POEMAS II Nov11

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POEMAS II

Ella antes de ser ella.

 

No se parecía al olvido pero sí a la tarde, a eso de las cinco, cinco y cuarto, cuando bostezan las cosas y presentimos la noche.

Su voz era el vaivén sedentario del agua del puerto.

Había venido de lejos y la lejanía la escoltaba, invisible y canina, para que no me acercara.

Estábamos juntos por temor a no estarlo,

porque iba a volver la distancia a triturarnos los huesos.

Si la besaba era dichosa en silencio, y los dos lo sabíamos; nuestro enigma era la fecha final de la dicha.

Me preguntaba con ojos,

le respondía con manos.

A veces lloviznaban palabras

y bajo ellas yo era un niño transparente y frágil, de rodillas.

 

***

Manos de abuelos

Ella

Siempre limpias, como los cantos

rodados de los ríos.

Manos castas de mujer y trabajo,

breves, lisas, invariables.

En mis noches infantiles de miedo y abandono

le daban medida y peso a la caricia

que adormece al niño

y libera a los sueños de su fosa.

***

Él

Su sola sombra cubría a mil de nosotros.

Conocedoras de la anatomía del acero

y la humedad sutil de los ladrillos.

A la vez colosales

como las golosinas descritas

en las fábulas infantiles.

Juraría (aún hoy) que hubieran podido

rajar a un tigre de un zarpazo.

Posarse sobre mi frente

era sentirme otra vez bautizado.

Las fuerzas las dejaron

como los pájaros al invierno.

***

Miedo al te vayas.

 

Hay globos sobre vos, gravitando sobre vos,

en estupor de números,

bordadora de estrellas, engarzadora de mundos y planetas.

Hay plantación profunda de silencios

entre palabra y palabra.

Hay guerra civil entre mis minutos.

Poseemos pocas cosas, y peor, incompartibles.

Por eso nos damos.

Entreveo al ocaso que regresa a girar los picaportes con sutiles guantes.

Tiene las llaves de todas las puertas

y la intención de abrirlas, para que me dejes.

La noche rotará en el cielo como un oso durmiente

y yo escarchado, esperaré el asalto del espejo, ya teñido de panteras.

***

 

Explicación del alba

Empieza como un mandoble tenue que decapita al sueño.

La luz, pincel atómico, vaporiza

la pantomima colorida de lo soñado

y hasta su posible nostalgia

se extingue indoloramente.

Sólo se siente entrar por los ojos un incendio sin límites.

No hay que alarmarse:

es la mañana que sube como un marea de sables.

©JIR