el trilema Jul13

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el trilema

Este es el primer post de una trilogía. El segundo es Fariseísmo y el tercero, La Iglesia. Como los tres forman una unidad, si quieren ver el paisaje completo, los invito a leerlos en ese orden.


***


La diferencia obvia entre un dilema y un trilema es que en este último, hay un factor más a considerar. Si en el dilema hay dos cosas mutuamente excluyentes (o una u otra) en el trilema, hay tres. Ni las tres, ni dos: una.

Y conste que este razonamiento no es mío; precisamente bajo esta deducción se viene debatiendo desde hace mucho tiempo algo que dividió las aguas de la historia humana: la figura de Jesucristo. Ante una personalidad tan única, caben tres posibilidades: o loco, o perverso, o Dios.

  • Loco: Jesús se engañó respecto de sí mismo, creyendo que era ni más ni menos que ¡Dios! evidentemente alienado por alguna enfermedad psiquiátrica y experiencias místicas patológicas.
  • Perverso: sabiendo que no era ni Dios ni Mesías, movido por una gran soberbia y narcisismo, mintió y engañó con astucia y sin piedad a cuanta persona se le cruzó.
  • Dios: su testimonio respondía a la realidad. Era (y si era, es) Dios, nomás.

 

Antes de seguir, quiero meter una pausa para subrayar algo que me llama la atención: ¿qué tuvo este hombre que nadie puede quedar indiferente ante Él? Para creyentes y no creyentes, histórica y humanamente hablando, Jesús de Nazaret fue alguien grandioso. Cautivan muchos aspectos de su personalidad, como su inteligencia superior, que con maestría y respuestas brillantes, como estocadas, dejaba pagando a los más doctos e inteligentes de su época. Emociona con su sensibilidad intensísima, que se apiadó de cuanta miseria humana se le cruzó por el camino: leprosos, prostitutas, enfermos, pobres, adúlteras. Impresionan muchas otras características de su carácter: su pobreza de espíritu, su gentileza, su serenidad ante el peligro, la traición y la fatiga, su poesía profunda y originalísima, sus habilidades de orador, su penetrante capacidad de escrutar a las personas, su ternura con los débiles y niños, la fidelidad con sus amigos, su sinceridad heroica, el coraje frente a la muerte y la tortura. Y finalmente, provoca admiración su increíble estatura moral contra a los hipócritas que hacían de la religión un factor de poder y angustia, en vez de liberación y paz. Personalmente, tengo muchos ídolos, pero confieso que ninguno reúne tantas características en una misma persona. No solamente en la historia de las religiones Jesús fue una figura inédita -no hubo antes ni después alguien con un mensaje así de radical- sino que tampoco en la historia humana se vio el caso de una personalidad tan rotunda, capaz de dividir a las personas en dos, como una espada que secciona almas.


Usemos la herramienta, que para eso está.

Por lo dicho antes y con más razón porque me resulta atractivo, me veo obligado -racional y vitalmente- a tamizarlo con el trilema. No quiero vivir abrazando una farsa. Porque si fue un loco, habrá sido un loco lindo, todo lo que quieran, pero al final, no fue más que un pobre tipejo digno de lástima. Si fue un perverso, merece la infamia y repulsión más intensas, porque usó todas sus capacidades superiores para la mentira. Y si fue -es- Dios, bueno, ahí tenemos un temita.

Entonces, pongamos al trilema en funcionamiento, como un filo de descarne. Analicemos cada posibilidad, de acuerdo a los testimonio históricos (*) que se dieron sobre su persona y los que Él dio de sí mismo.


Loco.

Tomando esta hipótesis, convengamos en que, si fue una persona alienada, directamente fue la más alienada del mundo, ya que se creyó un ser superior a Abraham, rey, profeta, y lo más fenomenal: se creyó y atribuyó características ni más ni menos que de Dios, el todopoderoso creador del universo. Pah. Personalmente, creo que la declaración máxima de esta supuesta demencia sería la frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. No dijo “Les muestro”, dijo “Yo soy”. ¡Inconcebible; las tres cosas que el corazón humano buscó y buscará siempre, las sintetizó y se las adjudicó a sí mismo, reclamando un seguimiento incondicional!

