la iglesia Jul13

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la iglesia

Aunque puede leerse solo, este post es el último de una trilogía. Los dos anteriores son El trilemaFariseísmo, respectivamente, y recomiendo leerlos en ese orden, para que este tenga un sentido más profundo. Si quieren, claro.

***

Hacía tiempo que tenía ganas de empezar un texto con el conocido slogan “No tengo problemas con Dios, lo que no soporto es a su club de fans”. ¿Quién no escuchó esta frase de manual? A mí me encanta, no porque la comparta o me enternezca su infantilismo, sino porque sin quererlo, plantea uno de los enigmas más sorprendentes y, al mismo tiempo, imponentes que existen, que es la pervivencia de la Iglesia. Vemos que está viva, es una realidad; sin embargo, humanamente hablando, la Iglesia no debería existir. ¿Sonó fuerte? Lo repito: humanamente hablando, la Iglesia no debería existir. Pero existe. ¿Cómo se explica este hecho?
Si alguien no cristiano quiere responder a la pregunta, generalmente acudirá a una argumentación repetida miles de veces: la Iglesia viene existiendo desde hace 2000 años porque utiliza tres herramientas pérfidas:

  • Una, la manipulación: mediante el lavado de cerebro y sometimiento de las conciencias de las personas, con la promesa de un hipotético premio o castigo en el más allá. O sea, convertir a los seres humanos en perritos de Pavlov, o peor, en mercenarios, que actúan meramente por una retribución.
  • La segunda, la dominación: aliándose con o convirtiéndose en el factor de poder económico y político —cuando no militar— de turno, y de esa forma, asegurándose sus intereses y enriquecimiento, obligando a la gente a acatar su doctrina, controlando ideológicamente a las ciencias y las artes, y si no, represión.
  • La tercera, una mezcla de las otras dos.

Si alguien cristiano quiere responder a la pregunta, será más conciso: dirá porque está fundada y sostenida por Dios y por lo tanto, es indestructible, a pesar de las personas que la forman.

Pero tanto para cristianos o no, el misterio de su persistencia es un interrogante cautivador. A partir de ahora trataré de compartir lo que pienso acerca del asunto.

I. El modus operandi y las tres preguntas de sentido común.

Miren qué tupé: como dijimos, para los cristianos, la Iglesia es la institución divina y humana, fundada y sostenida por Jesucristo —Dios— como camino de salvación y felicidad de todos los hombres, y fuente de todas las gracias divinas. Un manantial de amor e iluminación. Además, santa. Pah, suena hasta escandaloso afirmar esto, a la luz de las noticias de inmoralidades —muchas falsas, otras reales— que vemos a diario, o de las torpezas históricas, de paso.
A cualquier persona más o menos avispada, ante la definición que acabo de dar, la asalta una primera tanda de preguntas de sentido común: ¿necesitaba Dios de una institución humana para llevar a cabo su plan salvador? No, claro. Pero si lo hiciera, ¿por qué fundaría una institución tan corruptible —las personas son corruptibles, las instituciones con personas también— para que lo ejecutara? ¿No es muy ineficiente? ¿No es muy lenta la propagación? ¿No hay demasiado ensayo-error? ¿No hay mucha merma en el camino? ¿No hay demasiado peligro de desviarse de la misión, malinterpretar las cosas, caer en perversidades? ¿No es la salsa ideal para que haya gente que se aproveche del bien para hacer el mal? Sí, a todo. Yo creo que si contratásemos a un consultor de empresas, podría organizar a la Iglesia de forma, aparentemente, más eficiente.
Pero el “sí” que acabo de dar nace de la miopía más absoluta, porque ahora viene la segunda ronda de preguntas de sentido común: si Jesucristo era Dios, que todo lo sabe, ¿no sospechó la sarta de errores y macanas que se mandarían sus seguidores? ¿Pudo ser tan ingenuo? Y acá nos topamos con una lógica sólida como la piedra: si acabamos de responder que sí a todas esas preguntas y al mismo tiempo asumimos que Dios no se puede equivocar, la conclusión es que lo hizo por algo que no alcanzamos a entender y puede sacar bien aún de todo ese mal. Dios sabe más y su perspectiva tiene un ingrediente que a la nuestra le falta: el infinito. Nosotros vemos la Iglesia transhistórica, pero la Iglesia es, además, metahistórica. Vemos lo visible, pero la obra de la Iglesia es primordialmente invisible (espiritual). Vimos sus primeros 2000 años, una pizca de tiempo cósmico, pero no podemos ver su devenir en los miles de milenios venideros. Estamos sobre una atalaya muy petisa.

