Agustín y la muerte Abr09

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Agustín y la muerte

Agustín de Hipona fue un tipo brillante que vivió muchos años ajeno a las cosas importantes de la vida, alienado por el buen pasar, las buenas mujeres, los vaivenes políticos y las modas intelectuales. Heidegger lo describiría como viviendo una existencia inauténtica. Pero Agustín era demasiado observador como para no darse cuenta de que los bienes que deseaba, una vez gozados, no lo dejaban pleno. Todos sus apetitos podían estar satisfechos, pero él no estaba satisfecho. Y como persona sensible, veía con amargura la impermanencia de las cosas, lo bello que perseguía mutaba, envejecía y moría.

Era lo suficientemente astuto como para no escaparle a las cuestiones vitales, y demasiado apasionado del bien, la verdad y la belleza como para no conformarse con nada que no fuera la mismísima fuente de las tres cosas. Bajo todas las láminas de vanidad que lo recubrían, al término de todas las carreras que corría para finalmente palpar un espejismo, le hormigueaba un hambre de absoluto imposible de rascar.

Al final, sucedió lo que a la gente no necia le sucede cuando busca con ojos limpios: Dios, como un león hambriento, lo devoró. Y lo devoró de una forma tan oceánica que Agustín vivió incendiado y sus llamaradas, 1700 años después, todavía queman.

No sé bien en qué ocasión escribió esta composición-texto-oración que me encanta, y me vino a la mente hace unos días, cuando mi última abuela, Iaia, se fue. El escrito es una especie de abrazo-consuelo-regazo para cuando alguien querido hace la cosa más natural del mundo, que es morirse. La situación definitiva, que nos empapa doble: poniendo en la escala real la importancia de lo que hacemos y haciéndonos preguntar si hay ser cruzando el último suspiro, o si somos un manojo de protoplasma que se extingue y se acabó. La disyuntiva innata, dicho sea de paso, tan antigua como la primer chispa de consciencia del primer hombre.

Acá les comparto la composición. Que quede claro que no tiene por fin reemplazar el llanto ni la pena de perder a alguien que amamos, sino abrir los ojos a lo que los ojos no pueden ver todavía. Fe es saber antes de comprobar. Y para quien tiene fe, la tristeza es un pasillo que se cruza, no una habitación donde se vive.

Léanla lento. Imaginando que quien la recita es la persona amada, la que se acaba de ausentar de este mundo.

***

¡No llores si me amas!

Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo,

Si pudieras oír el cántico de los ángeles

Y verme en medio de ellos,

Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos;

Los horizontes, los campos y los nuevos senderos que atravieso,

Si por un instante pudieras contemplar como yo,

La belleza ante la cual las bellezas palidecen.

¡Cómo!… ¿Tú me has visto,

Me has amado en el país de las sombras

Y no te resignas a verme y

Amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme…

Cuando la muerte venga a romper las ligaduras

Como ha roto las que a mí me encadenaban,

Cuando llegue el día que Dios ha fijado y conoce,

Y tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía,

Ese día volverás a verme,

Sentirás que te sigo amando,

Que te amé,

Y encontrarás mi corazón

Con todas sus ternuras purificadas.

¡Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz!

Ya no esperando la muerte,

Sino avanzando contigo,

Que te llevaré de la mano por senderos nuevos de Luz…

Y de Vida…

¡Enjuga tu llanto y no llores si me amas!

© San Agustín

©JIR