La doble vara Feb21

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La doble vara

Regurgitar la realidad hasta que se adapte a nuestra forma de pensar es humano, sí, pero deshonesto y se llama doble vara. El cuadro es fácil de entender: juzgar con distintos criterios a algo o alguien, según nos caiga bien o no. Escandalizarse de, rasgarse las vestiduras por y denunciar a quien no nos simpatiza, y cuando vemos lo mismo hecho por alguien de nuestro arco ideológico, hacer mutis. O relativizarlo, o justificarlo, peor.

Entonces uno se encuentra con tipos para quienes hay asesinatos buenos y asesinatos malos. Bombas buenas y malas. Dictadores buenos y malos. Corruptos/huelgas/secuestradores/ineficientes/cacerolazos, etcétera buenos y malos. A esta doble moral o doble ética para medir las cosas te la banco hasta el fútbol; en donde si el nuestro le hacha la pierna al contrario y el referí no lo cobra, está bien; pero si el contrario le roza un pelo al nuestro y el referí no lo echa, gritamos. Queremos distintas reglas. Ya fuera de la cancha, la doble vara es patética, cuando no peligrosa. La misma cosa hecha por el que no nos simpatiza nos enfurece, pero nos anestesia o hasta nos parece simpático si la hace el que nos cae bien. ¿Cómo es? ¿Hay dos sistemas nerviosos diferentes? ¿O dos sistemas éticos? Si la realidad es una sola, ¿por qué se tiene doble juicio? León (Tolstoi) lo expresó mejor: “Vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intolerable“.

Ya dijimos que estamos de acuerdo en que es muy humano y a todos nos acecha (¡hasta nos puede pasar como padres, con las reglas que le ponemos a cada uno de nuestros hijos!), pero hay que escaparle como al diablo, porque si no, podemos desbarrancarnos por los tres estadíos de esta patología:

  1. El inconsciente.

  2. El táctico.

  3. El estratégico.

El inconsciente, el grupo más numeroso, creo, se explica por la percepción selectiva y aberrante de la realidad. En otras palabras, el sistema mental de alguien afectado capta todo de acuerdo a sus prejuicios; hay cosas que directamente no las registra, y otras que agiganta o literalmente, inventa. Suele ser gente que durante años viene leyendo a autores y consumiendo noticias de medios del mismo signo ideológico, y por lo tanto, no puede escapar de la jaula mental que se va creando. Cualquier cosa que le cause ruido (disonancia cognitiva, diría un semiólogo) porque va en contra de sus creencias, directamente no es percibida. Va mamando, escuchando, tratando con gente afín a su pensamiento. Lo incomoda chocar con otros puntos de vista y el resultado del no intercambio es una fosilización  intelectual. Y no piensen que esto les sucede a viejos que toda su vida rumiaron sus ideas monocordes, también hay fósiles adolescentes.

Para esta gente, la realidad tiene que adaptarse a su molde, o si no, no es real. Todo pasa a ser blanco y negro, binario, simple. Lo que no entra en su paradigma, no existe. Y, reitero, no lo hacen a propósito. Suelen ser negadores constantes u obsesivos tenaces; para ellos no hay grises, ni matices, ni errores; lo cual se da de bruces con la vida, que es matizada y cambiante. Entonces te encontrás a un tipo que no dice nada frente a un corrupto que no puede explicar su patrimonio, si es del gobierno que le cae bien. Su mente no lo considera algo relevante. Pero si el contrario compra un pancho sin factura, arma una filípica. Si critica al contrario por equis cosa y vos le mostrás que el suyo la hizo el triple de peor, te dice “¡Pero no vas a comparar!” o directamente no se le mueve un pelo, porque te considerará mal informado. Podría ser el caso del segundo tipo descripto en este post.

El segundo estadío, el táctico, ya no tiene la justificación del no darse cuenta, y es simplemente no querer dar el brazo a torcer o admitir lo evidente, por miedo de “hacerle el juego” al oponente. Cuando se le muestra la realidad indiscutible, con pruebas, con datos, con todo… se escapa en el relativismo y en criticar al emisor del mensaje, en vez de aceptar el hecho en sí. Ve la vida como una contienda entre el bien (lo que él dice defender) y el mal. Y como en toda contienda, vale mentir y calumniar; no se busca llegar a la verdad sino imponerse. No tiene problema en contradecirse todos los días, en negar lo que antes afirmó, el defender lo que hasta hace dos minutos aborrecía, en aliarse con quien hasta ayer culpaba de todos los males, porque todo es por una causa suprahumana, sea un modelo económico, una misión nacional, una utopía, lo mismo da. Cuanto más indefinida, mejor, claro, para poder ajustarla todo el tiempo sin aparentar contradicción. Tomando el caso de la corrupción que usamos arriba, el doblevarista en estadío táctico, dirá que como surgió de equis fuente —por más documentación y prueba que tire sobre la mesa— no debe ser cierto, ya que esa fuente es del bando malo. Estos doblevaristas son grandes maestros del sofisma, de la mentira y la manipulación consciente y sistemática de los datos. También de irse por la tangente, por no decir hacerse los boludos, cuando están acorralados. Acá, repito, hay un tema de honestidad moral bastante bravo —o de inmoralidad, bah— porque una cosa es no darse cuenta de algo y defenderlo desde la ignorancia, y otra es saber que estamos equivocados y porfiar o hacernos los idiotas para que el contrincante no gane su “batalla cultural”, o el mío no pague las consecuencias de sus actos.

