Nada es gratis Abr03

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Nada es gratis

Hay cosas gratis que valen fortuna. Ninguno de nosotros podría pagarle el caché a Susana Giménez, y sin embargo la vemos gratis por TELEFE. ¿Vive del aire? No, gana millones porque alguien le paga en nuestro lugar. El canal, que a sus vez le cobra a los anunciantes. Lo mismo pasa con los choris (o globos amarillos) que te regalan en un acto político, o con el uso de Facebook, Google y Youtube, que nos resultan gratis. Conclusión: cualquier cosa que disfrutemos y no paguemos, no es porque no cueste, sino porque la está pagando alguien más.

Y estos ejemplos poco importantes son para compartir mi visión sobre dos cosas muy importantes, como son la educación universitaria y la salud gratuitas.

Asuntos sobre los cuales, cuando dos personas se ponen a discutir, indefectiblemente terminan insultándose mutuamente de zurdo iluso o facho egoísta. Lo cual es bastante triste, porque si se miraran desde otra óptica, de justicia y equidad social, quizá se podrían resolver.

Empiezo con la educación universitaria gratuita. Vamos a pensarla en particular para ver si la idea es lógica y después, extrapolarla a lo general, a ver si sigue siendo consistente:

  1. Un grupo, la comunidad, saca recursos de sí misma para darle a alguien la posibilidad de estudiar.

  2. Esa persona es una privilegiada, le costean los estudios para que aprenda y se forme.

  3. Ella responde con esfuerzo y dedicación, pero no paga por su educación, sino que lo hacen todos los demás.

  4. Finalmente, la comunidad, a costa suya, da un valor agregado, hace más útil y sabia a una persona, quien también puso de su esfuerzo.

  5. ¡Maravilloso!

Pero, ¿ahí se termina el ciclo? ¿Usando los recursos de todos para que un individuo realice su vocación personal, y nada más? ¿O para que, además de realizarse vocacionalmente, devuelva algo a la comunidad que la formó? ¿El conocimiento es un bien social al servicio del otro, o es una prenda individual, adquirida a costa del otro? Es el caso de cualquier universidad pública. Conozco decenas de excelentísimas personas que estudiaron gratis y luego de graduarse, entraron a la actividad privada sin pasar por la cosa pública a devolver parte de lo que la cosa pública les dio (mi viejo, sin ir más lejos). Claro que no fue por egoísmo, seguramente lo hubiera hecho gustosos, sino porque no existía otra opción y lo natural fue entrar a trabajar en empresas, como cualquiera. Pero el sistema, así como está, ¿es totalmente justo?

Por supuesto que no veo mal la educación gratuita para el que no tiene la posibilidad de pagarla (porque si la tuviera, estaría quitándole la chance a alguien que no la tiene). Es un derecho. Pero pienso que ese derecho debería tener el correlato de una obligación, y sería exigible y justo que:

  1. Tuviera la obligación de un rendimiento alto y un máximo de años para terminar la carrera. Cuánto es alto y cuánto es máximo, dependerá de cada carrera, se debería llegar a un consenso razonable. Caso contrario, la persona estaría abusando de la comunidad.

  2. Tuviera la obligación de hacer un servicio social, devolviendo parte del valor agregado que la comunidad le dio, con su conocimiento y habilidades. Qué tipo de servicio y de cuánta duración, dependerá de cada carrera. Quizá no sea todo de golpe, sino algunas semanas por año, durante N años.

De esa forma, sería equitativo para todos. Para la persona, que no pudo pagarse una educación superior y fue apoyada por la comunidad. Y para ésta, que formó a un profesional con su dinero, y recibe parte del valor que le agregó.

¿Suena muy facho? Se equivocan, facho y egoísta es lo opuesto: la persona que quiere que todos le paguen su realización personal a cambio de nada. Además, sin admitir presiones para comprometerse a estudiar en serio, sacando pésimas notas, recursando eternamente, dilapidando los recursos de otros, que para ella son gratis. Y además, sin la menor obligación ética de devolverle a la comunidad una pizca del valor agregado. Díganme si ésto no es el peor individualismo.

