Honor Nov20

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Honor

El querido Wally, con la cara blanca, apareció en la puerta. Nunca había visto una tez del color de la parafina, pero ahí estaba, y al borde del soponcio, anunció: “Me confundí y en vez enviarle al cliente el presupuesto del juego, le envié la planilla de costos”. Empalidecí. Le habíamos enviado a Juan Solá -gerente de marketing de LAPTV- un Excel con todos los costos internos de un juego on line, la rentabilidad, los insumos de terceros, el precio final, todo. El simple pifie al adjuntar un archivo, que cualquiera podría cometer, implicaba una potencial descalabro en la relación agencia-cliente: un documento confidencial de trabajo, puesto a la luz; la desnudez absoluta y pública, el cliente podía ver cada centavo de lo que nos costaba y lo que le cobrábamos. En los segundos en que el flujo sanguíneo se restableció en mi cerebro, pensé alternativas para paliar el papelón y concluí que la mejor opción era llamarlo.

Paradójicamente, me sentía tranquilo, porque es obvio y ético que el que compra y vende, tenga una rentabilidad; nadie debería ofenderse por eso. Pero con más razón porque si Juan analizaba la planilla, descubriría que no lo estábamos matando ni inventando nada, sino al contrario, los precios eran más que justos, diría que bastante apretados, para que el trabajo saliera. De todas formas, había que poner la carucha.

Atendió y, antes de dejarme hablar, con su voz salteña y campechana, dijo “No te preocupes, apenas abrí el documento y me di cuenta de lo que era, lo cerré y lo tiré. Mandame el archivo correcto”. No me acuerdo si le agradecí, expliqué, pedí disculpas o todo junto, pero en mi fuero íntimo me sentí valorado y respetado por alguien honorable. En una llamada de 30 segundos, Juan dio una clase de deontología profesional.

Primera forma de verlo.

Entendamos que el honor se vive como una virtud individual y subjetiva. Puede ser que en determinados grupos sociales haya un código -escrito o no- en donde sus miembros deban comportarse a la altura de él, pero en definitiva, es la persona humana quien lo hace carne y -si es honesta consigo misma- no necesita de ningún supervisor para portarse a la altura de la dignidad que quiere vivir.

Al respecto, hay una primer forma de ver el honor que está muy influenciada (y tal vez originada) por lo marcial. Todos vimos escenas de caballeros andantes retándose a duelo, o de grupos de elite que expulsan a uno de sus comandos porque no es digno del equipo, o quizá hayamos leído el trance donde el Barón Rojo perdona la vida de un piloto inglés que tenía la ametralladora atascada, por considerar indigno derribar a un guerrero que no tuviera las mismas chances en el combate. En esta visión, el concepto del honor está asociado a algún tipo de lucha, casta o grupo militar, donde se respeta la sacralidad de los valores del propio bando y la dignidad del enemigo, aunque sea a quien haya que matar.

Sí, quizá es un modo acotado y reduccionista de ver al honor, pero quisiera hacer notar una equivalencia con los negocios: dos o más actores, con intereses contrapuestos, que se respetan y lidian siguiendo unas reglas de ética claras, que ninguno viola. Entiendo que un negocio no es una guerra, pero sí es una competencia entre empresas que rivalizan. También se puede aplicar a las relaciones cliente-proveedor, donde suele darse que uno procura maximizar su beneficio económico a expensas del otro.

En este momento, los apóstoles del win-win (entre los que me cuento) podríamos argüir que en una estrategia win-win los dos ceden y los dos ganan a la la vez, porque se crea más valor que lo cedido, se generan relaciones a largo plazo, etcétera. Ya lo sé, ya lo sé: eso da para otro post, pero en éste quiero analizar al honor en tanto conlleva una pugna de intereses.

Retomando: en cualquiera de los casos -el militar o el de negocios- el comportamiento honorable implica que no se violarán reglas de ética para lograr un objetivo. O que el fin no justificará los medios. ¿Les pasa que le viene a la mente la imagen de un samurai viviendo de acuerdo al Código Bushido? ¿No? Bueno, a mí sí. 😀 Mal no nos vendría repasarlo, porque tiene muchas máximas que ojalá fueran más habituales en el día a día.

