tren fantasma Jul27

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tren fantasma

Hay trenes fantasmas que se forjan con palabras, nomás. Dan más pavor que los que usan artificios de ruidos estridentes, monstruos de utilería, luces negras y rieles con curvas cerradas. Solamente vocablos, bien asestados, que aterrorizan a cualquier creativo, de cualquier disciplina.

Como sabemos, la palabra es polisémica. Y más si la usamos como metonimia, donde el simple término “simple” tiene tantas acepciones como seres humanos habitan este planeta. Como fenómeno antropológico, es fascinante; pero se imaginan a dónde voy: cuando estás realizando un trabajo creativo para otro, muchas veces recibís un input de lo que se quiere plasmar, comunicar o hacia dónde se quiere rumbear. Te dicen cosas como: cool, marketinero, con impacto, dinámico, fino, elegante, claro, agresivo, amigable, techie, green, moderno, clásico, corporativo, serio, joven, fresco, descontracturado y cualquier otro adjetivo, solo o combinado, que se les ocurra. Y lo que para Paula es marketinero, para Daniel es fino, para José es techie, para Martín es corporativo pero con un touch descontracturado, para José es despojado, para Luisa es falta de diseño, para Conrado tiene impacto, para Jorge es dinámico, para Margarita es femenino, para Ana es agresivo, para Alejandro es simplemente cool. Son gustos, maneras de adjetivar algo, proyecciones mentales, paradigmas, juegos del lenguaje, y hasta acá es fácil aceptar que es así.

Lo difícil -lo que aterroriza como sentirse llevado a toda velocidad en ese convoy del miedo- es ser exitoso para traducir las palabras a otra cosa, ya sea visual o física. Por ejemplo, la expresión “quiero algo fino” (para publicidad, diseño gráfico, industrial, arquitectónico, automotriz, de indumentaria, una composición musical, el tono de una redacción, una torta de cumpleaños, lo que sea que haya que crear) es infinita. “Fino”, para la Chica Sabrina puede ser algo, y para el fundador de Cartier, lo opuesto. Para un argentino, diferente a un venezolano, y más: para un cordobés diferente a un porteño, y peor: para un porteño heterosexual diferente a un porteño homosexual y a su vez, ambos diferentes a una porteña. Y tirale un puñado de matices por barrio, edad y nivel educativo. Y el caso cúspide: que una misma persona se sienta desorientada e insegura, no sepa qué quiere y dude si es entre “corporativo, pero amigable”, “divertido, pero no tanto”, “serio, pero cercano” y “cool, pero no adolescente”, por poner algunas yuxtaposiciones cotidianas que podrían representan antinomias.


Descarrilar el tren.

No sé si logré haber planteado claramente el problema del terror que emana de las palabras cuando no aclaran sino que desconciertan. Ahora hay que ver cómo eyectarse de ese tren sin rumbo, que siempre termina en una vía muerta. Para salvar la piel en esas ocasiones, comparto algunos tips sacados de la experiencia, que a veces resuelven la situación, aunque no lo garantizo:

  1. Aplicar telepatía y así entender las representaciones visuales que tiene la persona que les pid… ah, no, me olvidé que eso aún no se inventó.

  2. Ignorar de las palabras, que confunden, e ir directamente a lo visual. Por ejemplo, pedir o mostrar referencias. Es decir, si la persona dice “fino”, mandarle ejemplos a ver qué es fino para ella, y así sintonizar las imágenes. Si elige y hacemos algo por el estilo -sin copiar, gente, se entiende- quizá lo resolvamos o estemos cerca de descifrarlo. Las diseñadoras de indumentaria que crean algo tan, pero tan subjetivo y cargado de emotividad como los vestidos de novia, directamente van al grano: le piden a la chica que les muestre lo que quieren, y tomando eso como base, se ponen a variar y a personalizar.

