Lo malo de los buenos Abr21

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Lo malo de los buenos

Hay una frasecita que se dijo en arameo pero fue puesta por escrito en griego, que está buenísima y después les cuento qué significa: “σοῦ δὲ ποιοῦντος ἐλεημοσύνην μὴ γνώτω ἡ ἀριστερά σου τί ποιεῖ ἡ δεξιά σου”.

Y ya verán que viene al caso porque muchos buenos -no todos, no siempre- tienen tres cosas malas: la publicidad, la autoridad moral y el desprecio.

No enloquecí, ¿eh? Valoro y admiro a la gente buena, busco rodearme de ella, me casé con alguien así, trato de educar a mis hijos para que lo sean y selecciono a mis colaboradores y clientes de entre este tipo de gente. Hasta procuro ser como ellos, imagínense (y como soy el menos indicado para juzgar a nadie, no escribiré este post en primera persona, porque todavía me falta mucho). ¿Más? Estoy convencido de que en el mundo hay más gente buena que mala, y si no fuera por este tipo de personas, el mundo no existiría.

Sin embargo, como nada es perfecto, desde siempre, a los buenos los puede tentar un tufillo de autosuficiencia y por qué no, de cierta vanidad, cuando no soberbia pura y dura. Algunos logran eludir la tentación, otros le coquetean y otros, directamente, entran como caballos. Una lástima, realmente, porque la publicidad, la autoridad moral y el desprecio son subproductos no deseados de algo que es verdaderamente noble como la bondad, y pueden deslucirla mucho, provocando repelencia en vez de inspiración.

 

Primer mal, la publicidad.

No me dejen mentir, buenos: ¿a veces no les gusta hacer un poco de vedetismo y careteo de lo que hacen, que todos sepan lo bien que actúan, lo sacrificados, abnegados y generosos que son? Esta publicidad puede ser explícita y marketinera (exponerse, subir fotos o videos, twittear, contar anécdotas en reuniones, etcétera) o puede ser más subliminal, como mostrar fotos o acciones de otros buenos con la implicancia obvia de el “yo también participo y soy como ellos”. En vez de señalar a la causa, se señalan a sí mismos. ¿Y cómo omitir las grandes galas benéficas llenas de celebrities del mainstream del momento, bajo los flashes de la red carpet, instruyendo a sus PR´s para que le consigan una buena foto en ¡HOLA! y que el pie aclare que son supporters de un evento noble y caritativo, cuánto más emotiva la causa y vulnerable el receptor de la bondad, mejor?

Hay muchos caminos para el autobombo y la levantada de perfil, y como dije, no puedo juzgar a nadie, simplemente comento esta característica, que me parece un dato de la realidad. En cualquiera de los casos, es algo que causa perplejidad, porque no se termina de entender si el bueno busca hacer el bien por el bien en sí, o por la admiración y la alabanza de los demás, cuando no como tuneo de su figura pública. Quizá me equivoque y realmente el bombo sea por una buena razón, para inspirar, para despertar a los tibios, mover a la solidaridad y conseguir voluntarios o llamar la atención sobre una realidad que necesita de muchas manos para ser subsanada. No lo niego y espero de corazón que así sea; no puedo leer el alma de nadie. Ojalá que realmente la verdadera motivación de la publicidad sea para eso y no para darle de comer a la vanidad.

¿Es peor hacer algo bueno y cacarearlo, a directamente no hacerlo? Muchachos, por supuesto que es mejor hacer el bien antes que nada. Hablar desde afuera o escribir un post sugiriendo cómo los buenos podrían ser más buenos sin que uno no haga nada bueno, es bastante chanta.

¿Está mal el reconocimiento a los buenos? ¡Claro que no! Hasta es necesario en justicia. Nada más bello, noble y justo que agradecerle a alguien su accionar heroico o generoso, darle aplauso, diploma, galardón o premio Nobel si corresponde. Solamente creo que si uno es bueno, es mejor que los demás lo descubran -lo que demostraría humildad y rectitud de intención- en vez de ir haciendo campaña de lo bueno que se es, lo que podría ser un indicio de otra cosa.

Personalmente (puedo estar equivocado) me parece mucho más hermosa la virtud sin vedetismo, como una flor que perfuma el campo, aunque esté escondida entre la hierba.

 

Segundo mal, la autoridad moral.

El bueno -por hacer cosas buenas- puede sentirse superior al que no las hace. Puede ser un gran subestimador y sentir que tiene el ancho de espadas para toda discusión sobre temas éticos, morales y sociales. Y vaya si lo saca a relucir. Si se da una charla, algunos buenos argumentan irrefutablemente desde un atril de autoridad moral inalcanzable, y eso invalida cualquier argumento del otro, porque “Yo sé lo que es esa realidad, hace años que estoy ayudando” o bien “¿Cuántas veces vos hiciste algo por los demás, como para opinar?”. Esteee… ninguna, pocas o en todo caso, menos veces que vos, bueno. Estas charlas casi siempre terminan al grito de ¡33 son mejores y quiero vale 4! del bueno que, hinchado de infalibilidad, les tapa la boca a todos, dejándolos sin otro remedio que mirarlo desde afuera del Elíseo.

