simbiontes Ago31

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simbiontes

También les pasa a ustedes, pero no se dan cuenta. No duele, sólo se siente en los dientes, como cuando alguien raspa las uñas en un pizarrón. Lo que alivia es que sean solamente diez; y que en el caso de que sucediera una desgracia, un accidente, no pudieran ser más, sino menos.

Aunque es todas las noches, no tienen una hora exacta, generalmente despiertan a la madrugada y salen -en flotilla, tejiendo en el aire una pista de feromonas- a forrajear.

La primera vez que los vi pensé que estaba soñando: seis patitas negras asomando debajo de cada uña y flexionándose para hacer emerger el tórax de un escarabajito, que extendió sus élitros y echó a volar con sus nueve semejantes, dejando una concavidad indolora en la punta de mis dedos. La improbabilidad me hizo ser Tomás apóstol y ensayé embutir la yema del mayor en la uña del índice. Sentí el hueco. No soñaba, era real, pero no aullé: temí que no volvieran. Soporté un lapso de pavura fingiendo dormir (¿tres horas, cuatro?), hasta que el zumbidito del escuadrón se fue avecinando. Vislumbré que circunvolaban mis manos y se posaban con suavidad, cada uno en su falangeta; y con una coreografía unánime, se introdujeron en los pozos de la carne, dejando su caparazón como uña.

Sólo se sintió en los dientes.

Ya quietos, renací en un largo suspiro de alivio.

Es fácil ser incrédulo y es remoto que lo vean, pero lo cuento porque es verdad y solamente cambia la vida en pocos hábitos; como en mi caso, el esconderle el veneno en talco a mamá, que se queja de que unos bichos le comen las flores.

©JIR