Para dar fin al análisis del honor-marcial, está claro que pueden haber deformaciones del mismo: como toda virtud, tiene un orden de jerarquía con otras, y cuando el sentido del honor se exacerba y se desordena, puede hacer perder de vista cosas más importantes, como la vida. Me parece un desbarajuste inmolarse en harakiri o no sé si es siquiera inteligente retarse a duelo a muerte para lavar una afrenta de honor. Me parece que no, porque -objetivamente- la vida vale más que el honor. Pero bueno, quizá me esté equivocando.

Segunda forma de verlo.

Este punto de vista tiene que ver con la honorabilidad del puesto, cargo o título, que reclama una persona digna de él. Me explico: hay cargos que quedan grandes a ciertas personas no porque éstas no tengan capacidad intelectual o habilidad para ejercerlos, sino fundamentalmente, por el sentido del honor que imponen. El cargo de juez debería ser cubierto por alguien inteligente y capaz, pero fundamentalmente, honesto y honorable. Si el candidato no fuera así, sería indigno del oficio. Lo mismo un presidente, un ministro, un funcionario, un empresario, cualquier dirigente en general.

Hay puestos que piden nobleza. Hay puestos que son una institución en sí y tienen tanta dignidad por lo que representan y exigen, que no deberían tolerar gente espuria, so pena de desnaturalizarse y con ello, degradar la función social que tienen. En mi personal opinión, si esto pasa -o mejor dicho, cuando esto se hace común y tolerado- es el síntoma de la decadencia y el principio de desintegración de un grupo social, cualquiera fuera (un club de barrio o el Imperio Romano) porque las personas ya le pierden el respeto a un cargo o institución que debería ser ejemplo de valores y solamente es una fachada vacía ocupada por indecentes.

¿Puedo soñar? Ojalá nuestra sociedad tuviera los anticuerpos necesarios para ser celosos de la dignidad de ciertos puestos, y que dicha dignidad ahuyente a los que tengan intenciones de prostituirlos, y si alguno logra ocuparlos y no es digno, sea expulsado inmediatamente para preservar el bien común. Quizá sea arduo y lento cambiarlo en un país, pero podemos empezar ya por lo que tenemos a mano: nuestros grupos de pertenencia, el trabajo, la empresa.

Mi directora de la primaria decía que ser abanderado era un honra, porque solamente alguien que se esforzaba y tenía buenas calificaciones podía llevar la bandera, símbolo de la Nación. En el secundario, le dieron un tinte mejor: no sólo era una cuestión de notas, sino de integridad. Podías tener un promedio de 10, pero si eras mala persona, no ibas a ser abanderado. Esto concuerda mucho más con mi visión.

Tercera forma de verlo.

Según pienso, hay una tercer forma de considerar al honor, que es la del respeto por sí mismo y la estima de la propia valía. O la capacidad de vernos al espejo sin avergonzarnos de nosotros mismos. O la serenidad de mirar a nuestros hijos a los ojos sin que nos interpelen.

Al principio habíamos dicho que el honor es algo que se hace carne en la persona humana. Y es una virtud que, si bien tiene manifestaciones externas, principalmente se vivencia interiormente. Por eso, creo que otra forma de verlo es simplemente la honradez con uno mismo, prescindiendo de un magistrado externo que nos pida cuentas de nuestro comportamiento.

Y esto se aplica hasta la última persona del mundo, no ya que tenga un puesto, sino que pertenezca a un grupo humano que lo considere un miembro valioso. Y miren si no será algo inherente a nuestra condición humana que hasta se vive en el lumpenaje: ladrones, sicarios y narcos dicen “No tiene códigos” cuando se refieren a algún colega que viola ciertas reglas no escritas de su actividad. La malicia de ésta no exime de “ética” a quienes la practican.

Me maravilla aquella gente a la que no le preocupa traicionar a quienes confían en ella. Me vienen a la cabeza nombres de funcionarios y políticos; disculpen, no quiero universalizar el estigma ni erigirme en juez de nadie. Solamente digo que considero asombroso cómo a muchos no les preocupa saber que lo que tienen de más es porque otros tienen de menos, que sus nombres se manchen, y sus gestiones sean un escarnio para ellos y sus descendientes, comportándose peor que un ratero, porque roban a quienes deberían servir y, además, desde una posición de poder e impunidad. La única explicación de que alguien así pueda sobrellevar su conciencia, es que tenga un miedo grande, una codicia patológica, una autoestima baja o un cinismo elevado. En cualquiera de los casos, un sentido del honor inexistente.