Ahora, razonemos: ¿qué hacemos nosotros cuando nos damos cuenta de que estamos frente a un enajenado que ni siquiera dice cosas más o menos verosímiles, sino que su desvarío es directamente hiperbólico? Nos reímos, lo apartamos o lo ignoramos, no le prestamos oídos, ni perdemos el tiempo en tratar de traerlo a la realidad. ¿Cómo se explica entonces que sus amigos -gente sencilla, pero de nítido sentido común- se hubiesen adherido a sus predicaciones con tanto ardor, o el pueblo lo hubiera seguido con tanto entusiasmo, siendo un lunático visiblemente desorbitado? ¿Por qué, inclusive, algunos doctores de la ley, gente inteligente y lúcida como Nicodemo o José de Arimatea, aceptaron sus enseñanzas? ¿O que las autoridades religiosas hubieran conversado y discutido tan continuamente con Él, pidiéndole opinión y dictámenes? Es más: ¡dejándolo hablar en un lugar sagrado como la sinagoga!, lugar del que echarían a latigazos a cualquier insano. Y más sorprendente todavía: invitándolo a cenar a sus casas, para intercambiar opiniones. Es evidente que no lo consideraban un desquiciado, si no, jamás hubieran siquiera cruzado palabra; lo hubieran despreciado como a una lacra humana. Las autoridades religiosas lo escuchaban admiradas y respetuosas… obviamente hasta que Jesús les decía verdades que no querían oír (en esencia, que eran unas víboras que habían falseado y corrompido la religión usándola como poder) y ahí sí se despachaban con insultos como “endemoniado”, “fuera de sí”, “glotón”, “borracho”, “blasfemo” y “poseso”; pero eran meras catarsis de impotencia ante el odio que les generaba, por el simple hecho de no poder rebatir -no las rebatieron jamás- las acusaciones tan veraces que les hacía.

Otro aspecto notable que quiero destacar es el impacto vigoroso que se sentía ante su persona: no solamente los habitantes de Israel lo vivenciaron, sino que también lo experimentó alguien que ni siquiera profesaba o estaba interesado en la religión judía: Poncio Pilato. En el poco tiempo en que estuvieron cara a cara, no lo trató como un juez imperial trataría a cualquier reo demente de una provincia perdida, sino que demostró una deferencia sorprendente hacia Él, y mantuvo una charla tan profunda, respetuosa y vital, que ya la hubieran querido tener varios doctores honoris causa en Filosofía. Para ser loco, coincidamos en que fue un loco bastante lúcido y psicológicamente muy cautivante y persuasivo.

¿Es válida la posibilidad de considerarlo un idealista, perseguidor de una utopía? Creo que no, porque los idealistas, por más utópicas que sean sus metas o mundos deseados, en todo caso tienen cierto “sentido de la ubicación”, entendiendo que su misión es más grande que su persona. Pero Jesús es, directamente, un desubicado, no se piensa como hombre, se titula Dios, habla y se comporta como tal; todo lo que dice es directamente hiperbólico, va más allá de lo posible para los humanos, lo cual lo saca de la esfera “normal” de tantos idealistas. Por eso, en el trilema, lo lógico es analizarlo como un alienado, no como un idealista.

Volviendo a las fuentes, los testimonios históricos no dan pie a suponer una anormalidad psicopática. Por el contrario, nunca se lo ve perder la cordura, la prudencia y el sentido de realidad. Cuando es acosado por chicanas y silogismos, demuestra no sólo una clarividencia superior, sino un gran dominio sobre sí. Cuando demuestra un celo ardiente por la pureza del amor y la espiritualidad (echando a los mercaderes del templo) lo hace con una fuerza limitada y proporcionada, sin perder el control y dando claras explicaciones de ese accionar. En el día a día demuestra estar bien al tanto de realidades cotidianas y del saber popular, como el comportamiento de las cosechas, la construcción de una casa, la conducta de los animales, las técnicas de pesca, la paga de los jornaleros, la sensibilidad de las relaciones familiares, conocimientos que convierte en imágenes para tejer sus parábolas. No parece razonable que una persona tan ida pudiera crear conceptos coherentes y sagaces con esos datos.

Su salud corporal es poderosa, porque lo vemos recorrer a pie caminos de toda Judea, descansar lo justo, comer frugalmente y aún así tener una energía inagotable para continuar su misión. Si su constitución nerviosa no fuera equilibrada, nunca hubiera podido soportar ese trajín.

Finalmente, frente al tremendo terremoto emocional de ser traicionado por un amigo, la calumnia, la captura y la cárcel, en la puertas de su calvario, no sólo no queda estupefacto y shockeado frente a la tortura y muerte, que sabe claramente que se le avecinan, sino que mantiene una serenidad y dominio de sí asombrosos y completamente concientes, que le permiten dialogar con los jerarcas religiosos del Sanedrín y los jerarcas políticos, Herodes y Pilato. Imagino que un demente hubiera actuado de otra forma, quizá explotando de desesperación, de furia, o haciéndose un ovillo en el piso, totalmente ido. Pero no se dio de esa forma; según creo, tuvo una serenidad y equilibrio mental que nosotros, los de “psiquismo sano” no estoy muy seguro de que pudiéramos tener en esas circunstancias.

 

 

Perverso

No sé ustedes, pero para mí, hay que descartar al primer factor; evidentemente no fue un alienado, demostró poseer un estado de conciencia sin perturbaciones y un pleno y lúcido contacto con la realidad.

Ahora llegamos al segundo factor, bastante más delicado, según mi modo de ver. Porque si fue un hombre en sus cabales, brillante pero malo, ególatra hasta el endiosamiento, estaríamos ante el infame más grande de la historia: alguien que usurpó atributos divinos, jugó con la esperanza última y trascendental del ser humano, creando una mentira colosal mientras se burlaba de todo lo sagrado y empujando a la humanidad a una religión falsa que la llevaría al error, a la nada, al desamor.

