Es bueno que existas Oct31

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Es bueno que existas

La más obvia de todas las cosas es que no hiciste nada para existir. Ni podrías haber hecho algo, simplemente porque antes de existir no eras, en el sentido ontológico más estricto: no tenías ser. Y sin ser no hay hacer. Ni decisión, ni voluntad, ni nada. Otro fue la causa, otro tuvo la iniciativa, no vos.

Fuimos arrojados a la existencia, diría un ateo. Fuimos llamados a la existencia, diría un deísta. Cualquiera sea la lectura, ambas comparten lo irrebatible: no existías y ahora existís sin haber intervenido; sos porque alguien te dio la existencia.

Matemáticamente hablando, existir es un milagro. Metafóricamente, diría un ateo; literalmente, diría un deísta. Si lo considerás con números (*) es estremecedor:

  • En un acto sexual hay entre 20 y 150 millones de espermatozoides. Si promediamos unos 100 millones queriendo fecundar al óvulo, la probabilidad de ser el ganador es de 10 a las -6 % , o sea 0,000001%.
  • Pero eso no es nada: existís no sólo por tus padres, sino también por tus 4 abuelos; es decir, tus padres a su vez tuvieron el 0,000001% de probabilidad de ser ellos y no otras personas (de haber sido otros, vos no existirías). Esto achica tu chance a 10 a las -14 %, es decir, 0,00000000000001%.
  • Y hagamos la cuenta con nada más que 10 generaciones de antepasados: tenés 2 padres, 4 abuelos, 8 tatarabuelos, 16 trastatarabuelos, etcétera; en 10 generaciones tenés 1024 antepasados consanguíneos directos, cada uno con el 0,000001% de ser él y no otro, lo que arrincona tu chance a un casi ínfimo 10 a las -8190% (cero coma 8189 ceros 1)
  • ¿Y si remontamos nuestros línea de antepasados consanguíneos hasta el inicio a la especie humana, que se estima que tiene 1.000.000 de años, lo cual nos daría un total de 50.000 generaciones, una cada 20 años? En tal caso, ya no tenés que considerar 1024 personas (10 generaciones) sino a 5.120.000 (todos tus antepasados consanguíneos durante 50.000 generaciones).

Agarrate con la conclusión: tus probabilidades de existir son de 10 a las -35840001, o sea un cero seguido de 35.839.999 de ceros, 1. Cero coma treinta y cinco millones ochocientos treinta y nueve mil novecientos noventa y nueve ceros, uno.

Es casi un número antimatemático, casi un infinito al revés; estás ante una sucesión de eventos de dimensiones inimaginables. Si querés pensarla en macro, la sucesión se remonta al principio del universo. Con estas magnitudes, las frágiles probabilidades de existir son menos que nulas. Hasta el hecho aparentemente desdeñable del momento y la posición sexual de cada uno de tus antepasados cuando fue concebido su descendiente, en realidad fue trascendental: si lo hubieran hecho segundos antes o después, o la posición hubiera variado en milímetros, habría alguien distinto en tu lugar.

Personalmente, cuando medito lo anterior, me retumba un estuviste tan cerca de no ser y sos. Y aflora un pasmo salpicado de gratitud. Pienso que cada uno debería agradecerle con recogimiento y fascinación a quienquiera a quien le atribuya la existencia: a la casualidad del universo o la causalidad de Dios; al azar del átomo o al amor del Creador, pero al menos un gracias, un suspiro de alivio, o mejor un iuju de alegría. Es obvia la causa: o somos los más amados (si somos deístas) o los más suertudos (si somos ateos). Ya viste que estuviste tan cerca de no ser y, contra toda probabilidad, sacaron tu bolita del bolillero.

Si tenés la postura deísta, te comparto la siguiente reflexión que escuché de un amigo y pienso que te va a encantar:

“Antes de uno creer en Dios, Dios cree en uno, por eso lo crea.

Nadie existe de casualidad, por error, como plan B. Y como además nadie puede pedir existir; la existencia es pura iniciativa gratuita de Dios. Nos la da sin haberla merecido previamente, porque no existíamos, no teníamos méritos; nos la da como regalo categórico.

Teniendo el poder de hacer que alguien exista o no, Dios quiere que alguien exista y lo crea. Si no lo quisiera, si no lo amara, no lo crearía. Dios no crea lo que no ama.

Y por eso, cada persona es una apuesta particularísima de Dios para con el mundo. En cada una pone un sueño, un anhelo, que es ni más ni menos la vocación existencial de dicha persona, lo que está llamada a ser. Y si, mediante su libertad, la persona busca, escucha y realiza el sueño sembrado en ella, será plena y feliz, porque el proyecto de Dios es la felicidad de su creatura”.

 

Pensalo: es tan sensato que Dios no crearía por accidente o sin querer, sino eligiendo especialmente a quien crear. Lo que parecen ser tenues posibilidades matemáticas en realidad son sólidos eslabones tejidos desde el inicio del tiempo para que desemboquen en tu llamado a la existencia, habiéndote elegido para ser. Qué honor existir, pues. Así es imposible sentirse desamparado en el cosmos teniendo la certeza de que, pudiendo no haber sido, ¡alguien quiso que fueras! Contra ese 0, 35.839.999 de ceros 1 prevaleció el amor. Alguien te eligió frente a la nada y para algo. Dan ganas de bailar de júbilo.

Quisiera concluir con tres consideraciones, si no te aburre.

La primera, es que cuando veas cualquier cosa ínfima que exista, tomes conciencia de que es un milagro de improbabilidad hecho realidad. El amor de tu vida o la persona más anónima que está sentada en el subte, fueron llamados (o arrojados) a la existencia contra toda chance. Qué honor coexistir, pues.

La segunda, es que no tenemos el derecho de despreciar a nadie, ya que todas las personas tienen una dignidad especialísima porque fueron elegidas (o suertudas) para ser. Es emocionante mirar al tipo sentado al lado tuyo y considerarlo de esa manera.

Y la tercera, es que el simple hecho de nuestra absoluta impotencia para empezar a existir debería tirar por tierra cualquier arrogancia que pudiéramos tener, porque hasta el mínimo talento que poseemos es rotunda gratuidad, no un bien que arrebatamos o decidimos, sino purísima dádiva. Engreírse siquiera de algo, por tanto, es la definición de ridiculez.

©JIR

(*)  Gracias a Francis Villatoro, doctor en matemáticas, que me ayudó con este cálculo. Aclaro que este número, rigurosamente hablando, no se puede calcular con total certeza, por lo tanto, no es 100% exacto ni tampoco puede serlo, porque no tiene en cuenta cosas sobre las cuales no tenemos toda la información. Aplicar técnicas más rigurosas (como un análisis bayesiano) requiere usar el conocimiento a priori de las decisiones tomadas en el pasado (por nuestros antepasados), conocimiento que ignoramos. En todo caso, el número sería muchísimo más chico todavía, lo cual reforzaría lo que estoy queriendo compartir. Digamos que el cálculo así como está, a los efectos de este ensayito, cumple su función.