Quizá sea un iluso, y no me considero mejor persona por esto que voy a comentar, pero si me mirás a los ojos, me pedís mi palabra de honor y te la doy, de ahí no me mueven. Si faltara a ella, me costaría dormir. Admiro a los que sí pueden.

No sé qué piensen ustedes al respecto; pero yo creo que honorable se hace, no se nace. Es un tema de comportamiento, no de linaje; el plebeyo puede ser más honorable que el rey. Lo bello de la nobleza es que no se hereda, sino que se engendra. No es antepasado, es descendiente.

Veo honor. Mucho, a diario.

¿Honor en los negocios? Hay gente prejuiciosa que considera difícil o prácticamente imposible que cualquiera que se dedique a la actividad empresaria, maneje reglas éticas. En su escrúpulo, considera que una escala de valores es inaplicable a la vida empresaria, siendo el lucro el fin supremo, por el que vale sacrificar la moral, las personas, el bien común.

Pues bueno, levanto la mano como testigo de lo contrario. Como testigo haber venido viendo mucha gente honorable, desde hace más de 20 años de trabajar en, con y para empresas. He visto mucho deshonesto, pero mi pequeño balance es que hay mucha más gente buena que mala.

La mejor noticia es que esta demanda de ética empresarial recién está comenzando. Las sociedades están hartas de la inmoralidad de los poderosos. Particularmente en el mundo empresario, ahora exigen que las compañías respeten el medio ambiente, el comercio justo, que no usen mano de obra esclava, ni mientan en la publicidad, que sus CEOs tengan comportamientos honorables y no se manejen como sátrapas, y muchos otros mandatos que antes ni siquiera se tenían en cuenta. En ese sentido, las empresas están entendiendo que la responsabilidad social y la honorabilidad de sus líderes no son un lujo o barniz ético, sino un imperativo de negocios como miembros de la sociedad. Cada día más están entendiendo que tener valores y respetarlos es buen negocio a largo plazo, y que una empresa no es sólo un medio de creación de riqueza -que es necesaria, si no, no podría ser sustentable- sino una comunidad humana que promueve la promoción integral de todas las personas que la forman, y de la sociedad que la rodea. La empresa (o líder) que no entienda eso, que quiera salvarse en soledad pisando a colegas, proveedores, clientes, empleados y sociedad, va a desaparecer, porque tendrá el rechazo de sus propios clientes.

Ya ilustré el asunto con el ejemplo de Juan Solá, un cliente. Ahora les comparto el de Alex di Paola, un colega de otra agencia: con Alex, nos conocimos trabajado en equipo en una campaña para Cáritas, durante unas semanas. Luego, cada uno retomó la actividad en su propia empresa. Muchos meses después, me llama y me dice que el Negro Parodi, uno de nuestros redactores, había respondido a una búsqueda de trabajo de su agencia, y lo quería contratar. Y el llamado era para contármelo en persona y que tuviera tiempo de buscar a alguien, sin urgencia. ¿Tenía la obligación de hacerlo? No, si uno lo mira estrechamente, la dinámica natural es que el empleado te avise a vos, no que lo haga el futuro empleador. Pero Alex fue honorable y llamó como un caballero. Por supuesto que se lo agradecí de corazón, y fue un gran ejemplo para mí.

Estos casos son más habituales de lo que muchos se imaginan. Son cotidianos. Por eso, si alguno de los que lee esto tiene el prejuicio de que todo empresario -por el hecho de serlo- es inmoral, sepa que está equivocándose en las magnitudes. Cuidado muchachos, generalizar es bastante idiota.

Descubrirlo.

Uno se da cuenta cuando alguien es honorable. Lo mira a los ojos y listo. Muchas conductas sutiles te dan los indicios. En este post hablo un poco del instinto ancestral que todos tenemos -a veces activo, a veces dormido- para detectar la entereza de alguien.

Disfrutarlo.

Concluyo. Hay un última forma de ver al honor, que es como gratificación afectiva. Es el regocijo que se siente cuando alguien se digna a prestarnos atención o valorar lo que hacemos. ¿Un ejemplo? Que hayan leído esto, es un honor para mí. Gracias.

©JIR