Pero, ¿ese fue el caso?

Razonemos como si fuéramos perversos: el que hace el mal tiene un objetivo, busca algo, (si no, sería un loco, y acabamos de ver que no fue así). ¿Qué? Depende, pero generalmente ambiciona alguna, varias o todas estas cosas: dinero, poder, adoración propia o destrucción de alguien.

Un perverso es un gran calculador. Un perverso es alguien muy inteligente que, para disfrazar un fin maligno, inventa una buena causa que lo justifique. Utiliza los recursos que mejor se adaptan a la situación, sean el engaño, la fuerza o la demagogia para obtener sus metas. Ahora bien, ¿hay algún comportamiento o dicho que haya salido de Jesús que pudiera enmarcarse en este patrón? Apoyados en las fuentes, vayamos viendo si accionó con los métodos y para obtener alguno de los objetivos de las personas perversas que acabamos de mencionar:

Si su perversidad estaba orientada hacia el dinero, fue bastante -disculpen- pavote. ¿Qué le podría redituar juntarse con la gente de menores recursos económicos e intelectuales? ¿Cuándo se ve a un ambicioso y materialista dedicar tiempo a alguien que le retribuye cero? ¿Qué ventaja podría obtener estando rodeado siempre de lo más bajo del pueblo, gente ignorante, indigente, enferma, maloliente, despreciable a los ojos de la “gente bien”? ¿Por qué no lo vemos nunca tratar de hacer buenas migas con los que tienen la sartén por el mango, sean los jerarcas judíos o los gobernantes romanos? ¿Por qué se decía de Él que “no tenía donde reclinar su cabeza”?

Con su inteligencia superior y sus dotes de oratoria, le hubiera sido muy fácil engatusar a la gente rica, quitarle su dinero y vivir de ella. O meterse en la corte, adulando y manipulando al timorato de Herodes, para obtener lujo y riquezas. Pero en ningún lado se ve algo así en su accionar. De hecho, la “gente bien” lo deprecia en numerosas ocasiones, llamándolo “el hijo del carpintero” o diciendo que “nada bueno puede salir de Nazaret”, dando a entender que no lo veían como a una persona rica o poderosa.

 

Si su perversidad hubiera tenido por objeto el poder, le hubiera sido muy sencillo arrebatarlo, porque en los Evangelios se narran muchas ocasiones en donde el pueblo lo quiso coronar como rey. En esa época, había una electricidad en el aire de Israel. La gente estaba esperando al Mesías, al libertador del yugo romano y restaurador del reino de David, y a Jesús lo veían como tal, aunque no llegaban a comprender que su mesianismo era espiritual, no político ni militar. En todas las ocasiones, rehusó esas coronaciones. Tampoco se ve un accionar orientado al poder, mediante la demagogia o el engaño. ¿Qué podría haber más de antidemagógico e impopular que hablar bien y usar como buen ejemplo a personas que le eran antipáticas al pueblo judío (los samaritanos) en la famosa parábola del buen samaritano? ¿Es una buena estrategia de RR.PP. usar un modelo odioso que lo haría impopular? Y convengamos que zonzo no era, no fue un error de cálculo, sino un ejemplo adrede, con intencionalidad. En las numerosas ocasiones en donde el pueblo entero lo seguía día y noche -lo cual demuestra el ascendente que tenía sobre ellos- jamás habló de política o poderío. Con haber dicho una sola palabra, la turba hubiera incendiado media Judea si fuera necesario para proclamarlo rey de Israel. Por otro lado, en ningún lugar se lo ve ni hablando ni promoviendo la violencia; nunca habló de guerras, de rebeliones, de poder político. Es más, predicó lo opuesto, por ejemplo, amar a los enemigos y perdonar hasta 70 veces 7. Otra muestra de esa prédica contraria a la lógica del poder es el episodio en que reprende a sus apóstoles Santiago y Juan cuando buscaban un “lugarcito” y le pedían “sentarse a la derecha y otro a la izquierda” en su reino; o esa más, cuando a los mismos los vuelve a censurar porque querían hacer bajar fuego del cielo para castigar a una ciudad que no los había recibido.

 

Si su perversión tenía por objeto ganar la adoración de la gente y pasar a la historia, tampoco hizo mucho mérito. ¿Cuándo se vio a un ególatra limpiar los pies de sus discípulos, como un sirviente? Si hubiera sido narcisista, debería haberse hecho servir y admirar, no al revés. ¿Qué sentido tiene que haya dicho “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”? ¿Estaba empleado la psicología inversa? 😀 O cuando sus apóstoles se peleaban por ver quién era el más importante, ¿qué sentido tiene que les haya contestado “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” o “Los últimos serán los primeros”?

Hagamos memoria de líderes políticos, empresariales o religiosos que buscaron o buscan ser adorados: actúan de la manera exactamente contraria a la de Jesucristo: quieren ser vistos, levantar el perfil, ser los primeros en todo, exigen pleitesía. Suelen ser vanidosos y demandar sumisiones en público, para gozar de la idolatría que se les profesa.

