. No sólo lo no enfrentó, no sólo no defendió las instituciones y los DD.HH. como hicieron muchos demócratas y líderes sociales en esa época, sino que aprovechó sus leyes para hacerse de 21 propiedades entre 1977 y 1980.

Bajar el cuadro de un viejo ya inofensivo y preso al que no se le opuso cuando cupo vendría a ser un acto de coraje a destiempo; lo contrario al heroísmo y pienso que es la definición de chantada. Heroísmo —o coherencia— hubiera sido enfrentarlo o levantar la voz de alguna forma cuando la cosa estaba sucediendo; pero los sucesos no fueron esos sino exactamente los opuestos.

Charlando con un amigo kirchnerista sobre el tema, justificó que él y su esposa (la actual presidenta Cristina) eran ante todo “pragmáticos” (sic) y “huyeron porque corrían riesgo de desaparecer” (sic) como tantos miles de compatriotas. Yo le creería si los hechos no fueran otros: hay muchos recortes de diarios de esa época en donde el matrimonio publicitaba los servicios de su estudio legal en Río Gallegos. Pregunta de sentido común: si te estás escondiendo del aparato represivo de una dictadura, ¿vas a publicitar tus servicios profesionales en un diario, con dirección y teléfono? Sincerémonos, es mentira. Los hechos son que el matrimonio Kirchner hizo lo que hizo la mayoría: nada. Con el agravante de que se dedicó a ganar dinero y recién, 30 años después, cuando entró al poder, se acordó de los DD.HH. y se arropó con ellos como escudo moral y usina de construcción de legitimidad.

Tranquilícense, chicos, con esto no estoy minimizando cosas como que durante el gobierno kirchnerista se hayan impulsado el enjuiciamiento a los responsables por crímenes de lesa humanidad, anulando las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Solamente estoy subrayando que alguien que actúa haciéndose olímpicamente el gil sobre sus omisiones del pasado sin siquiera balbucear una contrición de las mismas, es un impostor. Había muchas otras personas más autorizadas y acreditadas para bajar ese cuadro.

 

Construcción de una impostura, refundación de una nación.

Lo del cuadro es un caso emblemático de una novela mayor. Para muchos, no hubo Argentina antes de los Kirchner. O sí, la hubo: sangrienta, caótica, saqueada e injusta. Del 2003 en adelante, empezó la verdadera; justa, pujante, auténticamente nacional, impelida hacia el futuro, que reparaba todas las atrocidades y errores del pasado con una revolución de los pobres llevada a cabo por millonarios. El delirio fundacional está tan extendido, que si uno habla con ciertos chicos nacidos en los 80´s y 90´s piensan que vivieron en la Edad Oscura, y se sienten orgullosos de ser parte de la generación que en el 2003 empezó a construir la Patria, la revolución, la mágica década ganada. No hay hecho fáctico que desnuble este encantamiento ideológico: si la realidad contradice los discursos, peor para la realidad; se la manipula. Si la miseria crece, se mienten los números. Si la deuda externa explota, se inventa el slogan del “desendeudamiento” y se culpa a los de afuera y a los de antes. Si la inflación produce pobres a diario, se inventa un índice falseado y se acusa a los descreídos de ser agentes del poder maligno —e indefinidamente fantasmal— de turno: las corporaciones, el establishment, los medios hegemónicos, la antipatria, el neoliberalismo, el conservadurismo y el ismo que toque en ese momento. Si los problemas finalmente aparecen, se invierten miles de millones en medios adictos y propaganda para negarlos. La realidad es la del relato, los que no la ven así, están engañados o son agentes del ismo de moda.

Pero el embuste no se acaba con lo que está sucediendo en el presente. Ni siquiera recula hasta los setentas. La maniobra propagandística y cultural de reinvención del pasado retrocede hasta el descubrimiento de América. En su afán de deificar el presente con un barniz ético y un alma épica, el kirchnerismo no sólo inventó falsos comportamientos de sus líderes durante la dictadura, sino que fue más atrás todavía, incorporando en su mística a una ensalada de movimientos y figuras históricas que —según ellos— conviven en resplandeciente concordia con el matrimonio y sus lugartenientes. Lo cual, si sabés una pizca de Historia, es la cosa más graciosa que hay, porque varias de estas figuras pasadas no sólo se llevarían a patadas entre sí, sino que picarían a sablazos quienes las invocan y al 99% de sus funcionarios.