Así y todo, hay algo que —creo— sí se puede barruntar, y es el modus operandi de Dios, que es muy simple: ni más ni menos que la desproporción gigantesca entre el instrumento y la obra. Para hacer una obra eterna y victoriosa, se vale de un instrumento frágil y muchas veces infiel: los hombres. Pues entonces, viene la tercer pregunta de sentido común: ¿por qué? Ni idea. Supongo porque confía más en nosotros que nosotros mismos, y como respeta a sus creaturas, al darnos libre albedrío, nos deja ser; y si nos apoyamos en Él y somos fieles al amor, realiza cosas maravillosas a través nuestro. Como Picasso con un humilde pincel. Pero estamos en el portal de un misterio, algo que nos supera, y como a todo misterio, o se lo acepta, o se lo desdeña. La respuesta final está del otro lado.

 

II. Crónicas de un rotundo fracaso humano.

Okey, recién hablé de algo que podría tener sentido sólo para un creyente, el modus operandi de Dios. Encima, lo dejé picando con el misterio. Pero si alguno de los que leen esto no tiene fe, puede parecerle una tontería, y está en su derecho.

Por eso, ¿quieren que consideremos a la Iglesia como a una institución meramente humana? Perfecto, empecemos por el principio, ni más ni menos que su gestación, narrada sin tapujos en los Evangelios. Ahí presenciamos una sucesión de hechos asombrosos por su nimiedad inicial y su categórico fracaso final. Sinteticemos:

  1. Un tipo desconocido, obrero, de un caserío de una provincia perdida del Imperio Romano, a una edad más que madura para la época (30 años) sale a buscar pescadores iletrados y los invita a seguirlo. Los llama “apóstoles” y los convoca a ser “pescadores de hombres”. Son personas que solamente saben remendar redes e interpretar mareas. No elige políticos, religiosos, magnates o gente respetable; elige personas que por sus propios medios jamás podrían transformar al mundo.
  2. Pasan los meses y el tipo resulta ser bastante especial, tiene poderes taumatúrgicos, habla de cosas nuevas, con autoridad y amor. La gente simple lo percibe como alguien distinto, su mensaje enaltece a quienes parecen más débiles ante los ojos del mundo: pobres, enfermos y dolientes, buscadores de la verdad y pacificadores. Se enfrenta con los líderes religiosos corruptos, pero…
  3. … aún así, su proyecto es bastante endeble, los apóstoles son de terror (no lo digo yo, está todo en el Evangelio): se pelean, se envidian, no entienden nada, ven milagros y no creen. Piensan que Jesús va a ser un líder político y ellos los capangas de ese reino; cuando éste les dice que su reino es espiritual, se desilusionan, muchos abandonan, sólo quedan doce.
  4. De esos doce, uno lo traiciona.
  5. De los once, el que era más apegado, el más apasionado —Pedro— lo niega tres veces, aterrado cuando una chismosa de barrio le increpa ser amigo suyo.
  6. Al obrero lo juzgan por crímenes religiosos y políticos, el pueblo que lo amó se da vuelta como una media y lo condena. Sus amigos, muertos de miedo, huyen a esconderse. Lo torturan, humillan y crucifican.
  7. Muere.
  8. Fin del cuento: se acabó la Iglesia. Muerto su líder, dispersados sus seguidores. Listo, un fracaso total.

Pausa. Esta Iglesia humana, que empezó con una irrelevancia ridícula y terminó con un hundimiento absoluto, 2000 años después, sigue existiendo. Pregunta retrospectiva: ¿Por qué? ¿Qué fuerza sostiene a este fracaso? ¿Tanto poder tenían esos pescadores?

