Metamensajes Abr20

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Metamensajes

Somos un lenguaje con patas, hablamos con el cuerpo entero; todo lo que hacemos, decimos, callamos, gesticulamos, vestimos, reímos u omitimos, es una emisión constante hacia los demás. A veces damos mensajes en un sentido y se nos escapan metamensajes en el opuesto; que nos boicotean, porque desdicen lo que decimos.

No me las doy de coach actitudinal, por eso voy a restringirme al aspecto profesional, en donde coincidiremos en que todos queremos progresar: tener más responsabilidades (y mejor sueldo), llegar a metas más atractivas, ser reconocidos, que nos asignen misiones más desafiantes, crecer como personas y profesionales, no sé, cada uno sabrá. No conozco a nadie que busque estancarse o involucionar; si uno está vivo, naturalmente quiere explotar sus talentos.

Ahora bien, ese anhelo anidará en nuestro corazón, pero en ocasiones estamos dando el mensaje opuesto a quienes deciden si progresamos o no. Estas personas pueden ser compañeros, jefes, clientes, jurados, colegas, lo que sea; gente que de una forma u otra pondera si podemos crecer o no y tiene el poder de promovernos o detenernos.

A mi juicio, la mayor parte de los metamensajes boicoteadores no están en el terreno de las aptitudes sino en el de las actitudes. Hay incontables, comparto algunos:


Como líderes


El horario y otros valores

La cosa más fea de un líder es ser un antiejemplo. Es decir, proponer un valor grupal o social, exigirlo a otros y él mismo no cumplirlo. No sólo es injusto, sino ridículo. Con el horario, sería deseable llegar antes e irnos después, si fuera necesario. No es una regla universal, pero se entiende el punto: si el jefe llega del spa al mediodía, pavea un rato, almuerza y se va a las tres de la tarde a jugar al golf, no tiene mucho derecho a exigirle puntualidad a los demás. Si el jefe no cuida el tiempo, ¿por qué habrían de cuidarlo los colaboradores, que no son los dueños de la empresa? El dicho para este metamensaje ya está inventado: “Hagan lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.


La crítica por la espalda

Pocas cosas generan más perplejidad en un subordinado que el hecho de que su jefe critique injustamente a un compañero por la espalda. El jefe que obliga a alguien a escuchar una maquinación maquiavélica es como el padre que le cuenta a su hijo pequeño los defectos de su esposa. El hijo no tiene la madurez o la perspectiva necesaria para manejar semejante información, y solamente se angustia o reacciona negativamente. Salvando las distancias, en el trabajo es igual. Cuando como jefes hacemos eso, decimos “No soy honesto, conspiro a las espaldas de la gente, hoy te toca estar de mi lado, pero mañana vos podés ser la víctima”. ¿Qué lealtad podrá pedirle a su gente, si él no es leal a ella?

 

El ego, la autoreferencia

La soberbia es una autoestima hipertrofiada. El complejo es una autoestima atrofiada. Lo sano es la autoestima humilde, bien entendida: saber nuestras fortalezas y alegrarnos por ellas; saber nuestras flaquezas y pelear para mejorarlas.

Hay jefes que necesitan de honra constante, de idolatría, ciegos a las virtudes de los demás. Necesitan figurar arriba del equipo que realizó el trabajo. La dura realidad es que no somos el centro del mundo, y si logramos algo es a través de nuestro equipo. Sí, nuestro liderazgo, empuje, empowerment, visión y habilidades de organización suman muchísimo, pero sin equipo, son nada.

Cuando un jefe necesita honra patológica y no sano reconocimiento, el mensaje es “Su aporte al equipo es mínimo, yo soy la electricidad, ustedes las lamparitas, si brillan es gracias a mí”. No es muy motivante trabajar para un vanidoso. Al menos, en mi caso.


La sordera

Hermanado al anterior. El soberbio se cree infalible y no sólo no pregunta, sino que si alguien tiene el coraje de decirle un punto débil en algo, o se enoja, o no lo registra. Es un metamensaje fuerte, dice “No pienses, porque no me importa”.


La necedad

Necio es aquel que viendo lo evidente, no lo admite. Se aferra con arrogancia a su postura, porque asume que cualquier sugerencia o crítica implica una lucha de poder, no un aporte. Puede mentir, falsear o echar la culpa a otros, con tal de no admitir que hay algo para mejorar. Y en esa lógica de enano mental, cualquier sugerencia de mejora, es vista como una amenaza a su posición. Muchos jefes somos necios ante problemas que todos ven, nos falta humildad para reconocer los propios errores y hacer algo siquiera parecido a una autocrítica.

