Perdoname Abr22

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Perdoname

Como conté, trabajé en McDonald´s para pagarme la universidad. De entre todas las tareas que hice durante esos años, una de las más divertidas fue la de animar fiestas infantiles. No obstante la diversión, la cosa tenía algunas dificultades y los nenes kilomberos eran la peor de todas. Esos nenes que ya no son ni simpáticos, ni traviesos, ni siquiera desobedientes o contestadores ocasionales, sino los que les pegan a los demás, no acatan las consignas, patean las cosas y vuelven locos a sus semejantes, resumiendo.

En una ocasión, siendo el cuarto cumpleaños del día, agotado y sin restos de paciencia en el tanque suplementario, me tocó uno de éstos, de unos 4 años más o menos. En los segundos iniciales de la fiesta le saqué la ficha, y a la primera de cambio, lo agarré quizá no tan suavemente del bracito, lo llevé aparte, cruzando todo el patio de juegos, hasta atrás del pelotero y lo puse en penitencia. Sí, ódienme, díganme animal, violento, bestia, inhumano, todas son correctas; sé que es una cosa ridícula y fuera de lugar, pero en ese momento me pareció la forma de desactivarlo por unos minutos hasta que se calmara, y le indiqué que se quedara en el rincón y esperara ahí hasta que yo lo llamara.

El problema es que me olvidé de llamarlo.

El lugar de la penitencia quedaba atrás del pelotero y no se lo veía ni desde donde animábamos ni desde donde comíamos. El cumple siguió, hicimos todos los juegos, merendamos, soplamos las velitas, cortamos la torta, rompimos la piñata y en el momento de ir a buscar las bolsas con regalos, crucé el patio de juegos y… lo ví ahí, en el rincón, dócil como un corderito, habiendo estado en penitencia durante 1 hora y media —todo el cumpleaños— sin haber participado en nada. El pobre estaba en ayunas, mirando al piso, hecho un paria; nadie había reparado su ausencia. En un segundo imaginé lo que habría sentido mientras escuchaba el desarrollo de la fiesta, mirando el ángulo de la pared.

Me acerqué lleno de remordimiento, le apoyé la mano en la cabecita y lo que dijo me apuñaló:

_ ¿Puedo ir al baño?

Ni una recriminación, ni un reproche, el pobrecito no sólo se había tragado todo el cumpleaños en el rincón, sino que ni siquiera lo había abadonado aunque se estuviera haciendo pis encima.

Obviamente lo acompañé, todo acongojado y luego del dolor por haber metido la pata, me asaltó el miedo de qué podía pasar si el nene contaba lo sucedido. Ahora, como padre, si me entero de algo así, como mínimo meto un juicio y pido que echen a la persona. Así que, en una especie de maquiavelismo caritativo, le propuse un pacto: si no contaba nada, le iba a regalar una almohada del payaso pelirrojo, un helado y un montón de cosas que solamente le dábamos a los cumpleañeros. Se le iluminaron los ojos. Aceptó. Su rapidez para perdonar fue más dolorosa que si me hubiera insultado durante media hora sin parar. Chocamos los cinco. Se llevó los regalos y me dejó el desasosiego. Desde ese día ruego no haberlo traumado.

Si ese nene sos vos, perdoname. Fue sin querer.

©JIR