Sigamos. Tres días después del desbande, acontece algo curioso: una mujer —María Magdalena— va al sepulcro y lo encuentra vacío. ¿Se habían robado al crucificado? Conmocionada, le avisa a los apóstoles (que siguen escondidos) y afirma que un ángel le dijo que Jesús había resucitado tal como había prometido. Como una mujer es poco creíble (piensen de qué época hablamos) ellos van y comprueban que efectivamente la tumba está sin cuerpo. Y —dicen— que un ángel se les apareció y les preguntó “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”. Durante varios días posteriores, Jesús se les apersona en numerosas ocasiones, estando varios reunidos al mismo tiempo. Está vivo, tangible, y los conforta. Lo ven, lo tocan, no es una alucinación, comen con Él, tiene cuerpo, no es un fantasma. Ya no son crédulos del relato de una mujer, sino testigos presenciales del resucitado, un hecho alucinante, pero real.

Sin embargo, faltaba una vuelta de rosca, todavía. Cuarenta días después, algo singular sucede en la psiqué de los apóstoles. Según el Evangelio, el Espíritu Santo se posa sobre ellos y les “abre la mente” haciéndoles comprender cabalmente la secuencia de predicación-muerte-resurrección que había sucedido. Hay un crac en sus mentes y corazones y comienzan a anunciar a todos lo que acaban de atestiguar. Los invade un entusiasmo invencible, flamígero. De cobardes se volvieron audaces; de apocados, valientes; de torpes oradores, a brillantes predicadores; de propagandistas a testigos. En un frenesí jamás igualado en la historia humana, salen a recorrer el mundo, llegando al finisterrae caminando sin un centavo y sin otra credencial más que proclamarse testigos de la loca historia de un tipo que se auto-declaró el Camino, la Verdad y la Vida (¡ni más ni menos!), lo crucificaron y resucitó. De hecho, la Buena Noticia —literalmente, “Evangelio”— es precisamente que Dios se hizo hombre para salvar al hombre de las cadenas de la muerte y el desamor (o sea, el pecado), mediante su muerte y resurrección. Un relato, convengamos, loquísimo e inédito en la historia de la espiritualidad y religiones humanas.
¿Fanáticos y fanatizadores? ¿Alienados y alienantes? ¿Qué pasó?

III. Los peligros externos.

Pero, de todas formas, el entusiasmo inaugural termina horriblemente mal. En poco tiempo, diez de los once restantes fueron martirizados. Sin embargo, la semilla sembrada siguió brotando en todos lados, como un fuego incontenible. Al principio, lentamente: pocos años después de la crucifixión, el cristianismo, como nueva religión, carecía de liturgia, formas de culto y hasta de nombre. Siguió siendo tan insignificante que no ameritó persecuciones en gran escala, hasta que no pudo ser soslayada más por las autoridades imperiales.

¿Pero qué decían los cristianos, que era tan irritante? Simplemente, repetían la buena noticia: que Dios-amor se había hecho hombre, lo habían matado y había resucitado. Y que su reino era el reino del amor, la justicia y la paz. Y que el hombre ya no era esclavo de la muerte, del desamor, ni de otros hombres. Y que en su reino cabían todos, con preferencia por los más pobres y débiles ante los ojos del mundo. ¿En qué eran inflexibles? En no aceptar dioses de pacotilla, fueran éstos de mármol, de oro, de carne o de ideas. Y en no transar con el poder para amoldar su doctrina. En esencia, el reino que proclamaban dinamitaba los cimientos del sistema de dominaciones y dioses falsos creados por los hombres. Eran opiniones radicales, que desafiaban (y siguen desafiando) las estructuras de creencias, castas y poderes. Sucedió lo que tenía que suceder: Roma reaccionó tomándolos como una amenaza de Estado y el imperio más poderoso que la historia hubiera conocido, activó su máquina de exterminio. Y más aniquilaba, más se multiplicaban los cristianos.

