Brazo May31

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Brazo

No era la primera vez que un dinosaurio lo pinchaba cuando entraba a ducharse; con cuatro hijos chicos, lo improbable era no pisar un juguete olvidado en la tina. Pero esta vez dolió y de la planta del pie nacía un filamento de sangre; lo había tajeado una espadita sostenida por un brazo de unos 7 centímetros, cortado a la altura del húmero. Gritar un reto furibundo por el desorden habitual no servía: los niños y su madre estaban ausentes. Mientras salía a desinfectar la herida, tomó el bracito para arrojarlo, pero el tacto le reveló una humanidad sorpresiva. Era muy real, mórbido, frío. Lo miró bien y con pasmo descubrió que no era falso, era un brazo humano, amputado, que sostenía un acero filoso de veras.

Casi no tuvo un aluvión de espanto mientras sentía la lasitud de los músculos, las falanges de la mano mínima, la perla del huesito expuesto en la articulación del hombro. Queriendo aferrarse a la lógica, envolvió el brazo en papel de baño y salió a mostrárselo a nadie, porque estaba solo. Se topó con el cuerpo: en la habitación de los niños había un muertito, de tamaño proporcional al brazo, con el pecho rajado y vacío. Había algo de bello en el cadáver, que se desparramaba en una pose de muerto de ánfora griega, de muerto homérico, sobre una pirámide de bloquecitos de colores que los nenes habían dejado a medio terminar. Vacilante, lo levantó. Era un rodelero de su antología de figuras históricas, desangrado, el dueño del brazo, con su coraza de hierro, grebas y la rodela todavía engarzada en el antebrazo izquierdo. La barba pelirroja asomaba debajo del yelmo. Lo habían atacado fiero y al parecer, se había defendido igual, porque había bastante sangre en el piso. Pensó en Chobi, si estaría herido; lo llamó y como no obtuvo respuesta, fue hasta su cucha y lo halló temblando, ovillado, pero intacto. Mientras el perro lo miraba, se dio cuenta de que él mismo estaba desnudo y —qué graciosos son los pensamientos absurdos que brincan en las anomalías— pensó en la policía golpeando su puerta pidiéndole explicaciones, en el fiscal haciendo la instrucción del caso y él en pelotas como los indios, asistiéndolos a todos. Caminó unos pasos hacia el estudio, a inspeccionar la repisa de su colección, su centro de amores donde atesoraba las efigies, tallas e idolitos que traía de sus viajes de negocios. La aparente disparidad de figuras estaba explicada por un común denominador que las hacía admisibles para el acopio: todas ellas debían tener el poder de haber doblegado a otros poderes. Así, con los años, había juntado estatuillas de deidades del Pacífico sur, figuras de militares y conquistadores ilustres, dioses precolombinos y persas, serafines, genios de sagas nórdicas, iconos de santos ortodoxos y cualquier ser —benigno o maligno, imaginario o no— que hubiera ejercido supremacía humana, sobrenatural o divina sobre otros. Él gozaba con su perseverante y diversa cosecha, ansiando ilusamente que esas representaciones tuvieran una chispita de los poderes vitales de sus representados. La luz enérgica del ventanal le mostró numerosas ausencias en los estantes. Esa luz de cielo vacío, resplandor de la sequía que asolaba la región desde hacía meses, declaraba que había sido saqueado y faltaban el cuchillo de obsidiana y varios personajes. Tuvo miedo, pero tuvo vergüenza de tener miedo, porque ni siquiera era un miedo decente, sino bochornoso, como chillar cuando emerge una cucaracha. Envolvió el cuerpo en una toalla, el bodoque en una bolsa y se dirigió a la cocina para meterlo en el freezer a la espera de alguna aclaración.

Al segundo muerto lo reconoció inmediatamente. Estaba al pie de la heladera: era el Hernán Cortés que él mismo se había regalado para Navidad y al que le faltaban el corazón y casi toda la sangre, a juzgar por el charquito. Casi no sufrió una lipotimia y, espantado, renunció a entender; no importaba si el mundo se había vuelto irreal, sino en qué pasaría si volvían los chicos y veían lo que él estaba viendo; primero urgía la limpieza y después la explicación.

