MITAENA Nov03

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MITAENA

Mitaena suele intentar viajar de la siguiente forma: en la madrugada del día del vuelo, inventaría todos y cada uno de los objetos de su casa con un método de catalogación que ya quisiera poseer el bibliotecólogo más minucioso, empezando por aquellos de volumen más considerable -el piano de cola, la biblioteca, la cama king- y terminando por las naderías, como la nuez moscada, las facturas de gas o el inexplicable carretel de hilo sisal que siempre se atesora y jamás se utiliza. Entre ambos extremos, van clasificadas arañas, cristalería, sillones, enciclopedias, tomacorrientes -todo lo mueble del inmueble- y una vez empaquetado en papel madera hasta el último ente, ya es casi la hora en que el vuelo debe partir a destino. Como vive lejos del aeropuerto, con premura, gritos, ruegos y resoplidos, apura a la peonada para que abarrote el camión de mudanza, se angustia y se come las uñas durante el trayecto, rogando el milagro al santo que despeja las autopistas; pero, invariablemente, llega a la sala de embarque cuando el avión acaba de decolar.

Por orgullo o timidez, renuncia a discutir por un reembolso o cambio de pasaje, hace estibar todo de nuevo, pega la vuelta no sé si con alivio o con desengaño, llega a su casa y desembala, verifica, descataloga y ubica todo en su lugar. Just in time para el momento en que las mitaenas vecinas la visitan y descorchan un espumante rosado mientras atienden a las peripecias del viaje. La oyen por horas, maravilladas, con una mezcla de admiración salpicada de celos, deseando secretamente que esta vez el control de daños haya dado al menos un rayón en la mesa ratona, o alguna aguja perdida.

©JIR