Tres siglos después, Roma se hizo cristiana. ¿Qué pasó? Pensemos con racionalidad: ¿cómo pudo ser que una historia inverosímil, un engaño sin sustento, propalado por pescadores ignorantes, seguidores de un obrero crucificado, haya logrado mover los corazones y colonizar las mentes más preclaras de la civilización occidental? Al mismo San Agustín, uno de los pensadores más sagaces de todos los tiempos, le llamaba la atención esto que acabamos de leer, y lo expresaba así: “(…) He aquí tres cosas increíbles que son ya hechos reales. Increíble es que Cristo haya resucitado; increíble es que el mundo haya creído una cosa tan increíble, e increíble es que hombres de condición humilde e ínfima, pocos e ignorantes, hayan podido persuadir al mundo y a sus sabios de cosa tan increíble. De estas tres cosas increíbles, nuestros adversarios se niegan a creer la primera; se ven obligados a contemplar la segunda, pero no aciertan a explicársela si no creen la tercera” (Del libro “Ciudad de Dios”, 22,5).

Está bien, algunos arriesgan una explicación medio fantasiosa: que cuando hay un enemigo exterior —los perseguidores romanos— se logra cohesión interior y como consecuencia, ese ejemplo estoico termina contagiando a los mismos perseguidores. Un extraño Síndrome de Estocolmo social. Eso —dicen— fue lo que pasó: de la admiración del testimonio fanático de los primeros cristianos, surgió un ansia de emulación de los ciudadanos y autoridades de un imperio inestable y decadente, corroído en sus creencias y necesitado de otras. Uf, qué matete, ¿no? A mí me lo parece, pero para ciertos pensadores, ésa es toda la interpretación del asunto. Mmmm…

IV. El peligro interno.

Asumiendo que la teoría de la “cohesión” que acabamos de mencionar fuera cierta, falta una prueba más difícil: ¿qué sucede cuando la amenaza no proviene de afuera, sino que brota del propio ser, de sus propios miembros? La Iglesia lo sabe bien, desde su inicio: ya vimos que aún en vida de Jesús y a pesar de convivir con Él y ser testigos de todos sus milagros y enseñanzas, los apóstoles, por más simples de espíritu que fueran, eran hombres normales, con pasiones, fragilidades y miserias humanas: ávidos de poder, cobardes, arrebatados, duros de entendederas y de corazones. Uno lo traicionó, otro lo negó, el resto lo abandonó. No era algo nuevo. Sin embargo, había un peligro sutil, más letal que el error o la debilidad: el fariseísmo. Cuando pasó a ser tolerada y a convivir con el poder político, algunos de los miembros de la Iglesia comenzaron a usar a la religión como instrumento de dominación y supremacía. Si a todo cuerpo sano se le corresponde una corrupción natural, el fariseísmo es la corrupción de la pureza religiosa, y su desnaturalización.

Algunos comenzaron a mixturar el reinado de Cristo con su propio reinado personal. Algunos comenzaron a darle más importancia a las observancias jurídicas y morales que al amor. Celaban mucho e irradiaban poco. Mezclaban el poder terrenal con el espiritual, se portaban bien en público y mal en privado. Algunos dejaron de ser testigos enamorados y pasaron a ser meros adoctrinadores. Algunos confundieron al Vicario de Cristo en la Tierra (el Papa, sucesor de Pedro) con el jefe de un Estado más. Algunos olvidaron las Bienaventuranzas: felices los pobres, felices los débiles, felices los simples. Algunos olvidaron el mandamiento del amor. Se usó a la religión, en vez de vivirla. ¿Fueron muchos? No sé. ¿Fueron todos? No, definitivamente. Por cada fariseo, hubo y hay millones de santos; por cada boato, miles de purezas; por cada maquiavélico, miles de Franciscos de Asís, por cada halcón, un millón de palomas. El problema es que los malos son más visibles y noticiables —y más cuando se lo amplifica— y las miríadas de buenos pasan desapercibidas a los ojos del mundo. Un ejemplo simple: ¿quién habla hoy en día sobre la Madre Teresa, que murió hace apenas 20 años? Y sin embargo se siguen escribiendo libros sobre la Inquisición y las cruzadas, que terminaron hace varios centenares. Y seamos sinceros: acá también hay un asunto de actitud y predisposición: muchos solamente ven lo malo, por minúsculo que sea, y claman y declaman contra esto, mostrándolo como si fuera toda la realidad. Algunos, de buena fe, lo hacen sin darse cuenta, por el mero hecho de usar el lente oscuro y encima, con aumento. Otros, de mala fe, lo hacen para difamar. Pero más allá de estas percepciones, como decíamos, es innegable que en la Iglesia también hay fariseísmo.