  3. Si no funciona, hacerlo juntos. No es lo ideal, al contrario, pero como última medida, puede funcionar. Por caso, si ya vamos con 10 alternativas y seguimos sin dar en la tecla (no porque hagamos las cosas mal, sino porque el cliente quizá no sepa lo que quiere), tal vez sea productivo invitarlo, sentarlo al lado del diseñador y armarlo juntos. Repito: no es lo ideal, es bastante frustrante llegar a ese estadío, porque implica que el cliente no confía en tu capacidad (caso contrario, se dejaría asesorar), pero si no queda otra, es el paliativo final. Sin embargo, mucho cuidado: en estas coyunturas, pueden acontecer tres situaciones. Una, que el cliente sienta que en realidad lo hizo él porque vos no pudiste, y desvalorice tu trabajo. Peligro. La segunda, que de tanta opinión y negociación, se termine arruinando la idea original, como este caso. La tercera, que corremos el tremendo riesgo de terminar fabricando el auto de Homero. Así que antes de decidir este camino, tenemos que asegurarnos de que ya se agotaron las chances y… sólo tomarlo si nos interesa mantener al cliente y no es un Triángulo de las Bermudas.

En el mundo perfecto, las cosas son distintas. Alguien te pide algo, te cuenta su necesidad y confía en tu capacidad profesional de interpretación y en lo que hacés. Muchas veces uno le sugiere al cliente lo que el cliente necesita, que tal vez sea diferente a lo que el cliente pidió. ¡Y lo acepta! En el mundo imperfecto, hay algo que no se puede amputar, que es la subjetividad, cuando no el capricho. Pasado el umbral del “sirve-no sirve”, entramos al de “me gusta-no me gusta”. Ahí encontramos a la vieja que se come los mocos -como dice el refrán- y lo disfruta. Pelear contra la subjetividad de alguien es, casi siempre, una batalla perdida, porque no se lidia en las razones sino en las emociones, casi, casi en la médula de la persona. Decirle a alguien que su look es ridículo, es directamente agraviarlo. Podemos dar 200 argumentos reales de por qué es ridículo, despersonalizar el caso hablando de combinaciones de colores y todo lo que se les ocurra, pero si a la persona le gusta, le gusta y se sentirá atacada.

Incluso, es condición humana el creer que que nuestra vara personal es la vara universal. Yo no veo Tinelli, me da náuseas y furia, dejo de comprar cualquier producto de cualquier anunciante que me entere que pauta ahí. Pero, amigos, Tinelli tiene 39 puntos de rating. Mi gusto no es el de todos. También es de condición humana creer que sabemos de cualquier tema. Este caso es el peor, y advierto que esta gente pulula: se van a topar con personas que saben poquito (o nada), creen que saben mucho y querrán darles cátedra a ustedes, que tienen 5 años de estudios de grado, 2 de posgrado, 5 de otros diplomados, 20 de carrera y premios profesionales de todos lados. No se rían, ni se enojen, ni se asusten, simplemente estén alertas.


La decisión.

Y acá viene la pregunta bifurcadora que recomiendo hacerse: ¿quiero trabajar para alguien que tiene un gusto y criterio -para mí- horribles? ¿Me sentiré orgulloso de esos trabajos? ¿Querré mostrarlos, o los esconderé? La respuesta no es fácil, se subordinará a mil factores y situaciones. Si te estás muriendo de hambre, quizá lo aceptes y debas digerir la frustración. Si tu autoestima profesional pesa más, preferirás sobrellevar penurias pero no hacer algo horrendo que demuela tu reputación. Porque me olvidé de aclarar algo: las cosas persisten, pero los procesos se olvidan. Si alguno de ustedes es arquitecto y, por hacerle caso a la dueña de casa, que tiene un gusto hórrido, terminan construyendo una casa feísima y absurda a los ojos de todos sus colegas, cuando pasen los años, nadie sabrá que la doña influyó; todos recordarán a arquitecto que la hizo. Lo recordarán como mal ejemplo, claro. Por eso, la respuesta a la pregunta de si aceptan hacerlo o no, es depende. Hay que meditarlo bien y seguramente será una pulseada con final incierto entre la necesidad laboral y la realización vocacional.

©JIR