Finalmente, si su perversión tenía por objeto destruir a alguien o algo, ¿no sería demasiado contradictorio que promoviera un concepto inédito como “el amor hacia los enemigos”? Disculpen que cite todo este texto, pero lo hago porque es bellísimo y para que comprueben por sí mismos si les parece que este es el discurso que diría una persona destructiva (es de Mateo 5, 38-48): “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.

Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”.

Miren qué sorprendente: en una época en donde ser bueno era cumplir la Ley del Talión (ojo por ojo), Jesús trae una ley superadora, una ley de amor desconocida hasta ese momento en la historia, que no habla de venganza, ni siquiera de reparación, sino de misericordia, ¡y encima hacia los enemigos!


Por otro lado, cuando su predicación no pudo seguir siendo ignorada por los jerarcas religiosos, fue rodeado de espías para encontrarlo en una falta, acusarlo a las autoridades y sacárselo del medio. Escuchaban todo lo que decía y veían todo lo que hacía, día y noche, y sin embargo no pudieron hallar nada malo, ilegal o inmoral para aplicarle la ley. De hecho, en la farsa de juicio que se organizó para asesinarlo, sus mismos enemigos no encuentran testimonios para probar sus acusaciones. Hasta el mismo Pilato -que era gobernador romano, o sea que de ingenuo no tenía un pelo- reconoce su inocencia en repetidas ocasiones (“No hallo en Él ninguna falta”). Y el caso más extraordinario (bueno, a mí me conmueve mucho) es el del mismo Judas, -el que lo entregó, por si no queda claro- que sabe que cometió una falsedad, se desespera y clama “He pecado, entregando a un hombre inocente”. Como le contestan “Y a nosotros ¿qué nos importa? Eso es cosa tuya”, arroja las monedas en el templo, va y se quita la vida.

Finalmente, ya colgado de la cruz, estando en un estado calamitoso, en donde sería más que comprensible que se volviera sobre sí mismo, tiene la deferencia de conversar con el crucificado que estaba a su lado, el buen ladrón, que le pide ingresar a su reino y a quien con todo cariño, le dice que en un rato se van a encontrar ahí. Y frente a su torturadores, ni siquiera cuando es atormentado, humillado y traspasado, da muestras de alguna agresividad, venganza u odio hacia ellos. Al contrario: perdona a los que le están tronchando el cuerpo. Que yo sepa, la gente malvada no muere perdonando.


Dios

No sé ustedes, pero para mí, hay que descartar al segundo factor; evidentemente no fue un perverso ni alguien orientado al mal. No hay en su accionar ni en sus palabras ningún signo de abuso, violencia, engaño u odio disfrazados de buena causa.

¿Pero eso alcanza a probar que es Dios? No. Debemos analizar un poco más el asunto y fundamentalmente, ya que Jesús se auto-tituló Dios, tenemos que ver cómo dio pruebas de su divinidad. Porque, amigos, cualquiera de nosotros puede titularse Dios, pero de ahí a poder realizar cosas que solamente Dios puede realizar, hay un trecho un poquitín grande.

Y aquí quisiera prescindir del apriorismo de la fe. Quisiera quitarla del medio un rato y tratar de encontrar pruebas en la persona, testimonios y accionar de Jesús que nos den el indicio de que fue lo que dijo ser. Por tal motivo, voy a dividir el armado de la respuesta en dos partecitas: qué dijo y qué hizo. Si realmente fue Dios, las dos deberían ser coherentes y ratificarse entre sí.


Qué dijo (y cómo lo dijo)

Usemos la cabeza. Si un Dios decidiera encarnarse y hacerse hombre, no sería para hacer turismo en este planeta, sino para algo importante. Para decirnos algo, para ser el signo visible de su invisibilidad, para cumplir una misión trascendente. Por lo tanto, si Jesús fue Dios, tenemos que ver en profundidad qué dijo de sí, de su misión y de nosotros.

¿Por dónde empezó? Como primer medida, se reveló a sí mismo: quién era, de dónde venía y para qué venía. Como inicio, es muy lógico. ¿Y cómo se presentó? De una manera radical, desconocida hasta ese momento: se dijo Hijo de Dios igual al Padre. O sea, Dios mismo. Que a su vez, era el Mesías que, por siglos, le venía siendo profetizado a los judíos. Y que toda su enseñanza no tenía una fuente humana, “aprendida” sino transmitida por legación divina (o sea, promulgando una nueva doctrina religiosa, en nombre y con la autoridad de Dios).