Pausa. Pregunta: ¿Cómo puede sobrevivir una institución meramente humana, durante veinte siglos, sin disolverse ni implosionar, estando compuesta de semejante caldo humano?

 

V. La que no cambia, la contracultural.

Pero queda una última fragua para esta institución, y es el paso del  tiempo. Dos milenios es mucho rato. El mundo cambió en todo: emergieron y declinaron poderes, países e imperios, cambiaron las ideas, la tecnología, las artes, la configuración social, los valores, la ciencia. Todo. Pero la doctrina de la Iglesia permaneció intacta. Qué loco: en medio de la compleja historia humana y ante grandes presiones para que la adaptara al gusto de la época y al poderoso del momento, la Iglesia no cambió una coma de su doctrina esencial. Ah, ¿están pensando en casos como el de Galileo? Pues ese no es un aspecto esencial (de doctrina), sino accidental: más allá de las torpezas del proceso, la realidad fue que Galileo no fue reprobado por su teoría, sino por decir que la Biblia contenía errores, porque hay un texto donde se dice que “el sol se detuvo”, y como él sostenía que lo que se movía era la tierra y no el sol, entonces la Biblia estaba equivocada. Digamos que Galileo opinó sobre teología y no la Iglesia sobre astronomía y sólo bajo esa luz tiene sentido que la Iglesia pudiera reprobar lo que decía un científico.
No sólo eso: tuvo cismas, divisiones, fraccionamientos, que fundaron otras iglesias cristianas no católicas, distorsionando el depósito de la fe, adaptándolo al gusto o conveniencia del heresiarca correspondiente. No sólo eso: a lo largo de los siglos fue atacada y presionada para obtener su sometimiento, desfigurarla o simplemente destruirla, siempre aduciendo lo mismo: que era rígida, anticuada, perversa y causante de todos los males del mundo. Desde Atila hasta el marxismo del siglo XX, pasando por Enrique VIII, Napoleón, Hitler y cuanto perseguidor religioso echó mano a la difamación, a las leyes o al exterminio para lograrlo. ¿Y qué sucedió? Nada. Subsistió, viendo como sus atacantes se hundían en el abismo de la historia.

Otros dicen que a partir del Iluminismo, fue “puesta contra las cuerdas” y, con  el avance de las ciencias, terminará de implosionar, cuando la razón y el empirismo positivista finalmente liberen al hombre del oscurantismo y la superstición. Ejemplos hay miles. Pongo uno archiconocido que muchos usan como “demostración” de que el Génesis es una pavada anticientífica: la teoría de la Evolución de Darwin. Y es un error meridiano verlo de esa manera; es como decir “¿Quién tiene razón: la música o la matemática?“. Son cosas diferentes, cada una tiene su ámbito: aparte de que teoría de la Evolución seguirá siendo teoría hasta el fin de los tiempos y como tal, susceptible de ser corregida o suplantada por otra, la realidad es que la Biblia no es un libro científico, sino religioso, narra verdades religiosas, como la creación del mundo, la creación de la vida —con el método que fuere, no importa— y el accionar del amor de Dios en su encuentro con el hombre. Si la vida se transforma por evolución o por cualquier otro método natural que se descubra en el futuro, eso no quita una sola coma a la verdad religiosa —y filosófica, de paso— de que el universo necesitó una creación para existir.

