la máquina del tiempo Nov13

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la máquina del tiempo

Juan Mayona era una bomba lógica que reventaba las tertulias. Con un solo razonamiento o dato duro, asolaba nuestras teorías y vaticinios sobre el progreso de las ciencias y el mundo venidero. Era imposible discutirle, él era inventor profesional, físico y eximio matemático, y nosotros, en el fondo, sabíamos que jugábamos a la ficción. Inventar es soñar, decía, pero con sagacidad y método; y ustedes solamente postulan como taxistas o peluqueros, que tienen soluciones para todo y nunca pasan de ahí. Lo queríamos mucho, era mi mejor amigo y el loco necesario, la dosis semanal de asombro. Nos salvaba su impuntualidad incurable, que nos daba casi una hora de alucinación libre antes de que llegara, se sirviera un whisky y nos preguntara de qué hablábamos, para luego rebatirnos. Era encantador escucharlo y, cuando intuíamos que estaba terminando de argumentar, amagar con contradecirlo facilitándole una tangente, y que continuara con otro tema. Tipo sin malicia, pero excedido en obsesiones e inquietudes. Y no lo digo por la castidad de hablar bien del finado que se está velando, sino en honor a su memoria: cuando se fascinaba con una idea, no la soltaba más y a medida que se aferraba, le crecía la intranquilidad de que alguien la hubiera pensado antes o pudiera ejecutarla en su lugar, por su crónica falta de relaciones sociales y recursos económicos. Un alerón defectuoso sobre el Río de la Plata le puso fin a tantas aspiraciones. Juan Mayona ahora está muerto, y mientras contemplo el atril con su retrato enmarcado de flores —reemplazo piadoso de su cuerpo no hallado— me duele imaginar la lasitud de su gesto debajo del agua limosa y recuerdo esta misma madrugada, donde nos refirió los pormenores de su proyecto de la máquina del tiempo:

 

“Yo no digo una máquina con la que se viaje a la corte de Asurbanipal. Digo una más modesta que, como máximo, te retrotraiga unos minutos, o menos, si querés. Una suerte de «undo», de retorno menor que sirva para avisar al peatón distraído, decir una frase ocurrente, corregir la contestación inexacta. Ustedes saben que sería muy arriesgado viajar al pasado remoto: cualquier mínima variación o hecho inédito —un estornudo, quizá— cambiaría una cadena incalculable de acontecimientos que perturbaría el porvenir de manera dramática, y eventualmente comprometería hasta la misma existencia del viajero. No voy a profundizar en la hipótesis; ya tuvo suficiente abordaje en la literatura fantástica, léanla ustedes.

Pero volver unos instantes no alteraría tanto las cosas. Hay poco pasado entre un momento presente y uno de hace cinco minutos. Pensemos: el futuro de acá a un minuto es recién un brote de tiempo, no tiene una derivación considerable, debería poder desandarse sin destramar la historia del mundo.

 Me miran con cara de por qué no se les ocurrió antes, y siempre es lo mismo, peluqueros: porque fantasean de manera convencional. El aparato que digo es la inversa del paradigma que les vendieron de la máquina del tiempo; funciona copernicanamente al revés: no haría viajar a la persona, sino que ovillaría al cosmos. Dicho de otra forma: el viajero no se encontraría consigo mismo o sus antecesores en el pasado, sino que el tiempo retrocedería al punto temporal que él eligiera, hasta el mismo estado de cosas. El universo viajaría en el tiempo, no la persona que la usara, que sería la única consciente de semejante desplazamiento. Fácil, ¿no? Todo retorna, menos el viajero, que permanece inmóvil.

Conceptualmente es elemental; el asunto es la energía que se necesita, porque —entiendan la metáfora— es más fácil mover un granito de arena para que se asiente en un punto equis del desierto, que mover un desierto entero para que se ubique alrededor de un granito de arena. Mi máquina hace esto último, que a simple vista se ve como más modesto, aunque pide una potencia de magnitud casi infinita. Desplazar una persona al milisegundo posterior al inicio del universo parece impactante, pero insume menos potencia que mover a todo el universo un milisegundo hacia atrás. Claro, nada que no pueda resolverse.

 En esencia, esos son los principios teóricos y funcionales de la máquina, y para que no piensen que no los pensé, va un cuarteto de requerimientos obvios: debería ser absolutamente portátil, como un reloj pulsera o un amuleto. Debería ser resistente a golpes y mojaduras, caso contrario no serviría en colisiones ni naufragios. Debería tener aspecto de baratija, para no despertar la codicia de un ratero que la confundiera con una joya. Y finalmente, no debería admitir más de un número acotado de retrocesos (calculo, unos cuatro por año) para que, si el usuario enloqueciera, estuviera impedido de frenar el devenir universal. Ah, sobre el viaje al futuro, olvídenlo. El futuro todavía no es, es imposible ir a lo que no existe. El pasado, en cambio, dejó de ser, y por eso es viable recuperar aquello que alguna vez existió. 

Pero el detalle más importante de este artilugio no es un cómo sino un cuánto; y es claro que podría haber solamente un único ejemplar. Si todos tuviéramos acceso a uno, lo más probable es que los retornos fueran constantes y el universo no avanzaría jamás. Cada persona tendría su causa justificada para usarlo, y sucedería lo inevitable: lo que acaba de salvar a uno en Puebla, podría estar matando a otro en Nápoles. Con certeza estadística, mi retroceso feliz sería fatídico para alguna o varias personas en algún lugar del mundo. Por eso, lamentablemente para el creador que busca reconocimiento y fama, una máquina así lo obligaría al anonimato o a la fuga, porque no sólo debería ser exclusiva, sino, además, hermética, permanecer oculta sin que nadie supiera de su existencia. ¿Quién la debería utilizar, entonces? El inventor, para su uso personal y secreto. Y luego, quizá legarla a alguien de su absoluta confianza, qué sé yo. Ah, en el caso de que no lo hayan deducido: cuando se activa un viaje, el resto de la gente que retrocede en el tiempo sin saberlo (es decir, todos menos el que usó la máquina) no debería sentir nada extraño; o en el peor de los casos, percibiría una efímera anomalía, quizá como alguna sensación de familiaridad pasajera.

Bien, por sus caras veo que lo de un dueño incógnito y unipersonal les suena mezquino o baladí, pero no hay otra manera: ¿qué organismo tendría autoridad como para decidir que tal situación justifica un viaje en el tiempo, y tal otra no? Recuerden que esta máquina mueve minutos, no épocas, y por lo tanto, el propietario debería usarla sólo cuando pudiera modificar la circunstancia que evitara la desgracia. Y estas cosas son, casi siempre, algo dentro de su limitado alcance individual, algo menudo, un chistido u omisión precisas, pero no mucho más. Convénzanse, no hay un organismo que pueda tomar una decisión así, colegiadamente y al unísono, para bien de todos”.

 

No sé quién lo habrá conseguido, pero el retrato de Juan es inmejorable; los ojos tienen la fosforescencia irónica que precedía a sus actos geniales, o a un mensaje cifrado para sus amigos. Primero chispeaban un instante y luego te pulverizaba la sesera con una iluminación. De madrugada, a la hora de los gorriones, se fue caminando con los muchachos que lo acompañaron para que no llegara tarde a tomar la avioneta, y yo me despatarré en el living, sin ordenar los restos de la velada. A media mañana me despertaron contando lo del accidente. Y ahora, cosa rara, estoy sintiendo el tercer déjà vu del día. Pero… ah, nooo… ¡qué gran hijo de puta!

©JIR