¡Pausa, levanto la mano! En ésta estoy parcialmente de su lado y siempre diré que para criticar u opinar –ni hablar para juzgar- antes tenés que hacer. Y solamente cuando estás embarrado de acción, podés hablar con conocimiento de causa; porque hablar desde afuera es guitarreo, Messi de tribuna, Rommel de biblioteca o pura hipocresía. Pero también me da un poco de vergüenza ajena que los buenos usen sus actos como arsenal para granizarle reproches directos o velados a los que no consideran de su nivel. Me da cosita el “campo de fuerza” que los rodea cuando hay que hablar de temas sociales o morales y que se crean (aunque no lo digan de frente) fuera de escala como para no debatir con los no-buenos. Me preocupa que se usen de metro patrón para calibrar a los otros y prismas por donde pasa la realidad. Y me aterra que sus actos buenos -en ocasiones- hagan las veces de tapones de cera en los oídos, sordos a los que consideran menos comprometidos, aunque digan algo coherente de vez en cuando. El desenlace es que no se puede hablar con estos buenos, no se los puede contradecir en lo más mínimo, porque te escanean de pies a cabeza y te falta tomar mucha sopa (o donar mucha sopa, no sé) para estar en igualdad de condiciones. Quedás refutado ad hominem de un saque.

No crean que no entiendo el concepto de autoridad moral. Sí que lo entiendo y lo considero esencial para darle coherencia y credibilidad a cualquier cosa que uno diga o haga. Es mucho más sólido y sostenible el testimonio de alguien que hace y está comprometido, que, por el contrario, el de aquel que solamente zarazarea sin hacer. Pero también entiendo que la autoridad moral puede ser uno de los tantos disfraces de la arrogancia, que es muy pilla para mimetizarse. A mí me pasa que, cuando el bueno se sube al estrado de la autorreferencia, más que despertarme la apetencia de emularlo, me dan ganas de ir corriendo a unirme a una banda de skinheads.

 

Tercer mal, el desprecio.

La señora sale de misa, confesó, comulgó, puso unos pesos en la limosna, le dio la paz a los tres o cuatro que estaban a su alrededor, y se encuentra un travesti en la esquina, pescando clientes. Lo mira con repulsa, por arriba del hombro, con ojos condenatorios y, si fuera por ella, ya le augura el viático al infierno. La señora no sabe nada de la historia del travesti, ni por qué llegó a ese estado, ni si está enfermo, si lo obligan, si fue abusado en la infancia o cualquier causa por la cual su vida es tan dramática y llena de desamor. Pero no importa, ella lo pesa en su propia báscula y, claro, medido así ese pobre varón es belcebú.

Ésta es la tercer cosa mala de los buenos: el riesgo de despreciar al otro. Algo parecido a la autoridad moral de la que hablábamos antes, pero más ruin. Los buenos pueden ser tremendos fiscales e implacables jueces al mismo tiempo. Al no ser ostensiblemente pecaminosos, pueden traspasar con pupilas de fuego a cualquier desprevenido que se les cruce, y dictaminar una sentencia irrefutable de esa persona. Dependiendo de su “área de bondad” preferida, pueden descalificar al que caiga en el radar de la misma: si son buenos en la moral social (solidarios, etc) tienen un ojo de halcón para despreciar a otros por burgueses y poco comprometidos. Si son buenos en la moral sexual, tienen el mismo ojo para despreciar a los demás por promiscuos y depravados. Y así. El bueno despreciativo siempre te está midiendo y qué incómodo es. Esta forma de ver a sus semejantes no es solamente un desprecio, sino además una miopía gigantesca y lo peor, una usurpación del lugar y rol de Dios, único juez del ser humano y el único que sabe la verdad que aletea en esa tierra sagrada que es la interioridad del alma y el ejercicio de nuestra libertad.

Yo no digo que uno pueda ver la malicia objetiva de un acto, y sea una obligación moral denunciar y hasta accionar para que no se siga produciendo. Al contrario, gente: si uno ve algo malo tiene que hacer lo que esté a su alcance para evitarlo y solucionarlo, y aconsejar o reprender a quien lo esté haciendo. Lo que estoy diciendo es que el bueno puede no saber separar el desamor (pecado) del desamado (pecador) y en vez de combatir el pecado, combate al pecador sin darle oportunidad de redención. Un culpógeno social para los que no considera de su nivel, en vez de un inspirador social para que los descarriados vean brazos abiertos y quieran mejorar.