Miren qué radicalidad: a diferencia de cualquier fundador de alguna religión de cualquier época, Jesús no es “maestro de contenidos”, por decirle de alguna forma. Si el resto de los fundadores transmiten una doctrina que, o bien inventaron ellos, o bien les fue revelada, Jesús es más drástico: identificó su salvación en primer lugar con su persona, y solo en un segundo plano, con su doctrina. No copia a nadie, habla como autor, no como recitador. Ya estuvo ahí. Es Él. Cuando en el famoso sermón de la montaña dice “Habéis oído que se dijo (…), pero yo os digo…” está rompiendo con toda la mentalidad milenaria del pueblo de Israel, que atesoraba el mensaje de Dios en la voz de los patriarcas y profetas. Solamente alguien que se sintiera sobre toda autoridad (o un loco), podría usar esa fórmula. Y después, remata con “No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas (…) he venido a dar plenitud“, diciendo que Él es el cenit de todo.

Hay decenas de episodios en donde se hace centro de los anhelos del corazón humano: cuando dice “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” en pocas palabras, está diciendo que todo es Él, que el cosmos converge en Él. O cuando cura a un ciego y remata con “Yo soy la luz“, o cuando resucita a un muerto y añade “Yo soy la resurrección y la vida“. O cuando dice algo que altera: “No vine a traer la paz sino la espada“, al hablar de la división que su figura y mensaje provocarán. Y acá insisto con el trilema: esas cosas solamente pudieron ser dichas por un loco alienadísimo, o un farsante talentosísimo, o un Dios. Nadie se atrevió a decir algo así. En todo lo que hace y dice, transmite el mensaje de que la felicidad plena en este mundo y en el otro, consiste en creer en su persona y amarlo con amor sumo (lo cual es sólidamente lógico, porque si Dios es el bien supremo sobre todas las cosas y Jesucristo es Dios, hay que amarlo sobre todas las cosas). Imagínense, para los fariseos, que lucraban con una religión que ya solamente era la máscara deformada del amor de Dios, encontrarse con un personaje como Jesús, era un peligro mortal. Pero sobre esto hablaremos en el siguiente post.


¿Y cómo continuó? Una vez presentadas sus “credenciales”, digamos, emprendió a dar su mensaje: que solamente el amor salva. Perdón la síntesis, pero decenas de miles de letras de la Biblia se resumen en esa frase. Jesús desnuda a Dios y dice cosas sorprendentes, nunca antes escuchadas. Si me tienen paciencia, hago un buleteo rápido.

  • Revela que Dios, además de ser todopoderoso es todoamoroso.
  • Que Dios es padre infinitamente tierno (este es el eje de todo su mensaje), perseguidor de ovejas perdidas hasta el risco más peligroso, para traerlas y amarlas.
  • Que vino no para los sanos, sino para los desamados y los enfermos (espiritualmente hablando).
  • Que el mandamiento más grande es “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Tiene el descaro de sintetizar todo el Antiguo Testamento en esa frase.
  • Que el amor de Dios es para todos los hombres, sin excepción. Lo expresa bellamente cuando dice que “todos nuestros cabellos están contados” dando a entender que nos conoce, ama y desea nuestra existencia desde antes de la creación del mundo.
  • Que Dios-amor puede sacar bien del mal y vida de la muerte.
  • Que fundaría una Iglesia, que sería el reino de Dios, para estar como signo en el mundo hasta el fin de los tiempos.

 

Ahora bien, acabamos de ver qué dijo. ¿Pero cómo lo dijo? De una manera nueva, enseñando a partir de Él, no de una doctrina. Él es la doctrina. Y en cuanto a la forma, las fuentes no dejan dudas: en todo lo que expresó, brilla una sabiduría superior, total, sin contradicción ni vacilación. Todas sus parábolas, frases, dichos y conversaciones están traspasadas por el núcleo infalible, sólido y filoso de estar hablando desde una verdad incontrastable. No hay quien lo pueda refutar, dejar como ignorante o poner en incoherencia, y eso que dijo cosas que ponían patas para arriba paradigmas milenarios y que contendió con personas inteligentísimas y sapientísimas -las máximas autoridades en materia espiritual de su época- que siempre terminaron tragándose sus sofismas y aprendiendo una lección muy a su pesar. No todas terminaron así, seamos justos: las que eran sabias pero humildes, quedaron iluminadas ante el resplandor de sus palabras.


Qué hizo.

Antes de hablar de episodios milagrosos, quisiera traer a consideración uno “no milagroso” si quieren, que demuestra una potencia indomable en su figura y una coherencia entre el mensaje y forma de accionar de Jesús. Que lo revelan en pinta, bah.

Es el famoso caso de la mujer adúltera. Lo transcribo porque es la escena de misericordia más hermosa que leí jamás (Juan 8, 1-11):

“Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».”

Se pueden llenar miles de bibliotecas sobre todas las consideraciones de este pasaje, pero quisiera rescatar este hecho: Jesús declara que el amor es más que la Ley (o que a partir de ahora, el amor es la Ley), revela que la misericordia divina es infinita y separa el desamor (pecado) del desamado (pecador) que se arrepiente. Y como contracara, que tiene una repulsa absoluta por la hipocresía de los que se creen perfectos y no tienen la humildad de verse como imperfectos. Pero además -y esto me pone la piel de gallina- impacta la autoridad, la cancha, el nivel jerárquico de Jesús, que sin levantar la voz, ni arengar, ni hacer teatralidades, con una sola frase desarma todo el andamiaje lógico de la masa aullante sedienta de sangre. Hay como un pasmo generalizado en el gentío, que se frena en seco y retrocede derrotado, presintiendo un poder imponente bajo el simple silencio y la lacónica frase de Jesús. O el tipo era un genio, o era otra cosa.