El mensaje que damos es “Cuiden sus cabezas: tengo tal complejo de inferioridad que temo que cualquiera sea más idóneo que yo, y si alguien me indica algo para mejorar, no lo tomaré como una ayuda, sino que lo consideraré una amenaza y cuestionamiento a mi autoridad”.

Esto descorazona a la gente. Los menos enérgicos se frustran o achatan; los más apasionados, se enfurecen y desesperan, por sentir que quien los dirige es estúpidamente ciego a lo obvio.


La ausencia

Una vez leí una loca teoría de management, llamada MBA (Management By Absence) y quien la postulaba decía que la ausencia del líder daba autonomía a las personas. Un poco sí, pero hasta cierto punto. El refranero popular ya lo estipula: el ojo del amo engorda al ganado. El jefe que se borra dice “Mi negocio no me importa, y por eso a ustedes -que no son los dueños- debería importarles menos”. No digo que tenés que estar en todo, todo el tiempo, respirándole en la nuca a todo el mundo, pero la imagen que vemos del empresario fumando un puro en su yate, ausente de la realidad mientras todos trabajan, es eso nomás, una imagen de películas.


El no delegar

Es lo opuesto a lo anterior. El jefe que no delega dice “No confío en vos, yo sé y puedo todo”.


El egoísmo

Primero yo, segundo yo y recién, si queda tiempo, yo. Parece chiste, pero muchos actúan así. A diario recibimos regalos, invitaciones, cosas interesantes que a todos nos gustan; si un jefe las encanuta todas para él, a mí me parece que queda feo y dice “No valoro lo que hacen”.

Otro caso es ser amarrete con las felicitaciones y reconocimientos. Si llama un cliente a felicitar, el jefe que pone el pecho para recibir la medalla e ignora al equipo que lo ayudó, dice claramente “Ustedes son mis peldaños”. Fea cosa.

 

Como subordinados


Redelegar

Cuando algo te da fiaca o no tenés ganas, o implica un esfuerzo extra, si lo redelegás a tu jefe (o a tu cliente), están dando un mensaje clarito: “Soy inepto”. Si nos delegan algo es porque asumen que podemos hacerlo y nos regalan un voto de confianza, dos cosas muy estimulantes, creo. Nos están tirando un centro. Deberíamos pararlo de pecho y demostrar que podemos meter el gol, que podemos hacer el trabajo con autonomía y valor agregado. Lo contrario -redelegarlo, devolverlo mal o incompleto para que tu jefe lo corrija- dice “No soy apto, no tengo ganas, no voy a agregarle valor a lo que pase por mis manos, no me des más responsabilidades en el futuro, me auto-niego los ascensos”.


Esquivar el bulto

Es el gemelo del anterior. Hacerse el sota cuando hay alguna tarea, y correr la cabeza para que le pegue al compañero de al lado, también dice “No cuenten conmigo, muchachos. Cuando haya un ascenso, elijan a otro que sí se comprometa”.


El terror

Cuando nos piden o delegan algo, hay dos tipos de gente: los que lo reciben y nos devuelven tranquilidad, y los que entran en pánico y nos devuelven intranquilidad. Quizá sea una mera forma de esquivar el bulto u obtener más tiempo para hacer las cosas, pero el mensaje es “No estés tranquilo, no te relajes, no soy confiable”. ¿A quién creen que uno elige como compañero/empleado/proveedor?


Ahogarse en un vaso de agua

Hijo del terror arriba descrito, éste es un gran y cotidiano metamensaje: cualquier problemita que salga de lo normal es una puerta al pánico. Llamamos al jefe por celular, alarmados y buscando un salvavidas, para que nos digan lo obvio: “Por favor, manejalo, vos podés”. Y lo loco es que la persona termina manejándolo. Ahogarse en una gota dice “No estoy capacitado para pensar por mí mismo, para evaluar escenarios y alternativas y llevar opciones a quien tiene que tomar la decisión”. Se nos paga por pensar, decidir y proponer. No para amplificar problemas.


Criticar a pares

Lo digo como jefe: es muy incómodo que venga un colaborador a criticar a sus compañeros por la espalda, cuando se trata de algo que podría arreglarse entre ellos. Venir con cuentos -insisto: de temas que se pueden solucionar charlando- es lo contrario al profesionalismo y me atrevo a decir, a la honestidad. Dice “No tengo capacidad de liderazgo ni sé defender mis posturas”. Y como jefe, ¿qué se supone que tenés que hacer cuando A viene a criticar a B? ¿Vas a B y le decís que A dijo que tal cosa? ¿Y B te responde a vos y a su vez le comunicás la respuesta a A? ¡Qué desgaste inútil, cuando con un poco de madurez se puede charlar entre dos personas! Entendamos, no se trata de situaciones en donde realmente uno tiene que intermediar, porque son problemas insolubles y corresponde escalarlos; me refiero a lo cotidiano, donde dos personas adultas pueden conversar, sin necesidad de chismes o cabildeos.