Un caso que personalmente me llama mucho la atención sobre este doblevarismo es la postura sobre Cuba. Hecho fáctico: el pueblo cubano hace 50 años que vive bajo una dictadura, sin elecciones libres, con una bota pisándole el cuello, atrasado y al borde de la miseria, sin derechos humanos básicos y sin mencionar acceso a bienes materiales esenciales, como un simple desodorante. Todo justificado por una revolución que nunca pudo ser viable económicamente y vino siendo sostenida por los subsidios de la URSS y ahora, de Venezuela. Todo bien, este dato es objetivo e indiscutible, que se ve y se toca. ¿Qué sucede con esto, paradójicamente, para muchos defensores de la democracia y los DD.HH.? Nada. El de doble vara sorteará todas las contradicciones sin que se le caiga la cara. Maestro del eufemismo, te dirá que no es tan así, que el pueblo cubano no está atascado y empobrecido, sino que tiene dignidad, o cualquier infantilada para no admitir que si un dictador de derecha hiciera el 1% de lo que hace su querido dictador de izquierda, él estaría incendiando ciudades enteras. Acá, en Argentina, hace un escándalo si no lo dejan hablar en una asamblea universitaria, y no dice nada si en Cuba encarcelan a una mujer por cuestionar pacíficamente al gobierno. El doble vara buscará un malo más grande para minimizar la maldad de quien le simpatiza: si Fidel es tirano es porque el imperio yanki es más atroz. Si hay atraso, es por culpa del bloqueo norteamericano (no pueden comerciar con un país, pero en el mundo hay otros 200 con los que sí) si hay censura, es para defender a la isla de la CIA y si llegan noticias de persecuciones y violaciones de DD.HH. son inventos de los medios imperiales. Siempre encontrará la exculpación de cualquier atrocidad, justamente la misma atrocidad que acá denunciaría.

Y el tercer estadío es el estratégico, o hipócrita químicamente puro. Decirse una cosa y ser otra, hablar A y hacer B, venderse como el defensor de los desposeídos y ser un oligarca terrateniente y financiero, mostrarse como el paladín de los DD.HH. y haberse hecho rico durante la dictadura, criticar al que compra dólares y tener millones de sus ahorros en esa moneda. Aunque los ejemplos que puse son muy K (disculpen mi sesgo espacio-temporal) todos corremos el riesgo de caer hasta esta profundidad, empezando por quien escribe, que no es mejor que nadie.

Sea el caso que fuere, según mi humilde opinión, éste es el peor estadío, el más dañino y peligroso. Porque ya no es táctico, sino metodológico, una forma premeditada de manipular a los otros. Se aplica a todos los ámbitos de la vida, ¿eh? no sólo a los temas del poder. En religión se llama fariseísmo, y es la degradación más penosa de la espiritualidad. En política, empresa, relaciones humanas y otras dimensiones, se llama hijaputez. Sin mencionar que intercambiar ideas con alguien que tiene este trastorno es poco menos que agarrarse una úlcera, porque no vas a encontrar un gramo de reconocimiento de error, ya que suele confundir su persona con la misión suprahumana que vende, y justifica todo y te etiqueta como el maligno por el solo hecho de pensar diferente o cuestionarlo. Nunca terminás de entender si es penosamente ciego y realmente se cree lo que dice, o es grotescamente farsante y no se le mueve una arruga cuando miente.

Termino. Por una cuestión natural, siempre tendemos a justificarnos y justificar lo que está cerca de nuestro corazón o lo que nos conviene, aunque la conciencia nos diga que nos equivocamos y nos haga sentir cierto cosquilleo con la coherencia que nuestra naturaleza nos pide. Y me refiero a cualquiera de los dos tipos de coherencia, la intelectual y la conductual. La primera no es fácil, pero es posible, e implica una virtud fatídicamente escasa, que es la humildad: aceptar nuestros errores y los argumentos mejores de los demás. Tener la honestidad intelectual de admitir que estamos equivocados y matar la idea fallida, por más que la hayamos defendido con uñas y dientes. Implica no bancar a ciegas, por discursos, sino bancar por resultados. Implica también saber elegir: no podemos sostener cosas contradictorias como si ambas fueran ciertas, en el mismo sentido y al mismo tiempo. Hay que renunciar a una de las dos, porque se excluyen mutuamente. Y sobre la coherencia conductual, convengamos que es tonto pretender que tengamos la inmovilidad estúpida y constante de una estatua; porque la gente madura, se equivoca y rectifica, así es la vida. En el pasado pudimos haber sido A y ahora ser B, con previa asunción del error de haber sido A. Está perfectísimo, qué bueno que uno mejore, acepte sus equivocaciones (y pida disculpas si dañó a alguien) y siga para adelante. Pero la cuestión es lo que hacemos en el presente, no lo que ya pasó: debería haber una coherencia básica entre nuestros valores y nuestras acciones, entre lo que decimos en público y lo que hacemos en privado.

Vaya si es difícil ver nuestros paradigmas y, mucho más, desmantelarlos en carne viva. En ocasiones, el desengaño se encarga de ello, con todo el dolor que conlleva. Otras, el coraje de ver la verdad y plegarnos humildemente a su evidencia. Requiere de mucha energía, porque nos obliga a dejar de ver las cosas binarias y hacer el esfuerzo de ver matices. Pero engrandece, duele menos y libera más.

Huir de nosotros mismos es imposible. Nuestra esperanza es que con ayuda y bastante determinación, por ahí —a veces— podemos entreabrir las rejas para que entre una bocanada de aire, que nos alivie del cautiverio que fuimos construyendo con nuestras propias terquedades.

©JIR