EL BUEN MONOPOLIO Oct24

Tags

Related Posts

Share This

EL BUEN MONOPOLIO

Como un rayo de mil millones de voltios, una comprensión me hachó la cabeza. Entendí que lo exclusivo del padre es la ternura. El padre (y madre, claro) ama, enseña, alimenta, cura, protege, educa y demás menesteres que sustentan al hijo. Pero esas acciones también las pueden hacer otras personas -maestras, médicos, amigos, familiares- es decir, de alguna forma son delegables y en eso podríamos ser sustituibles. Aunque ellas también puedan brindar ternura -de maestra, de abuela, de pediatra- siempre habrá una aduana en la superficie, un contorno invisible donde se frena.

Pero para el padre no. Él atesora la pura y exclusiva jurisdicción del vínculo físico primario y total con el hijo, la potestad del renacuajismo: agarralo y morderlo, aplastarlo, retorcerlo en el aire, soplarle todos los lugares donde sienta cosquillas, besarle el cuello sudado, mimarlo con los ojos, las manos, la voz, con puños que simulan un gancho al estómago. Nadie más puede hacerlo así. Porque no le sale; porque hasta quizá no deba, por pudor con ese niño. Sólo el padre tiene abierto el confín vital que el hijo necesita para saberse amado sin abstracciones ni conceptos. Sembrar ese contacto es darle patria a donde volver, porque el niño buscará la ternura cuando el cuerpo se lo pida, cuando sea adulto y con nadie en el mundo pueda encontrar el amparo primigenio.

Omitirla es urdir una pequeña lisiadura en el alma; faltará la alquimia física de la filiación. Para el pequeño será una añoranza vaga de expatriado sin memoria. Solamente en el padre aletea la responsabilidad de que su sembradío no quede inerte, es dueño de la gracia única de tocar el núcleo de la autoestima de otro ser humano.

Todo esto, en un instante, comprendí. Y, suponen bien, fui corriendo a revolear al primero que se me cruzó en el camino.

©JIR