mordacidades Jul17

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mordacidades

Figurémonos que ustedes y yo compartimos una situación sutilmente crítica. Un naufragio, pongamos. La zozobra de ver el barco yéndose a pique es compensada con creces por la alegría de saber que todos sobrevivimos; aunque ahora nos toque bogar bastante para llegar a la costa, que despunta a la distancia. Con las manos ateridas tomamos los remos, y sin experiencia, pero sin indecisión, ignorando las ampollas, el dolor de hombros y el vaivén del mar, empezamos a menearlos a un ritmo decentemente coordinado. ¡Estamos avanzando! De pronto, un perfume acre se nos infiltra en el alma. Alguien está haciendo bromas sarcásticas y los que remamos, sentimos que las fuerzas se nos diluyen. Nos descorazonamos. Nos enojamos entre nosotros; sentimos que el compañero de al lado no se esmera demasiado, o que el de más allá hace como si remara pero en realidad no está ejerciendo fuerza. Nadie dice nada, es un tenue desaliento interior; quizá solamente es algo que nos parece y en realidad no sea tan así. Nos mordemos los labios y seguimos. Pero vemos que la costa –la salvación- se aleja. Aunque está en el mismo lugar, y aún más cerca, para nuestros ojos ansiosos, se alejó. El sarcástico, como una humareda áspera, empieza a asfixiarnos. Sigue bromeando, piensa que es gracioso, que aporta. Y el alma tose. A más de uno se le cruza por la cabeza empujarlo al agua. Mientras redoblamos el esfuerzo, empezamos a considerarnos inútiles y a no ver el sentido de tanto trabajo. Uno abandona, y pretende que el resto contrarreste con más esfuerzo su renuncia. Otro se suma a la deserción, y así la mayoría, hasta que los pocos que aún quieren pujar, no tienen la fuerza para mover el bote. Todos quedamos a la deriva, sintiéndonos ineptos y exasperados. El sarcástico está en su tinta, diríase que feliz, comprobando el cierre perfecto del círculo vicioso y la consumación de la profecía autocumplida.


El sarcasmo no es humor. No al menos en el sentido en que yo entiendo la razón de ser del humor: un bálsamo ante lo malo del mundo, o un destello de gracia e ingenio ante lo soso del mundo. Algo que hace bien al alma y fortalece el sistema inmunológico. Con esa definición, hay decenas de tipos de humores excitantes, desde la sátira hasta la ironía; pero el sarcasmo, perdónenme, no es nada de eso. Ni siquiera es un chiste malo o un chiste inútil, neutro; es directamente un chiste hiriente y negativo.

Sí, hablo desde mi personal subjetividad, porque no puedo tolerar a un sarcástico a menos de 5 kilómetros a la redonda (con la excepción de Chandler Bing y de Gregory House); por más que muchos digan que el sarcasmo es una obra de arte idiomática. ¿Y a qué viene tamaña fobia? En esencia, a una estrategia de defensa emocional, porque si a esta gente no se le pone coto, perpetra el rol que acabo de ejemplificar con el caso del bote. Al emitir una crítica indirecta revestida de chiste, no podés enojarte con ella, so pena de que parezca que no tenés sentido del humor. Pero tampoco podés refutarla, porque tienen razón (en que hay una situación mala); y lo peor de todo, te hacen sentir mal, incapaz, abatido. Es una hemorragia masiva de energía vital y el único torniquete es que el tipo se ausente. El sarcasmo es la forma más simple de desmotivar a alguien que está esforzándose o tratando de superar un trance, grave como el del naufragio, o liviano y cotidiano como el de un trabajo. Díganme si no les pasó tener a alguien así como compañero en cualquier grupo, de laburo o amigos. O estar en una cena con alguien que solamente se queja “bromeando”. Es tan asfixiante que no habilita un escape de la trampera: como es chiste, tenés que reírte, no podés contradecirlo de manera “seria”, porque estarías contestando desde otra sintonía y el sarcástico te tildaría de amargo, que te tomás todo demasiado a pecho, cuando en realidad, el abrasivo es él. Fíjense que no se trata de incapacidad para el humor, porque en situaciones similares -complicadas, trabajosas o hasta aburridas- hay personas que con chanzas te hacen sentir que la carga es más liviana y hasta logran que te rías de tus propias miserias, pero sin desalentarte jamás.


¿Genotipo y fenotipo de la gente sarcástica? Hablo desde mi simple y seguramente limitada experiencia: un común denominador que observo es que suelen ser personas duras, rígidas y con poca flexibilidad o capacidad de adaptación a situaciones cambiantes o adversas. Quizá fueron el típico traga o aparato del colegio, el típico esquematizado que -frente a un mundo imperfecto, o alguien que les pone un límite- “bromean” para quejarse de ello porque no logran aceptarlo ni cambiarlo. Y si no “bromean”, explotan en mal carácter. No sé qué es peor, les confieso: si un rayo de un millón de voltios una vez cada tanto, o una patadita de bajo voltaje cada 5 minutos, constante y machacona. Cuando llegue a una conclusión, se las comentaré.

Mientras tanto, estoy convencido de que el sarcasmo es una declaración de impotencia, de falta de señorío sobre las emociones y la adversidad. El mordaz no puede solucionar lo que sea que le moleste, y entonces transforma su ineptitud en retórica, se desmoraliza y crea una trampa sin salida. El caso opuesto es el del humor que sana: ante la misma adversidad, ante las mismas emociones negativas por esa situación, el que es señor de sí mismo, las supera con humor, fortaleciendo el ánimo y la voluntad de la gente, predisponiéndola mejor para vencer lo que haya que vencer. Comparando ambos tipos de humor, la moraleja que saco es que, aunque el sarcasmo aparentemente sea una forma de inteligencia superior, en realidad es bastante idiota, porque termina abatiendo al que no tenemos que abatir.

¿Cómo obrar frente al mordaz? Ustedes lo sabrán en sus casos; en el mío, eludiéndolos como a la calamidad. Y si nos toca convivir con alguien así porque no queda otra, de ser posible, es saludable ponerle un límite y pedirle que no siga con sus bromitas lijadoras de afanes. O mejor, ayudarlo a ver la realidad con un poco menos de hiel en los ojos. Si nada funciona, quedará ignorarlo, porque el Valhalla de esta gente es sentir que tienen una audiencia a quien asolar, y si ven que sus chistes no surten efecto, suelen callarse. A veces resulta.

Amigos, tenemos una vida demasiado corta con demasiadas cosas a realizar o disfrutar. Y tenemos una energía limitada. Hay que ser masoquistas para aceptar que alguien, sin permiso, nos abra el desagüe de la vitalidad y se nos escapen las ganas de dar, de hacer, de resistir, de persistir.

© JIR