Esto no es novedoso: ya pasó con los que querían lapidar a la adúltera, que fueron parados en seco por una simple frase del groso de Jesús de Nazaret, quien no sólo le salvó la vida, sino que logró que rehiciera su alma deshilachada. Algunos buenos corren peligro de ser inmisericordes, o siquiera mínimamente comprensivos con los otros. Hay que agradecer que no tengan poderes divinos, porque el servicio meteorológico pronosticaría lluvias de fuego y azufre día por medio.

***

Ya vimos los tres males. Ahora, alegría alegría, si quieren veamos los antídotos y un pensamiento final, que es lo más importante de todo este escrito.

 

Antídoto contra la publicidad.

Opino que hay un remedio fortísimo, que no sé si alguien se atreva a usar alguna vez, pero igual lo menciono: así como ostentamos lo bueno que hacemos, contar en la misma proporción lo malo que somos. Actos, pensamientos y omisiones, mostrados a los cuatro vientos. No, ¿no? Da miedo y no sé si el balance nos terminaría favoreciendo; aunque díganme si no sería lo más justo, lo más real.

Linda noticia es saber que no es necesario llegar a ese suicidio –inútil, además- de nuestra persona. Hay un remedio igual de potente pero mucho más suave y a la larga, mucho más eficiente, y está escrito en el capítulo 6 del Evangelio de Mateo. Es genial, porque el anteriormente mencionado groso de Jesús, que conocía el corazón del hombre y sus patinazos, lo dijo clarito: “Guárdense de las buenas acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el Cielo. Cuando ayudes a un necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. (Y acá viene la traducción de la frase en griego del principio) Tú, cuando ayudes a un necesitado, ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: tu limosna quedará en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.”

Qué fácil, ¿no? Ser buenos, ser muy buenos, ser siempre buenos; pero no andar careteándolo.

Imagino que muchos que están leyendo esta fórmula se preguntarán si el bajo perfil no va en contra de la difusión de una buena causa, y humildemente, pienso que no. Las causas buenas salen a la luz, más temprano que tarde, boca a boca, viral o masivamente y las personas que las llevan a cabo -si no andan vedeteando su bondad- inspiran a miles y miles. Es bueno difundirlas. Pero atenti: difundir la causa, no difundirnos a nosotros. Humildemente pienso que la consecuencia del vedeteo es sofocar la inspiración, porque la gente es antipática al narcisismo y ya se sabe que “por sus frutos los conoceréis” no “por sus palabras los conoceréis”.

 

Antídoto contra la autoridad moral.

Como decíamos, si somos coherentes sobre un tema, es inevitable y justo tener autoridad moral. El político corrupto que habla de Patria (mientras le roba a la Patria) o el marido golpeador que habla de la educación de los hijos (mientras le pega a su mujer delante de ellos), no tienen esa autoridad moral.

Peeeeero… igual pueden decir algo sensato, correcto y atinado. Y enseñarnos mucho.

El problema es que los buenos a veces no logran distinguir el mensaje del emisor, no pueden separar la idea del que la dice.

La solución es simple: ser más humildes, evitar el rechazo ad hominem, y listo. Quitarse el “escudo de fuerza”, bajarse del estrado impoluto y convertir esa autoridad moral que es como una lápida, en algo mucho más humano y viviente, que es dar testimonio y estar abierto a escuchar los testimonios de los demás. Contar su experiencia y aceptar aportes, opiniones, relativizaciones e ideas de otros que tal vez no sean taaaan buenos, pero que quizás lo intenten. O no. Y si son escuchados, se estimulen a serlo. Guardar el ancho de espadas, en una frase.

 

Antídoto contra el desprecio.

Acá también, la posta la tiró Jesús, y la pueden leer en el Evangelio de Mateo, capítulo 7: “No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes. ¿Qué pasa? Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en el tuyo? ¿Y dices a tu hermano: déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú un tronco en el tuyo? Hipócrita, saca primero el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo de tu hermano.”

El secretillo, pues, es la honestidad con nosotros mismos y la misericordia con los demás. La honestidad, porque no somos tan buenos como creemos, y seguramente estamos llenos de defectos, que vemos en los otros, pero omitimos en nuestra piel. Y la misericordia, porque -amigos, sincerémonos- ¿qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos tenido una vida diferente, padres abusadores o abandónicos, un mal entorno, o cualquier factor que nos hubiera condicionado a portarnos mal? No sé, muchas veces me lo pregunto en mi caso, y llego a la conclusión de que seguramente sería otra persona muy distinta.

Ah, me olvidaba de algo: ¡¡la discresión!! Es tan lindo saber de alguna miseria ajena y no andar anoticiándola a otros, con carita de escandalizado o el placer de la primicia o como ejemplo de lo que no hay que hacer. El chisme y la infamia son dos de los muchos disfraces del menosprecio. Pensemos si nos gustaría que estuvieran hablando de nuestros defectos, caídas o malicias, a nuestras espaldas. ¡Qué miedo!