Chupar las medias

Adular, ser obsecuente, como prefieran. Quizá a mucha gente le encante; a título personal, me choca bastante, porque no me gusta ningún tipo de mentira. Chupar las medias es manipular, punto. Y el que lo hace, tiene un fin atrás, que sacará a relucir tarde o temprano. Dice “No es que te valore, sino que estoy buscando el botón de tu ego para caerte bien y luego condicionarte o pedirte algo, a lo que te costará decirme que no”. La obsecuencia es rastrera y empalagosa, un asco, lo opuesto a la sana lealtad. Otra cosa distinta es el sincero reconocimiento o agradecimiento por algo, que no sólo es bueno de dar, sino necesario, como justicia cuando alguien lo merece.


Armar una tormenta en una taza de té

Hay gente que por el menor problemita u ofensa real o imaginaria, arma tremendos zafarranchos, griteríos y puteríos por mail o en persona, que dan vergüenza ajena. “Me dijo / le dije / entonces yo / entonces ella…”. Insoportable, estéril y desgastante.

Armar tormentas por pavadas está dando un metamensaje simple “Soy inmaduro o malcriado, seré una aspiradora de energía emocional para todo el equipo.”


El hasta ahí

Es feo cuando alguien menos experto que uno descubre algo de lo que nos tendríamos que haber dado cuenta. A mí me avergüenza bastante. Pero es muy común que mucha gente haga todo hasta ahí, sabiendo que el trabajo podría ser mucho mejor, más acabado, revisado, lleno de cosas obvias a la vista; y sin embargo, prefieren que su jefe o el cliente los descubra, con el consiguiente desencanto. El mensaje es “Soy una persona que no te va a dar seguridad ni tranquilidad cuando delegues, vas a tener que revisar mi trabajo para detectar lo que yo debería haber detectado, y no tengo aptitudes de asumir más responsabilidad ni de auto-supervisar mi trabajo”.


El detalle

Esto tiene que ver con el ejemplo anterior. Entendamos: no hay detalles pequeños. Descuidarlos dice “No me importa que la tarea quede mediocremente hecha, siempre habrá otro que deberá trabajar en mi lugar para llevarla a un nivel aceptable”. Más sobre el detalle, acá.


La indirecta o el hablar bajo el agua

Esta es muy sutil, pero tan común que la vemos a diario. Es decir algo diciendo lo otro, por ejemplo “Uffff, estoy recansado, el otro día me quedé hasta tarde” en vez de “¿Che, podría recuperar un par de horas?

El metamensaje es “Soy medio infantil, necesito que me interpreten en vez de ser asertivo y claro en mi comunicación”.

Quizá sea un gusto personal, pero cuando me dicen cosas sin decirlas, me hago el tonto e ignoro el mensaje submarino. Si me dicen “Uffff, estoy recansado, el otro día me quedé hasta tarde” respondo “Uy, bueno, seguro hoy a la noche te recuperás”. Si quieren otra respuesta, planteen otro enunciado. Somos grandes, gente, hablemos directo, como adultos.


La queja crónica, la crítica sin propuesta y el sarcasmo

No me refiero a la queja justa y puntual, sino a la postura quejosa como actitud vital. La queja es molesta para los demás y autodescalificatoria para uno mismo. Dice “Como no tengo madurez para sobrellevar inconvenientes, prefiero quejarme aunque no cambie nada”. O bien “Como no quiero resolver un asunto, prefiero quejarme para que me lo saquen a mí y se lo den al otro, es más cómodo”. En este post comparto sobre la queja.

Y sobre la crítica endémica (que es diferente a la sana crítica): irrita un poco más que la queja y suma todavía menos. Dice “Soy incapaz de hacer el trabajo que estoy criticando y proponer algo mejor, pero lo descalifico para parecer que sé”. Acá hablo sobre ella.

Finalmente, sobre el corrosivo sarcasmo, acá comparto un post.


Puntualidad

El impuntual crónico dice claramente “Tu tiempo no me importa en lo más mínimo”. Y convengamos en que nadie quiere trabajar al lado de quien desprecia un recurso tan escaso.