Ahora sí, yendo a los milagros y profecías de Jesús, es comprensible que el tema sea controversial. Ante lo sobrenatural, la postura escéptica es el descarte instantáneo; se enuncia que fueron trucos, ilusionismo, casualidad o simple mentira fraudulenta de sus discípulos y propagandistas. Esto es lo más fácil de decir sobre el tema. Pero es importante analizarlos, porque estos criterios extrínsecos -los milagros- son esenciales para revelar a un Dios verdadero… o desenmascarar a uno falso. Todo lo que haya dicho Jesús de sí mismo, aun por más brillante, bueno y coherente que haya sido, no tendría sostén si no lo hubiera demostrado con actos de la naturaleza divina que dijo tener.

¿Es posible un Jesús sin milagros? Sería muy extraño, porque quedarían sin explicación hechos como el entusiasmo de las multitudes, la admiración de cientos de personas ante los actos sobrenaturales, la gente que lo buscaba para ser sanada, la envidia de los adversarios, las acusaciones de los doctores de la ley que decían que esos actos sobrenaturales eran obra del diablo, el pedido de “haceme un milagrito para mí” de Herodes y otros tantos hechos consignados, que son consecuencias de acciones fuera de lo común. ¿Cómo se explicarían? Si por querer negarlos, forzamos su desaparición, no sería el Jesús histórico; como Maradona sin goles no sería el mismo Maradona que conocemos: no entenderíamos por qué es tan famoso, si no hizo nada fuera de lo común. Quitarle todos los milagros por el simple hecho de que nos parezcan increíbles, sería falsear la historia.

Y acá viene la pregunta fundamental: ¿cómo sabemos que la fuente histórica es verídica y no una fábula? En el link que está al final de este artículo podrán bajar el documento sobre la historicidad de los Evangelios, que dicho sea de paso, fueron escritos muy pocos años después de su muerte. Lo cual le quita la posibilidad de que el relato de los hechos haya degenerado en leyenda, debido al poco tiempo que transcurre entre los sucesos y su puesta por escrito, siendo que la mayoría de los testigos presenciales aún vivía y podrían haber desmentido cualquier invento o fábula.

En los Evangelios se consignan decenas de intervenciones sobrenaturales de Jesús: milagros en masa (multiplicación de los panes, curaciones masivas), milagros cósmicos (calmar la tempestad, cambiar el agua en vino, caminar sobre el agua), curaciones imposibles e inmediatas (leprosos, ciegos de nacimiento, paralíticos), resurrecciones (la hija de Naim, Jairo y Lázaro) y otros milagros, como las expulsiones de demonios, la transfiguración y un largo etcétera.

Para los escépticos es más fácil atribuir los “milagros chicos” a causas naturales (sugestión o hipnosis) o pantomimas (ejemplo, un falso paralítico, como hacen ciertos pastores chantas), pero se les complica sostener la tesis con “milagros grandes”, sea por la gran cantidad de testigos, como la multiplicación de los panes, o por la imposibilidad de un truco, como decir “¡Silencio! ¡Cálmate!” para calmar una tempestad de viento y olas, o por la inviabilidad de una causa natural, como curar súbitamente a un leproso y que su carne quede sana de golpe frente a numerosos testigos (el tejido no se regenera por sugestión), o resucitar a un muerto ya en descomposición (que no puede ser sugestionado), o curar de forma repentina a personas que toda la comunidad ya sabía que eran enfermas desde hacía décadas (el ciego de Siloé, o la hemorroísa). Etcétera. Para “explicar” estos casos, se acude a la fantasía más loca, a buscarle causas más rebuscadas. ¿Y todo para qué? Para esquivar un simple hecho lógico: si Dios hizo las leyes naturales, puede alterarlas cuando considera que es conveniente, y listo. Eso y no otra cosa es un milagro.

Respecto de conocimientos ocultos (leer pensamientos de otros, conocer de un vistazo la vida pasada de alguien, sin error ni ambigüedades, ver la muerte de Lázaro estando a kilómetros de distancia) y las profecías que dijo y se cumplieron (sobre su tipo, fecha, lugar y causa de muerte, sobre la hechos futuros después de su muerte), también la crítica racionalista trata de explicarlas como casualidad, presentimiento o una cierta clarividencia psíquica. Pero estas habilidades psíquicas no alcanzan a explicar actos libres de hombres que ni siquiera existían cuando Él hizo la profecía (como por ejemplo, los generales y soldados romanos en la destrucción de Jerusalén en el año 70). Y no estamos hablando de profecías ambiguas y amplias, como las de Nostradamus, que pueden tener cientos de interpretaciones: son predicciones certeras, puntuales y precisas, que se comprobaron históricamente después. Evidentemente, se trata de conocimientos omniscientes propios de un Dios, que todo lo ve y para quién no hay nada oculto, ni pasado ni futuro.

