Formulita Feb14

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Formulita

Empecemos descreyendo de toda fórmula general para el amor, la felicidad, el éxito con las mujeres y cosas así de holgadas e indefinibles. Una fórmula se compone de elementos que se comportan de equis manera y que, bajo similares circunstancias, producen idéntico efecto. Espléndido para la química o la física; inaplicable para las emociones. Así que lo que voy a compartirles es meramente un tip o sugerencia para surcar el recóndito cambio del humor femenino y evitar embarrar las cosas cuando en realidad uno las quiere solucionar.

De recién casados, cuando percibía que mi amada esposa estaba rara (entiéndase distante, triste, sensible, enojada o inentendible para la simplona mentalidad masculina) y no veía ninguna razón objetiva o externa para que estuviera así, lógicamente me preocupaba pensando que hubiera sucedido algo, así que preguntaba sin vueltas:

  1. ¿Te pasó algo?

Como la respuesta era que no, me inquietaba pensar que yo pudiera ser el causante de dicho estado, así que intentaba averiguarlo haciendo dos preguntas:

  1. ¿Hice algo?
  2. ¿Dije algo?

Ingenuamente, imaginaba que dentro de esas dos categorías se encontraría el motivo y por lo tanto, el principio de solución. Como me respondía que no, mi confusión aumentaba y luego de ansiosos meses, con mis mejores artes de deducción me dije: “Ah, tenemos que ampliar la pesquisa”, así que sumé dos preguntas:

  1. ¿Hice algo?
  2. ¿No hice algo?
  3. ¿Dije algo?
  4. ¿No dije algo?

Porque ¡vaya si no! las omisiones también pueden entristecer o enojar a las personas. Pero, santo Dios, la respuesta era la misma: no. Perplejidad al palo: ¿entonces por qué razones estaba rara? ¿Y qué podía hacer yo para ayudarla o acompañarla? ¿Cómo saberlo? Así que perpetré un tercer intento de refinamiento del interrogatorio:

  1. ¿Hice algo?
  2. ¿Hice algo de alguna manera que no te gustara?
  3. ¿No hice algo?
  4. ¿Dije algo?
  5. ¿Dije algo de alguna manera que no te gustara?
  6. ¿No dije algo?

¡Pero la respuesta era casi siempre “no”! Presa del desconcierto, empecé a optar por pasar a la acción: apelar al humor, a la ternura, al “está todo bien”, al “ya va a pasar”, al “¿Pero hay algo concreto?” y a todo un elenco de torpezas bienintencionadas que con un amigo macho seguramente hubieran ayudado, pero frente a una hermosa sensibilidad femenina eran cero empáticas y solamente empeoraban el cuadro.

Y acá, amigos, luego de tanta frustración, se reveló la mal llamada fórmula: en vez de hacer las 6 preguntas inútiles, aprendí a hacer solamente una:

¿Qué necesitás de mí?

Y empecé a obtener sus respuestas sinceras y claras: ternura / distancia / que charlemos / que me abraces / un rato para llorar / estar juntos / que te encargues de los chicos y yo salir a caminar un poco / y un etcétera variadísimo. Ya no hay suposición, es mágico: frente a la misma pregunta de siempre, todas las respuestas son diferentes y uno no tiene que andar descifrando los arcanos del otro a fuerza de ensayo-error.

¿Ya lo dedujeron? ¡También se aplica de mujer a varón! Por más que nosotros nos creamos emocionalmente más simples, también tenemos embrollos y está muy bueno que generosamente nos pregunten “¿Qué necesitás de mí?”.

No saben cómo nos cambió la vida a partir de esa iluminación. Muchas veces implica renunciar a entender -seamos realistas, a veces ni uno se entiende a sí mismo- y pasar a acompañar. Pero también ayuda a que quien no puede o no quiere explicar, se estrese menos. Es mucho más fácil de llevar, produce 0% de ansiedad para que el quiere ser compañero y 100% de alivio para el otro, que a veces ni es capaz de verbalizar lo que siente. Qué se yo, si hay amor y honestidad, funciona bastante bien. Pruébenla y me cuentan.

©JIR