En el fantasioso panteón hay tres recintos; el de los malos, que incluye a Colón, Cortés y los realistas del siglo XIX; el de los a veces buenos y a veces malos, como Sarmiento, Roca y Mitre; y el de los claramente buenos (que eran kirchneristas sin saber que lo eran) como Tupac Amaru, Rosas, San Martín, Belgrano, Bolívar, obviamente Perón y Eva y cómo no, el Che, que siempre es la pincelada marketinera de todo aquel que quiere disfrazarse de cuestionador de cualquier opresión.

Todas estas figuras y movimientos tan inconexos, se presentan como prólogos y eslabones armoniosos que desembocan en la Parusía, la venida del kirchnerismo como inicio de la Historia.

La doble vara para juzgar las acciones, o los simples hechos que contradicen esta ficción, como por ejemplo, que San Martín se jugara la vida en cada batalla (mientras que el matrimonio se escondía), o que Belgrano haya muerto pobre (mientras ellos tengan dinero como para 5 generaciones), o que Bolívar haya deplorado la tiranía (mientras Chávez la ejercía con represión a su pueblo), son… paparruchadas, cosas omitibles y redibujables al gusto del hagiógrafo. La manipulación llega a tal extremo que la Historia ya es historieta, y cuando dentro de unos años se estudie este período, será uno de sus capítulos más hilarantes.

Yo admiro sinceramente esta capacidad de haber podido crear un ayer mentido que predestina, con el objetivo de construir y retener poder en base a inventarse un mesianismo ya profetizado por héroes pretéritos.

 

El fruto del mito.

Las imposturas obligan a tomar postura; cuando las descubrimos podemos seguir aferrados a la fantasía —dar el brazo a torcer duele, admitir que fuimos manipulados duele más— o asumir la realidad. Los argentinos se sienten divididos por el relato faccioso y binario que el régimen martilló durante una década; disentir es sinónimo de perfidia. Hoy no poca gente piensa que Néstor, Cristina y otras figuras del santuario están más allá de la justicia humana. Son incuestionables, tienen un aura de santidad. Estas personas no ven —desdeñan, minimizan, juzgan calumniosos— hechos burdos e inocultables de corrupción, enriquecimientos ilícitos, falseamiento de patrimonios, vaciamiento de instituciones (como Sueños Compartidos, o la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo), feroces ineficiencias de gestión, como déficits, inflación, aumento de la pobreza y miseria, y finalmente, hasta delitos rastreramente mafiosos como lavado de dinero y especulación financiera e inmobiliaria, perpetrados a la luz del día, mientras se agitan las banderas de los pobres y de la Patria. Un saqueo sistemático y letal al pueblo argentino, que, como dice Francisco, pagan los pobres, principalmente. Se les roba a los argentinos del presente y del futuro, arropados en la autoridad moral de los argentinos del pasado. Muchas personas de buena fe —a mi juicio, emocionalmente manipuladas— evitan criticar estas conductas por miedo a ser tachadas de antipatrias y a “hacerle el juego al enemigo”, porque se ha logrado etiquetar a quien tenga una crítica a la gestión o sospeche de corrupción, como alguien que está ¡¡apoyando a la dictadura!! Así de ridículo como suena, han seteado la mente de muchos que piensan que, por el mero hecho de cuestionarlos, se es antiargentino y reivindicador de la injusticia social, el egoísmo y el terrorismo de Estado. Si uno comparte un video de Néstor acariciando una caja fuerte, o contempla su escandaloso incremento patrimonial, o muestra un video donde la presidenta tiene un acto fallido en Harvard y dice lo que realmente piensa sobre la gente de La Matanza; es insultado con fanatismo religioso, como si blasfermara de dioses de pureza.

 

Término.

El régimen kirchnerista está llegando a su fin. Durante doce años mantuvo intencionalmente una herida abierta que traspasa a los argentinos, impidiendo que se cerrara, ni siquiera que se desinfectara con la verdad, sino que la nutrió de falsedades, odio y hostilidad, como método desesperado de dividir a los ciudadanos e instituciones entre buenos y malos, ubicándose ellos, claro, en el bando de los buenos. Pero en pocos meses, el kichnerismo comenzará a ser un recuerdo y urgirá recoger y curar los ojos de los heridos por la mentira; urgirá empezar a mirar el pasado con ojos limpios y arrancarle las mendacidades, desacralizar a los falsos santos y ubicarlos donde corresponda. Los responsables de la construcción del mito quizá evadan el juicio de la justicia ordinaria, pero seguramente no evadirán el de la Historia. Eso le tocará a nuestros hijos y nietos, que no querrán arrastrar odios antiguos ni las cadenas de un pasado mentido, y con la simple verdad histórica se liberarán de ellas. Será arduo pero será. Hoy, a nosotros nos toca empezar la reconciliación. ¿Cuál? La que describo acá.

© JIR