Aprendan Oct21

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Aprendan

Aprendan de nosotros, hijos.

No es petulancia, es la súplica que nace del peso de ser prototipos.

Aprendan lo bueno para imitar y lo malo para evitar.

Sin proponérselo irán asimilando casi todo de lo que somos, muchísimo de lo que hacemos y casi nada de lo que decimos.

Instintiva, modélicamente, calcarán sin darse cuenta, como no se pueden elegir qué nutrientes se alojan en nosotros y cuáles se desechan. Tardarán años en identificar, conservar, aceptar y descartar lo que llevan dentro.

Cuando les hierva la rebelión, traten de discernir; ni juzguen todo perfecto ni todo fallado, escápenle a la mirada arcoiris y a la renegrida; seguramente estemos en un tono intermedio.

Porque si nos equivocamos en tantas cosas, ¿cómo íbamos a ser impecables como padres? El único amor perfecto es el de Dios. Nosotros los amamos entera pero imperfectamente; distingan las intenciones de los resultados.

Pensemos bien de nosotros. Si algo que hacemos o no hacemos, decimos o no decimos puede ser interpretado de dos formas, y una de ella los ofende o entristece, queríamos transmitir la otra.

Hablen, así sabemos. Y escuchen, así comprenden.

El enemigo es lo que no se dice.

Los enojos son más hijos de la impaciencia y del cansancio que del desamor. Se evaporan rápido si optamos por no atesorarlos.

Seamos clementes con los destiempos de las cosas, el beso que no se dio, las disculpas que se pasaron, la charla omitida. Nunca es tarde para retomar; ni siquiera después de la muerte, porque sabemos que la muerte no extingue sino que oculta. Y por un rato, además.

Pero no seamos tan tontos de esperar a ese momento; es más lindo recomenzar mate y no lápida de por medio. Es mejor llorar dentro de un abrazo que acostado en un diván.

Aprendamos. Se aprende a besos, a palabras, a reconciliaciones, a olvidos, a desaprendizajes, propósitos, a tropiezos, a charlas, a incondicionalidades.

Se porten como se porten siempre seremos hijos y padres. Es un regalo que no se elige, pero sí podemos elegir volverlo hermoso. Esa es nuestra bienaventuranza.

Todas las noches nos dormimos pidiendo ser mejores papás para Paula, para Luisa, para Emilio, para Bernardo, para Joaquín, para Emanuel. Pedimos el discernimiento para entender las particularidades de cada uno y llevarlos al bien por su camino propio. Ojalá por las mañanas nos despertemos un poco más cerca de ese saber.

Y, por favor, cuando nos veamos tan impotentes o tan malos, que nos nutra la misericordia. Es la sustancia de la inmortalidad; diluye las agujas heladas que matarían a los vivos y muertos que fuimos embarcando en el corazón. La misericordia salva. Principalmente a quienes la practican.

Si esto no es todo lo que teníamos para decirles, es casi.

Mamá y papá.

©JIR