CORRESPONDENCIA May30

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CORRESPONDENCIA

Dos hermanos, separados por la vida, viven a ambos lados del océano; uno en Milán, el otro en Floresta. Desde el primer día de su alejamiento mantienen una fluida y profunda relación epistolar. El argentino lleva un pasar deshilachado, con oleadas de infortunios y descalabros personales, que va desahogando en su correspondencia. El milanés –más astuto o más venturoso- tiene una existencia diríase que normal y lo ampara con constantes cartas de sostén, sugerencias de soluciones, consejos; le remite máximas de sabios y pasajes inspiradores de libros sagrados, cartas alegres o comprensivas, que contienen y replican al que vive toreando bretes.

Estos roles inalterables se nutren durante décadas.

Un jueves, la familia del milanés muere en un incendio. Desintegrado, decide poner fin a su vida, y envía a su hermano un telegrama de adiós. Éste, sin dinero para cruzar el mar, le responde con otro, pidiéndole que espere una última carta. Entonces, contempla el correo que fue atesorando -una serranía de sobres cuidadosamente acopiados- y empieza a desempaquetar todas las hojas, postales y folios. Desplegar papeles viejos llena la casa de olor a pan. Se aboca durante tres días y sus noches a escribir el envío final, hecho de palabras y pensamientos recortados de las cartas de su hermano. Ya no tiene buena vista, pero lo asiste la memoria. Pincela con engrudo y pega línea tras línea, página tras página, hilando párrafos compuestos de multitud de frases, títulos, citas y estampas, que originan una esquela de casi cuarenta folios. Quiere que sea un eco transoceánico. Quiere hacerle decir lo que dijo. El paquete acabado es pesado y empático y exhala hogaza y levadura. En la dársena, al filo de la salida del buque, logra franquearlo. Extenuado, se ablanda; y emprende una espera tiesa, de segundero, suplicando que de acá a allá no se atraviese la injusticia de un naufragio o un cartero miserable.

©JIR