Finalmente, hoy se aduce que hay un desencanto generalizado y pérdida de fieles, otra vez, debido a las mismas causas de siempre: por rígida, anticuada, o mala. ¿De dónde sale el dato? No sé, quizá de la sociología, encuestas o censos; pero hay dos realidades a considerar: la primera, que una cosa es ser “nominalmente” católico y otra, vitalmente. Lo nominal se puede “medir” en un censo o encuesta, pero lo vital —la sinceridad, intensidad y fecundidad de la vivencia espiritual— no. La segunda realidad es que el “éxito” de la Iglesia no es numérico, como el de un partido político o una ONG. Ya dijimos que su realidad más grande es invisible —espiritual— y su “éxito” o salud no se miden de esa forma; lo veremos del otro lado, en todo caso. Es probable que los católicos comiencen a ser minoría, pero una minoría muy comprometida, que siga siendo sal y luz del mundo. Puede haber un solo católico en el mundo, y la Iglesia seguir siendo “exitosa”; dondequiera que se encuentre uno de sus miembros, allí está presente la Iglesia viva. Si hoy desencanta, es porque su mensaje quedó profundamente contracultural, en una cultura que exalta la muerte, el amor de fruslería y el endiosamiento del consumo. Es así, ella no quiere ser la ganadora en un concurso de popularidad, sino decir y transmitir la verdad de la que es depositaria, aunque no guste.
¿Y por qué la Iglesia no puede cambiar esas verdades que proclama? Porque no las inventó, no las escribió ella (y por lo tanto, podría reescribirlas), sino que fueron depositadas por Dios, y son verdades eternas y actualísimas, cuya misión es anunciarlas hasta el último hombre. Así de simple.

VI. ¿Dios es un Dios sin manos? ¿Qué es la Iglesia?

Ya vimos el increíble hecho de su persistencia y vitalidad, no precisamente en contextos simples y amistosos, sino al contrario. Y acá comparto mi conclusión personal: sostengo que la causa de esa existencia tan vigorosa, es que la Iglesia no es meramente humana, sino fundamentalmente divina —creada y sostenida por Dios— y esto se demuestra por todo lo que acabamos de ver: su nacimiento abortado, su oscuridad inicial, la supervivencia y multiplicación frente a los exterminios que recibió, la inconsistencia, debilidad y maldad de sus miembros y el paso del tiempo sosteniendo la misma verdad. Porque si hubiera sido por las meras personas, no hubiera sobrevivido al día de la crucifixión, como le hubiera pasado a cualquier secta de lunáticos. Sin embargo, veinte siglos después, es tan actual y está tan viva como si hubiera sido fundada hace un segundo.

Ahora bien, la anterior conclusión nos obliga a dar el paso hacia el punto esencial: ¿qué es la Iglesia?

Quisiera aclarar que la respuesta sólo tendrá sentido entendiéndola desde la fe porque, como ya dijimos, es un misterio que supera el entendimiento. Y el que no la considere, es libre de no aceptarlo. Solamente le pido que haga el siguiente juego: imagine que la tiene, para entender la lógica. Vamos:
Dios es amor. Está “hecho” de amor. No puede no amar, como el fuego no puede no quemar. Cuando se encarnó en el Tiempo, en la figura de Jesucristo, todo lo que obró fue amor. Pero como el amor es eterno, su obra de amor no se agotó en su vida terrenal, sino que siguió, sigue y seguirá hasta la eternidad. Sólo que para continuarla, fundó la Iglesia, que es su cuerpo (sin comillas) conformados por todos los que lo aman, que están  (sin comillas) en Él, así como Él está en ellos. Son una misma cosa, como solamente el amor puede hacer que dos o más sean uno. De esa forma, Jesús, que es Dios, obra a través de la Iglesia, hasta el fin del mundo. Eligió ser un Dios sin manos, y para su misión de amor, nos pidió las nuestras, aún a sabiendas de que muchas veces pueden sostener un puñal, o convertirse en puños.

La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo. En castellano: así como Cristo tuvo —tiene— un cuerpo físico, para continuar su obra en la Tierra, se quedó con un cuerpo místico. Todos los bautizados son parte de Cristo, que es la cabeza de la Iglesia. La Iglesia es la presencia de Cristo en la Tierra. No es el Vaticano, ni un templo, un cura o la imagen de un santito.

Sobre este tema, del Dios sin manos, una vez leí algo que me pareció genial por su síntesis cristalina: “La Iglesia no puede hacer nada sin Dios. Y Dios no quiere hacer nada sin la Iglesia“.

 

VII. ¿Por qué se dice que la Iglesia es santa?

Qué desvergüenza decir esto, ¿no? Apuesto a que en este instante el cerebro está bullendo de imágenes de cosas horrendas y contrarias a santas, perpetradas por sus miembros. Es la realidad, no se puede negar. Ya vimos que la historia de la Iglesia está llena de fracasos y maldades humanas. Ya en el siglo III, Guillermo de Auvernia (obispo de París), afirmaba que “deberíamos temblar ante la perversión que hay en la Iglesia” y 900 años después, Dante usó la imagen de ver subir al coche de la Iglesia a las prostitutas de Babilonia.

