bellas artes Jul09

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De algunas artes esenciales para la vida.

El arte de devolver

Se toma el corazón lesionado o seco -nunca lozano, nunca hecho añicos- y se lo envuelve en hojas de rúcula recién cortadas. Se lo deja a los pies de la puerta de la susodicha, con la siguiente nota:

“Mi señora: este órgano ahora vuelve a su dueña original, en estado de conejo malherido. Y digo conejo y no otro bicho porque el corazón es tierno de ver, lindo de acariciar, pero a la vez, bastante asqueroso y destructivo. Suele tomar decisiones apasionadas pero ciegas, que a la luz de la razón pueden ser bastante tontas y hasta innobles. No digo que no haya que escucharlo -mire mi aspecto- simplemente digo que como linterna es un poco obtuso, y como andamio, bastante cojo.

Lo regreso en la mejor condición posible, dadas las peripecias por las que transitó y haciendo la vista gorda sobre el estado en que quedó el de quien suscribe. Dejémoslo en empate técnico.

Las hojas de rúcula no tienen simbología o mensaje subliminal, solamente ayudan a que conserve la latencia hasta que lo guarde en su domicilio toráxico o lo entregue a otro desprevenido.

Sin más, pido disculpas por no haberlo podido aliviar de la soledad”.

 

El arte de reclamar

Se espera al anochecer del 5 de enero, se toma un zapato que ya no se use, y se lo deja a los pies de la puerta de la susodicha, con la siguiente nota:

“Mi señora: vengo a arrepentirme de haberle regalado el corazón que estimo como mío y no suyo, y con amable inflexibilidad le pido me traspase su soberanía. Que me lo devuelva, bah. Sé que no es gran cosa, pero al día de hoy es el único que tengo y merece un recauchute y una dueña mejor. Si porfía en conservarlo, sepa que poseerá un corazón deshabitado, inservible, y a mí -después de morir y resucitar de mal de amor- me crecerá otro, tan nuevo que ni memoria tendrá.

Empero, para evitar esa situación incómoda, donde ambos demostraríamos insensatez, le ruego que lo baje de su vitrina de trofeos y lo deposite esta misma noche -para evitar chismes- en el zapato que tiene ante sí. Y yo pasaré en alguna hora sigilosa, como un rey mago al revés, a recoger ese órgano que ofrendé y ahora extraño y le dejaré a cambio un puñado de caramelos de menta, que sé que le gustan.”

 

El arte de entregar

Se toma el corazón en cualquier estado que esté -inclusive exánime- y se lo espolvorea con mucha rayadura fresca de limón. Se lo deja a los pies de la puerta de la susodicha, con la siguiente nota:

“Aduéñeselo, es suyo; va entero, resuelto, porque partido, incompleto o dudoso no vale la pena. Sepa que de perfecto no tiene nada y por eso la necesita. No, no le dejo el manual de instrucciones, porque se lo redacta de a dos y faltaba usted. Tampoco viene con garantía: tiene que jugársela, mi señora.

Sí creo que le vendrían bien un par de ojos; póngaselos donde considere que le aporten buena panorámica, para que no trastabille persiguiendo espejismos de amor en vez de amor verdadero.

Exíjale perseverancia, porque es muy ardiente, y usted ya sabe el problema con la pasión: por momentos es flamígera, por momentos, impasible; y con ese subibaja emocional cuesta construir un para siempre. Y añada paciencia: aún es cachorro y tiene los dientes filosos.

La rayadura de limón no tiene alegoría o mensaje cifrado; me gusta su olor descarado y pudoroso a la vez, y sirve para mantenerlo en condiciones hasta que usted finalmente lo tome y lo anide en esa grieta que la melancolía le viene horadando en el pecho.”

 

El arte de peticionar.

Se toma el corazón con dignidad pero sin suficiencia (si sufre de suficiencia, abandone aquí) y con toda naturalidad lo desnuda frente a la mirada de la susodicha y arranca la solicitud:

“Dicen que la naturaleza es sabia, pero yo digo que a veces se equivoca bastante fiero. Lo que alivia es que se equivoca simétrico, porque ubica algunas cosas en lugares incorrectos, pero complementarios. Es decir, su latidor va en mi pecho y el mío en el suyo.

Espacio me sobra, créame. Sobra hasta doler. Por eso le pido esa entraña que anda acarreando, lo más desarropada posible, y prometo serle fiel (y todo eso que ya se sabe) de un día a la vez hasta el día final, así no nos acostumbramos.

No quiero urgirla porque sé que obsequiarlo no es una decisión para tomar a las apresuradas. Pero tampoco la dilate hasta la impaciencia: no sé si sabe que después de un lapso de estiramiento, aparece un instante como resorte, que cuando salta, tóing, clausura el petitorio. Y ahí caben dos posibilidades. O que me siga doliendo el vacío por el resto de la vida, o que -en realidad- la naturaleza no haya estado equivocada, y la simetría existiera, pero con el corazón de otra.”

El arte de dudar

Se toma el corazón en pose Hamlet frente a la calavera de su padre y, pensando en la susodicha, se emprende el siguiente recitado:

“Mi duda es como un dado, de esos transparentes. Y en circunstancias así, me es natural titubear -si lo ve como cobardía- o discernir -si lo ve como sensatez- a un paso de ponerlo a girar en el aire. Hollywood nos vende que hay que dejarse llevar por el frenesí; pero son sólo artimañas de guionistas: las hormonas escriben lindos comienzos y después se ausentan. La endocrinología lo demuestra, y por lo tanto, corazón, la duda a veces es aliciente, no veneno.

¿Ella o no ella? Esa certeza luminosa para mí todavía es oscura. Quiero tantear una respuesta más honda. La señal será clara: si cuando la vea, siento que un instante se me enfutura, será ella. Y ahí sí arrojaré el dado sin importarme de qué lado caiga, porque será del bueno. Después, levantaré la vista del piso y avanzaré irresistible como una falange contra una flor; no vaya uno a andar queriendo polinizarle el alma sin tener el valor de mirarla a los ojos.”

Acto seguido, se pone de pie y se toma una decisión o se reemprende el ensayo.

 

El arte de arrebatar

Se toma el corazón, directamente. El que arrebata no preavisa.

©JIR