Cumpleaños Dic18

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Cumpleaños

Quizá la soledad sea el lujo máximo del hombre exitoso. No la que aflige, sino la elegida: no tener a nadie cuando no se quiere, y estar rodeado de todos cuando sí se antoja. Que los humanos respeten con sacralidad el espacio vital, sabiendo que no tienen la iniciativa de transgredirlo, aguardando expectantes en esa frontera de indiferencia, y accediendo gozosamente a su presencia con un chasquido de sus dedos, pensaba, era el lujo máximo del hombre exitoso.

Cincuenta y seis. ¿En qué momento el tiempo había desovado tantos años? Qué entidad abstracta, el tiempo -desdeñó- necesitada de cifras para hacerse notar. Algo que no era nada en sí, sino una construcción de la mente, cosa insustancial, un mero utensilio para las personas sometidas a los plazos de la convención. De ahí su amor por la ausencia de gentes y objetos: ese vacío elegido, esa inmovilidad engendrada eran una reafirmación de la voluntad del poderoso; la demostración de que el hombre supremo puede vivir en períodos (¿qué otra palabra usar?) atemporales, donde lo que él decide, entra en suspensión. Si él quería, el tiempo no era. Años de acumular poderío daban por premio esa soberanía secreta.


Hoy se agasajaba a sí mismo en las últimas luces del crepúsculo. La cocina, con una sola lámpara encendida; la mansión, a oscuras. Afuera, los jardines ya escarchados, y en el living, el fuego como el único sonido planetario; las astillas abrasándose con tenues voces irreales.

Todo convergía en el momento perfecto, contemplando en la mesa al bizcochuelo color avellana, recién horneado con sus propias manos. La velita, un vino, suficiente. Qué forma extraña, la de la torta. No era un círculo impecable: en algún momento del desmolde había quedado levemente elíptica, como un gesto socarrón. Iba a tararearse el cumpleaños feliz y descuajarla con las manos mientras estuviera tibia, pero se detuvo. Era la mueca, esa imperfección del redondel, que parecía transmitir intencionalidad. El mínimo defecto en las cosas lo disgustaba, le hacía sentir insubordinación.

Igual, ya no quería volver a cocinar. Hundió los dedos en la esponja y sintió la temperatura sabrosa, la densidad perfecta. Quiso arrancar un trozo y notó que no podía. Sus dedos habían quedado dentro. Maldita sea, ¿encima cruda? Aumentó la fuerza y comprendió que era aferrado, y con la otra mano trató de jalar, pero se le hundió en la costra y algo la asía y no sin miedo giró en el taburete, se encorvó, situó al bizcochuelo a la altura de sus pies y propinó un taconazo, pero el pie fue tragado hasta arriba del empeine, y empujando su pierna libre, golpeó con la fuerza de una coz para desprenderse de esa personificación del tiempo, y fue apresada hasta la pantorrilla; y por más que se resistía, era un hundirse inapelable, vengador y demostrativo, y se sintió atravesando aspas que succionaban y trituraban y dos semanas después, cuando el apoderado de la empresa, preocupado por los rumores y el nerviosismo de los accionistas llegó a la casa con la policía, encontró solamente un vino sin abrir en la mesa y un bizcochuelo tibio en el piso, con la velita todavía virgen.

©JIR