Para no hacer demasiado largo este texto, les recomiendo (perdón si soy reiterativo) bajarse el documento con las fuentes.

La resurrección.

Finalmente, el último y más grande milagro, sin el cual todo carecería de sentido: su propia resurrección. ¿Cabe acá también hablar de truco o fábula? ¿Hay pistas históricas que indiquen que el hecho ocurrió realmente? Con explicaciones fantásticas podríamos redactar muchos volúmenes. Por ejemplo, hay quienes dicen que no murió realmente, sino que sobrevivió a la cruz y luego reapareció. Pero pensemos con el cerebro: esto se da de piñas con el sentido común (aparecer vivaz, a tres días de haber sido azotado, desangrado, crucificado y lanceado) y es incompatible con hechos consignados que se hacían solamente con muertos y se hicieron con Él, como la ceremonia de sepultura, el procedimiento de José de Arimatea y Nicodemo, o que los soldados, al comprobar que ya está muerto no le quiebran las piernas para rematarlo sino que lo lancean en el corazón, o de las mismas autoridades judías que entregan el cuerpo (e imagino que no entregarían su cuerpo sin comprobar -con alivio- que estuviera realmente muerto).

También se afirma que la resurrección fue un invento sin sustento alguno, un “mecanismo de defensa” psicológico o negación de los apóstoles para soportar tanto dolor y desilusión. O una “metáfora”, mito o símbolo de los primeros cristianos para explicar la “vida” del grupo, como que Jesús estaba “vivo” entre ellos, de manera simbólica. Ahora bien, por favor, seamos lo más racionales posible: cuando mataron a Jesús, sus apóstoles huyeron como ratas a esconderse, no fuera cosa de que les sucediera lo mismo, porque el horno no estaba para bollos. Nadie lo defendió, nadie dio la cara. De pronto, toda la hermosa aventura que habían vivido con Él, se desintegró en un remolino de sangre. Pongámonos un rato en sus sandalias e imaginemos el derrotismo y angustia de esa gente. Tenían justamente la predisposición absolutamente contraria a inventarse un final feliz para semejante tragedia, no estaban inclinados a creer en cosas locas; más en ese momento, cuando acababan de ver que su líder y maestro en que tanto habían confiado, moría como un criminal. Para ellos, todo había terminado y no querían saber más nada. ¿Pruebas? La reacción psicológica ante el testimonio de María Magdalena, que les dice que el sepulcro estaba vacío, no fue de entusiasmo y “ah, qué lindo, yo sabía, qué suerte” sino la opuesta: fue dura, desconfiada y desalentada. Cuando escuchan otros testimonios de que Jesús está vivo y resucitado, reaccionan de manera escéptica e hipercrítica: desprecian las declaraciones de las mujeres, creen que es un fantasma. El apóstol Tomás dice lo que todos hubieran dicho: “Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.

Con esto estoy queriendo subrayar algo clarísimo: que los apóstoles no estaban propensos a inventarse el cuentito de la resurrección; exactamente al revés: eran refractarios ante esa posibilidad tan alucinante. Ya habían tenido suficiente tole-tole y escarmentado lo necesario. Además, analicemos con lógica: ¿qué hubieran ganado inventando algo así? Nada. Si hubieran porfiado con el asunto, se hubieran complicado la vida y los hubieran perseguido para matarlos. Lo más conveniente para ellos hubiera sido hacerse los sotas, agradecer seguir viviendo, volver a sus redes de pesca y aquí no ha pasado nada.


Pero hay un hecho innegable e histórico: por alguna causa, los apóstoles cambiaron radicalmente. Del derrotismo y desesperanza más profundos, de golpe se convirtieron en testigos audaces, entusiastas, alegres y sin temor. Si sólo se trató de una alucinación, el cristianismo es inexplicable. La realidad de los testimonios es indiscutible, y es que Jesús se les aparece en numerosas ocasiones, a varios o a todos al mismo tiempo, no como una imagen vaporosa -lo que podría ser una improbable alucinación colectiva- sino en cuerpo tangible. Come con ellos. Vuelve a partir el pan. Lo tocan, les habla, dialogan, los mira, lo ven.

Si se quiere refutar el primer argumento -el sepulcro vacío- (aunque sin lógica, ya que estaba fuertemente custodiado para impedir el robo del cuerpo), el segundo argumento -las apariciones tangibles- es mucho más difícil de refutar, porque fue visto por numerosos testigos a quienes no les convenía mentir sobre el asunto porque no ganaban nada (San Pablo, en su carta a los Corintios, menciona que  se apareció una vez a más de quinientas personas al mismo tiempo, de los cuales muchas viven en el momento en que él escribe esa carta y podrían atestiguar en contra, si fuera un invento).