Y sin embargo es santa. A primera vista, un contrasentido insultante. Pero entonces, ¿en qué se basa la afirmación de su santidad? Porque no se llama “santa” debido a que todos y cada uno de sus miembros sean santos, es decir, personas inmaculadas. Por el contrario, Tomás de Aquino explica la santidad de la Iglesia por estos cuatro motivos:

  1. Porque santo es su fundador y su cabeza: Jesús-Dios.
  2. Porque santo es su fin: la salvación de las almas.
  3. Porque santos son los medios que usa: los sacramentos, vehículos del amor.
  4. Porque santos son muchos de sus miembros, aunque no todos.

 

¿Puedo testimoniarles algo muy personal? Cada vez que leo una noticia de que algún miembro de la Iglesia comete un acto aberrante, inmoral o poco virtuoso, me asalta un sentimiento triple: una gran tristeza por el escándalo que supone para la gente buena que confiaba en dicho miembro; unas ganas de que se haga justicia realmente con la persona que cometió el delito, y finalmente, al mismo tiempo, una alegría profunda de saber que los cristianos no seguimos a ningún hombre, ni a un Papa, cura, santo o lo que sea: seguimos al mismísimo Cristo. Esa certeza penetrante es lo que me sostiene en la esperanza inalterable, por más aberraciones que vea. Si perdemos de vista que seguimos a Dios y no a un hombre, que puede ser o volverse malo, es que no entendimos nada. Si siguiéramos a hombres, deberíamos bajar los brazos y abandonar un barco que de todas formas ya estaría hundido, porque de ser solamente por las personas —me incluyo— la Iglesia no debería existir, sería sencillamente inviable. Pero el hecho es que es un barco inhundible, porque lo sostiene Dios.

Y en ocasiones, pareciera que Dios estuviera peleado con su propia religión. Muchas veces, los miembros de la Iglesia son el impedimento para que la gente se acerque al amor divino, o la causa para que personas nobles y sensatas lo abandonen, escandalizadas y asqueadas. Es tremendo y sólo Dios sabe qué bien puede salir de ese mal. Sin embargo, la Iglesia es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre. Una historia de santidades en medio de las miserias humanas. Ya lo dijo Chesterton, de forma chestertonescamente magistral: “La Iglesia no es la asamblea de los puros, sino el hospital de los pecadores“. Y es tal cual; es la historia de un gigantesco “a pesar de…” los hombres malos, y gracias a los fieles, todos sostenidos por Dios, la Iglesia cumple su designio de amor.

VIII. Si no es amor, es nada.

Si la Iglesia no es amor vivo, entonces no es Iglesia. Es ley, es política, es poder, es muerte, es nada.
Mil veces, sus miembros, con nuestro comportamiento, la falseamos y deformamos su rostro, pero todo el mal del universo es menos que un átomo de polvo comparado con la potencia del amor de Dios. Ningún mal puede resistirse a ese poder que disuelve al desamor en amor infinito, que saca bien del mal y troca en paz todo dolor.

Hace 2000 años, un tipo llamado Pablo dijo: “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4,7). El tesoro es el amor de Dios que ilumina, sana y salva; la vasija de barro, somos los hombres. Es la mejor definición de la Iglesia. Todo este larguísimo post se podría haber resumido en esa frase. Disculpen que la haya puesto casi al final. 😀

IX. Hasta el fin de los tiempos y más allá.

Terminando, a veces pienso que hay preguntas que podrían formularse al revés.
En vez de preguntarnos “¿Cómo puede seguir existiendo?” creo que la pregunta correcta es “¿Cómo no va a dejar de existir?”. Y me arriesgo a responder: porque el amor es eterno e indestructible.
La historia de la Iglesia es la historia de un milagro de amor en el medio del mal. Y ya sabemos que los milagros se manifiestan no cuando las cosas están a favor, sino justamente cuando todo parece indicar que no pueden ser posibles.
Si estoy equivocado, algún día lo sabré.
©JIR