gigantes perdidos Oct11

Tags

Related Posts

Share This

gigantes perdidos

Y sí, a veces me olvido. Muchas, casi siempre. Quién no. Sufro la decoloración que te propina el tiempo, la amnesia de estar al lado de alguien del doble o triple de alto. Mirar desde abajo a un gigante de seis metros, al que le llegás a las rodillas o -con suerte- a los muslos, que puede revolearte como a un canijo, y sondearte con una mirada, o gritar y tullirte, o envolverte y hacerte sentir que si el mundo se desmantela, tenés amparo. Olvidé la mano colosal en mi frente. La necesidad de inmigrar en su cama por el miedo a la noche llena de formas.

Y la trascendencia de un papelito inapreciable por el que vale la pena llorar y darse piñas. Y el tesoro que es toda bazofia.

Doy por natural que también son gigantes, que conciben al mundo como yo lo concibo. Perdí el don de ser minúsculo. Estricto con sus errores, olvidado de que también fui un compendio de ineptitudes. Y mido injustamente: me espantaría si se me abalanzara un animal de tres metros, pero me molesta que se asusten de un perro más alto que ellos.

Hasta descuidé la relatividad del tiempo, los inagotables cinco minutos; gran torpe.

Tengo que volver a ser minusválido y recuperar la escala apacible. Tengo que entender que, hasta en lo impalpable, lo que soy es arquetipo, lo que hago es modelo y lo que digo es mandato. Gigante, padre, pero no aturdido.

Alivia que ellos perdonan siempre, más de setenta veces siete.

©JIR