Y el tercero -el cambio de actitud vital de los apóstoles, que se mantendría desde ese día hasta el resto de sus vidas- más todavía. Si realmente no lo hubieran visto indudablemente resucitado, es imposible que hubieran sido lo que fueron, basados solamente en un mito o alucinación. Sin mencionar la existencia de la Iglesia que hubiera estado basada en la mentira más increíble de la historia. Pero Él había profetizado y explicado cuándo y por qué iba a resucitar. Lo cual, si era Dios, no era imposible. Y así fue que su resurrección partió la historia humana a la mitad, porque venció a la muerte y al desamor (el pecado) para siempre. Eso significa salvarnos.

Hasta acá llega el breve análisis sobre lo que hizo para dar testimonio de lo que dijo. O sea, de su divinidad.


Ahora bien, ¿qué significa exactamente que Dios se hizo hombre?

Significa que Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios ni dejar de ser hombre. Sin ser “mitad y mitad”, o que una naturaleza avasalle o enmascare a la otra. Digamos que no se puso disfraz de hombre, sino que fue hombre. Y Dios. Al mismo tiempo.

Obvio: si les sucede que consideran un contrasentido lógico que un Dios infinito y eterno se encarne en una creatura y sea al mismo tiempo plenamente Dios y plenamente hombre, (o como se dice técnicamente, “dos naturalezas en una misma persona”) les cuento que no es ni un contrasentido ni algo difícil de entender: simplemente, es imposible de entender.

A diferencia de Buda, de Abraham, de Mahoma, a quienes jamás se les cruzó por la cabeza declararse distintos a meros hombres, Jesús se declaró Dios. ¿Es imposible para un Dios todopoderoso encarnarse? No, claro. Pero, amigos, esto es creerlo o no, binario. Por eso es un misterio que supera nuestro raciocinio. Las evidencias alcanzan hasta un límite, más allá del cual está la libertad de creer o no.


Ni antiguo, ni moderno: actual.

Y termino con estas reflexiones. Se hizo un poco largo, pero miren el vaso medio lleno: agradezcan que no fue más largo todavía. 😀

Creo que quedó claro que no fue un loco. Ni menos un perverso. Quedó rebotando la última posibilidad. ¿Y qué pasa si fue -es- Dios? Bueno, acá cada uno tendrá su respuesta y su decisión vital atada a ella. El “Yo soy…” y el resto del mensaje de Jesucristo -léanlo ustedes, está escrito- no es ni antiguo ni moderno, es actual. Si está vivo, está tan vivo y vigente como cuando anduvo pisando el polvo de los caminos de Judea, y la potencia de su amor opera exactamente igual, en este instante, para cada uno.

De hecho, la idea central de todo esto es que el cristianismo no es una religión: es una relación. Como definió brillantemente el anterior Papa: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que le da un nuevo sentido a la vida“. Es una relación de amor con Cristo vivo, que como toda relación, transforma a los relacionados, y en este caso, sacia nuestra existencia y espiritualidad.


Cuando abrí este post comenté que este hombre era uno de mis ídolos. Ahora, para cerrar hago una confidencia. Si suena cursi, qué mala suerte.

Me pasa que con este hombre no puedo quedar indiferente; es demasiado especial para soslayarlo, ni siquiera como personaje histórico. Y por eso, durante años me preguntaba “¿Quién es Jesús?”, buscando dar una respuesta biográfica o psicológica. Pero un día descubrí que esa no era la pregunta correcta. La pregunta correcta es mucho más natural, y los que alguna vez estuvieron enamorados la van a entender instantáneamente: cuando amás a alguien, te preguntás ¿quién es él para mí? y al mismo tiempo, ¿quién soy yo para él? Si el amor es mutuo, la respuesta ni se piensa, nace: mi amado es mi bien y yo soy el bien de mi amado.

Así que cambié de pregunta: “¿Quién es Jesús para mí?”. Y, con un poco de temblor, arriesgo la segunda: “¿Quién soy yo para Jesús?”. Para la primera, respondo que es el amor que quiero imitar. Para la segunda, con que me dijera “el buen ladrón”, me quedaría más que conforme.

©JIR

 

(*) NOTA MUY IMPORTANTE: alguien podría aducir que el análisis del trilema está viciado de error, porque todo lo dicho en este ensayito podría ser históricamente falso y sin sustento, pura leyenda o mitología. Verbigracia, que no haya fuentes históricas para sustentar los dichos, los milagros, la resurrección o hasta la mismísima existencia de alguien llamado Jesús de Nazaret. Es una objeción muy sensata, y para no hacer eterno al post, omití las fuentes de forma deliberada. Pero, obviamente, las fuentes existen y en este link podrán bajarse un pdf con todo el sustento historiográfico del asunto, de donde tomé la mayoría de los contenidos. Es largo, pero para los que buscan información seria, ordenada sistemáticamente con fechas, testimonios y autores, ahí la tienen. No sé, si les interesa el tema, yo que ustedes las leería. Se trata de un asunto de vida o Vida.