lo puro Jun16

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lo puro

Una amiga, luego de haber leído el post de lo simple, tuvo un arranque de furor y me espetó impiadosamente: “¿Y el arte? ¿Qué tiene de simple? ¿Todo el arte es simple? ¿Y el barroco, la Sagrada Familia, Bach, Góngora, Borges, el Taj Mahal, un mandala, La Alhambra, El Gran Pez, Lucy in the Sky with Diamonds, qué tienen de simples? ¿Y no emocionan? ¿Y no son profundos? ¿Y no resplandecen? ¿Todo el arte es simple? ¿Siempre tiene que ser simple el arte para ser bello? ¿Eh, eh, eh…?

Una vez que logré apaciguarla, y ya con la tranquilidad de que mi vida no corría peligro, le compartí lo que paso a contarles.

Ella tiene razón. Mucha. Hay cosas complejísimas que resplandecen. ¿Ejemplos? Todos los que mencionó y cuantiosas -miles- de obras artísticas más. Pero además, también se incluyen cosas que los humanos no hacemos, sino que descubrimos, como los seres (vivos o no) y las leyes del universo. Una hormiga, una estrella, un liquidámbar, un virus, la estructura molecular de un cristal, la ecuación de Euler. ¿Y entonces no hay una contradicción con lo de “lo simple resplandece” versus “a veces lo complejo también”? No, señores, no la hay: porque lo que resplandece es lo puro de la emoción que generan o la verdad que transmiten. Son cosas complejas en su hechura, pero simples en su pureza.

¿Qué significa sentir eso? No me pidan milagros con el lenguaje, esto pertenece al reino de la no palabra. Pero ensayemos a decir que la emoción estética de lo bello, de lo bueno o lo verdadero convierte el alma en un diapasón. Ustedes saben qué se siente, yo llegué hasta acá con el abecedario. San Agustín, que además de santo y filósofo fue una de las mentes más brillantes de la Humanidad, usaba una expresión que era “Gaudium de veritate”, algo como “Gozarse en la verdad”, para explicar la vibración profunda que se siente al “captar vitalmente” una realidad esencial y por lo tanto, trascendental. Para Agustín (capo, te amo) la verdad y la belleza esenciales no estaban condicionadas por el tiempo y el espacio, o por quién era el que las expresaba. Eran bellas y verdaderas -puras- por sí mismas. George Harrison le dio la razón, porque “Here comes the sun” fue, es y seguirá siendo hermosa, y ya tiene más de 40 años y cientos de versiones.

Regresando a mi amiga querida, digamos que sí, que algo puede ser complejísimo en su hechura y simplísimo en su pureza. Ya puse el ejemplo de una hormiga, un ser a la vez tan pequeño, complejo y casi milagroso en su simpleza; que si la mirás con ojos limpios, su “captación profunda” te puede emocionar hasta las lágrimas. Una hormiga es absurdamente genial. Lo mismo que cualquier obra de arte complejísima en su estructura o técnica y rayanamente purísima en su simpleza, como cualquier sonata de Juan Sebastián. A la inversa, con una creación mal hecha, sea simple o compleja en su composición, no sentís pureza, sino suciedad, desagrado, inexpresión, aunque represente algo “lindo” como una flor. Por el contrario, una obra de arte puede representar algo atroz y ser “fea”o “no armónica” por su técnica, pero, al mismo tiempo, ser pura y bella cuando logra transmitirte nítidamente esa emoción que te pone a vibrar. En fin, no quiero hablar mucho de filosofía del arte, porque es un tema para dos millones de carillas y debates, que no son el foco de este ensayito.


Lo hermoso de este universo -y si hay otros, imagino que también- es que existe la pureza y almas que la descubren, almas que la crean y almas que la captan. Creo que un indicador de si algo es puro o no, es que es inagotable, una claraboya de eternidad embebida en el tiempo. No te cansa jamás, la redescubrís siempre. Nunca va a llegar el momento en donde digas “Listo, ya los «sentí» por completo, ya no me emocionan los atardeceres del color de los arcángeles”. La pureza es temible; cada vez que la contemplás, es como si te borrara la memoria emocional y te desvirgara de nuevo.

Y ya se me va agotando el lenguaje. A lo puro no queda otra que vivenciarlo; porque cuando querés evidenciarlo, se termina desvaneciendo en la torpeza de las palabras.

©JIR