El orden

Ni obsesivo, ni desastre. Los creativos necesitamos un desorden, pero hay cosas en donde tenemos que ser paranoicos. La persona sin orden es una amenaza latente en un trabajo. Pierde, mezcla, confunde archivos, fechas, prioridades y eso trae grandes problemas para los demás. El metamensaje del desordenado patológico es “Si me cuesta autogerenciarme, imaginate cómo voy a gerenciar a otros. Soy un peligro para misiones delicadas, déjenme con cosas simples”. Quizá me equivoque, pero por experiencia, yo lo veo así.


La actitud de servicio

Como las actitudes son invisibles, la forma de verlas es a través de conductas y reacciones. La actitud de servicio es de muy amplia definición, pero -díganme si no- cuando la experimentamos, se nota inmediatamente. Algunas conductas que la evidencian: la simpatía, el sincero interés por el otro a quien servimos, la flexibilidad por si hay que hacer algo extra (quedarse un ratito más, hacer una gestión no habitual), responder rápido y cortésmente, sintonizar con la urgencia del otro, explicar claramente al que no sabe, asesorándolo con paciencia, hacer caso omiso de las simpatías o antipatías personales, tratando a todos con la misma amabilidad, y decenas de otras conductas que la muestran.

Algunos elementos que definen una no-actitud de servicio: la sequedad en el trato, el llegar hasta ahí y no dar un paso más, el tardar en responder o atender a alguien, el hacer diferencias entre los que me caen bien y los que me caen mal, el quejarse de las personas que tengo que atender, etcétera.

Cuando una persona no tiene actitud de servicio, está diciendo “No quiero que me den más responsabilidades, porque no soy capaz de superar mis antipatías personales y solamente atenderé gustoso a aquel que me caiga bien, al que me pida un esfuercito más, no, aunque sea el cliente que me paga el sueldo”.


El ser locomotora o vagón

Nadie quiere arrastrar una piedra inerte. Ya gastamos mucha energía en movernos a nosotros mismos, no nos queda fuerza para empujar a otros que no quieren moverse. El que prefiere ser arrastrado está diciendo “No tengo brío, no puedo, no quiero o no sé. Déjenme acá, porque soy un lastre para el resto del equipo”. Acá hay un post sobre este tipo de gente.


El “tener problemas”

Espero que nadie me malinterprete, pero ¿no conocen a gente que siempre tiene problemas personales? Se le rompen los caños, frecuentemente le duele algo o se enferma, tiene amigos con problemas y lo obligan a llegar tarde o irse antes, el médico justo le dio el turno en el horario de la reunión vital y lo tenés que cubrir, el tipo del cable lo dejó colgado, el novio la maltrata y está emocionalmente mal y así.

Y generalmente siempre son problemas en donde, si decís algo, te sentís un mal tipo; por lo tanto, la respuesta natural es la solidaridad y la comprensión. Y seguís así, de problema en problema, hasta que te das cuenta de que estás siendo manipulado. Sus problemas se están convirtiendo en los tuyos, como si no tuvieras propios. La relación poco sana que terminás estableciendo con este tipo de gente oscila entre el emotivismo (de tu lado) y el utilitarismo (del suyo).

El metamensaje -quizá inconsciente- de estas personas es “Dénme todo y no doy nada”. Reitero que no se trata ser inhumano, pero la comprensión tiene un límite, porque llegado un momento, en el fondo hay una falta alarmante de compromiso y compañerismo.  

¿La fórmula para resolver esto? Ni idea. Todos tenemos problemas y son cosas comprensibles, pero si el sexto sentido indica que la persona es una manipuladora, mi consejo es esquivarla.

El repreguntar

Nos delegan algo. Avanzamos. Frenamos para repreguntar cada dos minutos. O presentamos el trabajo y falta la mitad de lo que nos pidieron. Metamensaje: “O no soy idóneo, o no me importa lo que me dicen”. Peligro para el equipo.


El correr las cosas desde atrás

Hay gente que llora que siempre está tapada. A veces pasa, es real, tenemos tsunamis. Pero casi siempre es un tema de percepción, nada más, porque sus compañeros, con igual o mayor volumen de trabajo, pueden surfearlo sin problemas. El correr las cosas desde atrás, reaccionando en vez de pro-accionando, dice “No puedo gerenciar mi tiempo y prioridades”.

***

Y acá terminamos. Toda la vida vamos a dar metamensajes, es inevitable. Si a veces las cosas no salen como quisiéramos, tal vez estaría bueno ponernos a revisarlos. Seguramente descubriremos que borramos con el gesto lo que decimos con la boca.

©JIR