Naturaleza Feb17

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Naturaleza

Un perro adoptado por un hombre retraído, lo ve morir. La finca es enorme, despoblada y no recuerda una sola visita en todos los años de venir viviendo en el lugar. En su oscura inteligencia intuye que eso que yace en la cama no es ya su dueño. Por supuesto, sin ser capaz de definirlo, siente en el pecho lo que se podría llamar querencia, amistad, quizá, pero con cierta melancolía va considerando la posibilidad de que eso más retraído que de costumbre ya no sea dueño suyo. Le lame los dedos para irritarlo. Aúlla y se entristece porque sus aullidos no lo despiertan. Insiste y es lastimoso escucharlo sin obtener resultados. Después, llora bajito. Se echa durante dos días esperando una excepción a esa ley natural que acata sin entender, y si los animales vivenciaran la esperanza, diríamos que con cada hora que pasa está menos esperanzado. La tercer noche se abate con una tormenta eléctrica y chilla de terror por los truenos y las luces y la mueca del hombre que se prende y apaga sin moverse. Las puertas se abren como de una patada, pero el asaltante es el viento. Al amanecer vuelve la calma y la atmósfera limpiada por el temporal trae a su olfato un vestigio indiscutible de que eso que yace en la cama no es ya su dueño. Se llena los pulmones de un aire cargado de insinuaciones y un gen arcaico de lobo le punza el estómago. Hablando metafóricamente, le sucede lo mismo que a quienes renuncian al optimismo o la fidelidad y empiezan a pensar en los apremios del presente. En su oscura inteligencia ya tiene claro que no habrá milagro. Sale al campo, a las lindes de su territorio y, si los brutos practicaran la virtud del altruismo, podríamos decir que como él no es un animal insociable, es obvio que empiece  a ladrar, llamando a los perros cimarrones, avisándoles que hay algo que podría interesarles.

©JIR