pleamar Jul27

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pleamar

Tarde o temprano iba a suceder. Un abadejo vivaz fue el primer signo de que ese chiquito lloraba distinto. Segundos después, lo siguieron algunas burriquetas, una corvinita rubia y un chucho baboso y pardo, de aguijón agudo, que apagó de un susto las carcajadas nerviosas de los hermanos.

Mamá tardaba en reaccionar, entre el espanto y la confusión. Cuando vio el charco cundido de peces, su automatismo fue alzar al hijo y alejarlo del portento, gritándole a los más grandes que la siguieran a la calle. Era peor: la urgencia de mamá asustaba más al niño, que ahora lloraba de pavura, y detrás del escape desesperado por las habitaciones, iba quedando un reguero de figuras plateadas, que se retorcían boqueando para llenar sus branquias. Los hermanos la seguían entre patinazos y gritos de miedo, el perro tirando tarascones al aire; y ya en la vereda, mamá fue toda instinto y estrechó al niño, tratando de contenerlo, de mamífero a mamífero, ignorando el pánico de sentir un banco de peces blandos y no tanto que le resbalaba por los hombros y se le metía en el cuello de la blusa, en el corpiño, le recorría la espalda y caía por su cintura y brazos hasta topar contra el suelo, anegado en las lágrimas del chiquito, que lloraba más porque lloraba más.

Adriano el vecino atizó un bastonazo cuando vio un jaquetón de casi un metro revolviéndose a los pies de mamá; perdió el equilibrio y quedó tirado, lidiando con el animal mientras gritaba auxilio. Mamá daba pasitos como de baile e iba controlando la situación, alejándose del cardumen que se contorsionaba en la vereda, apaciguando al hijo -dos, tres años- hasta ir logrando que dejara de llorar. El nene reincidió en un sollozo y un cornalito minúsculo salió de su lagrimal, pero mamá se lo espantó de un mamporro, le dijo que shh shh no era nada, que le iba a regalar un pañuelito celeste si no lloraba más. Los hermanitos lo consolaban, prometiéndole golosinas y generosidades con juguetes hasta el momento vedados.

Nadie hablaba. Algunos vecinos se reunían alrededor del suceso con esa cara de no saber qué pensar por no saber qué pasó. Alguno levantó a Adriano y terminó de apalear al tiburón. Alguno llamó al vigilante. En eso papá volvía de la oficina y viendo el revuelo frente a su puerta, pensando horrores, corrió hacia la multitud, entendió la escena, alzó al hijo y besó a mamá, mientras los hermanos oprimían sus bocas para no llorar y sugestionar al chiquito, todavía sensible. La familia entró a la casa, agradeciendo a los vecinos, que fueron dispersados sin embolsar una explicación.

Por la noche mamá soñó con sirenas. Despertó en la oscuridad y supo que papá no dormía, casi seguro recordando el paseo en la playa desierta, el día de la ola. Se tomaron de la mano, resignados y conscientes de que habían encontrado y tendrían que vivir con un nene que lloraba raro, que lloraba diferente.

©JIR