Sonó un trueno insólito. ¿Lluvia? Por el tragaluz notó que algunas nubes se iban formando rápidamente, algo que no había visto durante casi medio año de seca. Se apresuró al lavadero para hacerse de traperío y desinfectante. Por ser quienes eran el tercer y cuarto cuerpo era evidente que no habían muerto guerreando. Su Sancho Panza, de costado, con la caja torácica vacía; el Don Quijote, abierto en canal. A su alrededor, los añicos de por lo menos cinco personitas, entreverados con vísceras, astillas partidas y retazos de corazas y pólvora. Mis arcabuceros, dedujo. Descubierto el itinerario de matanzas, el miedo ya no era mariconamente cucarachil sino bien palpable, y la única misión era salir ileso de la casa, precipitándose (desnudo, ¿y qué?) al zaguán y bajar hasta la calle.

Oyó un siseo. Se imaginó algo multicolor que recorría los sillones. Por reflejo, se acuclilló. Alguien cortó el cable del televisor y el silencio ocupó todos los ambientes. Refrenó el respiro, temía que su cuerpo hecho un tembladeral lo delatara, y trató de oír porque escuchar era más indispensable que respirar. Hurgaban la biblioteca, lejos del camino hacia la puerta: bendito Dios, tenía el trayecto despejado para ganarla; pero cuando empezaba a pararse, tocaron el timbre con la torpeza con la que tocan los niños. El siseo se dirigió al living y cesó, preparando una celada. Le llegó nítidamente un olor a jardín llovido, tan cerca, del otro lado de la pared. ¿Tierra mojada? —se extrañó— si hace 6 meses que la sequía nos está matando. Agachado, desnudo, atormentado y obligado a decidir, pensó alternativas a velocidad de vértigo: gritarle a los chicos para que no abrieran, o llegar hasta la puerta a la carrera y salir, o llegar y trancarla para que no entraran, o hacer ruido para ahuyentar a lo que acechaba, o esperar a que se produjera el ataque y sorprender desde la retaguardia, o reventar la damajuana de querosén y provocar un incendio para espantar a la familia, o emprender —él, que no había nacido para adalid— una acción redentora, quizá la única y última de su vida, y pasar al asalto, o… el timbre recrudeció y era evidente que otra vez habían olvidado las llaves. Lo que siempre lo irritaba, ahora lo anegó de lágrimas de gratitud: no podían entrar.

Pero con pavura oyó que desde dentro del departamento deslizaban una llave por debajo de la puerta. Entendió que seguir viviendo era una imprudencia y pertrechado sólo con su carne al aire, empezó a pararse para lanzarse a proteger y morir, pero no llegó a hacerlo porque en ese instante Chobi —que había escuchado el timbre de los niños— convergía en el living hecho una rabia defensora llena de dientes y violencia, y un par de chillidos perrunos después, todo era nuevamente silencio. Ya de pie, avergonzado por la audacia del perro y su propia pusilanimidad y con las piernas blandas como palomas, oyó el blag blof blag de carne hendida y hasta juró escuchar unos latidos nítidos que se apagaron. Bastó el sonido de la llave metiéndose en la cerradura para despertarlo del espanto y que, dando un alarido de fiera, irrumpiera en el living, convertido al mismo tiempo en león mortífero y cordero sacrificial.

Desde afuera escucharon, en este orden: a Chobi furioso y posterior silencio, y después los gritos de papá y posterior silencio. Mamá hizo girar la llave. No abría, le habían pasado una que no era. Más ofendida que preocupada, increpó a través de la puerta e insistió con el timbre, creyendo que su marido le estaba mostrando su hartazgo por los recurrentes olvidos. En ese momento reventó un trueno y se largó a llover como para indemnizar la sed de cinco planetas. No se alegró por la vuelta del agua, porque para alterarla más, los chicos empezaban las demandas: el más grande preguntaba qué significaba mímesis, el más chico quería seguir haciendo pirámides con los bloques y el del medio lloraba porque lo inquietaba la estatuita de Tláloc que su papá acababa de traer de México.

Enfurecida y humillada después del quinto o sexto timbrazo, tomó a los nenes y faltaba más y ésta me las vas a pagar, salió bajo el diluvio a conseguir un cerrajero, ignorando que habían ganado 45 minutos de vida, una hora, máximo, si el cerrajero —comprensiblemente, con esta lluvia— se demoraba un poco.

©JIR