Star Wars May07

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Star Wars

Hilar hasta la fuente de una querencia es arduo y casi siempre inútil, pero ésta se originó circa 1977, en el Harrod´s de Florida, en un piso invadido de góndolas con muñequitos que nunca habían existido y de pósters con algo que insinuaba ser del futuro pero no era reluciente sino oxidado, despintado y arenoso. Siete años tenía y comprendí que todo eso era inédito. Para la perfecta épica solamente faltaban espadas, y casi caigo muerto cuando vi que las había, con hojas de luz de distintos colores, que cortaban al contacto y solamente podían ser usadas por una hermandad de caballeros. Era una fantasía de futuro y pasado, con tecnologías imposibles y seres increíbles en una atmósfera precaria. Y el arcano mágico de La Fuerza. Y el misterio caprichoso de iniciar con un Episodio IV sin saber dónde estaban ni cuáles eran los tres anteriores.

Sin embargo, ignoro la causa, no me llevaron al cine. Igual hubo asalto: fui apropiado por muñequitos y armitas y horas de suspirar mirando catálogos donde figuraban los juguetes que en Estados Unidos se vendían y acá solamente se anhelaban. Primero me ocuparon las cosas y después los nombres de las cosas. Stormtrooper, Jedi, sable de luz, Ala X, Lado Oscuro, Obi Wan. Sabía y discutía como un sabio. No había Internet, foros ni Wikipedia; la información que faltaba se rellenaba con imaginación y sueños. En el Super 8 de algún cumpleaños, finalmente vi la película y la música trituró la corteza auditiva de mi cerebro. Pero, ¿para qué abundar en emociones, si los que saben ya entienden y a los que no les gusta no les interesa saber?

Once años tenía cuando el Imperio contraatacó en un cine de Flores. Temblé en el hielo aterrador y morí y resucité con la mejor línea de guión de toda la historia —Luke, yo soy tu padre— que con cinco palabras reventó la cabeza de millones de niños.

Trece años tenía cuando se cumplió la profecía del regreso del Jedi, antes de la cena en Pumper Nic. La vuelta al desierto y a las estrellas, la luna bosque, el fin del mal, la redención del padre, el reencuentro de los hermanos. Me juré absorber cada detalle de lo visto para la transmisión oral a mis hijos venideros; ni concebía que existirían Youtube y la tele digital y ellos terminarían viéndolo todo como yo lo vi.

Casi 40 años después, compartimos la mística. Revivo cuando los veo entender y apasionarse. No me considero de la secta religiosa de los que conocen cada personaje, crónica y artefacto, ni del grupo de ñoños que discuten si Bobba Fett es mejor que Keeth Anak, ni de los que hacen chistes o alusiones todo el tiempo con cosas que entienden los iniciados, ni de los cientificistas que refutan la posibilidad de la evolución de la raza humana en planetas diferentes a la Tierra. Me limito a disfrutar de una buena historia. Admiro cómo esa emoción infantil se convirtió en un ícono cultural, primero de Occidente y luego del mundo entero; me maravilla que no haya otra odisea con una potencia equivalente. Algo de genuino y atemporal debe tener. Confieso que arrastro el vicio de hacer el gesto de La Fuerza siempre que estoy frente a una puerta automática. Pero no trato de evangelizar a nadie; reitero lo que dije al principio: entiendo que es una querencia más que, como casi todas las que te agarran de pibe, se te convierte en médula.

©JIR