Lo ético y lógico sería que se tomara a la educación gratuita como un bien social, un “crédito” que el Estado (todos) le da a un individuo para que luego lo devuelva con aporte y conocimiento a la sociedad que lo formó. ¿Se imaginan el gigantesco impacto social que sería tener a graduados de cualquier carrera devolviendo parte de sus saberes y habilidades a la comunidad? Ingenieros asesorando Pymes, médicos atendiendo hospitales públicos o formando socorristas, abogados representando indigentes que no pueden pagarse un letrado, comunicadores asesorando ONGs y etcétera. Creo yo que transformaría muchas realidades, para bien.

¿Suena muy zurdo? Nada que ver. Es un punto medio, porque el Estado no te obliga a estudiar tal cosa y trabajar en tal lugar como en un país socialista, tenés libertad absoluta en eso; pero tampoco podés usar los recursos del Estado y no devolver nunca nada, sino que debés que aportar algo a los que menos tienen quienes, indirectamente, también aportaron a tu educación. 

***

Y sobre el segundo tema, la salud gratuita, me parece esencial separar a las personas de los Estados. Todos los días escuchamos la frase xenófoba de “Los hospitales (o escuelas) argentinos están llenos de bolivianos que se vienen a atender gratis con nuestra guita y además le quitan el lugar a los que viven acá” y también “La gente de la provincia se viene a atender a Capital porque allá los hospitales (o escuelas) son una bosta”. Hay mil variaciones de la misma cantinela.

Y sospecho que la confusión viene por este lado: ¿tiene razón la gente de quejarse porque otros usan gratis lo que ellos pagan con sus impuestos y hasta quizá ni siquiera consigan turnos o vacantes? Arriesgo un sí, fríamente hablando, no es justo. Pero, ¿por eso hay que dejar que alguien sin recursos se quede sin salud o educación básica? Obviamente no, no es humano ni solidario ni cristiano; las personas valen más que la plata. ¿Entonces cómo llegamos a un punto medio, equitativo para los que pagan con su esfuerzo los impuestos y gratis para los que no pueden pagar? Fácil: que no lo paguen las personas, sino los Estados.

Siguiendo con el ejemplo de la frase, si la atención de ciudadanos bolivianos suma 100 millones de pesos al año, está perfecto, a ellos no se les cobra un peso, se los atiende como reyes, pero se llama a Bolivia y se dice “Estimado Evo, usted me vende 1000 millones de pesos anuales de gas. Descuéntele 100 millones de la atención que mi país le dio a ciudadanos del suyo. Acá le mando los comprobantes y le pago 900 millones”. Lo mismo con las jurisdicciones provinciales entre ellas.

No sé si sea con el gas o con qué, pero se entiende: es intercambio de servicios, canje, como les guste. Y así, pienso, llegamos a lo mejor de los dos mundos: la gente que no puede pagar, recibe atención gratuita y de calidad. Y el Estado que debió atender a esas personas y no lo hizo, paga al otro, que sí le dio el servicio.

Si les parece poco solidario, disculpen, yo tengo la teoría de que la solidaridad entre naciones pasa por catástrofes y ayudas humanitarias, no por avivadas. Una cosa es Haití, un país tristemente inviable al que hay que socorrer por motivos humanitarios, o un terremoto en Chile en donde se ayuda con personas y bienes; y otra es cualquier país que nos vende cientos de millones de dólares en recursos. Plata no les falta, la usarán para otra cosa en vez de salud, lo que quieran, pero, continuando con el ejemplo, si nos cobran el gas —bien que hacen— creo que es justo que nosotros le cobremos la atención médica. Las personas quedan al margen, resguardadas y protegidas, como debe ser. Pero los Estados se compensan mutuamente, como también debe ser para beneficio de todos.

Quizá les parezca simplista e inaplicable. Yo lo veo sensato. Pienso que, bien instrumentado, es posible de hacer. Y necesario, por no decir urgente.

©JIR