 

El premio de hacer el bien.

Y para terminar, no quería dejar este post sin tocar el quid de la cuestión. Como se hizo extenso, evitemos filosofar largo sobre qué es el bien metafísico, moral y demás.

Resumamos rápidamente: hacer el bien nos perfecciona como personas. Nuestra naturaleza humana, nuestra alma, tiene impresa la inclinación al bien, somos bien, fuimos creados por el Bien y para el bien.

Cuando –con nuestra libertad- elegimos hacer algo bueno, no estamos haciendo otra cosa que lo que estamos llamados a hacer y ser. Estamos “haciéndonos más lo que somos”. Estamos perfeccionando lo que somos. Como cuando un avión vuela más alto, está siendo “más” avión. Y si a ese avión, que puede llegar a los cielos, lo usamos como auto carreteando en el piso, está siendo “menos” avión, porque no está perfeccionando su potencial ni explotando la naturaleza de lo que realmente es.

¿Y saben qué es lo mejor? ¡No se necesitan testigos, ni admiradores o aplaudidores! Podemos hacer el bien y gozar de hacerlo sin que nadie se entere, solamente nosotros y si creen en Dios, obviamente Él. Ya se dijo: en el Juicio Final, la clave será el amor. Sólo el amor, no su reconocimiento, propaganda y divulgación.

Como tenemos libre albedrío, tenemos la capacidad de elegir. Si se nos presenta una ocasión de hacer el bien y la omitimos, nos perdemos de esa chance de crecer. Si hacemos el mal, directamente vamos contra nuestra naturaleza y vocación final. El castigo no viene de afuera, viene de la consecuencia de ese mismo acto, que nos aleja de la felicidad y de nuestra constitución humana. Así de simple.

¿Entonces hacer el bien es un “negocio” para lograr la felicidad? ¿Se puede hacer el bien desinteresadamente, o aún el más santo, sacrificado y generoso, es en el fondo un mercenario que busca una recompensa, en esta tierra o en el Cielo? Gran discusión filosófica, ya resuelta. Por supuesto que hay gente que hace el bien como medio para –ejemplo- satisfacer su soberbia o conseguir reconocimiento. Y ahí termina el callejón sin salida, porque la intención no era el acto bueno, sino la retribución. Otros, que lo hacen para evitar un castigo, no porque estén convencidos o quieran hacerlo. Otros, como propone Kant, porque es el mandato del deber ser y nada más. Otros, de buena fe, que por inocencia y desconocimiento, hacen cosas buenas para “ganarse” el Cielo, como si fuera una transacción mercantil de premios y castigos, un acto bueno = tantos puntos.

Si no se trata de una transacción, ¿entonces cuál es el premio del bien? El premio del bien es el bien mismo. Suena a tautología, pero verán que no es así. Porque no se trata de un premio, sino de una consecuencia: como decíamos, es llegar a “ser más nosotros mismos”. Y el mal (y su consecuencia) es “ser menos nosotros mismos”, y por lo tanto, alejarnos. El premio del bien es acercarnos a nuestra vocación existencial a la felicidad. Con esta lógica, el Cielo –para los que creen- es el culmen del bien, la consecuencia final; es “aprehender” al sumo Bien, Dios todoamoroso, la felicidad incalculable de alcanzar la plenitud de lo que somos y ser plenificados por el Bien infinito. Volviendo al ejemplo del avión, es ser tomado de las alas y alcanzar aun a lo más alto, más arriba de todas las estrellas, más elevado todavía que lo que por sus propias turbinas jamás hubiera llegado.

Gabriel Zanotti, mi filósofo vivo preferido, cuando se enteró de que un amigo había donado mucha plata para una buena causa sin contárselo a nadie, hizo una broma monetaria sobre este cálculo de bien/recompensa, que me encantó: “Esa plata es la mejor inversión. No se la van a pesificar, no se la van a dolarizar: se la van a infinitizar”. Es decir, por renunciar a un bien parcial (esa plata) para hacer un bien mayor (la causa), no lo va a perder, va a formar parte de su ser persona.

 

Y eso es todo. Ojalá que nadie se haya ofendido con este post. Solamente tengo palabras de agradecimiento a los buenos, por serlo y por existir. Sus comportamientos, acciones y causas cambian la vida de muchos, tenemos tanto que admirar y aprender de ustedes, estamos lejos de ser lo que son. Pero cuando son humildes, esa lejanía es una alegría, porque en vez de darnos ganas de escapar para el otro lado, contagian, inspiran, nos atraen como una fuerza gravitatoria, para querer mejorar con todas nuestras fibras. Haciendo lo que se puede, cuando se puede, con lo que hay.

@JIR