Ella, adorando Abr19

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Ella, adorando

Hay una luz simple.

La luz siempre es simple, se complica por las cosas a través de las cuales pasa, pero nace pura y a veces golpea así.

La chica brilla.

No sé si proyecta, o transparenta, o le nace, o le entra luz, pero en todo caso parece un acorde de las cuatro cosas al mismo tiempo.

Prescindiendo de ojos, se ve poseedora y poseída por otra intimidad anchísima y honda, e instantáneamente amada.

Arde con inocencia, se deleita en sentir que  la ribera de lo infinito le moja los tobillos, en saber que puede volar-caer-hundirse en un cielo-abismo-mar al mismo tiempo.

Nada importa fuera de ese encuentro de interioridades.

Mi amado, mi sumo bien, todo es bueno, todo está bien.

Llena de paz, es lo contrario a estar sedada.

Llena de infinito, es lo contrario al vértigo.

Llena de vacío, es lo contrario a la ausencia.

No hay materia, ni tiempo, ni gradación, ni utilidad, adorar es acto y fin en sí mismo.

Toda ella es ocupada entera, con sensaciones fuera de la carne que le erizan la carne.

Come hambre de esa luz que llevará como sol-antorcha para alumbrar a otros, bullendo de ¿entendimiento, gracia, amor, resolución, ideas, energía? Todoesojunto.

Todoesojunto da por sentado que existe para expresarse en actos.

Da por obvio que no se puede atesorar si no se regala.

Fuera de la mente y el vocabulario, ella comprende que si hay amor, el amor se expresa, si no ¿hay amor?

Se va aquietando la contemplación, es apagamiento sin separación, mientras la succiona la sed de abrasar con todoesojunto a quien quiera que se le cruce, sin costuras entre el momento sagrado que vive y el momento ordinario que viene, como no hay frontera cuando los nutrientes entran al cuerpo y cuando se queman en el metabolismo.

Despalabrada, descubre que una lava blanca la irradió por dentro y que si en ese momento tocara a alguien lo pondría a retumbar de luz.

Renuncia a tratar de contar lo que vivió mediante metáforas ineptas que no podrán decir lo inaccesible.

Alcanza a escribir Dios es un fuego del que salen flores.
©JIR 

NOTA: Una cosa es escribir y otra describir. Acá hice lo primero y no llegué a hacer lo segundo, simplemente porque no se puede. Para las personas no espirituales, una vivencia de profundidad mística, o como se la conoce en el cristianismo, de “adoración”, es quizá una de las cosas menos entendidas y entendibles, por ser justamente, una vivencia, algo que no se puede transmitir con palabras sino con la experiencia de transitarla. Es como querer explicar el sabor de una frutilla a una persona que jamás probó una frutilla; ¿cómo se hace, con qué analogías, con qué imágenes? Y luego de toda la explicación, sabremos que la persona no tendrá ni remotamente el conocimiento del sabor de una frutilla. Hasta que no la coma.

La definición de adoración podría ser “un estado espiritual contemplativo en el que el espíritu del hombre se sobrecoge maravillado estableciendo una comunión íntima con Dios, dando lugar a una experiencia deliciosa de los sentidos dentro de una dimensión eterna”. Es más que la meditación budista, porque ésta es un vaciarse de, y la adoración cristiana es no sólo un vaciarse de, sino un vaciarse para. Para llenarse de Dios, que se vuelca o se expande en el ser y lo posee por completo. Bah, todo esto es mera definición de diccionario, porque la realidad es infinitamente más simple y profunda. Otro intento: se trata de la conciencia-vivencia-entendimiento de amar y ser amado por algo tan enorme, bueno, vivo y presente, que el alma y los sentidos -el ser entero- queda suspendido en un instante de “tener y ser tenido” sin pasado, presente ni futuro, algo muy parecido a lo eterno (maldito lenguaje, tan limitado). El nivel más alto de sintonía o unión con lo sagrado, con Dios todoamoroso, que no se descubre de “afuera” sino en lo más íntimo del alma, del centro de nuestro centro. En la adoración no hay moral, teología, mandamientos, instituciones, derecho canónico, nada: hay lo más simple, una experiencia de amor, paz y bien, de Cielo, vivida en el tiempo; una experiencia superadora de la re-ligión (etimológicamente, “re-ligare”, “volver a unir”) porque es una experiencia de relación. El yo-tú más profundo y feliz posible.
Y lo más bello, es que uno no adora como algo que se guarda en un cofre, sino que el amor genera urgencia de salir a irradiarlo a todos, a amar a todo lo que existe, entendiendo que para eso fuimos creados y solamente amando seremos felices acá y después de la muerte.

En conclusión, con lo que escribí arriba sobre la chica que adora, intenté contar esa vivencia. Pero una cosa es escribirla y otra describirla. Sé que no pude hacer lo último. Un consuelo torpe es saber que místicos gigantes como Juan de la Cruz, Francisco de Asís, Teresa de Ávila y otros titanes de la espiritualidad estén igual de impotentes para hacerlo. Ninguna imagen alcanza. Ojalá un día lleguen a vivirla.